Isaías 45, 1. 4-6; 1 Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21

«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues, qué opinas»

18 octubre 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Dios me habla y me manda señales continuamente. Me dice que valgo, que soy su hijo, su predilecto y que no me suelta de la mano para que me sienta seguro. Es mi pilar»

A veces el corazón se llena de amargura. Brotan las quejas, las críticas, la pena. Surge el victimismo. Y esto no es otra cosa que sentir que el mundo me debe algo. Es pensar que si cambiaran las circunstancias, o las personas que me rodean, sería todo mucho más feliz. Le echo la culpa al mundo de mi infelicidad. Me instalo en mi papel de víctima. Me han hecho daño, me han humillado, me han ofendido. No perdono y guardo rencor. Me duele el alma. Siento que los demás están en deuda conmigo. Si me hubieran tratado de forma diferente, con más amor, con más consideración. Si me hubieran respetado en mis tiempos y en mis formas. Si me hubieran agradecido por todo lo que yo he entregado por ellos. Si me hubieran amado más de lo que lo han hecho o al menos tanto como yo los he amado. Las víctimas siempre encuentran culpables a los que culpabilizar de todo lo malo que les pasa en esta vida. ¿Tiendo yo al victimismo cuando las cosas no me resultan como yo quisiera? Tengo claro que cuando me instalo en ese lugar dejo de luchar y de esforzarme. Es como si las cosas no fueran a cambiar haga lo que haga, por eso dejo de luchar, de intentar cambiar mi mundo o al menos mi forma de pensar. En lugar de vivir agradecido siento que son los otros los que deberían darme las gracias a mí. Yo he hecho todo bien y los demás han fallado. Me cuesta mucho reconocer mis errores y llego a pensar que siempre son los demás los que están equivocados. Echo la culpa a los otros de mis propios errores. No acepto las correcciones porque pienso que no hago nada mal. Y al ser criticado les digo, tú más, recordando esa frase que decía yo de pequeño cuando me insultaban. Tú más que yo, más culpable que yo, menos capaz, hacedor de todos los males que me dañan. No soy capaz de recapacitar y analizar mi comportamiento y así poder reconocer mi responsabilidad. ¿No hay nada que pueda cambiar en mis actitudes y formas de vivir e interpretar el mundo? No estoy agradecido y siento que me deben algo. Y hago míos los discursos ajenos que no me sanan, no me liberan, no me ayudan a construir un mundo mejor. La gratitud me salva porque me ayuda a adoptar una forma positiva de enfrentar la vida. Cuando estoy agradecido destierro la queja de mi alma. Ya los demás no son los culpables, todos somos responsables. Está claro que si miro a mi alrededor y busco la queja, seguro que la encuentro. Cuando aprendo a ensalzar a mi hermano, incluso cuando ha cometido un error, la mirada cambia y aparece la sonrisa en mi rostro. ¿Qué busco en el otro? Cuando busco su pecado y su debilidad, los encuentro. Cuando busco su belleza, también está, oculta bajo la piel, pero está. Por eso necesito buscar con más ahínco, con más paciencia, dejando a un lado mis prejuicios. ¿Cuáles son mis quejas habituales? Hay personas que se quejan de todo, del clima, del ambiente, de las personas que les rodean. Si buscan el lado malo en su vida, siempre lo encuentran. Si buscan el error, dan con él. Están acostumbrados a observar la vida con un ojo crítico. Les parece mal lo que hacen los demás y son mucho más benévolos con sus propios errores. ¿Dónde estoy yo? ¿Qué papel asumo con facilidad? Si supiera agradecer todo lo que tengo. Si fuera capaz de mirar la vida con un corazón tranquilo. Las cosas son como son y yo estoy llamado a vivirlas con