1 Reyes 3, 5. 7-12; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo»

26 julio 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Saber reaccionar bien siempre ante la vida es una forma sabia de vivir. Seré más feliz en el proceso, en el ahora. No seré más feliz cuando gane y tenga éxito»

A veces parece que la inteligencia artificial (IA) va a superar todos los obstáculos que traban la existencia humana. ¿Desaparecerán un día todas las enfermedades que hoy me amenazan? ¿Podré vivir casi eternamente aquí en la tierra, sin problemas, sin límites? León XIV advierte que la IA se presenta a menudo como un camino para superar todas las limitaciones del ser humano. Me recuerda que la imperfección no es un fallo que deba corregirse con código, sino la base de mi empatía y humanidad. Es curioso. Con frecuencia yo no lo veo así. Siento mis límites en la piel, en el cuerpo, en el alma y me rebelo contra esos límites que me puso Dios o que dejó que me pasaran con el paso del tiempo. Es como si al crearme hubiera querido dejar claro que nunca iba a ser Dios, por más que lo intentara. Pero yo, la verdad, quiero ser Dios. Quiero ser perfecto, el número uno, hacerlo todo bien. Veo mi debilidad como un obstáculo en mi carrera hacia el éxito. Como una barrera que no me deja ser todopoderoso. Me gustaría cambiar la mirada, pero me cuesta. Comprender un día que aceptar mi debilidad es mi verdadero camino de salvación. Reconocerme débil, carente, dependiente de un Dios todopoderoso y de los demás hombres, es lo que me salva. No la perfección sino la imperfección es mi camino de santidad. ¿De verdad seré capaz algún día de alegrarme por mi fragilidad? ¿Podré reírme al ver mi pobreza y mis errores y seguir luchando? ¿Podré sentir que soy hijo al ver que no logro llegar solo a la meta de ninguna carrera? La debilidad reconocida, asumida y entregada es mi verdadero camino de santidad. Curioso cuando el hombre hoy pretende vivir sin debilidades. Pero es un autoengaño. La humanidad se encuentra hoy ante una encrucijada espiritual e histórica: «La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos»[1]. Hay una falsa creencia de que las máquinas me completarán pero eso es un autoengaño: «La pretensión de que lograremos vencer nuestras debilidades gracias a los robots o a las prótesis robóticas que podamos inventar es un engaño, una ilusión»[2]. Una máquina no me completará para hacerme perfecto. No puede hacerlo, es imposible. Porque yo tengo una inteligencia emocional que nunca podrá complementar una máquina. «Se reafirma la diferencia entre inteligencia humana e inteligencia artificial, que no conoce desde dentro la experiencia del cuerpo, la alegría y el dolor, el trabajo, el amor y la responsabilidad»[3].  Dice el Papa que la capacidad de procesamiento no equivale a la auténtica comprensión humana: «La inteligencia artificial puede imitar, pero no puede comprender. La grandeza del ser humano no reside en su capacidad de procesar datos, sino en su apertura a la verdad, a la belleza y al bien»[4]. No soy reemplazable por una máquina. Y tampoco una máquina puede hacerme infalible, completo, perfecto. Entran en esta ecuación el corazón, los afectos, la intuición, la locura. El hombre es capaz de cosas muy grandes porque está abierto a la grandeza de Dios. No puedo vivir eternamente en la tierra. Puede que la IA cure muchas enfermedades que hoy parecen incurables. Puede que se aumente la longevidad en esta tierra. Pero ¿seré más feliz si vivo más años? Yo creo que más que la cantidad de años el hombre valora la calidad de estos. No se trata de llenar de años mi vida, sino de vida mis años. Nadie quiere una existencia amargada en este mundo. Todos querrían tener un cuerpo joven y sano, exitoso y con relaciones sanas. Más que vivir muchos años, se trata de vivir mejor, de aprender a vivir. Una vida sana, una vida en Dios. Para ello el único camino es el de aceptar la debilidad, la impotencia y la fragilidad como camino de vida. No hay otra forma de hacer las cosas. Quisiera ser capaz de reconocer que la vida se juega en esos instantes en los que miro al cielo convencido de que Dios me va a levantar de mis cenizas, va a rehacer mi vida desde mi pecado, va a reconstruirme desde mis cimientos. Las máquinas corren el peligro de ser dioses. Miro lo que dicen del futuro posible y me lo creo y actúo en consecuencia, como si fuera un mandato divino. Las predicciones basadas en probabilidades y análisis de datos no pueden determinar mi forma de mirar el futuro. Como si eso fuera suficiente para cambiar el comportamiento de los hombres. Me asusta esta forma de mirar la vida. No quiero mirar a la IA como si fuera un Dios en el que creo y al que le pido que me muestre en una bola de cristal lo que va a pasar en el futuro. ¿Hacia dónde vamos? Hay tanto miedo al futuro que me da paz dejar las decisiones importantes a una máquina que se escapa fuera de mi control. Decido