Éxodo 22, 20-26; 1 Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40
«El segundo es semejante a él: – Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas»
25 octubre 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«Cualquiera que está al borde del camino pidiendo ayuda en su desvalimiento es mi prójimo. Cualquiera que clama desde su fragilidad es digno de mi amor»
El otro día escuchaba una reflexión que me dio qué pensar. En ella hablaba una persona de una mentira que me acabo creyendo y me hace mucho daño: No necesitas a nadie. Y es verdad, es una mentira muy extendida y aceptada como verdad. Yo puedo hacerlo todo solo, yo soy capaz, tengo todo dentro de mí para ser feliz. Y es cierto que me sorprende que esté tan aceptada una mentira tan evidente. El hombre cuando nace es el más vulnerable de todos los animales en esa etapa de su vida. Necesita de los demás para sobrevivir. Es como si Dios me estuviera avisando de algo central: Toda la vida voy a necesitar a los demás. Tengo claro que mi cerebro necesita afecto, apego, pertenencia. Necesito amar y ser amado, pertenecer y no estar solo en este mundo. Y tengo claro que el hecho de reconocerlo es un signo de fortaleza y no de debilidad. El problema es que los demás me hacen daño y por eso busco la soledad y esa soledad me acaba destruyendo. Me han hecho daño en algún momento del camino. A veces con intención, en otras ocasiones por omisión, por dejadez, por olvido. Y entonces he experimentado mucho dolor. Por eso me escondo, para que no me vuelvan a hacer daño. Y me convenzo de esa mentira, los demás son una carga, son un problema, son tóxicos, los tengo que evitar, no puedo responder a sus constantes demandas y exigencias, no me hace bien seguir a su lado. Los aparto de mí y huyo. Y esa huida me acaba destruyendo. Reconocer mi dependencia afectiva me hace crecer como persona. Pero desaparecer, borrarme, dejar de cuidar los vínculos que Dios me ha regalado me acaba enfermando. Huir del mundo, de los demás, esconderme en mi cueva no me salva, es todo lo contrario. No puedo ser feliz solo sin pertenecer a nadie, a ningún grupo, a ningún lugar. Necesito vínculos y el drama del hombre hoy es que ha roto todas sus raíces y vive sin hogar, ha dejado atrás el nido en el que podía crecer como persona. Desarraigado no le encuentra sentido a su vida. Decía el P. Kentenich: «Completo desarraigo, completa falta de hogar respecto de toda la realidad objetiva, completa “desvinculación del nido”. Desvinculación del nido de una ideología clara, desvinculación del nido de lugares, del nido de personas a las que el hombre debería estar vinculado. Así se yergue ante nosotros la humanidad actual con su creciente discontinuidad»[1]. Y comentaba el Papa León XIV: «Nuestras relaciones con otras personas son indispensables. Nacemos como hijos de alguien. Nacemos con un vínculo y por esos vínculos crecemos. Entre las muchas conexiones culturales en nuestra vida internet y las redes sociales se han convertido en una extraordinaria oportunidad de diálogo, encuentro e intercambio entre personas así como de acceso a la información y al conocimiento. Sin embargo, estos instrumentos resultan ambiguos cuando están dominados por lógicas comerciales e intereses que rompen nuestras relaciones en mil intermitencias». Vínculos intermitentes, rotos, poco profundos. Acabo viviendo desvinculado y a la deriva, sin un rumbo, sin una idea clara de lo que tengo, de lo que de verdad necesito. No puedo estar solo y por eso me pregunto hoy dónde está mi nido. En qué grupo tengo puestas mis raíces. Cuáles son las ideas que me vertebran y me sostienen dándome solidez. Cuál es el sentido de mi vida que guía mis pasos. A quién necesito en mi camino para no vivir solo. Con quién confronto mis dudas y mis miedos. En quién descanso y encuentro paz. Hacia dónde voy, dónde reposo, en qué lugar tengo calma y se sofoca mi ansiedad. Con qué personas me siento en casa. La soledad en realidad no me hace bien. Cuando es una soledad como huida, como escape de un mundo en el que me siento amenazado y veo que me hacen daño. Me gustaría hoy mirar mis raíces y ver si están cuidadas. Me gustaría ver si puedo hacer crecer esos vínculos que no cuido y olvido porque todo va demasiado rápido y parece que no tengo tiempo que perder con las personas a las que amo. La verdad es que no quiero vivir sin nido. Quiero tener personas de confianza, cercanas, personas cercanas a Dios con las que me pueda sentir en casa y construir un proyecto común. Necesito personas con las que soñar la construcción de un mundo mejor. Están bien esos vínculos que cuido en la distancia pero no bastan. Necesito a esas personas cercanas, con las que vivo cada día, con las que comparto mis dudas y mis sueños. La verdad que hoy acepto es que no lo tengo todo en mi corazón para ser feliz. Me falta mucho. Necesito a los demás en este camino.
