Eclesiástico 3, 17-20. 28-29; Hebreos 12, 18-19. 22-24a; Lucas 14, 1. 7-14
«Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos»
31 agosto 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«El descanso no consiste en no hacer nada. Es dejar de estar en un sitio, el habitual, allí donde se juega la vida cada día, para hacer otras cosas, estar en otra parte, caminar otros caminos»
El amor más puro es el que yo deseo vivir y recibir. Amar con pureza sin buscarme a mí mismo. Sin pretender ser yo más amado de lo que yo amo. Sin pretender el equilibrio. No quiero igualar la desproporción. Si recibo mucho amor daré las gracias, sin querer amar de la misma manera, sin forzarlo sólo para no sentirme en deuda. Porque es verdad que la incondicionalidad que recibo en el amor es una desproporción tan grande que me incomoda. Como ese amor de los padres hacia los hijos. Jamás un hijo podrá corresponder de la misma manera. Pero sé que sólo habiendo sido amado tanto, podrá amar a sus hijos de la misma forma. Es lo que desea el corazón. Aprender a amar cuando soy amado. ¿Es posible recuperar la pureza de las intenciones en el amor? Amar con pureza es un milagro. Porque guardo intenciones y deseos en el corazón que me hacen buscarme a mí mismo cuando intento buscarte, desear mi bien en lugar de buscar sólo el tuyo de forma desinteresada. Desear que seas feliz aun cuando tu camino de felicidad choque con el mío. Desear que tu camino de vida te haga pleno y feliz. Sin que importe que tu felicidad no haga posible la mía. Vivo en un mundo en el que lo único que parece importar es lograr mis metas, conseguir lo que deseo y ser feliz yo, aunque el resto del mundo no lo sea. Y por eso abunda el egoísmo y la autorreferencia. Como si lo que de verdad importara es conseguir lo que yo deseo. El amor es siempre misericordia, no es algo debido. Nadie debe amarme. No merezco que me amen. Menos aún que una sola persona me ame toda su vida. Que un amigo, un padre, una madre, un hermano, un esposo o esposa me amen siempre, y de forme incondicional, es un don inmerecido de Dios. Un regalo que no merezco. Porque si me lo mereciera, tendría la presión cada mañana de intentar agradarte para que me siguieras amando. Trato de estar a la altura de lo que esperas de mí, para que no me digas que ya no merezco ser amado. Intento lograr que tu amor se mantenga en lo alto y para ello trato de sacrificarme, esforzarme, hacer méritos. Vivir así es estresante porque nunca haré lo suficiente, no conseguiré que me ames como premio, como pago por mis actos y palabras. Creo en la verdad del amor incondicional. No sé si lo he vivido siempre, pero sí que muchas veces, es lo que siento. Porque ser amado de esa forma es lo que siempre he deseado. No tengo que valer para que me ames, ni responder a todas tus expectativas. No estaré nunca a esa altura que tú sueñas y deseas en tu vida. No seré esa persona ideal que has soñado en tu corazón y que te va a hace feliz siempre. Fallaré y te decepcionaré. Y deberás tener mucha altura moral para no dejar de amarme y alejarte de mí. ¿Podré seguir amando al que me ha traicionado una o varias veces? ¿Podré volver a confiar después de haber sentido tu traición? Es tan difícil volver a empezar después de una caída. Tan complicado tocar la traición o el dolor del desprecio y no dejar de amar como Dios me ama a mí. Perdonar es propio de las almas grandes que no se conforman con vivir de forma mediocre. Con vivir encarcelados en la cárcel del rencor. Porque el amor más puro siempre perdona y vuelve a confiar. Es un don de Dios en mi vida, la posibilidad de amar de esa manera, y aun así no lo consigo. Quisiera saber renunciar a ti por amor. Saber cortar mis apegos para dejarte volar. No siempre lo que hago se corresponde con lo que deseo. Mis deseos se tornan egoístas y me hacen buscarme a mí cuando busco a otros. La generosidad es algo que pido cada mañana. Quiero ser libre de todo tipo de esclavitudes. Quiero amar desde la libertad, desde la verdad, desde el cuerpo que se da por entero. La pureza del amor se pierde cuando he sido herido. Cuando no me han amado de esa forma tan pura, cuando he rozado con la piel del alma la infidelidad de otros. Dios me ama con todo su corazón y no me lo merezco. No merezco su misericordia infinita. No recuerdo esos momentos en los que he sentido el abrazo de Dios en mi espalda, sujetándome en media huida. Dios me quiere mucho y no me dejará ir. Creo en el amor puro. Ese amor que es un don de Dios en el alma. Una lluvia de rocío que todo lo empapa. Un amor que lo soporta todo, lo perdona todo, lo aguanta todo y siempre está dispuesto a volver a confiar. No se detiene ante la frustración que siempre trae la vida consigo. No se aleja del que le ha hecho daño. No huye de los conflictos y trata de resolver las tensiones y los problemas. Un amor puro es un amor parecido al que Dios me tiene. Se lo pido cada día a Dios. Él puede hacer milagros en mí.
