Evangelio según san Jn. 3, 1-8
Lunes de la segunda semana de Pascua
Un fariseo llamado Nicodemo, maestro judío, fue a ver a Jesús de noche y le dijo: Maestro, sabemos que has venido de parte de Dios, pues nadie hace las señales que tú haces si Dios no está con él. Jesús le contestó: Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios. Nicodemo le dijo: Pero ¿cómo puede nacer de nuevo un hombre que ya es viejo? Jesús le contestó: Te lo aseguro, el que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne; lo que nace del Espíritu es espíritu.”
Meditación de Ángel Mansilla Pena
“Lo que nace del Espíritu es espíritu”
En la Vigilia Pascual reciente, como cada año, renovamos las promesas bautismales y el celebrante nos asperja con agua en prenda y señal de que hemos vuelto a la vida nueva en Cristo.
Adquirimos en consecuencia, como ocurrió en nuestro propio bautismo, el carácter de hijos adoptivos de Dios. Allí se afianza nuestro nacer al Espíritu.
Esta verdad debiera remecernos: tenemos estirpe divina.
En consecuencia, tal filiación consagra para mí deberes y derechos, los cuales asumo sostenido por la gracia con la asistencia del Espíritu Santo.
Mi obligación primera será proclamar entonces ese linaje en mi propia existencia, con mis actos, decisiones, omisiones y hacerlo libremente.
Y ¿cuál es mi derecho?
Soy heredero de la vida eterna, no por mis méritos sino por los de Jesús Resucitado en quien creemos. AMÉN