Evangelio según san Lc. 11, 14-23
Jueves de la tercera semana de cuaresma.
Jesús estaba expulsando a un demonio que era mudo. Apenas salió el demonio, el mudo empezó a hablar. La muchedumbre quedó admirada, pero algunos de ellos decían: «Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios». Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo. Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra. Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque -como ustedes dicen- yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul. Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces. Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes. Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras, pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.
Meditación de Francisco Bravo Collado
“Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.”
Es como si Jesús me dijera: “Tú y muchos en la iglesia actual están pasando por lo mismo que aquellos que me acusaban a mí de expulsar demonios con el poder de Belzebul. Yo sé que están dolidos. Yo sé que sospechan. Y sé que les cuesta mirar mi obra -la iglesia- sin sufrir por todo el daño que ella ha provocado. Pero en este evangelio te invito a creer. A mirarme a los ojos, y darte cuenta que tú no eres mejor que ellos. Y aceptar la otra parte, la que no te duele, la que te alegra y te da alegría”.
Jesús me llama a mirar las obras de la Iglesia con alegría y orgullo. Pero hay en mí un velo que me impide abrir el corazón: estoy resentido y avergonzado. Yo mismo he hecho mucho daño. Pero no puedo evitar sentir rabia con aquellos que han hecho más daño… los sanguinarios, los pervertidos, los orgullosos, los codiciosos, los intolerantes, los cómodos… La historia de la iglesia, de mi madre querida, me tiene herido. Tal como estas personas de la muchedumbre, cuando veo un milagro, lo primero que tiendo a pensar es que veo un acto de Belzebul. Estoy enrabiado. Qué pena más grande.
Señor, abre mi corazón. Dame optimismo y sencillez. Perdona que sea como aquellos que te acusaban de expulsar demonios con el poder de Belzelbul. Sana mi corazón. Hazme ver mi propia pequeñez y experimentar mis propias limitaciones. Que este dolor que tengo en mí me haga más consciente de lo importante que es ser fiel a Ti y a los míos. Dame alegría. Que los que me rodean sientan tu amor, experimenten tu cercanía, disfruten tu calidez. AMÉN