Isaías 5, 1-7; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

«Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos»

4 octubre 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Dios me pide que confíe en el futuro, no porque vaya a lograr todo lo que me proponga. Pero me dice y me promete que va a estar siempre a mi lado, en las buenas y en las malas»

El otro día escuchaba una reflexión sobres los semáforos en rojo. Esas palabras me hicieron pensar. Cuando voy conduciendo y me encuentro con un semáforo en rojo, no me suelo enfadar con aquel que lo diseñó, tampoco con la policía por poner normas y límites que restringen mi libertad para conducir. No grito, no lloro, no me indigno, no pataleo. No me bajo del coche y sigo mi camino andando, sería una necedad. Simplemente me quedo quieto dentro del coche, esperando pacientemente a que cambie de color el semáforo para poder continuar mi camino. Quizás en ese momento pienso en algo o dejo que la cabeza vaya donde quiera ir. Guardo silencio, miro el paisaje a mi alrededor, observo lo que hacen otros conductores o peatones. Pero no siento que mi vida sea inútil en ese momento. Si tengo prisa no me ofusco queriendo ir más rápido, ya llegaré. De nada me serviría correr para llegar un poco antes, menos aún intento saltarme el semáforo en rojo, serían peores las consecuencias. Lo que hago entonces es aceptar la realidad de esa espera. Tal vez no le encuentro otro sentido a ese esperar a que pasen los que también quieren seguir avanzando. Es una norma de respeto vial que simplemente respeto. En mi vida aparecen de repente semáforos en rojo. Me detienen cuando yo quisiera correr a toda velocidad y seguir mi camino sin tener que esperarme. Es lo que pasa en momentos en los que me gustaría seguir corriendo. Llega de repente Dios y me detiene. Me deja varado como una barca en la orilla y me pide calma. Me sugiere en sus silencios que recapacite, que piense, que medite, que contemple, que observe, que agradezca la vida que me ha regalado. Es cierto que me pone nervioso esa espera continua. Como si la vida fuera muy breve y tuviera que aprovechar cada momento. Y siento que esa espera es vivir como si no importara que el tiempo pasara. Pienso en ese semáforo en rojo. Pienso en la vida detenida unos instantes. En la oportunidad que Dios me brinda siempre. Quiero aprovechar los semáforos en rojo en mi vida. Son momentos para la reflexión, para pensar, para agradecer. Lo primero que hago es contemplar. Miro la vida a mi alrededor como a través de una ventana. Ahora es otro paisaje el que observo porque me he detenido. Es nuevo y al mismo tiempo conocido. Y me veo allí quieto observando. ¿Qué quieres de mí, Jesús? Le grito, le suplico, le pregunto en un susurro. Como si la vida consistiera en un ir y venir de un lado para otro haciendo muchas cosas. Corriendo como pollo sin cabeza. Tratando de cambiar este mundo inquieto y convulso. De responder a todas las preguntas abiertas, a todas las necesidades que no encuentran respuesta. ¿Seré capaz de cambiar algo con mi presencia? Me quedo quieto en la orilla, frente a mi ventana, antes ese semáforo incómodo que detiene mis pasos, mi carrera, mi búsqueda obsesiva de metas inalcanzables. Me conviene pararme, pienso en mi interior. Tiene tanto sentido un semáforo en rojo. Quiero pararme. Que la vida siga corriendo junto a mí. Yo elijo estar aquí, quieto, firme, dispuesto a aprovechar este momento que Dios me regala. Como una interrupción involuntaria que me pone nervioso. ¡Cuántas cosas podría hacer con este tiempo que tengo! No hago nada, me quedo quieto. ¿Merece la pena estar delante del semáforo sin hacer nada? Elijo estar aquí, contemplando, y como consecuencia, agradeciendo. Elijo lo que no puedo cambiar. Tengo claro que todo en la vida es un don, no tengo que ganarme nada de lo que ya