Evangelio según san Lucas 23, 35-43
Domingo de la semana 34 del tiempo ordinario
Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!». También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!». Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Meditación de José Miguel Arévalo Araneda
“Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”.
Creo que el Señor me dice: “Las burlas e insultos revelan la incapacidad para comprender los misterios de Dios: un Mesías, un rey que salva a otros pero que no puede salvarse a sí mismo. No comprenden la realeza que se manifiesta en la entrega libre y total a la voluntad del Padre, no comprenden que la salvación viene de mi aceptación de la cruz. La aceptación de las propias faltas y la fe le abrió las puertas de la salvación a uno de los malhechores”.
El texto del evangelio, me muestra las varias actitudes ante la crucifixión: la burla e insultos de quienes ven el “fraude” de un Mesías que no es capaz de salvarse a sí mismo, la gente que mira y permanece allí, y el malhechor que con sus palabras reconoce sus culpas y reconoce a Cristo Rey. El Señor confirma con su respuesta que la salvación proviene del misterio de la cruz. Siento que necesito siempre una mayor fe para creer que, las puertas de la salvación están abiertas para los que creen en Él y en su reino, en el misterio de su cruz y de nuestras propias cruces.
¡Señor, que grande es tu amor y tu fortaleza! en los padecimientos de tu cuerpo en la cruz y en el escarnio de las burlas e insultos, no solo tuviste oídos para escuchar al malhechor que reconoció sus culpas y recibió con fe la revelación de tu reino, sino que le aseguraste la salvación. Te pido estar atento a reconocer delante de Ti mis faltas y a recibir y reconocer con fe cotidiana las buenas noticias diarias de tu reino en medio de las circunstancias de mi vida. AMÉN