Cuando no estoy bien conmigo mismo, tampoco lo puedo estar con los demás. Tengo claro que la santidad comienza dentro de mi corazón. Cuando me quiero, cuando me acepto. La santidad tiene que ver con mi decisión de entregar la vida, con amar sin importar las consecuencias. Porque el que ama, sabe que elige el sufrimiento como camino de vida. Y la santidad pasa por aceptar la vida como es en toda su grandeza, con todas sus cruces y fragilidades. La verdadera santidad no consiste en hacer obras maravillosas, sino en vivir las cosas sencillas de una manera extraordinaria. Hacer que lo cotidiano sea el lugar del encuentro con el Dios de mi vida. La santidad a la que aspiro consiste en vivir el presente sin angustiarme. Aspiro a esa santidad de la vida diaria, de lo cotidiano, de Dios en lo humano, no de las cosas extraordinarias, sino las más ordinarias. Como decía Santa Teresa de Jesús al hablar de la santidad: «Entre los pucheros anda el Señor, ayudándonos en lo interior y exterior». ¡Qué bonito ese Jesús que anda por mi cuarto, entre mis cosas, en los pucheros, en mi trabajo, en la cocina y en la capilla! No se esconde, no se hace el Dios misterioso. Es un camino que me lleva a la paz. Eso dice la Santa: «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: Solo Dios basta». ¿Realmente me basta Dios para tener paz en el corazón? Es lo que necesito de verdad. Un Dios que me ayude a confiar y me regale paciencia. No se muda, no se pasa, permanece a mi lado. El santo de la vida diaria tiene paz. No porque haga muchas cosas, porque a lo mejor no hace nada relevante, pero tiene paz. Porque Dios es estable y se queda en su alma. Me gusta ese Dios que se abaja para caminar conmigo y me recuerda el camino de la humildad como el camino más directo al cielo: «Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsome delante esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad». Necesito la humildad para aceptar la realidad de mi vida. Para comprender que soy pequeño y le necesito. Cuando vivo humillaciones, cuando experimento el desprecio y me siento invisible. Cuando no me toman en cuenta ni valoran lo que he hecho o lo que hago. En esos momentos en los que me siento pequeño, despreciado, ninguneado, invisible, toco la humildad de Jesús. Me gustaría que no fuera así, porque no me gustan las humillaciones. Pero en ellas está mi camino de santidad. Cuando me despojan de mis seguridades, cuando ya no tengo títulos ni cargos, cuando me degradan y se olvidan de agradecerme por lo que he entregado. Todo eso me lleva a vivir el despojo como un camino de santidad. Y despojado de todo lo que me sobra, de lo que me esclaviza y ata. Libre ya de dependencias y apegos enfermizos. Es entonces cuando me encuentro libre para amar la verdad, lo bueno, como dice la santa: «Quien verdaderamente ama a Dios, todo lo bueno ama, todo lo bueno quiere, todo lo bueno favorece, todo lo bueno loa, con los buenos se junta siempre y los defiende; no ama sino verdades y cosa que sea digna de amar». Comienzo a ser santo cuando me desprendo de mí mismo, de mi ego, de pensar sólo en mí y ser autorreferente. «Para que Dios quepa en el alma, es menester vaciarla de todo lo que no es Él». Consiste en vaciar el alma. Con libre voluntad o un poco a la fuerza. Permitir que me quiten lo que era mío y me dejen verlo, ahora lejos, inalcanzable, inaccesible. Como si en una tormenta viera cómo se aleja de mí esa barca que me daba seguridad y era mi refugio seguro. Para sentirme perdido en las aguas, mecido por las olas, sin hacer pie, abandonado. Esquiva la suerte para el que lo ha perdido todo, habiendo creído que lo poseía todo. Cuando estaba seguro era dueño de mi vida. Sostenía firme el timón y no quería