Evangelio según San Lucas 12, 13-21
Domingo de la semana XVIII del tiempo ordinario
Uno de la multitud dijo a Jesús: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?” Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”. Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: «¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha». Después pensó: «Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida». Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?» Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.
Meditación de José Miguel Arévalo Araneda
Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?
“Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. Siento que Jesús me dice: “¡Que lejos están las palabras de ese hombre de mi mensaje para ti! Ya te he dicho que el mandamiento más importante es amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo, así heredarás la vida eterna. También te he dicho: guarda mis palabras, y con mi Padre haremos morada en ti. Entonces es muy sencillo: no acumules riquezas para ti, sino que busca escuchar mis palabras, hacer la voluntad del Padre y construir el reino; así te harás rico a los ojos del Padre y vivirás en el gozo de mi presencia.”
Es tan natural para mí querer asegurar el futuro, producto de una mentalidad previsora. La experiencia de la vida me muestra muy a menudo que ella está llena de sorpresas (accidentes, enfermedades incurables, discapacidades, pérdida del trabajo, etc.) cuya ocurrencia está fuera de nuestra capacidad de control. Aun así, procuro resguardarme frente a lo imprevisto con acciones previsoras; lo siento como un deber familiar de protección y cuidado para con los demás. Siento que el Señor me pide no descuidar el centro: cuidar y cultivar esa relación cotidiana, de encontrarlo en el silencio interior, en la oración, en buscar la verdadera riqueza: hacer la voluntad del Padre en mi vida.
Gracias Señor porque orientas mi vida hacia la verdadera riqueza que es el tenerte a Ti, y que por Ti pueda amar a quienes me has dado y pones en mi camino. Te pido perdón por las veces que me preocupo en exceso por las cosas, y por insistir en que estas resulten según lo que quiero, olvidándome de poner todo en tus manos, o sea, que se haga tu voluntad. Contigo y con la Virgen, renuevo mi entrega para hacer en cada día la voluntad del Padre. AMÉN