alegría. No paso por alto lo que me duele. Porque el dolor es parte de mi camino de maduración. Como la mariposa que tiene que hacer un esfuerzo increíble hasta romper el capullo en el que ha vivido. Lo rompe con esfuerzo y ese dolor fortalece sus alas. Muchas veces el dolor de la vida que me toca vivir logra que mis alas sean más fuertes. Hay dolores necesarios que me fortalecen. Hay otros que no son necesarios. No todos los dolores que sufro son necesarios. Algunos están en mi imaginación. Porque me imagino una realidad que no existe. Pienso que todos están en contra de mí y me persiguen. Me comparo con ellos y sufro en la comparación. Veo lo que está mal a mi alrededor y busco los culpables. Si el mundo me valorara más, llego a pensar, si me quisieran más. Y me empeño en cambiar cosas que no van a cambiar nunca. Porque no están en mis manos, porque no dependen de mí. Yo no puedo provocar que me quieran. No puedo hacer que todos hablen bien de mí. No puedo acallar las voces críticas que me condenan. No puedo desmentir todos los rumores que dañan mi imagen. No puedo cambiar el mundo a base de deseos. Sólo puedo seguir viviendo y cambiando la actitud. Implantando una sonrisa permanente en mi rostro. Agradeciendo por todo lo que Dios me ha regalado. Por el camino por el que me lleva de la mano. Por las personas que me acompañan y alegran mi corazón. Por los contratiempos y sinsabores que me toca vivir. Sólo puedo agradecer lo que tengo, lo que vivo, lo que sueño. Darle a Dios las gracias por la vida que me regala. Quiero dejar a un lado el victimismo, las quejas y los reproches. Quiero aprender a enumerar todos los motivos que tengo para ser más feliz.

Mi vida es importante y merece la pena vivirla con esperanza. El otro día leía en la autobiografía del Papa Francisco: «Yo tengo una certeza dogmática: – Dios está presente en la vida de cada persona. Dios está presente en la vida de cada uno de nosotros. Aunque sea una vida desastrosa, destrozada por el vicio, la droga o cualquier otra cosa, Dios está ahí. Se puede y se debe buscar a Dios en cada vida humana. Aunque un terreno esté lleno de maleza, siempre queda un espacio donde puede crecer la buena simiente. Y Dios no se limita a tranquilizarnos psicológicamente, como si fuera un ansiolítico. Va mucho más allá: nos ofrece la esperanza de una vida nueva. Uno no se queda atrapado en su pasado, sea el que sea, sino que empieza a mirar el presente de otra manera». Porque siempre es posible el cambio y comenzar de nuevo. Puedo creer que en mi interior hay un potencial aún por descubrir. Hay algo que puede florecer y dar fruto. Algo nuevo, bello, recto que puede cambiarme la vida. Me gusta ver en mi vida más luz que oscuridad, más potencial escondido detrás de la realidad que toco. Puedo descubrir en lo que hago más perfección que imperfección. Dios está presente en mi alma, en mi camino de vida, en medio de la oscuridad. Lo que ocurre es que a veces me dejo llevar por el desánimo y desconfío de mí mismo. Veo sólo lo que está mal y dudo de mis capacidades porque ya conozco mis errores y he visto mi impotencia muchas veces. Me han repetido con frecuencia que no valgo, que no soy suficiente. Y yo mismo he recordado esos comentarios y los he hecho míos. Me he convencido de mi poca valía. No soy suficiente, no lo voy a lograr, fracasaré como tantas veces lo he hecho, me he dicho. He sido testigo de mil fracasos y por eso ahora tiendo a buscar lo que no está bien, lo que no está en orden en mi interior, lo que está mal, lo que está fallando. He presenciado mis derrotas y me he asomado a mis fracasos. He pecado una y otra vez, después de haber sido perdonado y en esa reincidencia me he sentido