que nadie pretendiera quitarme ese poder. ¿Acaso no he sentido a veces que me sobraba Dios o por lo menos no me hacía falta? El poder se adentra en el alma, se hace fuerte en los huesos, como si quisiera decirme que sin él no sería nada, desaparecería de este mundo. Entonces me aferro al poder que me da nombre, rostro, vida, sentido, justificación. Siento que ese poder extraño a mí, que ha venido de manera intrusa, me da la identidad de la que antes carecía. Y al perderlo, al ser invisible de golpe, despojado de tanto prestigio y alabanzas, me siento tan vacío y roto como una vasija destrozada sobre la roca. Ya no sirve para retener el agua. En eso consiste entonces el vaciarme, el despojarme. Consiste en negarme a darle rienda suelta a ese ego escandaloso y egoísta que pretende erigirse como dueño de una vida más grande que la que en realidad me pertenece. Vacío de mi ego y roto. abandonado sin haber sido de verdad abandonado. Porque los sentimientos no necesariamente se corresponden con la realidad. Siento un dolor, aunque no haya nadie ni nada causándome ese sufrimiento, lacerando la piel de mi alma. No hay nadie, no hay causante, pero el despojo duele, el dejar de poseer, aunque supiera que no era mío. Porque todo en esta vida es pasajero y no me pertenece para siempre. Y nadie me ha prometido una felicidad que no poseeré nunca en plenitud, hasta el cielo. Pero sigo sintiendo el vacío que me amarga, y la tristeza pegada a la piel de forma extraña. Como si se me pegara el mundo un poco muy dentro. Y no fuera capaz de gobernar mi vida, tomar mis decisiones. Me siento como una barca varada en la orilla. Sin velamen, sin remos, sin redes siquiera, casi sin timón. Sin nada dentro, vacía y quieta sobre la arena. Perdiendo el tiempo sagrado que se desgrana entre los dedos. En eso momento quizás comenzará la verdadera santidad que tanto anhelo. No la de las grandes obras, sino la del gran despojo, la del abandono en las manos de Dios. Y ahí estará Jesús, abrazando mi indigencia, mi alma vacía de todo, vacía de méritos y títulos. Sosteniendo mis pasos cuesta arriba, mis pies descalzos, mi alma triste. La santidad que me cubre con su manto para que no me entre muy dentro el frío del abandono.
El otro día escuché una reflexión sobre el collar del perro y la libertad del lobo. El perro come todos los días pero lleva collar. Está bien alimentado y parece feliz. El lobo a veces come y otras veces pasa hambre, pero no lleva collar, no responde ante nadie. El lobo le dice al perro: oye, tu vida parece fácil. Ven conmigo, le dice el perro, y te mostraré dónde vivo seguro. Emprenden el camino y el lobo se da cuenta de algo. Le pregunta al perro por la marca que tiene en el cuello. El perro le dice que es que su amo lo ata durante el día, pero que en la noche es libre. El lobo se da media vuelta y regresa al bosque. El lobo toma una decisión. ¿Cuál de los dos será más feliz? En la vida opto continuamente. Me dejo llevar por las emociones en la mayoría de las decisiones que tomo. No sé por qué cruzo la calle por un punto determinado. Luego la razón trata de ordenar la decisión para que encaje y sea lógica, para que me dé paz. Normalmente elijo y opto por lo que me da seguridad, o hago lo contrario y elijo la libertad, lo nuevo, la aventura, lo desconocido. Son las dos tendencias del corazón. Busca seguridad o busca aventura. Lo que controlo y lo que no puedo controlar. Lo que me permite permanecer en mi zona de confort y lo que me hace vivir con cierta hambre, anhelando lo que no poseo. Porque el hambre es el precio de la libertad. Muchas personas eligen el collar y lo llaman seguridad. Y la seguridad es un bien valioso, cotizado. Pero brota la pregunta: ¿De qué me sirve tenerlo