Evangelio según Lc 6, 1-5
Sábado de la semana 22 del tiempo ordinario.
. Un sábado, en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas entre las manos, las comían. Algunos fariseos les dijeron: «¿Por qué ustedes hacen lo que no está permitido en sábado?». Jesús les respondió: «¿Ni siquiera han leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios y, tomando los panes de la ofrenda, que solo pueden comer los sacerdotes, comió él y dio de comer a sus compañeros?». Después les dijo: «El hijo del hombre es dueño del sábado».
Meditación Juan Francisco Bravo Collado
“El hijo del hombre es dueño del sábado”
Es como si Jesús me dijera: “¿Qué reglas te están amordazando? ¿Por qué estás dejando que eso suceda? Yo vine para hacerlos libres: libres del pecado, libres de la muerte, libres de la mentira y del mal. Así que ahora los quiero despiertos y atentos. Piensen con la cabeza, sientan con el corazón, hagan con las manos… y dejen que el mandamiento más importante sea el que mande: ¡el amor! Para eso: integrar. Un solo centro que debe ser el corazón. Templar el corazón en el santuario, en la ascesis, en los sacramentos. Y confiar.”
Jesús aquí rompe con las normas. Yo me siento incómodo cuando debo hacer eso. Quiero aprender a compaginar mis múltiples dimensiones y actuar orgánicamente. Con un centro: mi corazón. Dejar el mecanicismo atrás, y reconocer que hay transgresiones que me permiten ser más pleno. Me entusiasma el reto de ser fiel simultáneamente a lo que creo, a lo que soy, a lo que siento… aunque a veces estas dimensiones me conflictúen. Intuyo que la respuesta a unificar todo eso es ser fiel al amor y, aunque me duele experimentar la tensión de dimensiones distintas, eso es algo que realmente me gustaría lograr.
Jesús, me sorprenden estas meditaciones que parece que van a hablarme de una cosa, pero luego terminan hablándome de otra. Quiero ofrecerte mi corazón. Tómalo y hazlo semejante al tuyo. Que aprenda a integrar en mi corazón todas las dimensiones que me constituyen: mis ideas, mis afectos, mis instintos, mis sombras, mi vulnerabilidad y mis anhelos. Inunda mi corazón con el Espíritu Santo para que ponga el amor al centro, y así me atreva a transgredir con integridad y sentido. Sin buscar pantallas. Siguiendo el corazón. AMÉN.