No sé bien cómo hablar de la vida de nadie. No conozco sus más íntimos pensamientos. Ignoro sus batallas y sus luchas interiores. Sólo sé lo que me cuentan otros, lo que me revelan en un afán por mostrarme algo bonito de su vida. Y es cierto. En todas las vidas hay algo bello. Una luz que ilumina el camino. Una paz que acaba con las guerras. Hay verdades escondidas que sólo algunos conocen, o incluso nadie, sólo Dios que lo sabe todo y lo calla en sus entrañas de Padre. Porque no todo tiene que saberse. Y es que, al morir alguien, quiero cubrir con un velo su fragilidad. Sólo Dios la conoce, sólo Él puede juzgar la realidad con amor profundo. No quiero entrometerme entre Dios y los hombres. No juzgo, no opino, no quiero violentar esa intimidad sagrada. Simplemente me quedo observando la muerte y me asombra la fragilidad de mi carne. Sé que hay un cielo escondido detrás del velo que teje la vida terrena. Un cielo de plenitud y de descanso, en el que todo estará claro y la vida se verá llena de luz. No me asusta la soledad ante esa muerte que parece llevárselo todo. Porque así es el último aliento, ese aire que se expira acabando con el último latido. ¿Cómo se puede retener a los muertos entre los vivos? Habrá que dejarlos ir para que descansen. Pero el recuerdo siempre mantiene viva la esperanza del reencuentro. Y la confianza en ese Dios que tiene listas muchas moradas, para que yo también encuentre mi lugar en ese jardín del cielo. En el que no habrá sombras, ni odio, ni retrasos. Allí no habrá insatisfacción, ni siquiera un fracaso. Todo será luz y esperanza. Todo se llenará de una vida eterna que todo lo ilumina. Confío en ese amor tan grande que se hizo pequeño para no desbordar mi capacidad limitada. Y vertió en mi alma un don infinito que casi rompe mis paredes finitas. Como esos odres viejos que no logran contener el vino nuevo. Porque la vida del cielo es demasiada vida. Y la vida en la tierra es demasiado pobre. Muy pequeña e insignificante. Como la de aquellos que lo han perdido todo y ya no poseen nada. Y las lágrimas vertidas. Por dolor, por angustia. La ansiedad de no poder retener nunca más los brazos del amado. Porque el amor engrandece el alma. Y el que ha amado mucho, también mucho sufre. Así es la vida de los pobres que recorremos esta tierra buscando algo de consuelo. Deseamos llegar al infinito con manos tan frágiles que no logran asirse lo suficiente para alcanzar las nubes. Si supiera que todo lo vivido queda grabado en el corazón de Dios. Si comprendiera que la vida es mucho más grande que todo lo que yo puedo hacer con ella. Hay muchos más días que los que controlo. Hay muchas más noches que las que puedo dormir. Porque el corazón tiembla ante la separación de lo que ama. Como si esas lágrimas de angustian pudieran limpiar tanto dolor y devolverle esperanza a ese corazón herido. Tengo miedo de no estar a la altura del cielo. Como si mis méritos fueran la escalera para llegar más alto. Se me olvida que Dios es misericordia. Menos pregunta Dios y más perdona. No creo que me pregunte por todo lo que he hecho. Simplemente me amará y todo será más sencillo. Me dirá que mi vida vale la pena y me sostendrá cuando amenace con caerme. Dios me quiere tanto que nada me puede quitar la paz que tengo. Sé que la libertad es un don sagrado que me dio Dios para que eligiera. Puedo hacer el bien que me hace bien. O puedo seguir la senda del mal que me llena de odio. Entre el amor y el odio hay una indiferencia enfermiza que es la tibieza. Y el