todo si no tengo libertad? Puedo vivir satisfecho, colmado pero infeliz. Mi vida es muy cómoda y segura, demasiado predecible, pero no encuentro la paz. Es como si la aventura y los sueños me llenaran de alegría. ¿Qué es lo que yo elijo, la libertad o la seguridad? No es posible controlar a un hombre que está dispuesto a pasar hambre y no tenerlo todo controlado mientras persigue su ideal. El hambre no es el problema, porque simplemente es el precio de la libertad. A veces una relación se mantiene por miedo a la incertidumbre y a la inseguridad que me da renunciar a todas las seguridades que me garantiza esa relación que, en el fondo, me hace daño. O sigo en un grupo desde hace años, donde no me siento cómodo, pero sí seguro y lo hago por miedo a estar solo. O sigo haciendo algo, un hábito que repito porque está arraigado en mis costumbres, sé que no me hace bien, pero no lo dejo, por miedo a no tenerlo. Vivo haciendo ciertas cosas para que los demás, mi familia, mis amigos, el mundo entero me aprueben, porque la aprobación de los demás es muy valiosa y me da la seguridad que tanto anhelo. Si no me aprueban no consigo vivir en paz, y el precio que pago por llevar ese collar a veces es muy alto. El lobo vive libre pero pasa hambre y está expuesto a las inclemencias del tiempo. No está protegido, no vive seguro. Yo creo que todos necesitamos una cierta seguridad y también mucha libertad. Las dos son importantes para que haya equilibrio en mi vida. Vivir siempre atado a la cadena de las expectativas de los demás, me somete y me esclaviza. Estoy feliz porque tengo reconocimiento y aprobación. Pero a la vez soy infeliz porque no puedo salirme de la norma, de la raya, del lugar donde todos esperan que me quede. Es fácil hablar de la libertad del lobo de forma absoluta. Normalmente tampoco es posible vivir fuera de la manada, del grupo, del ambiente que me permite bajar la guardia y descansar. Los extremos no son buenos y no me dan la paz que necesito. Siempre habrá más de uno que de otro en mi vida. ¿Qué es lo que predomina? ¿La libertad y la aventura sin límite ni control? ¿O la seguridad y la pertenencia de forma sistemática y rígida a un lugar, a un grupo? Necesito las alas para volar. Y necesito las raíces para vivir anclado. Necesito el collar y el bosque. La paz de un hogar y el viento que me acompaña en el camino. Ciertas normas rígidas que me sostienen y también ciertos incumplimientos que me hacen sentirme libre. Necesito el pecado y la absolución. El error y el perdón. La falta y la penitencia. Lo necesito todo porque soy humano, imperfecto e incompleto. No lo tengo todo dentro de mí y necesito a otros que me complementen. No puedo ser feliz sin una comunidad y al mismo tiempo la actitud para ser feliz está presente dentro de mí. Puedo recorrer mares infinitos sin miedo porque Dios me sostiene. Y al mismo tiempo puedo permanecer en casa, atado a su pecho, sin angustia, con paz. El océano profundo y la orilla. Las velas de mi barca que se dejan hinchar por los vientos y la paz de una orilla calma que me deja echar raíces sin miedo. Quisiera ver qué es lo que busco con más frecuencia. Ver si tengo demasiadas ataduras y collares o por el contrario, demasiada libertad pegada al alma. Quisiera ver si soy un soñador solitario o si camino con otros soñando un mundo mejor, más libre y más grande, con más paz y más verdades. Hoy no condeno al perro por elegir el collar, porque yo también elijo collares en mi camino. No ensalzo al lobo como un gran maestro, porque quizás él les tiene demasiado miedo a las seguridades. ¿Dónde se encuentra el justo equilibrio? Quiero mirar a Dios y dejar que me mire. Dejar que me diga lo que más necesito, lo que más me hace falta.