tengo. Todo es misericordia. Estoy agradecido porque la vida me ha cuidado, Dios me ha cuidado. He recibido tantas cosas en mi camino. Me siento tan afortunado. Miro al cielo, busco las estrellas, o esa luna menguante o creciente. Contemplo la naturaleza a mi alrededor, el sol que amanece, los viandantes que circulan de un lado a otro y el sol que se pone suavemente pintando de rojo el cielo. Esas plantas que traen vida con su color, con su belleza y crecen tan despacio. Así lo expresa Benedicto XVI: «Desde el horizonte infinito de su amor, Dios quiso entrar en los límites de la historia y de la condición humana, tomó un cuerpo y un corazón, de modo que pudiéramos contemplar y encontrar lo infinito en lo finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno»[1]. Miro ese corazón de Jesús que amo con todas mis fuerzas. Cristo es mi vida, o mi vida es Cristo. Y eso me conforta en medio de este instante detenido, momento de pausa en rojo. Como si ya no corrieran las agujas del reloj. Me hace falta parar, pienso muy dentro. Me hace falta contemplar. ¿Para qué intento vivir corriendo tanto todo el día? No es necesario correr. Mejor detenerme y pensar, meditar y agradecer. Miro los geranios en la ventana, son rojos, como el semáforo. Detenido el tiempo, sin exigir nada más, sin esperar nada. Aguardo a que Dios me diga cuándo tengo que seguir caminando. No dejo de soñar, de anhelar, de creer, de confiar. La paciencia es una virtud que pido y Dios me da oportunidades para practicarla. Agradecer y mirar hacia atrás. Es tanto lo que Dios pone en mi camino. No quiero precipitarme, ni sentir que pierdo el tiempo. El tiempo no se pierde, es de Dios. Y Él querrá enseñarme algo siempre. En la espera está la maduración. En saber aguardar, estar, contemplar y mirar hacia atrás agradecido por tanto.

Me gusta ver la vida pasar ante mis ojos. Pero no quiero permanecer quieto, aislado. Quiero entrar en comunión con mis amigos, con mis hermanos, con mi familia. A veces las redes sociales me hacen creer que tengo muchos amigos. Pero tal vez no son vínculos tan hondos, tan auténticos y no me hacen crecer. A veces tengo relaciones que me drenan, no son tóxicas, pero veo que producen stress, tensión y toxicidad en mi alma. Comenta el Papa León XIV sobre los vínculos: «Hay algoritmos que nos dicen lo que tenemos que ver, lo que tenemos que pensar y quiénes deberían ser nuestros amigos. Y nuestras relaciones se vuelven confusas, inestables, ansiosas. Cuando el instrumento domina al hombre, el hombres se convierte en un instrumento de mercado y en mercancía. Sólo relaciones sinceras y lazos estables hacen crecer historias de vida buena. Toda persona busca esa vida buena, pero qué difícil encontrar esa amistad auténtica. La amistad es el camino hacia la paz». Me gusta pensar que la amistad verdadera lleva a la paz del alma. Y es que el corazón desea vínculos que duren siempre. Pero a veces hay vínculos que se rompen, o que pensaba que eran más fuertes y no es así, al final eran demasiado superficiales. O eran vínculos sujetos a ciertas circunstancias que pasaron y el tiempo hizo que se debilitaran hasta morir. Los vínculos me construyen por dentro, cuando son verdaderos, cuando son profundos, cuando son auténticos. S. Agustín de Hipona escribe sobre la amistad: «No hay amistad auténtica sino es en Cristo. Sólo en Él puede ser feliz y eterna. Ama verdaderamente a su amigo aquel que en su amigo ama a Dios». Si en mis vínculos estuviera siempre Dios serían más hondos y fiables. Si el amor a una persona me llevara irremediablemente a amar más profundamente a Dios, todo sería distinto. Hoy me pregunto cuáles son esos vínculos firmes, sólidos, esas amistades profundas que me hacen feliz, que llenan mi alma, que me confortan y consuelan. Pienso en esos amigos de verdad que quiero que sean amigos para siempre, no