Evangelio según san Mt 7, 7-12

Jueves de la primera semana de cuaresma

 

Jesús dijo a sus discípulos: Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.

¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan! Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.

 

 

Meditación de Francisco Bravo Collado

 

Pidan y se les dará

 

Jesús me invita: “Confía. Este es el año de la misericordia, y tu Padre bueno, desde el cielo, quiere estar íntimamente ligado a ti. Deja, entonces, que Él entre en tu corazón y haga maravillas en ti. Me preocupa esa desesperanza que tienes, esa forma mundana de ver las cosas, donde todo pareciera que fuera de este mundo, por este mundo, para este mundo… tú sabes que no es así. Entonces, ¡deja de hacer las cosas como si estuvieras solo, como si fueras huérfano! Tú tienes un Padre que te ama, y que, si bien permite la cruz, también triunfa sobre la muerte”.

 

Esta semana la culpa me ha embargado. Me siento mal e indigno. No quiero abrir la puerta a la gracia, no quiero rezar, no quiero encontrarme con Jesús. Me doy cuenta que he estado actuando en todo como si no pudiera contar con Dios, principalmente porque no me atrevo a presentarme ante Él con esta vergüenza. En este texto, Jesús me llama a lo contrario. Y en la vida de la iglesia, este año de la Misericordia me interpela a permitir que Dios tome lo que me avergüenza y que lo transforme en un nuevo punto de partida. Me siento mal y avergonzado, pero también me siento aliviado.

 

Jesús, Tú me llamas a que pida la ayuda de mi Padre. Perdóname por no confiar en el poder de Dios Padre. Perdóname por solo centrarme en tus momentos de cruz y no ver los momentos de gloria. Perdóname porque, como Adán, me escondo de Dios y cubro mi desnudez, como si de esa forma mi Padre no viera lo que me está pasando. Gracias por llamarme de vuelta a tu camino. Gracias por asegurarme que el que pide recibe y el que busca encuentra. Gracias por llamarme a ser tu amigo nuevamente, sin importar cuántos errores haya cometido anteriormente. AMÉN