Evangelio según san Lucas 6, 27-36
Jueves de la semana XXIII del tiempo ordinario
Jesús dijo a sus discípulos: Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman. Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo. Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los desagradecidos y los malos. Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso.
Meditación de Francisco Bravo Collado
“Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames”
Jesús me dice: “Da tú el primer paso: ofrece. Porque no hay nada que te pueda dañar. Estás conmigo. Ama a tus enemigos, porque tus enemigos no tienen poder contra mi alianza de amor por Ti, que es eterna y no conoce medidas. No tengas miedo a poner tu mejilla o entregar tu manto. ¿Qué pasa si te abofetean? ¿Qué pasa si te quedas sin túnica? ¿Pierdes, acaso, mi amor o el amor de tu Padre? No. No pierdes nada. Entonces ofrece tú mismo todo lo que tengas, porque no puedes perder nada.”
Me sorprende Jesús. Cuando leo este texto de forma superficial me parece que está hablando en abstracto, y que lo que propone es que yo debo ofrecer cosas a Dios. Pero cuando medito con un poco más de profundidad veo que, detrás de las peticiones de Jesús, hay un supuesto potentísimo: nada puede cambiar el amor de Dios por mí. Eso no va a cambiar. No hay enemigos, bofetadas o pobrezas que puedan romper esta alianza de amor de Dios hacia mí y hacia su iglesia. Me siento millonario de amor.
Jesús, toma todo lo mío, sin ninguna reserva. Déjame tu amistad, el amor de tu Padre y mi alianza con María. Gracias por darme esta seguridad que me permite mirar cualquier desafío con serenidad absoluta. Regálame la capacidad de medir las cosas de este mundo a la luz de tu amor que es capaz de ofrecerse en cruz sin pedir nada a cambio. Hazme generoso y magnánimo; que no mire lo que voy a recibir a cambio, sino cuánto puedo entregar a los tuyos… que son todos. AMÉN