sólo por un tiempo, no por necesidad, no porque me resultan ellos útiles o yo a ellos. Quiero cuidar esos amigos del alma, que no necesitan saberlo todo de mí para estar unidos a mí. Amigos de Dios, amigos que me hacen ser más amigo de Jesús en esta tierra, porque me muestran su rostro. La amistad verdadera es para siempre. Y no permite que haya rencores que se cuelen debilitando el vínculo. Confían siempre, creen en todas las circunstancias, esperan siempre. La amistad auténtica no deja que los celos, el resentimiento, la envidia, o las heridas sufridas echen por tierra todo lo vivido hasta ese momento. ¿Acaso no merecía la pena tener a ese amigo dentro de mi alma? ¿No es verdad que pensé en ciertos momentos que esa amistad iba a durar hasta el cielo? ¿Por qué he dejado que el rencor o el resentimiento debiliten el vínculo? Me pregunto si no será que soy demasiado orgulloso y eso hace que no sea capaz de perdonar y pasar página. Si en el principio creí que merecían la pena esos amigos, ¿por qué ahora siento que ya no los necesito y me olvido de ellos? Me gustaría conservar mis amigos y no perderlos. No sentir que una parte de mi historia desaparece con ellos. Es cierto que su amistad me cambió para siempre y yo los cambié a ellos, sin lugar a duda. ¿Por qué ya no me hacen falta, por qué no los busco? Me siguen haciendo falta, pero no perdono sus errores, lo que dijeron o callaron, o siento que descubrí que no eran como yo pensaba. Es cierto que hay heridas que son difíciles de perdonar. Pienso en esos amigos que Dios puso en mi camino. Me unió a ellos el amor común a Jesús. En ellos sentí que crecía, que era mejor persona. Me enseñaron a vivir de otra manera, y puede que yo les enseñara a ellos. ¿Qué me han dejado con el paso del tiempo? Agradezco por el don de la amistad. Porque yo elijo a mis amigos, yo tomo la iniciativa para acercarme y crear un vínculo profundo, yo decido cuidar ese vínculo o dejarlo morir. Un vínculo en el que en ellos yo amo más a Dios y me encuentro con Jesús caminando a mi lado. Me gustan esas amistades que me llevan al cielo, que sacan lo mejor de mí. Amistades que me escuchan cuando lo necesito, que soportan mis días malos, que me sostienen cuando no tengo dónde ir. Que están pendientes de mí para enseñarme mejores caminos y se preocupan cuando sigo sendas que no me van a hacer feliz. Me dicen las verdades que no quiero oír y yo se las digo a ellos. Me perdonan cuando necesito que Dios me perdone en lo más hondo de mi alma. Saben cómo me encuentro sin que tenga que decir una sola palabra. No me buscan porque me necesiten, sino porque su amor es gratuito. No están felices conmigo sólo cuando me porto bien con ellos o les correspondo con amor al amor que me entregan. Son capaces de seguir a mi lado en mis peores momentos. Cuando saco mi peor versión y les hago sentirse innecesarios. Cuando no quiero estar a su lado, ellos perseveran. Cuando me encuentro perdido, ellos siempre me encuentran. Cuando hay odio en mi corazón, ellos tratan de sembrar algo de paz y esperanza. Cuando he perdido el interés por todo aquello que antes amaba, ellos me recuerdan lo que de verdad me hacía feliz en esta vida. Son los pilares que sostienen mi vida inestable. No tengo que conquistarlos cada mañana porque permanecen fieles junto a mí haga yo lo que haga. No me olvidan, no me juzgan. No pretenden tener siempre la razón, pero no dejan de darme razones para seguir luchando. Me ven por fuera y por dentro y me conocen mejor que yo mismo. Escuchan con el alma y hablan sólo cuando yo necesito oír palabras que me saquen de mi oscuridad. Permanecen junto a mí incluso cuando ni yo mismo me aguanto. Así quiero yo tener amigos. Y así quiero ser yo amigo para otros. Que no pierda amigos por mi orgullo, por mi vanidad o por no haber sido capaz de perdonar errores del pasado.