de acuerdo con lo que ella dice. Pierdo la capacidad de pensar, de elegir, de decidir qué es lo que más me conviene. Siento que la IA es una gran ayuda pero nunca va a acabar con mi imperfección, que no es un fallo de la creación, sino el camino real de mi salvación. Nunca puede acabar con mi creatividad. Miro mi vida en su pobreza y comprendo que lo que no es asumido no es redimido. Si no miro mi vida con alegría, si no acepto mi realidad con humildad y miro a Dios pidiéndole ayuda, no voy a crecer, no voy a encontrarme con el Dios que me salva en este camino. Podré alargar los días de mi vida, pero no podré ser eterno. Podré saber muchas cosas del pasado, presente y futuro, pero no seré más feliz por saberlas. Podré conocer cómo va a ser el desarrollo de los mercados, o descubrir cómo puede ser la reacción de las personas, pero sin conocimiento personal no habrá paz en el alma.

Hay muchas dimensiones en mi vida que tengo que cuidar. Tener armonía en mi interior es lo que sueño. Me gusta la reflexión del Papa Léon sobre la inteligencia artificial (A): «En realidad, absolutizar una sola dimensión del ser humano es siempre erróneo. En efecto, no es sólo la carencia lo que genera desorden. También aquello que crece sin medida puede convertirse en una forma de pobreza. En un ecosistema, la armonía se rompe cuando una sola especie prolifera en detrimento de las demás; en lo humano, ocurre lo mismo cuando una facultad pretende ser la medida de todo. Así, la inteligencia, si se absolutiza, termina por velar otras dimensiones esenciales de la vida: el afecto, la voluntad, la entrega y la relación. El poder técnico, si no se equilibra, no nos hace más capaces; nos aísla, y nos expone aún más a lógicas de dominio y de exclusión. No se trata ciertamente de oponerse a la inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana»[5]. A veces valoro a las personas por su inteligencia, por lo que sabe de ciertos temas, por su cultura. Por eso me gusta la IA que me da las respuestas que busco a cualquier tema, resuelve todas mis dudas, me hace más inteligente y capaz. Me ayuda a comprender las cosas que no entiendo y a diseñar modelos y proyectos que yo no soy capaz de imaginar. Me da datos que desconozco o que un día supe y ya olvidé, porque la memoria es débil. Me regala un conocimiento amplio de la realidad que yo no tengo, porque mi experiencia es limitada y se me olvidan muchos datos. No entiendo, no comprendo y la IA llena mis vacíos. El problema es cuando pretendo que la inteligencia artificial llene mis vacíos afectivos, resuelva mi problema de soledad. Mucha gente busca en ella consejos y un sostén afectivo en sus dificultades. Como si allí mismo, en su casa, estando solos, alguien los acompañara sin contradecirles, sin enojarse con ellos, dándole el apoyo que les falta. He dado demasiada importancia a lo intelectual, al conocimiento de muchos datos por encima de la inteligencia emocional. He pretendido interpretar la realidad y mi propia vida dejando a un lado el afecto y los sentimientos. Como si tuviera menos valor la inteligencia emocional. Al final esta IA puede llenar los vacíos de aquellos que están solos. Buscan en esta inteligencia respuesta a sus preguntas fundamentales. Pero esta inteligencia no es una persona y no puedo pretender tener una relación como si fuera humana. La IA es una ayuda maravillosa, como toda tecnología es maravilloso todo lo que los avances pueden lograr. Pero como dice el Papa León hay que ser prudentes en su uso. Así lo analiza: «Las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio. Incluso cuando dichos instrumentos se presentan como capaces de “aprender”, lo hacen de modo diferente al de la persona humana. No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior»[6]. No es una persona la que interactúa conmigo. No es alguien como yo que me puede ayudar a crecer como persona, a madurar. Quiero ser capaz de usar la IA para el bien. Que sea una ayuda y no reemplace en mi vida todo lo que sólo otro ser humano puede darme. Prudencia para usarla y sabiduría para no querer llenar los vacíos de mi alma con ella. Porque no se llenan. Porque necesito el amor humano, ese amor de otros que me levante y me haga mejor persona. Quiero usar lo que la tecnología me da. Como decía el P. Kentenich, siempre hacia adelante, nunca hacia atrás de lo que la tecnología va avanzando y siempre más hondo, buscando la profundidad de mi vida, del alma. Y teniendo claro siempre que lo que Dios quiere es que no pierda el rumbo ni el sentido de mi vida. Quiere que el centro de mi alma sea Jesús. Quiere que haya armonía en mi alma entre mi inteligencia emocional y mi intelecto. Entre lo que sueño y lo que tengo. Que tome en cuenta mis afectos, mis emociones pero que no me deje llevar por ellos. Y que tampoco los deje pasar. Eso no lo tomará en cuenta la IA. Sé que soy más valioso que todos los avances que puedan darse en este mundo.