corazón quiere amar más, y ser siempre amado. Y al final de mis días sólo me preguntarán cuánto he amado. Recordaré el daño hecho y pediré perdón suplicando una misericordia infinita que lo borre todo y lo calme todo. ¿Será posible llegar más alto sólo con mis manos? Imposible amar con un amor infinito si no es que Dios lo pone dentro de mi alma. Pero a veces duelen las heridas. Y el rencor me llena de pesadumbre. Y no sé qué hacer con tantas lágrimas. Y le reclamo al cielo que no todo es como yo quisiera. Y mis planes no son lo que en el papel soñaba. Sólo Dios conoce la pureza de todas mis intenciones. Sólo Él sabe lo que mi corazón desea, lo que sueña y espera. Lo que hace sin querer y queriendo. Lo que lucha para no caer en ese mal que no desea. La vida es tan corta y al mismo tiempo tan plena. Y sé que en el cielo seré ante Dios un hombre frágil. Una imagen débil reflejada en el barro. Mi sangre no valdrá tanto, será muy pobre. Y Dios la levantará entre sus dedos y dirá con alegría que todo en mí tiene un sentido. Llevo en vaso de barro un amor inmenso y sólo espero ver a Dios cara a cara para que me sonría. Le llevaré preguntas que no requerirán respuestas. Y sabré ese mismo días, ya fuera del tiempo, que todo habrá valido la pena. Me habrán faltado tantas cosas por hacer y personas a las que amar. Y aun así comprenderé que las cosas no son tan importantes como me parecían mientras sufría caminando. Porque el ancho mar es tan inmenso que borra todas mis culpas. Y el cielo es tan profundo que no tengo nada más que sonreír y abrazar la vida llena de esperanza. Comprendo que no puedo juzgar nada con mis ojos mezquinos. Sólo Dios conoce el corazón del hombre. Y con eso basta.
Tengo claro que el descanso no consiste en no hacer nada. Más bien lo veo como un dejar de estar en un sitio, el habitual, allí donde se juega la vida cada día, para hacer otras cosas, estar en otra parte, caminar otros caminos. Consiste en tomar distancia de mi vida cotidiana para ver cómo estoy, qué siento, qué me está pasando. Siempre me da miedo no vivir en el presente. Vivir como enajenado, o bien anclado en el pasado que no puedo cambiar, o bien angustiado por ese futuro que me produce miedo en medio de la incertidumbre. ¿Podré llegar a hacer todo lo que me propongo? ¿Podré retener lo que me da la vida? ¿Y si mi futuro cambia en un segundo, de golpe, cuando menos lo espero? Una enfermedad no esperada. Un accidente que rompe todos mis planes. Una pérdida que me ocasiona una angustia infinita, una derrota que me devuelve a mi realidad, a mi pobreza. Me gustaría vivir aquí y ahora sin desear más, sin esperar más. Pero luego la vida va tan deprisa que no me queda tiempo para valorar el presente. Por eso me gusta comenzar un camino nuevo con mi vida a cuestas y caminar despacio, o deprisa, sin prisa y sin miedo. Vivir cada huella, cada metro que recorro. Detenerme a observar, me hace tanto bien aprender a perder el tiempo. Es como si quisiera aprovechar cada segundo. Como si se me escapara la vida y tuviera que ser útil para los demás. Me siento tan imprescindible, tan necesario. Y no es verdad, no lo soy. Ahora estoy, mañana puedo no estar. Ahora me angustian ciertas cosas, mañana serán cosas diferentes. No me angustio por ello. Me gusta pensarme en otra parte, en otro lugar, haciendo otras cosas. Hay dentro de mí una esencia que no pasa, una verdad libre de mentiras, una humanidad asida al cielo, una hondura que trato de cubrir con superficialidades por miedo quizás a