La ansiedad tiene que ver con la angustia o la aflicción. Se estrecha el alma, y me ahogo, es como si no pudiera respirar. Vivo atormentado y oprimido cuando dejo que venza en mí la ansiedad. Dicen que la forma de vencerla es cultivar la magnanimidad del alma, que esta no se haga pequeña sino que se ensanche, se haga grande y sueñe con las alturas. Es verdad que no es tan sencillo, no es un simple juego de palabras y definiciones. Porque en medio de una crisis de ansiedad el futuro se convierte en una roca pesada que tengo que cargar sobre mis hombros y no puedo. Como si tuviera que salvar el mundo entero yo solo y no tuviera fuerzas ni supiera la manera de hacerlo. Como si estuviera en deuda con todos los que esperan que solucione la realidad que no está funcionando, el mal que domina aparentemente el mundo, el sinsentido que gobierna tantas vidas. La ansiedad, que en ocasiones me oprime el pecho, tiene que ver con ese deseo mío de creerme salvador de todos, del mundo, siempre. Como si de mí dependiera que todo fuera mejor a mi alrededor. Como si yo tuviera que hacer lo imposible por salvar esta realidad que me atormenta. En medio de mi fragilidad algo se rompe en mi alma y mi inseguridad me recuerda que no puedo que no podré nunca conseguirlo. Y algo me paraliza, como una fuerza exterior o interior que hace todo lo posible para estrangularme. ¿Cómo se ensancha el alma para que no sufra asfixia? Hay cosas que me reducen y otras cosas que me hacen mirar más lejos. Encorvado sobre una pantalla me asfixio, caminando por un paisaje amplio me lleno de luz y de vida. Cuando me centro en lo que he perdido, en lo que ya no tengo, en lo que se fue, en lo que no será, me vence la ansiedad. Cuando pienso en todo lo que tengo y doy gracias, el alma se hace más grande. Cuando parece que sólo yo soy el protagonista de una tragedia que parece no tener salida, me siento lleno de angustia. Cuando asumo que construyo con Dios una historia santa, descanso. Cuando dejo de mirar confiado a Dios y pienso que me ha puesto en ese lugar para probar mis fuerzas, sólo para eso, pierdo la paz. Cuando comprendo que Dios estará conmigo siempre, en mis derrotas y en mis éxitos, la paz vuelve al alma. Dejo por un instante de retener la cuerda que me ata al futuro y está en tensión. Suelto una de las manos y me relajo. Suelto la otra y siento que se aleja de mí la cuerda, cae vencida al suelo y desaparece. Como si una fuerza invisible la arrastrara fuera de mi mirada. Me asusta lo que pueda pasar ahora que lo he soltado todo, que no sujeto ninguna cuerda. Dejo de pensar que soy dios y de creer que es Dios todopoderoso no existe. Suelto y pierdo. Suelto, dejo ir y todo se va. Ya no tengo lo que se va, que antes parecía tan mío. Lo pierdo para siempre. Lloro en silencio la pérdida de lo que retenía, porque el duelo es necesario. Comienzo por un momento a ver mi vida desde fuera. Me veo corriendo de un lado a otro y de repente, me veo quieto. Y alguien ocupa mi lugar, hace las cosas que yo hacía. Veo mi propia vida en la distancia y tengo paz. A veces quisiera volver a sujetar la cuerda, a tensar la vida, llenándome de angustia. Pero elijo soltar y dejar que el alma respire, que se ensanche. Me conmueven las palabras que escucho: «Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». La paz que viene de lo alto me sostendrá, esa paz que viene de lo profundo del corazón de Dios. Hay personas en este camino que me dan paz. Tienen paz en el alma. Su corazón está anclado en el cielo y no tienen miedo a vivir en la tierra, o al menos eso parece a primera vista. Es como si hubieran puesto su confianza en alguien más fuerte, más listo, más poderoso que ellos. Alguien que puede resolver en un instante lo que ellos encuentran insoluble durante años. Yo quisiera tener esa paz que viene del cielo. No la quiero ni siquiera para dársela a otros, tampoco esa es mi exigencia, eso mismo podría quitarme la paz que tengo. En realidad quiero la paz con una motivación egoísta, autorreferente, la quiero para mí. Quiero tener paz, no quiero vivir estrangulado por el peso del futuro, lamentando mis pocas fuerzas y pidiéndole al mundo que por favor pese menos y no me juzgue si fracaso. Siento un dolor en el pecho que quiero que desaparezca de golpe y me deje tranquilo, calmado. Una paz que sea un don, no un premio por los méritos reunidos. Quiero que el futuro me importe menos, que lo que tengo ahora no me quite la paz, que lo que he perdido no me arrastre al vacío, que lo que ya no es no me entristezca demasiado. Quiero aprender a decir que sí para que la vida sea más fácil. El que dice que sí sonríe más, y llora menos. El que dice que sí agradece y toma su vida en sus manos para ofrecérsela a Dios agradecido. No busca retenerla porque todo va demasiado deprisa y nunca hay tiempo suficiente para construir torres demasiado altas y grandes. Sueño con tener paz en el alma para sonreír más y lograr así que le vida me lleve a tocar el cielo cada mañana. Sueño con vivir el cielo en la tierra y acercar la luz de lo alto a esa oscuridad mía que me asfixia. Le pido a Dios esa paz que ensancha el alma y me llena de alegría.