Los hábitos forman la personalidad, mantienen el alma en alto y ayudan a caminar por esta vida. Los hábitos surgen con la repetición periódica de actos. El hábito es bueno cuando los actos son buenos y saludables. El hábito es malo y se convierte en vicio cuando lo que hago no me forma, no me construye como persona, no me mejora. En mi vida siempre he tenido hábitos. Costumbres que se han afianzado en mi corazón. En ocasiones me han criticado por ellos, como diciéndome que era muy rígido, poco flexible y abierto al cambio. En mi interior siempre he pensado que no era tan cierto. Me he tenido por bastante más flexible de cómo me han sentido los que me juzgaban. No suelo atarme a mi opinión sobre distintos temas de forma obsesiva. No suelo desestimar las opiniones de los demás como inválidas o malas. Al revés, siempre me siento interpelado por lo que otros dicen o piensan. Me cuestionan esos puntos de vista diferentes a los míos, haciéndome dudar. Creo que soy capaz de cambiar de opinión sin miedo a hacerlo. No moriré anclado en una idea fija e inmutable. Al mismo tiempo creo que no es tan importante atarme a mis ideas o a mis hábitos. He dejado hábitos por el camino sin dudarlo, sin miedo a hacerlo. Cosas que antes me parecía imposible no volver a hacer de forma constante, ahora ya no forman parte de mi vida diaria. No porque fuera algo malo, no es eso, simplemente pasó el tiempo y lo que antes hacía con frecuencia dejó de ser tan importante o relevante. Pero aun así siento que los hábitos tienen un lugar importante en mi vida. Al dejar un lugar y llegar a otro he empezado a construir nuevos hábitos. ¿Necesidad? No lo sé, simplemente he ido construyendo así mi vida sobre nuevos cimientos. ¿Mejor que antes? Tampoco lo creo, simplemente es diferente, algo que me ha permitido crecer, madurar. Como el hábito de subir caminando todos los domingos a un Santuario. Un camino largo y exigente. Un momento de intimidad con Dios en la soledad del camino. En medio de la lluvia, con frío o con mucho calor. En terreno enlodado o en el polvo del camino. Arriba y abajo. Subir y bajar de un cerro. Y es que sé que desde las alturas los problemas se ven más pequeños y la vida más ancha. Como si al mirar desde lo alto fuera todo más bello, más limpio, inmenso. En ese subir el camino me he sentido pleno. El cansancio dolía en el pecho. Y la exigencia pesaba. Pero al llegar a lo alto sentía una satisfacción infinita. Me veía caminando con Jesús en el camino. Siguiendo sus pasos, tocando su presencia. El silencio del monte un domingo por la mañana se ha grabado para siempre en mi alma. ¿Tendré que dejar también ese hábito? Sí y duele. Porque dejar siempre duele. Es como podar las ramas aun verdes. Como despojarme de algo que me ha dado tanta vida. ¿Era necesario? No lo es. Pero Dios lo quiere así, al menos eso es lo que he sentido y escuchado en mi alma este tiempo. Romper hábitos duele, dejar atrás rutinas y sentir muy dentro un vacío hondo, una soledad que mata. Recorrer ese camino, el mismo cada domingo, podría parecer innecesario. Tan innecesario como ese hábito de hacer algo de deporte al despertar, o rezar antes de probar bocado. Como si esas rutinas fueran esenciales y al mismo tiempo pudieran ser abandonadas con dolor, pero con paz. Porque no son hábitos malos, sino buenos. Y no son reemplazables. Dios me ha recordado en mi vida que muchas cosas buenas se acaban. Que la muerte acaba con personas muy amadas y las aleja de mí aun sin estar todo completo, aun sin haber dicho todo lo que quería decirles o haber hecho con ellos todo lo que necesitaba hacer. Las despedidas duelen por eso, porque se acaban hábitos que eran fundamentales. Porque esas rutinas daban la vida y ahora habrá que buscar otro pozo hondo, otro mar inmenso, otro monte altísimo. Sigo siendo un afortunado por poder disfrutar la vida en el camino. Vistiendo la novedad de esperanza y abrazando viejos hábitos como si fueran nuevos. No me da miedo partir, pero me duele. Como duele el alma al