Evangelio según san Jn. 6, 44-51

Jueves de la tercera semana de Pascua

 

Jesús dijo a la gente: «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: solo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».

 

Meditación de Sebastián Castaño Fueyo

 

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente”

Jesús parece decirnos: quiero entrar en tu vida y alimentar tu alma. Les entrego mi cuerpo y mi sangre como verdaderos alimentos de vida para ustedes. En cada eucaristía, me hago presente en el altar y ofrezco mi cuerpo, en forma de una simple hostia, para intentar cada vez alimentar tu espíritu. Intenta recibirme con humildad, con un corazón abierto, con fe, con perdón, con alegría, y con el profundo anhelo de que Yo permanezca en ti y sea tu inagotable fuente de gracia para la vida.

 

¿Realmente “aprovecho” el sacramento de la eucaristía? Jesús me invita a reconocer su presencia, Él está ahí presente, cada vez que se nos ofrece humildemente para que lo recibamos. Tengo que acercarme debidamente preparado y luego ser consciente de buscar una coherencia entre mi vida y su palabra. Dejar que el cuerpo de Cristo vaya nutriendo mi alma hasta transformarme. Debo vivir la eucaristía con espíritu de fe, de alegría, de perdón, de esperanza.

 

Señor Jesús, quiero vivir la eucaristía de una manera más profunda. Tú eres el pan vivo que bajó del cielo y acepto tu cuerpo y tu sangre como verdadero alimento de vida, para que Tú permanezcas en mí y yo en Ti. Jesús, regálame la gracia de un corazón dócil para recibirte, con verdadera fe cada vez, en el sacramento de la eucaristía. Líbrame Señor de la falta de fe y de cualquier egoísmo que me impida recibirte plenamente. Que con la ayuda de María pueda compartir el amor que Tú nos regalas, con quienes pones a nuestro lado. AMÉN