tan débil, tan frágil. Por esto tengo dudas. Me cuesta creer que el cambio es posible. El otro día escuchaba: «Cuidado con el exceso de pasado». Y es que a menudo cargo sobre mis hombros demasiadas cosas del pasado. Decía Nietsche: «Sin olvido no hay acción posible. El olvido es el vigilante de la puerta que protege el espíritu del exceso del pasado». Lo tengo claro. El olvido es necesario pero no resulta tan fácil olvidar. Tiendo a recordar con más facilidad mis errores que mis aciertos. Recuerdo más mis derrotas que mis éxitos. Más el golpe que di mal que los miles que fueron golpes buenos. Me vendría bien olvidar las cosas malas, difíciles, aquellas que me han dejado herido en el camino. Olvidar los insultos y las afrentas, las batallas en las que no estuve a la altura. Olvidar todo lo malo y recordar sólo lo bueno. ¿Será eso posible? Porque al fin y al cabo esos errores y fracasos me han hecho como soy ahora, forman parte de mi historia sagrada. En la película de dibujos animados Buscando a Nemo la protagonista de verdad es Dory. Ella se lleva todo el protagonismo. La debilidad de Dory es su condición, tiene una pérdida de memoria a corto plazo. No tiene carga de pasado en su corazón y por eso llega a cada momento sin carga de recuerdos negativos. Vive el momento presente y eso que en ocasiones puede ser algo desesperante, al final es el camino para encontrar a Nemo. Dory vive permanentemente en el ahora, el presente marca su vida. Está feliz siempre y confía en cada circunstancia. El miedo desaparece porque no carga con el recuerdo de miedos pasados, de peligros vividos antes, de acontecimientos difíciles que pueden volver a suceder. Dory se acerca sin miedo a los tiburones, no les tiene miedo, y descubre el camino arriesgado para salir del interior de una ballena. De esa forma no se desanima porque cada momento es una aventura totalmente nueva, algo por descubrir. No carga con los fracasos anteriores, ni con los desencuentros vividos, ni con las derrotas sufridas, siempre empieza de nuevo. El olvido me ayuda a comenzar de nuevo. Soy capaz de creer que ahora sí es posible porque no recuerdo ya que ayer no lo fue. Comienzo ahora mismo con una mirada pura, camino sin miedo a tropezar, lo hago otra vez todo, como si nunca lo hubiera hecho antes, lo repito porque no importa cuántas veces lo tenga que hacer. Siempre será la primera vez. Dory no tiene esa memoria que puede llegar a paralizarme. Mira la vida con ojos ingenuos, sorprendida. Me gusta esa actitud virginal, inocente, pura. Esa mirada ingenua para enfrentar lo que sucede cada día. Me gusta pensar siempre en positivo, en presente, aquí y ahora. El peligro en mi vida es el exceso de memoria. Volver al pasado en el que perdí y pensar que perderé de nuevo, que no tengo ninguna opción de triunfar. Porque no tengo fuerzas, porque el enemigo es más poderoso, porque ya lo intenté y era imposible. El problema es cuando quiero convencer a los demás para que no lo intenten, no se esfuercen, casi como si me diera miedo que ellos sí lo lograran. No quiero que ellos lo hagan bien para no dejarme en evidencia. Les digo que no es posible, que no lo intenten, que no luchen. La memoria pesa demasiado y me hace recordar que soy frágil, que ya pequé un día, que ya caí y no logré alcanzar lo que parecía tan al alcance de mi mano. Así me sucede con frecuencia en esta vida. Me desanimo y desanimo a otros para que no se esfuercen por conseguir lo que yo no he conseguido. Por eso quiero creer que es posible. Quiero luchar e intentarlo de nuevo. Quiero vivir el presente como una oportunidad inmensa y maravillosa que Dios me regala. El cambio es posible, luchar es necesario siempre, pase lo que pase.