Me gusta la imagen de cuidar la viña. Porque me hace pensar que yo he nacido, he venido a este mundo a cuidar. No ya a cuidar mi propia vida sino la de los demás. Y cuidando mi vida sé que la vida de los demás será mejor, más plena, habrá más paz. Cuidándome a mí mismo acabo cuidando a otros mucho mejor que si no me cuido. La imagen de la viña es más amplia que mi propio cuerpo, que mi alma y tiene que ver con todo lo que puedo cuidar a mi alrededor. Este mundo puede ser mejor, puedo ayudar a cambiarlo con mi propia vida. La viña es el reino de Dios que se hace presente en medio de los hombres. La viña no es mía, es de su dueño, es de Dios. Dice el profeta: «Voy a cantar a mi amigo el canto de mi amado por su viña. Mi amigo tenía una viña en un fértil collado. La entrecavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas; construyó en medio una torre y cavó un lagar». Una viña que el dueño cuidó, la entrecavó, quitó las piedras y dejó que las buenas cepas crecieran sanas. El dueño de la viña se esfuerza para que esté bien. Jesús me habla de una viña que el dueño entregó a unos jornaleros: «Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos». Una viña que se hizo fuerte en la mano de su dueño y luego se marchó dejándola en lo que pensaba eran buenas manos. El salmo me dice que la viña es la casa de Israel: «La viña del Señor es la casa de Israel Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar, y sus brotes hasta el Gran Río». La viña es algo sagrado, una tierra fértil, un bien inmenso que tiene un dueño y un cuidador. La viña es algo muy querido por Dios. Esa imagen me gusta. Se trata de un Dios que cuida la viña, la riega, la entrecava, quita la maleza y las piedras. Una viña que Dios me confía y pone en mis manos. Él la ha cuidado con esmero y espera que yo haga lo mismo con esa viña sagrada. La viña me habla del amor de Dios en primer lugar. Dios ama mi viña y quiere que yo la cuide. Ama lo que ha puesto en mis manos. ¿Cuál es la viña que Dios me ha confiado? En primer lugar mi cuerpo, mi vida, mi familia, los míos, los más cercanos. Una viña maravillosa que Dios quiere que cuide. Me parece una misión inabarcable. Pensando en mi propia vida me siento desbordado. No soy capaz de poner orden en mi interior. Crece la maleza, abundan las piedras, no riego lo que es importante y dejo que lo no importante ocupe el mejor lugar de la tierra. Me da miedo ser un mal jornalero, un mal cuidador y dejar que la vida se me escape con el tiempo que vuela. Hoy me invita Jesús a cuidar la viña, a cuidar lo importante. ¿Qué es lo importante que hay en mi vida que descuido con facilidad? ¿Cómo aprovecho ese tiempo que tengo entre mis manos? Poner orden en mi vida tiene que ver con establecer prioridades. ¿Qué es lo que más alimenta mi espíritu? Pienso en todo lo que me hace bien. Lo que le hace bien a mi cuerpo y a mi alma. A veces los miedos y las preocupaciones me quitan la paz y me llenan de angustia. Aprender a vivir en presente me ayuda. Aprender a darle el sí a la realidad que me toca vivir como es ahora. No pretender cambiarla, sino aceptarla en su sencillez. Darle un sí alegre y confiado. De mis decisiones dependen tantas cosas. De esas decisiones que tomo con sinceridad. Lo que quiero hacer, lo que creo que es bueno para mí, lo que me dará paz a la larga, lo que me hará mirar con humildad al Dios de mi vida. Al mismo tiempo quiero apartar de mí lo que no me hace bien. Las relaciones que me esclavizan y sacan lo peor de mí. Los hábitos que se convierten en cadenas que me drenan y me quitan la alegría. Desmalezar quiere decir sacar lo que no es bueno dentro de mí, lo que no le pertenece a Dios, lo que me quita la paz y me hace vivir en tensión continuamente. La paz verdadera viene de Dios y necesita encontrar un terreno fértil y limpio para dar vida en mi interior. Necesito cavar hondo y eso cuesta, porque los ruidos interiores son muy fuertes y me hacen daño. Cavar es caminar hacia dentro, profundizar, pensar más, rezar más. Si estoy en comunión con Dios es más fácil ir más hondo. Si no lo estoy me acabaré secando y no podré dar vida a nadie. Pienso en todo lo que puedo hacer para cambiar la realidad. Puedo regar la tierra de mi viña con la fuerza del Espíritu de Dios. Puedo cuidar esos hábitos que me hacen fecundo y dejar a un lado lo que me quita la paz y me produce inquietud. Quiero ser paciente conmigo mismo porque así es la tierra. Para que dé fruto mi viña tengo que esperar, cuidar y aguardar, las cosas no suceden cuando yo quiero. La paciencia es una virtud que quiero cuidar. Cuando Dios quiera, cuando todo esté maduro para dar su fruto.