dejar de hacer pie en un océano profundo. Porque asusta el salto en un vacío que se me escapa. Porque es mucho lo que quedaba por hacer y no lo he hecho. Porque he sentido la nostalgia mucho antes de comenzar a despedirme. Y me han dolido las entrañas mucho antes de cercenar ninguna rama. No es necesario partir, tampoco irse. Uno podría quedarse en un lugar para siempre, haciendo siempre lo mismo, recorriendo el mismo camino, haga buen tiempo o llueva a mares. Sin importar el cansancio o la salud del alma. Uno ama lo bueno y se apega a lo amado como ese niño que no quiere dejar el lugar que conoce, el sueño que se ha hecho tierra abrazando sus raíces más preciosas. Como ese hombre que ha crecido y no es el mismo después de haberse acostumbrado a tantos hábitos. Porque nada es igual después de mucho tiempo. Ni lo que uno dejó un día ni lo que uno encuentra al volver, ni lo que uno es por dentro, ni por fuera, porque el tiempo va dejando estrías en las aguas y arrugas en el alma, y paz o rencor dependiendo de lo vivido, de lo sufrido, de lo que uno ha amado. Me duele el alma al soltar, al dejar ir, como cuando me aferraba a alguna rama en el camino para subir más rápido, para trepar más alto. La retenía un momento y luego la soltaba. Como los días que he querido retener en mi mirada, para que no murieran, viviendo el hoy, postergando lo más posible el mañana. Pero todo llega y comienza algo nuevo. Un nuevo camino, un camino algunas vez hollado. Pero no es lo mismo. Quizás porque los pies no son los mismos, y tampoco el camino. Ni esos hábitos que un día dejaron de sucederse en el tiempo, ni esas voces que se volvieron silencios. Presencias vivas dentro del alma. Porque la historia es muy concreta, entre días y noches se va tejiendo la vida. Y no tengo miedo. Algo nuevo vendrá que le dará sentido al mañana. Y yo me llevaré grabado en el pecho el polvo de ese camino, y el aire de cada subida, y el silencio hondo de tantas mañanas. Y todo habrá merecido la pena. Y ya no seré el mismo, porque el amor cambia el alma por dentro, para siempre.

Hay preguntas que recorren la historia. Y que pueden marcar la vida de un hombre. Salomón escuchó una pregunta en su corazón que cambió todo: «En aquellos días, el Señor se apareció de noche en sueños a Salomón y le dijo: Pídeme lo que deseas que te dé». En sueños Dios le preguntó qué deseaba pedirle para la misión que tenía ante sus ojos. Yo también escucho esa pregunta y siento que Dios me la hace a mí en este día. ¿Qué deseo yo pedirle a Dios? ¿Qué necesito? En ocasiones le pido salud, que me regale una vida plena, una vida llena de amor y esperanza, una vida larga en la que todos mis deseos se hagan realidad. Como si Dios fuera un Dios mago que consintiese siempre a sus hijos. A unos les diera suerte, y a otros les mandara desgracias. No creo en ese Dios hacedor de sueños. El entrenador de la selección de España, al preguntarle si le pedía a Dios que ganara su equipo, respondió con sencillez: «Rezo todos los días pero no por estar en el mundial y sacar un resultado. Cuando rezo le doy gracias a Dios cada mañana por la posibilidad de tener salud y de poder hacer lo que hago. Pero no le pido que gane mi equipo. Sería injusto pedirle que me ayude a mí y no a mi rival. Le pido que me dé opciones para seguir peleando. Con salud». A menudo veo a personas que le piden a Dios que les quite la enfermedad que sufren, me parece lógico. Pero me impresiona más cuando un enfermo no le pide a Dios ese milagro, sino que le dé fortaleza para poder ser un enfermo alegre y lleno de esperanza. Esa forma de entender la relación con Dios es más sana. Por eso me emociona lo que responde hoy Salomón: «Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?». Pidió sabiduría para discernir entre el bien y el mal. Un corazón atento para juzgar con benevolencia. ¡Qué difícil! A menudo le pido a Dios fortaleza, años de vida, éxitos, logros, victorias. Porque pienso que seré más feliz cuando todo me vaya bien, cuando triunfe en la