¿De dónde brota tanta violencia en este mundo que habito? ¿Cómo se puede apaciguar la ira, calmar el llanto, sofocar el odio? Me cuesta entender de dónde viene la maldad y el deseo de hacer el mal. Cuando veo violencias injustificadas, gritos desproporcionados, maldad que brota sin freno en el corazón del hombre se me encoge el corazón. ¿De dónde viene tanto odio? ¿Dónde se gesta, cómo empieza a crecer desde una semilla pequeña hasta convertirse en algo tan inmenso? No me cuesta entenderlo cuando veo mis propias reacciones ante la injusticia, ante el mal que he recibido en alguna ocasión. Suele haber una reacción desproporcionada cuando el corazón siente que todo es injusto, que no hay libertad, que no hay bienestar. Cuando sucede todo lo que hoy escucho que no debería ocurrir. En los mandamientos del pueblo judío así se describe: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos. Si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor, se encenderá mi ira y os mataré a espada; vuestras mujeres quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo». Dios es justo y compasivo. Pero mi corazón no siempre es justo y puede que tampoco sea compasivo. Porque cuando he recibido heridas desde mi infancia, desde el comienzo de mi vida, cuando era inocente y tenía sueños y creía en la bondad de las personas. Cuando me he desengañado y me han tratado de forma tan injusta. Ese momento, que puede que recuerde con nitidez, marca mi vida y mi forma de reaccionar. En ese corazón virgen que se ha sentido despreciado comienza a nacer el odio. El otro día leía: «Creamos el odio de la nada, lo hacemos crecer y lo guardamos como un peso de plomo en la boca de nuestros estómagos. Una energía gratuita y autorrenovable con una potencia de destrucción brutal. Nos hace sentir poderosos. Clarividentes. Porque el amor nos nubla, pero el odio nos vuelve sagaces»[2]. ¿He sentido algunas vez ese odio crecer en mi corazón? ¿Ha sido tan fuerte que ha logrado que el amor se apagara, y con él la compasión? El odio nace de la injusticia. Cuando me tratan como no creo merecer. Porque nadie nace odiando, es imposible ver un atisbo de odio en los ojos de un bebé. No nací con esa maldad cosida en la piel del alma. Se despertó sola, como un animal salvaje y fue destruyendo todo a su paso, alimentándose del mal que causaba a otros. «El odio es un animal hermoso, imposible de encerrar, con sed de sangre. El odio se despereza, se extiende y te atrapa. Se alimenta de tu rabia. Y al final vuelves a odiar. Porque es fácil. Porque lo necesitas»[3]. Detrás de la violencia hay odio. No sólo sed de justicia e igualdad. No sólo el deseo genuino y valioso de lograr que la vida sea más justa. Creo que la violencia nunca es el camino para conseguir la justicia, ni tampoco lo es el odio. ¿Puedo llegar a hablar con el que no piensa como yo y sostiene ideas contrarias? ¿Puedo llegar a perdonar al que me ha hecho daño, o simplemente a aquel que con su existencia representa lo que yo no quiero para mi vida? ¿Cómo es posible que odie a aquel a quien envidio porque posee todo lo que yo quisiera poseer? El corazón se enferma con el odio. Entra en una dinámica peligrosa de la que luego es muy difícil salir porque el corazón llega a acostumbrarse al mal: «Odiar no era malo. Había acabado acostumbrándose a ello. Lo único que tenía que hacer era impedir que le afectara»[4]. Dejan de afectarme las cosas que provoca mi odio. Trato mal a las personas desde el odio y no me importa. Hago daño y dejo de sentir compasión hacia el que sufre. Es extraña esa fuerza que tiene el odio en mi corazón. Una fuerza que parece incluso superior a ese amor que es capaz de hacerme dar la vida por los demás, en silencio, cuidando a aquel al que amo, aunque no me ame de la misma forma, en la misma medida. Tengo claro que el odio se vence desde el perdón, desde el amor. Pero resulta a veces tan difícil perdonar. Quiero cambiar el mundo con odio y lo que hago es que este mundo sea peor. Quiero que haya paz pero siembro guerra a mi alrededor, todo por ese odio que se hace fuerte en mi alma. Quiero amar a los demás pero no lo consigo. Es más fuerte el odio cuando echa raíces profundas en el pasado. No es suficiente el olvido. No es posible tampoco el perdón. Y yo mismo soy testigo de mi propio odio. ¿Cómo es posible cuando sólo quiero amar a las personas y hacer el bien? Pero no lo consigo. Brota el rencor, el resentimiento y de ahí nace un odio profundo que me lleva a querer el mal para la persona odiada. Quiero que sufra por ese mal que un día me hizo. Por el mal que me infligió aunque tal vez no llegó a darse cuenta. Arden ciudades encendidas por el odio. Una violencia brutal que parece no tener límite. ¿Dónde se acaba la violencia? Es tan difícil detener el odio, lograr la paz, calmar el resentimiento que me hace tanto daño. Sólo es posible desde el amor.