La viña al final no da el fruto esperado: «Esperaba que diese uvas, pero dio agrazones. Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho? ¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones? Pues os hago saber lo que haré con mi viña: quitar su valla y que sirva de leña, derruir su tapia y que sea pisoteada. La convertiré en un erial: no la podarán ni la escardarán, allí crecerán zarzas y cardos, prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella. La viña del Señor del universo es la casa de Israel y los hombres de Judá su plantel preferido. Esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos». En la parábola de Jesús son los jornaleros los que no rinden y no dan el fruto cosechado al dueño: «Escuchad otra parábola: – Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: – Tendrán respeto a mi hijo. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: – Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «No habéis leído nunca en la Escritura: – La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos». Lo común en ambos relatos es que la viña no da el fruto esperado y el dueño de la viña actúa movido por la rabia. No ha obtenido todo lo que espera. Por eso en el salmo le hemos suplicado a Dios que tenga misericordia: «¿Por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas? Dios del universo, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña. Cuida la cepa que tu diestra plantó. y al hijo del hombre que tú has fortalecido. No nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre. Señor, Dios del universo, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve». Pienso en los frutos. En los que los árboles dan. En los que la viña tiene que dar de acuerdo con su esencia. Pienso en mis propios frutos. ¿Qué espera Dios recoger de mi alma? ¿Qué necesita sacar de mis entrañas? En ocasiones, en lugar de vivir en paz, vivo en tensión. Como si tuviera que dar unos frutos imposibles. Tengo claro que no le puedo pedir peras al olmo. Jamás un olmo dará peras. Entonces esa forma de pensar me la aplico a mí mismo. Hay frutos que no podré dar nunca porque no tienen que ver conmigo, porque no soy yo así y no estoy llamado a producir esos frutos. Al mismo tiempo me siento en tensión por no ser capaz de dar frutos suficientes para merecer el abrazo de Dios. Como si mi vida no fuera suficiente. Como si no bastara con existir para merecer el amor. Como si no bastara con estar. Y vivo en este mundo en el que es tan importante producir frutos, estar a la altura que esperan de mí, dar la talla, producir contenido que tenga éxito. Se identifica el fruto con el éxito. ¿Cuánta gente me admira por lo que hago? ¿Cuántos valoran mi entrega, mi vida, mi forma de darme a los demás? Me da miedo no estar a la altura de lo que esperan de mí y acabo viviendo en tensión para que nadie me juzgue, para que el mundo no me condene y me apruebe. Me da miedo fracasar, adelgazar en mis méritos y no conseguir lo que deseo lograr. Tengo claro que la vida se juega en el instante en el que acepto quién soy y descubro mi misión. Pero puede que mi misión cambie. Que no siempre se exijan de mí los mismos frutos. No hace falta que tenga éxito en todo lo que emprenda. Lo que importa es que cuide la viña, que cuide mi vida, que abone la tierra y quita la maleza. Que saque las piedras que incomodan y siempre la buena semilla, que es la de Dios. Los frutos luego no serán míos, serán de Dios y eso me deja tranquilo. Dios no me pedirá el fruto que no puedo dar, no me exigirá nada, sólo que permanezca cuidando mi viña. A mi manera, con mis pocas fuerzas, con mi inseguridad y mis miedos. Las palabras que escucho me dan ánimo: «Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros». La vida se juega en ese momento en el que decido elegir lo que me conviene, lo que me hace feliz. El momento fugaz en el que dejo a un lado los miedos y acepto la vida en su grandeza. Cuando miro mi alma y sonrío agradecido. Digo que sí y continúo caminando, lleno de paz y de esperanza. Los frutos son de Dios, no son obra mía. Yo sólo abro mi alma y preparo la tierra y cuido a los que me ha confiado. Y luego le dejo a Dios que pase y recoja esos frutos que a Él le pertenecen.

 

[1] Carta encíclica dilexit nos, Papa Francisco, sobre el amor humano y divino del corazón de Jesucristo