Evangelio según san Lucas 14, 1. 7-14

Domingo de la semana XXII del tiempo ordinario

 

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: “Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: «Déjale el sitio», y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: «Amigo, acércate más», y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado”. Después dijo al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!”

 

Meditación de José Miguel Arévalo Araneda

 

“Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado”

 

Siento que el Señor me dice: “Ten cuidado de centrarte en ti mismo porque es un obstáculo para vivir en el amor a Dios y a tu prójimo. El que se eleva a sí mismo está centrado en su valía y sus merecimientos por sus talentos y acciones, y busca que sean reconocidos y pagados por quienes le deben. Tú, vive en la conciencia de que todo te viene de Dios por gratuidad, por gracia e inspiración, para darte a ti mismo en lo que haces para otros. Sé un humilde instrumento en manos de Dios. Cuando invitas solo a los que te pueden pagar del mismo modo, estás en un intercambio transaccional, centrado en ti mismo, no hay gratuidad ni donación de ti. La recompensa del cielo es para cuando das con amor, sin esperar a cambio.

 

Vivo en un mundo en el cual una parte de mis necesidades se resuelven mediante un intercambio transaccional para la obtención de productos y servicios, es la economía. Hay necesidades personales que están fuera de esa economía de intercambio. El Señor me invita a poner atención en el prójimo y sus necesidades desde la gratuidad y una manera “descentrada” respecto de mí. Primero con un vínculo personal, cotidiano y agradecido con Él. Segundo, darme a otros y sus necesidades sin esperar una retribución. Esas necesidades pueden ser tan sencillas como una llamada telefónica, una visita a quienes están solos o enfermos, o atender necesidades materiales.

 

Querido Señor, en estos textos del evangelio, semana a semana nos sigues enseñando la centralidad del amor a Dios y al prójimo como camino hacia el gozo de la vida eterna. Nuestra madre la Virgen nos mostró con la visita a su prima Isabel, una actitud atenta, la disposición y entrega a las necesidades de otras personas. Le pedimos a ella su intercesión para tener la gracia de atender a las insinuaciones del Espíritu Santo y actuar según el modo en que el Señor nos enseña en este evangelio. AMÉN