Hoy veo cómo los fariseos siguen queriendo tentar a Jesús y conocer sus pensamientos. Se acercan y le preguntan: «En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: – Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley? Él le dijo: – Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero». Todo judío conocía este mandamiento. Amar a Dios con todo el corazón, alma y mente. Amarlo por encima de todas las cosas. Amarlo como lo expresa el salmo: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza. Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos. Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador. Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu ungido». No tiene que haber un amor más grande en mi vida. Hoy miro mi corazón y me pregunto si realmente Dios está en el centro de mi alma, de todas mis decisiones. Me gustaría que así fuera pero a menudo me veo alejando a Dios de mi vida. No lo pongo en el centro, no le pregunto cada día qué espera de mí, qué desea, qué tengo que hacer para cumplir su voluntad todos los días. ¿Cuál es la imagen de Dios que guardo en mi corazón? De esa imagen heredada de mis padres, de mi familia, dependen muchas cosas. Esa imagen que a lo mejor en el colegio grabaron en mi alma. O alguna persona que para mí era importante me transmitió quién era Dios. ¿Es posible en realidad conocer a Dios? ¿Podré saber realmente cómo es? Para un niño pequeño Dios es su padre, su madre, su familia. Es el entorno seguro en el que puede vivir sin miedo. Allí está en paz. Dios es entonces un Dios protector, que permite echar raíces y sentir que la vida en ese lugar es para siempre. Porque, desde niño, quiero que todo lo bueno que pasa en mi vida dure para siempre, sea eterno. El amor que recibo, el amor que doy, el presente continuo en el que me sé amado y amo. El cielo es mi familia, al menos un reflejo del mismo. La imagen de Dios se graba en esos años en lo más profundo y es difícil cambiarla más tarde. Hay huellas profundas que no es tan fácil eliminar. Porque ninguna familia es ideal y cada uno hace lo que puede por amar bien a sus hijos, de la mejor manera. Pero no siempre funciona y de repente mis padres se gritan o me gritan o no son tan justos como yo creo que deberían serlo. Y me hablan de un Dios juez que exige justicia. Y tal vez no me siento tan amado en mi familia y es que tampoco noto entonces el amor de Dios, que necesita manos humanas para abrazar y palabras sencillas para tocar el corazón, palabras humanas. No es tan fácil descubrir el amor de Dios que es perfecto y pleno en un amor humano limitado. Y cada uno, con sus maneras, gestos y palabras me hablan del Dios que han conocido. Y voy poniéndole rostro al Dios de mi vida. Puede ser exigente, y pensaré a veces que lo decepciono, como decepcionaba a mis padres, cuando no hago lo que debo, cuando no cumplo, cuando no estoy a la altura. Porque es verdad que el amor humano incondicional es escaso, o no siempre resulta. Y en la debilidad del que me ama, siendo yo frágil, toco un amor humano que es condicionado. Me aman si me porto bien, si hago las cosas como corresponde, si no engaño, si no peco, si soy un santo inmaculado sin mancha ni pecado. Un Dios exigente que lo exige todo, como me exigían siendo niño. Y arrastro entonces esas imágenes de Dios que se han grabado en el corazón. Y veo a un Dios que se enfada, grita, se enfurece, como hacían mis padres conmigo cuando yo no hacía las cosas bien. Y me merecía el castigo, porque nunca era suficiente. Se han grabado a fuego ciertos rasgos de Dios que me alejan de Él. Me escondo cuando peco, salgo corriendo cuando no estoy a la altura y veo como lo decepciono cada vez que no cumplo. ¿Cómo es mi imagen de Dios? ¿Cuándo y cómo he tocado el amor incondicional de Dios en mi vida? ¿Cómo puedo cambiar esa imagen de Dios que no es la de un Dios misericordioso? Necesito la incondicionalidad del amor para poder vivir, para poder amar, para tener paz. Necesito a ese Dios que me ama como soy, que me conoce y, aun conociendo todos mis pecados, me perdona siempre, me sonríe, me espera y me sale a buscar por los caminos. Me gusta ese Dios que es una madre que se desvela al ver alejarse a su hijo lleno de tristeza. Me conmueve ese Dios que me sujeta en sus brazos para que no me pierda, para que confíe, para que sea paciente. Así es el Dios que amo, ese Dios misericordioso que ha aparecido en mi vida muchas veces pronunciando con ternura mi nombre verdadero. Ese nombre que sólo Él conoce. Ese nombre que toca mis entrañas.
