Evangelio según Juan 8, 1-11

Domingo de la quinta semana de cuaresma

 

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y Tú, ¿qué dices?”. Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?”. Ella le respondió: “Nadie, Señor”. “Yo tampoco te condeno -le dijo Jesús-. Vete, no peques más en adelante”. 

 

Meditación de José Miguel Arévalo Araneda

 

“Aquel de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”

 

Siento que el Señor me dice: “Ya vez que no he venido a juzgar ni a condenar, sino a salvar lo que está perdido. Frente a tu inclinación a juzgar y condenar, te pido que te abstengas de esa actitud y te examines interiormente. Más bien ruega por aquellos que han hecho el mal. Si el acusado fueras tú, y tuvieras conciencia del mal causado, seguro querrías tener otra oportunidad ¿O no?”

 

Me veo reflejado en los acusadores, con su ímpetu de hacer justicia conforme a la ley. En este texto del Evangelio, la ley considera un acto condenatorio y cruel. El Señor pide que  me detenga y me mire al interior, allí donde reside mi conciencia y mi espíritu, y me examine en relación con mis faltas de amor con Él y con otras personas, especialmente con las personas que me quieren. En el texto del Evangelio, los acusadores se vieron acusados por sus propias faltas y se alejaron; en lugar de alejarme, quisiera crecer en la conciencia de mis propias faltas y de las tantas misericordias del Señor.

 

Alabanza a ti Señor, porque en este período de cuaresma nos reiteras en los textos del Evangelio que nos has venido a salvar, a liberar, a sanar. Gracias a nuestra madre la Iglesia, que nos acerca tu palabra, a creer más profundamente, y a encontrarnos con ese Señor que no juzga ni condena, que nos perdona y nos revela el rostro del Padre misericordioso. Me comprometo Señor en este tiempo de cuaresma, a darme el tiempo para examinar mis faltas, y frente a ellas, sobre todo contemplar tus misericordias. Así, inspire cada vez más en mí una actitud semejante hacia los demás. ¡Que nuestra Madre, me acompañe en este camino! AMÉN