confrontarme con mis límites y heridas. ¿Por qué digo que no quiero algo cuando a lo mejor si sucede es el camino que me va a salvar? Una flecha no siempre indica el camino más seguro, puede que sea más largo y dé más vueltas, es sólo una fecha, un indicador en el camino. Desandar el camino recorrido parece arduo y a veces las fuerzas se agotan. Y cuesta desaprender lo aprendido, con todo el tiempo que invertí en aprender ciertas cosas. Veo la posibilidad de ser creativo y no atarme a las costumbres repetidas año tras año. ¿Qué importa que algo se haya hecho siempre de la misma manera? A menudo viene bien innovar, dejar de hacer, cambiar. Abrir el horizonte y la mirada. Sonreír a un futuro incierto que me incomoda. Porque soy el primero en acostumbrarme a lo de siempre y repetir rutinas aprendidas. ¿Cambiaré lo suficiente como para reinventarme una vez más? Ser niño me hace sentir más libre, más capaz de aprender, más versátil, más limpio, más puro. Ser niño en las manos de Dios para dejar que sea Él quien invente un nuevo rostro sobre mi rostro ya gastado. Una nueva vida llena de las mismas historias. Vivir el presente sin olvidar de dónde vengo, sin descifrar del todo hacia dónde voy. ¿Por qué tengo miedo? Los días dejan abiertos caminos nuevos. Y la vida se convierte en un camino lleno de esperanza al comenzar un nuevo año, un nuevo tiempo para aprender, para crecer, para madurar. Quiero avanzar para intentar expresar lo que siento y, no sólo eso, aprender a gestionar todas mis emociones. Sin hacer daño yo porque a mí me lo hicieron. Sin reaccionar continuamente a lo que el mundo me pide, me exige, o me reclama. Sin sentirme abrumado por unas demandas que nadie es capaz de responder, porque resulta imposible contentar a todo el mundo. Porque la gente tiene su propio camino de salvación. Y yo no soy Dios, no puedo completar a nadie, ni llenar el vacío de su existencia, ni darle un sentido a todo lo que les sucede. Sólo puedo acompañar en el camino, como hizo aquel peregrino yendo a Emaús. Sin pretender que nadie me invite a compartir su cena, su vida, su descanso. Sólo acompañar, sin más pretensiones. Me gusta esa paz que da saberme prescindible. Inútil y valiente para reconocer la propia incapacidad de entender mi propia vida. Porque cuando no tengo todas las respuestas es cuando soy más libre, más de Dios, más niño, más necesitado. La sensación de creerme sabedor de todo me provoca un rechazo hacia mí mismo. Cuando me creo en posesión de verdades aprendidas que no son mías. Tan sólo puedo permanecer en silencio ante tanto dolor del que soy testigo. Sólo puedo sonreír y dejarme llevar por la vida sin poner trabas, sin pretender tener todas las soluciones, sin querer conducir el camino de nadie, porque cada uno tiene su propio camino y Dios está en el de todos, dando esperanza y sosteniendo realmente la vida de los demás. Porque es cierto que Dios no siempre me da el consuelo, y aunque no lo sienta, permanece caminando a mi lado. No me da respuestas que puedan cambiar mi angustia. Pero me hace sonreír al contarle yo todas mis penas. Como si fueran diferentes a las del resto de los hombres. Y es que en parte lo son porque son mías, son únicas, son verdaderas. Y Jesús me sonríe porque entiende que dentro de mí hay un grito verdadero, un amor único y santo que me hace creer en todo lo que puedo llegar a hacer y a ser al mismo tiempo. Puedo ser más niño y más de Dios, más libre y más puro, más inocente y más verdadero. Puedo, si le dejo entrar en mi alma.