vida, cuando todos me admiren por lo que he conseguido. He educado a mis hijos o me han educado a mí con esa consigna. Tienes que hacerlo todo bien o al menos mejor que tu compañero. Tienes que ser el mejor. ¿Acaso no admiro a esas personas que han logrado muchos éxitos académicos, o han tenido una vida llena de logros profesionales? Me ha tocado en alguna ocasión escuchar cómo enumeraban los éxitos profesionales en la vida de una persona fallecida. Lo hacían con orgullo, y era lógico. ¿Es esa la herencia que quiero dejar a los míos? ¿Una hoja llena de logros y éxitos? ¿Un curriculum perfecto? Cuando enseño a los demás a valorar la vida por sus victorias, por sus logros, es difícil que sepan enfrentar los fracasos y las derrotas. ¿Cómo se educa en la resiliencia y la capacidad de enfrentar la frustración? Cuando hay poca tolerancia a los fracasos se desata la violencia. Cuando no sé responder con calma ante las derrotas, incluso cuando me parecen injustas, quiere decir que no tengo un corazón sabio, ni prudente, ni maduro. Me dejo llevar por la rabia y en seguida surge un odio desmedido contra aquel que no me ha hecho nada, solamente ha logrado aquello que yo deseaba. En mi forma de reaccionar ante las vicisitudes de la vida se verá mi inmadurez o madurez, mi altura o bajeza. Mi corazón noble o mi corazón enfermo. Saber reaccionar bien siempre ante la vida es una forma sabia de vivir. Seré más feliz en el proceso, en el ahora. No seré más feliz cuando gane y tenga éxito. No seré más feliz cuando llegue a la meta, a Santiago, por ejemplo, cuando recorra este camino. Seré feliz en cada etapa de este aun cuando esté sufriendo y me cueste caminar. Aun cuando caiga derrotado y tenga que volver a levantarme. La manera de educar a las personas es desde esa capacidad para aceptar la vida tal como viene. Con sus injusticias y sus regalos. Con los días de sol y los de nubes y niebla. A Dios le gusta lo que ve en Salomón: «Agradó al Señor esta súplica de Salomón. Entonces le dijo Dios: – Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti». ¿Me mirará con la misma alegría Dios al escuchar ms peticiones? ¿Qué le pido a Dios cada mañana? ¿Le pido que me haga milagros? Me asusta pedirle que gane mi equipo y pierda el contrario, o que me dé a mí lo que otros tienen, sin importarme mucho si ellos padecen o les va bien en lo que hacen. Me gustaría tener un corazón tan sabio como el de Salomón para ver la realidad y saber elegir lo bueno y rechazar lo malo. Para juzgar con amor a mis hermanos y no desde el odio o el desprecio. Para enaltecer a los que son mejores que yo y admirarlos, sin dejarme llevar por la envidia. Me gustaría tener un corazón humilde para que nunca el orgullo o la soberbia me lleven a creerme mejor que los demás. Para que nunca me apropie de un poder que no es mío y lo deje ir, un poder que Dios sólo me ha prestado para que sirva a mis hermanos. Deseo tener un corazón compasivo, para mirar con misericordia al que se equivoca y peca, al que se aleja y hace daño. Para que no juzgue por las apariencias, porque siempre veré caras, y no podré ver tan fácilmente los corazones. Porque la vida es muy compleja como para reducirla a simples afirmaciones. Porque no siempre podré juzgar como lo hace Dios, con sabiduría, pero le pediré que me dé prudencia, clemencia, humildad y paz, para no dejarme llevar por mis emociones y sentimientos negativos. Para que no domine nunca en mí el odio, sino el amor. Para que mire con alegría a mis hermanos, sin ver en ellos enemigos irreconciliables. Le pediré un corazón sensato para ser prudente en mis juicios y en mis acciones. Para valorar a todos sin condenar nunca a nadie. Para mirar la vida con alegría y sonreír en medio de las tormentas del camino. Para no ansiar el poder que no me corresponde y no dejarme llevar por la ira que brota en mi alma cuando estoy enfermo o frustrado. Quisiera tener un corazón justo como el de Salomón para enfrentar la vida cada día con humildad, mirando al cielo agradecido.

