Evangelio según san Mt 9, 35-10, 8

Domingo 11° del tiempo común

 

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias. Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.» Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Los nombres de los doce apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro y su hermano Andrés; luego Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó. A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: “No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente”.

 

Meditación de José Miguel Arévalo Araneda

 

“Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.”

 

Creo que el Señor me dice: “Aun en los tiempos actuales, hay muchos que se encuentran cansados y se sienten abandonados, y eso toca mi corazón. Como ves, he confiado esa tarea a los apóstoles: les he dado autoridad para sanar, y los he enviado por los caminos a proclamar la buena nueva del reino que está cerca. Hoy también se requieren discípulos míos que continúen esta labor donde hay tantos cansados y abandonados. Mi invitación es a que ruegues al Padre por operarios y que también seas mi discípulo. ¿Tendrás tú, ojos para darte cuenta, compadecerte y actuar?”

Sin ninguna intención de presumir o tener un sentimiento de superioridad, sino que con la conciencia de haber recibido tanto y gratuitamente, estoy dispuesto a entregar mi contribución a la esperanza, a la alegría, a la fe. Aportar con mi tiempo para el bien común y para estar presente; a poner entusiasmo, a escuchar y acoger, a aconsejar, sugerir y recomendar. Y realizar esto más allá del círculo inmediato de mis familiares y amigos, en los lugares donde estando yo atento advierta necesidad, así como María que asistió a su prima Isabel, o donde habiéndole pedido, el Señor abra una puerta. 

Señor, me toca el saber que Tú te conmueves con las necesidades de las personas, con su cansancio y abandono, y yo quisiera estar disponible para hacer mi parte, habiendo recibido tanto de Ti. Sabiendo de mis variadas limitaciones, te pido a Ti y a nuestra madre, que no dejen de pedir al Espíritu Santo para que con su gracia me acompañe por los caminos. Así, actuando según me pides, pueda dar lo mejor que tengo y permanecer fielmente unido a Ti y a nuestra madre. AMÉN