Evangelio según san Mt 17, 1-9

Domingo de la  segunda semana de cuaresma

 

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.»  Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo.»

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

 

Meditación de José Miguel Arévalo Araneda

 

“Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.”

 

Creo que el Señor me dice: “En el monte Tabor he manifestado a Pedro, Juan y Santiago mi naturaleza divina reflejada en mi rostro y vestiduras, y en diálogo con Moisés y Elías, también vivos, mi presencia más allá del tiempo. Mi Padre vuelve a manifestarse llamándome “Hijo muy querido, predilecto”, y con un mandato a que me escuchen. Tienes que saber y comprender que vivo más allá del tiempo y que también estoy presente en tu tiempo, con mi naturaleza divina, con mi poder y bondad. Soy un Dios de vivos, y los que me escuchen y sean considerados dignos del Reino, vivirán.

Puedo recordar de manera difusa algunas pocas situaciones de encuentro profundo con el Señor, como una especie de Tabor, en las que sentí una cierta plenitud de la que no quería salir. Situaciones que no puedo provocar a voluntad, solo recibirlas como un regalo cuando ocurran. Me quedo con la declaración del Padre Dios que me pide que escuche a su Hijo predilecto. Este tiempo de cuaresma es el tiempo ideal para poner más atención a este pedido, para hacer silencio y escuchar con el corazón a su Hijo predilecto, que me habla en la oración, en la eucaristía y en quienes están cerca.

Señor, te pido tu gracia para que este tiempo sea un tiempo del Espíritu, con una oración más frecuente y profunda y con más acciones movidas por el amor a quienes me diste. Me comprometo a buscar las formas de darle vida a esto y a que sea realizable. Ruego a Santa María, nuestra madre, que me eduque en un corazón de hijo sencillo y creyente, para que este compromiso produzca frutos. AMÉN