Evangelio según san Lucas 24, 1-8
Domingo de la semana 31 del tiempo ordinario.
Conmemoración de todos los fieles difuntos
El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: «Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día»». Y las mujeres recordaron sus palabras.
Meditación de José Miguel Arévalo Araneda
“¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?”.
Creo que el Señor me dice: “Camina con fe en el claro y oscuro de la vida. Puedes encontrarme en tu oración, en los sacramentos, en la liturgia, en la esperanza y alegría que proclama la iglesia en este tiempo; todo esto en medio de las incertidumbres, de las malas noticias de las enfermedades y dolores de las personas cercanas, de las muertes, de las mentiras y maldades que parecieran dominar. Abre tus ojos y oídos para estar atento a los signos de mi presencia viva, y permanece fiel.”
Me pasa que las inercias y las rutinas, me impiden ver bien, darme cuenta de Su presencia viva. A veces estoy atento y siento su presencia, otras veces, el Señor me sorprende y sale a mi encuentro, sea a través de otras personas o de un paisaje hermoso. La fortaleza de mi fe se prueba en mi capacidad de estar cerca y de alentar a otros que la están pasando mal, de pedir por ellos, por sus necesidades y de acompañarlos. Tengo claro que para mantener esa fe necesito estar “conectado” con el Señor, y vivir en la presencia de su gracia: de esa manera estoy vivo.
Gracias Señor por manifestarme de tantas maneras tu presencia, más allá de mis limitaciones para ver y darme cuenta. Te pido que, así como María, sepa meditar los acontecimientos de mi vida cotidiana, y encontrarme contigo, para ofrecerte lo que realicé para los demás, agradecerte los regalos que recibí de Ti, y pedirte perdón por mis faltas. Quiero aquí renovar contigo y con la Madre mi compromiso de la oración de cierre de cada día, y pido tu gracia para serte fiel. AMÉN