La humildad es una virtud que valoro mucho. Aprecio a las personas humildes, que no quieren destacar, que no buscan los primeros puestos. Hoy Jesús me lo recuerda: «En sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: – Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: – Cédele el puesto a este. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto». Aun así, me gustan los primeros puestos, busco el elogio y el halago. Me gusta que hablen bien de mí y que me digan cosas bonitas. La humildad es algo que valoro en las personas. Cuando veo a alguien humilde me maravillo. Me sorprende ver a personas humildes que no buscan la gloria. Hoy escucho: «Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor. Muchos son los altivos e ilustres, pero él revela sus secretos a los mansos. Porque grande es el poder del Señor y es glorificado por los humildes. La desgracia del orgulloso no tiene remedio, pues la planta del mal ha echado en él sus raíces. Un corazón prudente medita los proverbios, un oído atento es el deseo del sabio». Un corazón humilde es algo sagrado. Es muy sabio el que actúa con humildad y no se deja llevar por su orgullo. La vanidad enferma el alma. La humildad alivia el corazón. Siento que puedo ser más humilde, dejar mi orgullo y mi vanidad a un lado. Caminar tranquilo aceptando las cosas como vienen. Le pido a Dios la humildad y en ocasiones Dios permite en mi vida oportunidades para vivir la humillación. Es el camino más rápido y el más doloroso. Cuando me despojan de mi fama, de mi honor, de mi gloria. Me gustaría aprender de las oportunidades que me regala Dios para no creerme especial. Ser humilde es el camino de santidad al que Dios me invita. Hoy Jesús aclara la actitud a vivir: «Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: – Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido». Me pide que busque los últimos lugares, que no pretenda la admiración y respeto de todos. Que busque pasar desapercibido. Que no me obsesione por obtener las alabanzas de los hombres. Que sólo busque el amor de Dios y su aprobación. Yo vivo buscando la aprobación. Pretendo gustar siempre, caer en gracia a todos y ser admirado por el mundo entero. Así no funciona. La humildad es una virtud que implica la capacidad de reconocer y aceptar mi propia limitación, mi debilidad y mi vulnerabilidad. Es la cualidad de ser modesto, sencillo y sin pretensiones. No busco ser el primero, no pretendo ni espero que me traten de una determinada manera. Asumo que soy frágil. Es bonito aceptar mi propia debilidad. Reconocerme frágil, roto, vulnerable. Es el único camino que hay para ser feliz. Cuando me acepto frágil, ya no busco que los demás vean una belleza que no existe. Asumo que soy muy débil y así estoy dispuesto a que me traten de acuerdo con esta debilidad. Reconocer las limitaciones que tengo es el primer paso para ser feliz. Pretender vivir para que los demás vean lo que no tengo, me exige un vivir en tensión continuamente, y eso no es posible. Cuando me sé débil, comprendo que los demás saben más que yo, son más capaces, tienen más dones. Y entonces estoy dispuesto a aprender de ellos. Esa actitud me acerca a las personas, no compito con ellos y ellos no se sienten amenazados por mi presencia. Logro así vivir con modestia y sencillez, sin pretensiones ni arrogancia. A nadie amenazo, a nadie pretendo quitarle su lugar, su importancia. Simplemente quiero vivir en la sombra, sin buscar que me reconozcan en todo lo que hago. Ser humilde implica también la aceptación de la crítica. Estoy abierto a lo que me digan, a aprender de los errores. Asumo que no hago todo siempre bien y, cuando me lo hacen ver, aun cuando a veces me duela, lo acepto con humildad. Las correcciones me hacen mejor persona. Al mismo tiempo la humildad me hace más empático y compasivo. Estoy dispuesto a estar con todos. No pongo barreras, no me siento mejor que nadie, no encasillo a las personas. Las miro siempre con admiración. Porque las veo mejores que yo en todo lo que hacen. Una humildad verdadera es un bálsamo en las relaciones. Las personas humildes no viven defendiendo su lugar. Están dispuestas a hacerse a un lado y dejar que otros reciban los beneficios a los que ellos podían tener derecho. No se sienten ofendidas si las relegan a los últimos lugares de una fiesta. No pretenden ser ellos los protagonistas. Se callan y permanecen alegres celebrando a otros. Los humildes no se van de la fiesta cuando ellos no son el centro y nada gira en torno a ellos. Callan y se mantienen ahí, alabando al que está en el centro o ha pasado a ocupar los primeros lugares. La humildad tiene que ver con la verdad. La falsa modestia es otra cosa. Hay personas que se tiran al suelo para que otros los levanten. Esa no es una verdadera humildad. El humilde acepta su verdad, reconoce sus talentos, no dice que no es lo que de verdad es evidente en su vida. Si canta bien no lo niega. Si es un genio en los negocios, no finge no serlo. La humildad siempre es verdad. Y la verdad es precisamente lo que me hace libre.