Hay personas especialistas en buscar excusas. Fracasan y otros tienen la culpa, ellos nunca son responsables. Otros provocaron la derrota, ellos no. Siempre son inocentes. Alguien les pide ayuda y ellos encuentran excusas para no ayudar. Tienen otras prioridades, otros planes, otros sueños. No ceden, no se comprometen. Me cuestan esas personas que te dicen que sí lo van a hacer, pero nunca lo hacen. O buscan excusas o encuentran culpables en todos sus fracasos. Me da miedo convertirme en un buscador de excusas. No quiero sentir que la vida se me escapa y la pierdo sin hacer lo que realmente me importa, lo que quiero hacer. Las excusas siempre son posibles. Pero al final engaño a los demás, y lo peor de todo, me engaño a mí mismo. Me convenzo de que yo no soy responsable de mis propios errores. Sólo cuando me va bien digo que soy yo el hacedor de los milagros. Pero no cuando las cosas no funcionan. Son las personas que han tenido muchas relaciones y siempre los demás han sido los culpables de que no funcionara. Saben que no van a poder y aun así, por no quedar mal, dicen que harán lo posible por hacerlo. Son los que te invitan a comer muchas veces a su casa, sin concretarlo nunca. Los que prometen su disponibilidad para ayudarte y al final nunca están disponibles. Son los que se sientan a tu lado diciéndote cuánto te quieren y luego, cuando se marchan, parecen haberlo olvidado. Y cuando los necesitas, no tienen tiempo. Me dan pena esas personas que tienen muchas heridas sin saberlo, sin ser conscientes de ello. Porque no saben mirar dentro y viven volcadas en este mundo que parece no darles respuestas, a las preguntas que no formulan. Por otra parte me gustan esas personas que sonríen aun cuando no tienen motivos para estar alegres. Dicen que sí, que te acompañan y ves que van contigo, sin dudarlo. Me gustan los valientes que abandonan su zona de confort sin dudarlo y emprenden aventuras imposibles, que posiblemente fracasarán un día. Pero no dudan, no se amilanan, no tiemblan en los momentos difíciles en los que se exige estar dispuestos a dar la vida. Me gustan esas personas nobles que te dicen lo que piensan, te lo espetan a la cara, sin pensar muy bien antes si deberían haberlo dicho. Prefiero esa sinceridad a sangre fría, antes que las miradas complacientes y las palabras dulces que parecen querer suavizar las verdades y endulzar las amarguras. Me gusta el tiempo perdido junto a los que amo. Y las palabras dichas en medio de la rutina. También me gustan los silencios en una amistad sincera. Y las conversaciones profundas cuando no las espero. Me gustan los comentarios alegres que me alegran el día. Me da paz escuchar al que lo necesita y no decir nada, no tratar de dar consejos, no pretender encontrar soluciones para la vida de los demás, nunca las tengo. Sólo me alegra la vida de los que sueñan, de los que recorren caminos nuevos, sin miedo en el alma, con la mirada clara. Me gustan esas personas que son veraces, que no se dejan comprar a ningún precio, y saben que las batallas más difíciles son las que merecen la pena. Me alegran los que tienen un corazón de niño y se ríen con bromas sencillas, de esas tan inocentes que casi no son graciosas, pero ellos ríen. Me gustan los que perdonan, los que pasan por alto muchos errores, los que no llevan cuentas del mal recibido y tampoco del bien que ellos hacen. Me asombran los que no buscan el protagonismo nunca y permanecen ocultos en medio de la niebla. Los que brillan con luz propia y al mismo tiempo sienten que son invisibles. Me gustan los que dicen pocas cosas, pero todas ellas muy interesantes. Me impresionan aquellos que no le temen al mañana y viven el hoy como si fuera su último partido