Evangelio según san Lc 11, 1-4
Miércoles de la semana 27 del tiempo común
Nuestra Señora del Rosario
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo entonces: «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación».
Meditación de Juan Francisco Bravo Collado
“Señor, enséñanos a orar”.
Jesús diciéndome: “Cuando ores, no hables mucho. Escucha más. Está presente. Habita en el momento. Habla sencillo. Si hablas sencillo te presentarás ante Mí de forma sencilla. Recoge y bendice todas las formas de rezar que Yo he ido poniendo en el camino de tu vida. No tengas miedo de encontrarme en formas nuevas o que otros no consideran oración. Date permiso para experimentar la unión conmigo en la forma en que ella se presente: hablando, callando, bailando, cantando, en una ducha fría, en un día de ayuno, en el disfrute de una comida rica, en el descanso, haciendo ejercicio. Todo está hecho para el hombre. Ábrete.”
Cuando leo este texto pienso en las formas de rezar que se me han mostrado. Todas son formas de encontrarme y experimentar un diálogo con Dios. Recuerdo que en algún momento no me gustaba rezar oraciones repetidas, leídas o aprendidas de memoria; pero después, de a poco, he aprendido a valorar el tremendo tesoro que hay en esos rezos. Estos últimos años, además, ha sido bonito aprender a rezar un poco con el silencio y la escucha. También con el cuerpo: buscando o quitando calor, movimiento o alimentos. O respirando. Me doy cuenta de que una y otra vez ha habido en mi vida gente generosa que me ha mostrado nuevas formas de rezar y de unirme a Dios. Me siento lleno de gratitud con ellos y la Providencia.
Jesús: aquí estoy. Pon Tú las palabras de mi rezo. O no las pongas y déjame habitar el silencio que me ofreces para encontrarte. Pero, pase lo que pase, dame el regalo de encontrarme contigo. Que te reconozca y te pueda servir a través de estos encuentros. Gracias porque eres el verbo que se hace carne, y que he podido vivenciar con claridad tu presencia mucho más allá de la palabra y de las ideas: te he encontrado en mi vida y en mi cuerpo. Gracias porque te haces carne en la eucaristía. Gracias porque te haces carne en mis hermanos y en la naturaleza. Gracias porque a mí también me llamas a corporalizar tu presencia concreta en el mundo de maneras tan lindas y novedosas. AMÉN