Es un verdadero bálsamo la humildad en las relaciones. Mejora las relaciones con los demás, ya que, cuando soy humilde, estoy dispuesto a escuchar y a aprender de los otros. Los admiro y los elogio. Cuando vivo criticando y juzgando las actitudes de todo, en realidad estoy lleno de orgullo y pretendo quedar por encima de todos. Al mismo tiempo la humildad me ayuda a crecer, ya que siempre estoy dispuesto a aprender de los errores y a mejorar. No me estanco, evoluciono, crezco. No estoy al final del camino, siempre estoy caminando hacia la meta, lejos del ideal, soñando con aquello que quiero lograr. Las personas que siempre se dejan enriquecer y complementar por otros son más sabias, además de más humildes. El humilde no vive estresado, porque no tiene que defender su lugar continuamente, no vive a la sombra de su fama. Acepta sus límites y errores y por eso no se protege todos los días. La verdad que asumo al ser humilde me hace tener un sano amor propio. La autoestima aumenta. Porque acepto y valoro mi propia persona tal como es. El humilde se abaja a sí mismo y desde allí ve la vida con más paz. Cuando me sé pequeño no me sorprende que me traten de acuerdo con esa pobreza. No pretendo lo que no merezco. Acepto los juicios y las críticas y tengo mucha más paz. El que es humilde sabe escuchar, no cree tener siempre la razón, valora las opiniones de los demás, respeta sus juicios y sus puntos de vista. Enfrentar la vida así me da mucha tranquilidad. Las personas humildes son agradecidas porque sienten que no se merecen nada. Jesús también me dice que no trate de exigirle a la vida lo que no puede darme. Cuando soy humilde no vivo quejándome de lo que me pasa, de lo que no tengo. No tengo derecho a los bienes que recibo y por eso soy agradecido. Hoy escucho en el salmo: «Tu bondad, oh, Dios, preparó una casa para los pobres. Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría. Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada. Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece. Derramaste en tu heredad, oh, Dios, una lluvia copiosa, aliviaste la tierra extenuada; y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh, Dios, preparó para los pobres». Dios se fija en el pobre y en el desvalido, en el que no tiene cómo defenderse y no sabe de privilegios ni de derechos. Por eso el humilde es agradecido, porque todo en su vida es un don, nunca un derecho. Es así como me invita Jesús a dar banquetes para los pobres que nunca me podrán equilibrar mi generosidad: «Y dijo al que lo había invitado: – Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos». Quiere que me acerque a personas humildes para ser yo más humilde. Que no busque dar para que luego me den, ni agradar a otros para que al mismo tiempo me agraden. Quiero rodearme de personas humildes y sencillas que me enseñen el camino de la humildad. Con su actitud siempre agradecida me hacen ver que nunca podré empatar a Dios en su entrega. Siempre será más generoso que yo. Cuando vaya a dar algo, no quiero recibir en la misma medida. Aceptaré el olvido y la crítica. Entenderé que no tengo derecho a que me den las gracias y a que me correspondan de la misma manera. Veré que los humildes no exigen nada y viven más felices. Ser humilde no consiste en no tener nada, más bien se trata de no necesitarlo. El más pobre no es el que no tiene, sino el que no necesita. Y esa pobreza de espíritu es un don de Dios que hace de mí una mejor persona. De los humildes es el reino de los cielos. Mientras que los vanidosos y orgullosos sólo quieren que los demás vean su justicia y que los admiren por sus logros. La humildad es un don que me acerca a la tierra y no deja que viva aspirando a lo que no me corresponde. Los orgullosos crean barreras, construyen castillos inexpugnables. Los humildes viven felices con lo que tienen sin exigir lo que no les pertenece. Me gusta la actitud de los pobres de espíritu que se sienten amados por Dios de forma inmerecida. El orgulloso lucha cada día por defender su imagen, por proteger su fama, por juntar méritos que justifiquen el cariño que otros le tienen. El humilde acepta que no tiene derechos, que no es justo lo que le pasa y así vive con paz su vida, sin pretender nada que escape a sus posibilidades. Aun así acepta siempre los elogios que recibe con naturalidad. No niega la evidencia de esos dones que posee. No se angustia si no es correspondido cuando se entrega. No espera que todos se alegren con su presencia. No busca que el mundo enumere sus méritos. No hace alarde de sus capacidades. Reconoce sus límites y con sencillez reconoce esos dones que Dios le ha dado. Quisiera ser más humilde, más de la tierra, más hombre frágil amado por Dios.
