Corazón Inmaculado de María

Evangelio según San Mateo 5, 38-42

Lunes de la semana undécima del tiempo ordinario

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas».

 

Meditación de Francisco Bravo Collado

 

“Da al que te pide”

 

Jesús me dice: “Da al que te pide. ¿Por qué no? ¿Acaso hay algo que sea tuyo? ¿Hay algo que tú te hayas ganado? ¿Son, acaso, tu tiempo, tu talento, tu voluntad o tus contactos algo que no hayas recibido gratuitamente, tal como recibiste tu vida, tu fe, tu educación o el amor de tus padres? No, todo lo que tienes se te fue dado gratis, como don. Entonces, date cuenta que aquí no estoy hablando de política ni de pedagogía: te estoy hablando a ti como una persona particular… da al que te pide. No te corresponde a ti juzgar si es adecuado o no. Lo que a ti te corresponde es dar; y no dar lo mínimo, sino que dar con generosidad.”

 

Me provoca incomodidad este Evangelio. Por un lado, hay egoísmo en mí: no me gusta dar mis cosas. Por otro lado, dejando de lado el egoísmo, me extraña. He visto en demasiadas ocasiones cómo las cosas, cuando son regaladas, no son valoradas… y cuánto llega uno a valorar aquello por lo cual tuvo que esforzarse. ¿Será que Dios está pidiendo que vayamos contra esta tendencia que Él mismo creó? Creo que no, y lo creo con toda sinceridad. Pero aquí me está hablando a mí, de corazón a corazón, y me pide que dé a quien me pide. Y, a pesar de mi egoísmo, a pesar de que puedo inventar mil explicaciones inteligentes para negarme… quiero tomarme muy en serio esto que Él me está pidiendo.

 

Jesús, amigo y maestro, pídeme lo que quieras. Yo quiero ganar un tesoro en el cielo. Pídeme a través de mis hermanos y de mis amigos. Enséñame a darme una y otra vez, como te diste Tú y como se han dado durante tantos siglos los amigos tuyos. Enséñame a ser lo suficiente varonil y recio para enfrentar mi propia comodidad. Dame libertad frente a todo lo que Tú me has regalado y que me gusta tanto. Lléname de tu Espíritu Santo para que pueda escuchar con claridad cuando alguien me pide algo, y para que tenga el desprendimiento para que pueda renunciar a lo que se me pida. AMÉN.