Evangelio según san Mt 9, 9-13
Lunes de la semana 25 del tiempo común
San Mateo, apóstol y evangelista
Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: «¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?». Jesús, que había oído, respondió: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».
Meditación de Ángel Mansilla Pena
“Yo quiero misericordia y no sacrificios”
El, misericordioso por excelencia, pide que lo imitemos, no quiere vanas ofrendas que laven nuestra imagen.
Vivimos tiempos de presumir, inmersos en una sociedad elitista donde la vida de cada uno se mide en la gloria que otorga el poder, la riqueza, con quien te relaciones, sitios que frecuentas, dónde estudiaste, outfit que luces, automóvil que conduces, viajes y vacaciones, gremios o cofradías a las que perteneces, comuna donde resides. Todo un acervo, sumatoria de banalidades, donde la misericordia está ausente.
¿Cómo entonces no ir a su rescate? Urge cambiar de actitud.
No es fácil. Exige practicar la humildad, vencer nuestro propio egoísmo. Quizás un primer paso sería reconocer nuestra pequeñez, fragilidad y pecado ante el Señor; sabemos que Él, magnánimo y benevolente, ya nos perdonó.
Un siguiente paso, abandonar nuestra soberbia y acudir en socorro de las carencias del prójimo.
Finalmente, no olvidemos rezar. Con la oración robustecemos nuestra fe, nuestro corazón se inundará de alegre esperanza y nuestros actos desbordarán en caridad.
María, Madre de la Misericordia, ruega por nosotros. AMÉN