y lo que hacen como si fuera lo más importante que tienen entre manos. Me da miedo caer en el aburrimiento y la rutina y sentir que la vida se me escapa sin poder aprovecharla. Me fascinan las tardes en las que el sol cubre languideciendo el alma de los niños. Me dan pena los que claudican y no luchan hasta el último segundo de sus vidas. Los que buscan excusas para no jugarse la vida y no están dispuestos a sacrificarse por nadie. Tengo paz cuando siento que mi vida ha merecido la pena. No ya por sus días grandes, sino sobre todo por lo más cotidianos, por los más grises. No importa mucho cuántas cosas haga, lo que más vale es cuánto corazón pongo yo al hacerlas. He aprendido a vivir el presente sin cargar mucho pasado. Y he logrado enfrentar el futuro sin tenerle miedo al fracaso. Me asustan los que tienen miedo de la vida y se esconden para no dar la cara. Los que hacen algo mal y no lo reconocen. Los culpables del odio que dicen que son los otros. Los que separan culpando a los de enfrente. Me dan miedo los que mienten para conseguir su objetivo. Los que venden a sus seres más queridos para quedarse con el poder de manera tan sucia. Me da miedo el odio disfrazado con palabras aparentemente justas. Y las mentiras encubiertas bajo telas aparentemente ciertas. Me asusta que el odio me lleve a la ira y la ira a la violencia. Y después cómo perdono la herida causada y cómo detengo mi mano que busca la venganza. El resentimiento daña el corazón del hombre, por más que se diga a sí mismo que es por ser justos. Nada hay más justo, a la larga, por el bien de mi propia vida, que ser capaz de perdonar al primero que me hirió con su mano. No busco excusas para hacer el bien. No pretendo aparentar lo que no soy, ni vestirme con el traje que es de otro. No me adapto a lo que esperan de mí y no pretendo ser lo que los demás quieren. No miento, pero no por ello tengo que decirte todas mis verdades. Callar no es mentir, salvo yo que te deba a ti ser sincero. Los vientos contrarios no detendrán nunca mi barca. Exigirán más esfuerzos, eso seguro, pero no dejaré de navegar hacia lo que Dios me pida. Confío y dejo que el timón lo guíe su mano.

Me cuesta pensar y creer que Dios va a solucionar todos mis problemas y dificultades. Me gustaría creer en ese Dios hacedor de grandes milagros. Comenta el profeta Isaías: «Yo lo he tomado de la mano, para doblegar ante él las naciones y desarmar a los reyes, para abrir ante él las puertas, para que los portales no se cierren. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título de honor, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios. Te pongo el cinturón, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro». Si tuviera una fe grande y fuerte. Una fe como la de ese pilar sobre el que María le recuerda a Santiago que tiene que seguir luchando. La fe para vencer en medio de las adversidades. Porque la fe me habla de lo que aún no poseo, no veo, no toco. De lo que no es una realidad tangible sino algo intangible lejos de mi alcance. Dios me dice por medio del profeta que me ha tomado de la mano y no me deja solo. Ha vencido a mis enemigos y ha abierto un camino para llegar más lejos. Me ha puesto un cinturón para recordarme que soy de su propiedad, que le pertenezco. Me gustaría tener más fe en el Dios de mi vida. ¿Dónde me está hablando cada día? El otro día una persona me comentaba que siempre busca señales en su camino, que son muy importantes para poder tomar decisiones en el corazón de Dios. Me quedé pensando en esa actitud. Dios me habla y me manda señales continuamente, pero no siempre las veo. Me dice que valgo, que soy su hijo, su predilecto y que no me suelta de la mano para que me sienta seguro. Es