Evangelio según san Mt 4, 25-5, 12
Domingo de la semana 31 del tiempo común
Solemnidad de Todos los Santos
Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.
Meditación de José Miguel Arévalo Araneda
“Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran
recompensa en el cielo.”
Creo que Jesús me dice: “Quiero animarlos con estas palabras, a que sean felices por las promesas de Dios: cuando estén afligidos, cuando tengan que cargar con el peso de las injusticias o del mal; y felices por el consuelo cuando: sean pacientes, cuando tengan misericordia con otros, cuando busquen la concordia. Se trata que estas virtudes las cultives en el corazón y las traduzcas en actitudes y obras, y que puedas mantenerte sólido y en paz frente a quienes quieran hacerte el mal por esto, sabiendo que serás recompensado en el cielo.”
Paso por la vida sin mucha conciencia de las promesas futuras y de la felicidad “ahora” de intentar cultivar las virtudes de las bienaventuranzas: tener el alma de pobre, ser paciente, limpio de corazón, misericordioso, trabajar por la paz no resulta fácil en ambientes de incertidumbre, de comportamientos agresivos, de aflicciones propias y ajenas: ¿Qué tan feliz soy cultivando esas virtudes? ¿Qué tanto practico la justicia, o soy indiferente? Al considerar mi respuesta aparece mi pobreza y necesidad. El reino de los cielos pertenece a los que tienen alma de pobres y practican la justicia.
Señor, en este sermón de la montaña, se manifiesta tu sensibilidad y misericordia con aquellos que invitas a seguirte, ¡gracias por eso! Nos brindas palabras de consuelo y esperanza sabiendo que el cultivar esas virtudes y trabajar para que venga a nosotros tu reino es un verdadero desafío en nuestros ambientes de indiferencia, incomprensión y a veces de agresividad. Me quedo con una petición: ayúdame a crecer en un “alma de pobre”, porque esa alma refleja mi incapacidad frente a este desafío y despierta mi necesidad de acudir a Ti y a nuestra madre para darme a otros con esas virtudes. AMÉN