Evangelio según san Mateo 21, 23-27
Lunes de la tercera semana de adviento.
Jesús entró en el Templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, para decirle: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado esa autoridad?” Jesús les respondió: “Yo también quiero hacerles una pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo o de los hombres?” Ellos se hacían este razonamiento: “Si respondemos: «Del cielo», Él nos dirá: «Entonces, ¿por qué no le creyeron?» Y si decimos: «De los hombres», debemos temer a la multitud, porque todos consideran a Juan un profeta”. Por eso respondieron a Jesús: “No sabemos”. Él, por su parte, les respondió: “Entonces Yo tampoco les diré con qué autoridad hago esto”.
Meditación de Francisco Bravo Collado
“¿Con qué autoridad?”
Jesús me quiere decir en este evangelio: “Tú caes en lo mismo que los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo: huyes de entregar respuestas definitivas. Pareciera que quieres quedar bien con todos. Hoy te invito a dar respuestas contundentes a mis preguntas, que no son fáciles: ¿de dónde viene el bautismo del Bautista? ¿quién dice la gente que soy Yo? ¿quién de los personajes de la parábola del samaritano es el prójimo? ¿crees ahora que ya has visto mis llagas? ¿me amas más que estos otros?”
Me incomoda este texto. Me siento inconsecuente y flojo. Veo que no he sido suficientemente decidido. Cuando la Providencia me enfrenta con estas preguntas fundamentales, yo no he sido capaz de dar respuestas fundamentadas. Me avergüenzo y me siento culpable. Veo que Jesús me invita a abrazarlo con más radicalidad. Me siento llamado a reconocer que la solidez de mi respuesta es el primer paso, y que, en el segundo paso, que es la parte más concreta, no estaré solo, pues Él estará a mi lado. Jesús, en este evangelio, me invita a poner mi pequeña parte para que Él, por cariño y misericordia, obre grandes cosas en mí.
Jesús, quiero darte una respuesta unívoca: el bautismo de Juan es del cielo. Y el mío también. Y mi confirmación, mi comunión, mi reconciliación y mi matrimonio también vienen del cielo. No son un constructo social vacío. Por el contrario: ¡son signos sensibles de tu gracia inmensa! Tú eres el mesías, el Hijo del Dios Vivo. El samaritano que sirvió al viajero es el prójimo, no así el sacerdote y el levita. Creo en Ti, aún sin haber visto tus llagas y sin haber metido mi dedo en la herida de tu costado. Y, sobre todo, Tú sabes que te amo. Ven y llena mi vida vacía y cómoda, y regálame un encuentro profundo y personal contigo. AMÉN