mi pilar. Hay personas en mi vida que son un pilar. Con su presencia veo la roca que me habla del amor de Dios. En mi vida me acompaña la fe en ese Dios que no me va a dejar solo y la fe en esas personas que son roca, son muro, son puente, son luz, son esperanza y fortalecen mi fe. Son los que me dicen que valgo por lo que soy, no tanto por los méritos que acumulo y los éxitos que logro. Me dicen que mi vida es preciosa para Dios y para los que me rodean. Me recuerdan que soy un hijo predilecto de ese Dios que camina a mi lado. No estoy solo, no camino solo. Voy de su mano y eso me consuela. ¿En qué aspectos de mi vida me falta fe? A veces me cuesta creer que soy capaz de muchas cosas. Me cuesta pensar que puedo hacer milagros. Me cuesta estar seguro del valor de las cosas que tengo, de lo que hago, de lo que soy. Como me falta esa fe pretendo que el mundo me valide, que todos me aclamen y agradezcan, que los demás vean todo lo bueno que hay en mi corazón. Y cuando eso no sucede, los demás me olvidan, Dios mismo parece guardar silencio, siento que he fracasado y que nada de lo que he hecho ha valido la pena. Me comparo y sufro. Vivo arrastrando ese complejo, esas heridas que determinan mi forma de ver las cosas. Si tuviera la fe de un grano de mostaza. Si creyera que de verdad Dios va a allanar mis caminos. Si estuviera convencido de su poder en mi vida. Los hombres me parecen tan poderosos. Las redes sociales, la inteligencia artificial, el dinero de los poderosos. Y yo no tengo fuerzas, me encuentro perdido en medio de muchos caminos posibles, sin echar raíces, sin tomar decisiones. ¿Cómo encuentro las señales que me indiquen lo que tengo que hacer en cada momento? Necesito buscar dentro de mi corazón. Necesito ahondar y guardar silencio para que Dios me hable, para que el mundo calle, para que la vida se llene de luz. Señales que me ayuden a discernir. Necesito estar arraigado en ese Dios que me da la mano y en esas personas que son roca, son pilar, para poder alzar la mirada y tocar el cielo y confiar. Decía el P. Kentenich: «La consecuencia de ese vacío de hogar consiste en un vagar sin rumbo por la vida»[1]. Vagar sin rumbo por la vida es lo que hace tanta gente. No tienen un anclaje, unas raíces. No tienen alas para llegar al cielo. Cegados no logran encontrar señales que les marquen un camino seguro, una ruta válida. Necesitan arraigarse, tener el alma honda y vinculada, atada a muchos corazones, a muchas personas. El desarraigo del corazón lleva a la pérdida de la fe y de la confianza. El que no está anclado ni en los hombres ni en Dios, ha dejado de creer en las posibilidades que tiene su propia vida. Puede ser mucho más grande y valiosa. Merece la pena. Pero para creerme ese seguro tengo que estar muy arraigado, tengo que descansar en el corazón de aquellos que me hacen mirar el cielo.

La hipocresía y la falsedad pueden adueñarse del corazón. Me comporto como un hipócrita cuando digo una cosa pero pienso otra distinta. Hoy le dicen a Jesús: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues, qué opinas». A menudo las intenciones ocultas o las miradas malintencionadas se disfrazan de palabras dulces o falsos reconocimientos. En ocasiones te halago para hacerte sentir bien. Pero persigo otras intenciones. Los fariseos y herodianos se acercan a Jesús adulándolo falsamente. Le dicen que es sincero, que busca la verdad y que no le importan las apariencias. Todo eso es verdad. No mienten, sólo describen cómo es el corazón de Jesús. Él es sincero, porque nunca miente, no tiene doblez ni segundas intenciones. Jesús tiene un corazón puro que no piensa mal, ve lo bueno en medio de la suciedad, se queda en lo verdadero de cada persona