Evangelio según san Lc 14, 1,7-11
Sábado de la semana 30 del tiempo ordinario.
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: «Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate más’, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que seensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado».
Meditación de Gonzalo Manzano Gónzalez
“Ve y siéntate en el último lugar”
Jesús parece decirme: Con este consejo no me refiero a la falsa modestia de quien se sabe mejor que otros, pero para que lo vean avanzar en medio de los presentes, toma una posición inferior. Lo que quiero decir es que si eres más capaz, correcto, educado y distinguido, con mayor razón deberías valorar la humildad, la discreción, ya que nada sacas con vanagloriarte de esas ventajas. Antes bien, ponlas al servicio de quien las necesite, porque para eso las tienes. La más grande felicidad del hombre pasa por ser parte de la felicidad del otro.
Usualmente, reconozco que hay que ser humilde para reconocer mis propios errores, defectos y pequeñeces, pero también la humildad me enseña a reconocer mis virtudes y características positivas. Diría que la humildad raya en ser objetivo al observarme. Y hoy Jesús me muestra que nada de eso importa, porque pueden ser minucias al lado de cualquier otra persona. Si yo tengo buena memoria, pero no tengo disciplina, seguramente un disciplinado olvidadizo puede llegar más lejos que yo. Hoy veo que mi actitud debiese ser la humildad en todo su peso y sentido, para siempre reconocer al otro, sea quien sea, como alguien mejor.
Señor Jesús, cuando enseñabas incluso simplificabas con parábolas este mensaje de salvación, buscando hacer simple algo tan complejo como la santidad. Hoy te agradezco por bajar a mi nivel de comprensión, las virtudes que me invitas a cultivar. No dejes que mi vanidad pueda más, ni que me gloríe de cosas que en realidad me has regalado Tú. En vez de eso, dame por favor la disciplina de saber guardar silencio, de meditar todo de cara a Ti, para que así no trastabille con mis propios pies. Madre Santa, te regalo lo pequeño que soy, para que me lleves de a poco hasta tu Hijo. AMÉN