Peregrinar es el camino que conduce a un lugar santo. Cuando tengo claro que no camino para hacer ejercicio sino para alcanzar la meta. Vivo con un sentido. Descubro al Dios de mi vida caminando a mi lado y sé que mi vida ha encontrado una razón de ser. Porque desde que tengo conciencia busco el sentido de mi vida. ¿Para qué he nacido? Dios puso en mí unos talentos, una forma de ser, un don. Y me dijo que me pusiera en camino sin dejarme totalmente claro para qué. Porque la vida da muchas vueltas y todo se cubre de un manto gris. Me gustaría llegar al final del camino sin miedo, pero me asusta no lograrlo. Hacia delante temo. Hacia atrás rumio lo vivido. Me engancho en lo que no fue o no hice o no dije. Y sufro por los errores cometidos. Hacia delante siento que no seré capaz de enfrentar la vida con todos sus límites y sufrimientos. Me asusta el devenir de esta vida incierta que Dios me ha regalado. Siento que se me escapan los días y la realidad es más dura de lo que nunca hubiera pensado. Darles demasiadas vueltas a las cosas nunca ayuda. Pensar tanto en lo que los demás hacen o dejan de hacer no es sano. Pienso en mi propia vida sin juzgar a nadie. No les digo lo que deben hacer, no critico lo que han hecho. Siento que la vida es más sencilla cuando la vivo centrado en lo mío, en lo que a mí me toca, sin ponerme a compararme con el mundo que me rodea. Estoy feliz con mi camino sin pensar en el camino de los demás. Camino sabiendo que Dios me busca en mis pasos. Sabe lo que necesito y sale a mi encuentro a darles una respuesta a todas mis preguntas. No a todas, quizás sí a algunas. No pienso en cómo estaré dentro de veinte años. No tiene sentido pensar esas realidades que aún no toco, no percibo, no siento. Los días se viven en presente, no quiero darle más vueltas. El camino es largo y la meta incierta. El sol sale cada mañana para cada nuevo día. Y al anochecer agradezco por lo que he recibido sin merecerlo, un simple don que se me confía. Los sueños son para vivirlos y tal vez un día el Señor me regale todo lo que anhelo. La soledad es parte de ese peregrinar alegre, jovial y lleno de vida que emprendo cada mañana. Sin echarle la culpa a los demás por lo que no he vivido, por lo que no he logrado. La angustia no es lo que mejor que viene. La paz es lo que más deseo. Vivir sin ansiedad es un don de Dios en mi caminar con sentido. El ideal que Dios ha puesto en mí no es más que la realización de ese anhelo inmenso que habita mi alma. Los miedos me envenenan y las tristezas me nublan la mirada. Hay tanta vida a mi alrededor, tantas posibilidades para seguir luchando. No desfallezco, no dudo. Confío en ese Dios amante que me busca por los caminos. Sabe cómo es mi alma y me da de comer y beber cada día. Sabe cómo soy y no se asombra al ver mi desvalimiento. Me ama en mi pecado y mis inconsistencias, en mi vulnerabilidad y mis heridas. Ha soñado para mí no una vida perfecta ni inmaculada, sabe que soy débil y pecador. Pero ha sembrado en mi alma una semilla para que dé mucho fruto y mucha esperanza. Hay en mi corazón un deseo de llegar más alto, más lejos. El deseo de dar la vida por entero. Y sueño con amar hasta que se me acaben las fuerzas. La vida que merece la pena es la que se entrega. La vida que se pierde para siempre es la que se guarda de forma egoísta. Hoy veo a mi alrededor tanto egoísmo que temo que se me pegue a la piel del alma. El egoísmo que me mueve por dentro y me hace incapaz de abrirme a las necesidades de mi prójimo. Quiero caminar despacio. Quiero correr hacia la meta. A mi paso y al de Dios mismo, siguiendo sus caminos. Hay en mi vida ya muchos años guardados y aún no sé lo que vendrá con el tiempo. Pero no me angustio al pensar en tanta incertidumbre. Quiero vivir confiado y sabiendo que Dios teje mi vida con amor y mucha misericordia. Eso me basta para comprender que merece la pena vivir con el sentido que Dios pone en mi existencia. Hay muchas cosas aún por hacer, por vivir, por comprender. Me armo de paciencia para no desear estar ya completo. Los días me irán dando forma y no le tengo miedo a la mano de Dios sobre mi barro. Él sabrá lo que puede sacar de mi existencia. Quiero ser un niño confiado, un niño dulce que duerme y despierta junto a Dios cada mañana. Sólo tengo claro que la vida se juega en cada paso que doy para llegar a la meta. Un paso cada día, sin llevar cuenta de mi pecado y tampoco de mis éxitos.