porque no le gustan las apariencias. Diría que Jesús no tiene un precio, no lo pueden comprar. No pueden hacer que piense como yo pienso porque es veraz y auténtico. En la vida me gustaría ser sincero siempre, buscar la verdad en todo lo que hago, no ser un hipócrita ni adular para hacer posible mis segundas intenciones: «En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos». El fin de sus preguntas no es llegar a la verdad sino encontrar motivos para condenar a Jesús. Son hipócritas, como los llama Jesús: «Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: – Hipócritas, ¿por qué me tentáis?». Jesús conoce sus intenciones ocultas, sabe cómo es su corazón y lo que buscan. Me da pena ver cómo es a veces el corazón de las personas y mi propio corazón. Yo también soy un hipócrita cuando adulo a los que no admiro o busco segundas intenciones con mis palabras. Digo cosas bonitas para quedar bien. Halago cuando no lo siento en mi corazón, no creo en la belleza y en la verdad de esa persona. Cuando vivo la doblez vivo dividido por dentro. Una persona con doblez es aquella que tiene dos caras. Por un lado, muestra amabilidad, aprobación o rectitud de intención ante los demás. Por otro lado, oculta malas intenciones egoístas. Una persona con doblez carece de autenticidad. Existe una contradicción entre lo que dice y lo que hace. Jesús no tiene doblez. Es noble, de una pieza. Me gustaría ser así. Que lo que vieran los demás en mí fuera siempre lo que hay en mi corazón. Quiero reflexionar sobre la autenticidad en mi propia vida. ¿Son mis palabras siempre verdaderas? ¿Coinciden con lo que hay en mi corazón? Me gustaría vivir siempre en la verdad. Ser veraz, auténtico, fiel, sincero. Pero la mentira puede formar parte de mi alma. El otro día una chica dudaba de su pareja porque le había mentido ya más de una vez. ¿Sería capaz de cambiar él y dejar de mentir? ¿Puedo detener las mentiras cuando se han convertido en una costumbre en mi vida? Me acostumbro a vivir en la mentira, ocultando cosas, escondiendo verdades y fingiendo ser de otra manera. Acabo diciendo lo que no pienso, afirmando lo que no es mío, prometiendo lo que no voy a ser capaz de cumplir. Decía el Papa León XIV: «Buscamos con pasión la verdad. No sólo recibimos una cultura sino que la transformamos a través de elecciones de vida. La verdad es un vínculo que une las palabras a las cosas, los nombres a los rostros, la mentira en cambia separa estos aspectos generando confusión y malentendidos». A veces engaño y muestro un rostro diferente al mío. Hago que los demás crean que soy otra persona, más buena, más noble, más sabia. La mentira envenena las relaciones y crea una confusión que no me deja vivir en paz. Las mentiras pueden ser sutiles. Miento para aparentar un estatus que no tengo, un trabajo que no es el mío. Deseo que me miren mejor y me valoren más. Y por eso oculto mis debilidades, no dejo que sepan mis pecados, quiero mostrar una perfección que no existe en mi alma. La mentira envenena y divide, crea separación donde podría haber unión. Quiero decirte sólo algunas cosa para que no me rechaces. Me da miedo tu reacción siempre y por eso oculto cosas inocentes, porque no sé cómo vas a reaccionar. A lo mejor no reaccionarías mal, pero me da miedo y miento. Ocultar verdades importantes hace que la apariencia en mi vida sea otra diferente. La mentira me esclaviza porque tengo que seguir mintiendo para ocultar las mentiras anteriores. La verdad por su parte me hace libre. Acepto como soy me doy a los demás tal como soy, de forma auténtica, reconociendo mi pobreza y mi valor. Amándome a mí mismo como soy seré capaz entonces de mostrarme así a todos, sin miedo a la crítica ni al rechazo.