Hoy Jesús complementa el primer mandamiento con el segundo: «El segundo es semejante a él: – Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas». Amar a mi prójimo, al que está cerca de mí. Ser para él un lugar de paz y descanso. Amarlo hasta el extremo, hasta que pueda llegar a perder la vida por amor a él. ¿Es así mi amor a mi prójimo? ¿Quién es mi prójimo en primer lugar? Porque para el pueblo judío el prójimo no era el extranjero, ni el que se encontraba al borde del camino pasando necesidad. Corro el peligro de restringir el número de personas que forma parte de mi prójimo. Dejo fuera de mí a los que me incomodan, a los que me molestan, a los desconocidos que necesitan ayuda, a los inmigrantes que ocupan ese espacio que creo me pertenece a mí. Expulso a los nuevos, a los que no piensan como yo, a los que no comparten mi mundo. Reduzco el grupo de los que son prójimos, de los que están cerca de mí, los alejo. La solidaridad me lleva a abrir mi corazón para que entren más, para que tengan su lugar los que más me necesitan. Dejo de ser lejano y me convierto en próximo. Dejo de ser extranjero y me convierto en amigo. Dejo de ser distinto y paso a ser hermano. Ese cambio no es tan fácil porque me gusta reducir el grupo de los míos, de los que están en mi vida como importantes, de los que merece la pena que reciban ayuda. Jesús me lo dejó claro, cualquiera que está al borde del camino pidiendo ayuda en su desvalimiento es mi prójimo. Cualquiera que clama desde su fragilidad es digno de mi amor. ¿Quiénes son mis prójimos? Miro a mi alrededor y pienso en todos los que necesitan mi ayuda sin llegar a pedirla. En todos los que sufren porque están solos. Me acerco a ellos para que dejen de estar solos. No basta con alzar la mirada para poder verlos, es necesario también tender la mano. Alzo la mirada y dejo de pensar en lo mío, en lo que me preocupa, en lo que es importante para mí. Alzo la mirada y veo a los demás con sus miedos y preocupaciones. Alzo la mirada y veo lejos a todos los que recorren el mismo camino que yo. Y luego me acerco, mis pies se ponen en movimiento para sacarme de mi comodidad, de mi tranquilidad. Camino hacia el que está necesitado. Hacia el que era ajeno a mí hasta este momento en que lo veo de cerca. Le pregunto por su necesidad y ya pasa a ser un próximo. Ya es el prójimo al que tengo que amar. Le tiendo la mano para ayudarlo a salir de su indigencia, de su necesidad, de sus miedos. Y entonces comienza ese amor del que me habla Jesús. Quiere que ame a Dios y ame al prójimo. Porque es imposible amar a Dios sin amar al prójimo. ¿Cómo puedo amar a Dios a quien no veo y odiar al hombre al que veo? No tiene sentido, es incoherente. Cuántas veces me veo así de incoherente. Hablo mucho con Dios, busco la soledad, busco el amor de Dios y trato mal a mi prójimo, al hermano al que sí veo porque está a mi lado necesitado. Al mismo tiempo Jesús me pide que lo ame como me amo a mí mismo. La medida del amor es la medida de mi amor propio. Tanto como yo me amo a mí mismo tengo que amar a mi hermano. El problema es cuando no me amo bien, cuando no me trato bien a mí mismo. Entonces corro el riesgo de tratar mal a los demás. Si a mí me trato mal, es lógico que trate mal a mi hermano. Si no me quiero bien, tampoco sabré querer bien a mi prójimo. La medida de mi amor. Le pido a Dios que me enseñe a amarme bien, con verdad, con paz. Que me ame en mi pobreza, en mi pequeñez. Sin tratarme mal, cuidándome. Esa es la medida de mi amor al prójimo. Quiero amar a los que están a mi lado con todo mi corazón, sin miedo a perder, sin temor a no recibir tanto amor como el que yo entrego. Eso no importa. Amo sin esperar nada. Amo sin tener en cuenta las consecuencias de ese amor que me lleva a darlo todo. Así quiero amar, hasta el extremo, hasta dar la vida. Así quiere amarme Dios y así quiere que ame yo a los que están a mi lado, a aquellos a los que me aproximo en el camino.
[1] King, Herbert. King Nº 5 Textos Pedagógicos
[2] La química del odio, Carmen Chaparro
[3] La química del odio, Carmen Chaparro
[4] La química del odio, Carmen Chaparro