La pregunta que hoy escucho resuena en mi corazón: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?». Era la pregunta que recorre la historia de ese pueblo judío sometido al poder de los romanos. ¿No era acaso Dios su único rey verdadero? ¿Por qué tener que pagar impuestos a un pueblo extranjero que los tenía sometidos? Dolor, odio, deseo de venganza por el daño recibido. Los publicanos, recaudadores de impuestos, eran pecadores públicos, tanto como las prostitutas. Despreciables porque habían traicionado a su pueblo. Los fariseos quieren traicionar a Jesús, quieren declararlo culpable, porque le tienen miedo. Temen el poder de sus palabras y su influencia en un pueblo que lo seguía como si fuera el Mesías. Y entonces le plantean esa pregunta aparentemente inocente, pero llena de malicia. No buscan saber realmente la verdad, sólo quieren que Jesús opte, que diga que no es lícito y ahí se verá que es un revolucionario peligroso para los mismos romanos. Que diga que es justo y entonces los judíos que lo siguen con amor dejarán de hacerlo. La respuesta es sí o no, blanco o negro. No puede haber matices. ¿Caerá Jesús en esa trampa? Jesús conoce el corazón de esos hombres. Sabe cómo son y lo que buscan, por eso les contesta con claridad: «Enseñadme la moneda del impuesto. Le presentaron un denario. Él les preguntó: – ¿De quién son esta imagen y esta inscripción? Le respondieron: – Del César. Entonces les replicó: – Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Parece un juego pero no lo es. Igual querrán matarlo pero Él lo deja claro. El mundo y Dios, y Dios en el mundo. Decía el Papa León: «Tejer redes, diálogo. Comporta que la universidad no vive de espaldas al mundo del trabajo y no renuncia a la verdad. Que el desarrollo tecnológico cuente con los ancianos, los pobres y los que no tienen voz. Nuestra aportación al diálogo desde una visión religiosa de la vida. Creado el hombre a imagen y semejanza de Dios. dignidad humana. Hospitales, escuelas, solidaridad, un lenguaje que dignifica. Huella espiritual en la historia del mundo. La eternidad irrumpió en el tiempo en Cristo. Que la eternidad se reconcilie con lo cotidiano. Es posible creer que la Europa a la que amamos no sería igual sin la huella de la fe. Las estructuras son justas si sirven al desarrollo integral de la persona». Dios ha creado el mundo y al hombre. No está fuera de este mundo. Y este mundo tiene que buscar la verdad que se esconde en el corazón de Dios. Reconocer lo que pertenece al César implica aceptar nuestra responsabilidad en el mundo terrenal, implica cumplir con mis deberes sociales. Supone respetar las justas leyes de la sociedad en la que vivo. Dar a Dios lo que es de Dios me recuerda que mi corazón, mi alma y mi lealtad le pertenecen a Él. Ninguna autoridad humana puede reclamar el espacio absoluto que solo le corresponde a Dios. Dios y el hombre están íntimamente unidos. Creado a imagen y semejanza está llamado a ser sal y luz en este mundo. A Dios le pertenece todo lo que soy. Mi alma, mi vida. Le pertenezco por entero. Al mismo tiempo quiero que el reino de Dios se haga presente en medio de los hombres. Traiga paz a tantas guerras. Unidad donde hay odio y división. Perdón donde abunda el resentimiento y el rencor. El cristiano está llamado a entrar en diálogo con el mundo y llevarlo a esos valores verdaderos que consiguen que la vida de los hombres sea más plena y digna, más justa y pacífica. El Papa León habla de los pobres, de los ancianos, de los sin voz. También ellos son importantes en el corazón de Dios. Y me pide Jesús que yo les dé voz, que les dé esperanza con mi vida. Hoy escucho en el salmo: «Aclamad la gloria y el poder del Señor. Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones. Porque es grande el Señor, y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses. Pues los dioses de los gentiles no son nada, mientras que el Señor ha hecho el cielo. El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente». El verdadero rey es Dios. A Él tengo que servir. A Él tengo que alabarlo. Los dioses de los hombres no tienen poder. No son dioses que salven, no llevan al cielo. Jesús no entra en la polémica, no se expone pero habla con claridad. A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. El peligro es separar fe y vida. La fe en la sacristía y la vida lejos de Dios. Vivo una doble vida, absolutizo el poder, el dinero o el qué dirán, acabo adorando a otros dioses. Jesús me desafía a integrar la fe de manera coherente, tengo claro que las realidades temporales son pasajeras, mientras que mi dimensión espiritual y mi compromiso con el amor y la verdad tienen un valor eterno. Quiero poner a Dios en el centro y que Él guíe siempre mis pasos.

[1] Patricio Moore Infante. Visitación del Vaticano al Movimiento de Schoenstatt (1951-1953)