Hoy Jesús me habla del reino de los cielos: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra». El reino es el tesoro escondido que el buscador encuentra. Una perla fina, un tesoro. Tengo suerte de tener la fe que tengo. Pero a veces me parece que no soy tan consciente de lo que Dios me ha regalado, de ese tesoro escondido en el alma. Y no valoro tanto ese Reino que se hace presente en la Iglesia. Incluso en ocasiones lo veo como una carga. Siempre dicen que el jardín del vecino está más verde. O es mejor su vida que la mía. O mejor su casa, su familia, su mundo, su trabajo, su proyecto. Siempre creo que el tesoro escondido está en otro terreno, no en el mío. Valoro más a los otros, lo que otros tienen, sus sueños y realidades, sus vidas. Me da envidia verlos prosperar, sentir que van progresando mientras que yo me estanco. Quisiera tener otros tesoros, buscar otros mares más atractivos. La búsqueda del tesoro siempre ha sido una obsesión en los hombres. Dejar mi tierra, mi vida, para emprender una aventura lejos de mí, en otro mundo que todavía no he visitado, en otra vida que aún no he vivido. Como si lo que no tengo fuera siempre mejor que lo que tengo. A veces ante una carta de comidas en un restaurante dudo si lo que yo elijo es mejor o parece más rico lo que otros piden. Alguien me enseñó hace tiempo que la mejor decisión es la que he tomado. Y no es bueno volver sobre esa decisión que no va a cambiar. Que el mejor camino es el que recorro ahora. Y las elecciones que he tomado han sido las mejores. Porque si no, corro el riesgo de vivir volcado hacia atrás sin mirar hacia delante. Como si quisiera arreglar el pasado para que el futuro sea otro, mejor, más valioso, más pleno. Me parecen mejores otros tesoros y miro en menos, con cierto desprecio, el tesoro maravilloso sobre el que vivo. Alguien valora lo que tengo y yo no me lo creo, me parece inútil el comentario o el elogio. Como si al hacerlo estuvieran en un error porque sin duda el mejor tesoro les pertenece a otros. Hay un cuento en el que al final el tesoro se encuentra en el interior del que lleva toda su vida buscando fuera lo que tiene dentro. Y me ha parecido siempre real. Tengo dentro de mí un tesoro escondido pero no lo valoro. Me parecen mejores los tesoros ajenos, esos que son inalcanzables. Me gustaría tenerlos a mi alcance pero no lo consigo. Son tesoros esquivos. Como si me gustara más la vida que otros viven, más que la propia. ¿Qué sentido tiene vivir envidiando? ¿La envidia me dará lo que aún no poseo? Creo que el camino más seguro hacia el tesoro es hacia dentro de mí mismo, no hacia fuera. El tesoro que Dios ha puesto en mi alma es lo que le dará sentido a mi existencia. Saberlo me hará encontrar la paz porque dejaré de compararme. Tengo un tesoro inmenso en mis entrañas. Dentro de mí está Dios iluminando mi camino. Dentro de mí habrá paz en medio de tantas guerras. Es el tesoro más importante que marca mi vida para siempre. No tengo miedo de enfrentarme a él, porque en él seré feliz para siempre. Si aprendiera a mirarme como me mira Dios. Si lograra alegrarme con la belleza oculta entre miserias y torpezas. Si pudiera saber siempre lo que más me conviene.

Hoy me dice Jesús que el reino es una red llena de peces: «El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Una red con peces malos y buenos. Una red que me invita a soñar y confiar. Buenos y malos. Pecadores y justos. Violentos y pacíficos. En mi red, en mi alma, convive lo bueno y lo malo. Lo agradable y lo desagradable. La belleza y la fealdad. La tristeza y la alegría. Yo decido lo que elijo, lo que tomo entre mis manos y valoro. Hoy escucho: «¡Cuánto amo tu ley, Señor! Mi porción es el Señor; he resuelto guardar tus palabras. Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata. Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo». Las elecciones determinan mi futuro. Soy el resultado de muchas opciones tomadas en la vida. El oro está dentro de mí, en ese reino que nace en mi alma. Ese reino es la presencia de Dios en mi vida, que me sostiene y consuela. La Palabra de Dios es el tesoro, aquello de lo que no puedo prescindir. Pienso en las cosas realmente importantes en mi vida. Aquello que vale la pena y lo que no lo vale. Lo que de verdad importa y lo que es intrascendente. Hay perlas en mi vida que no quiero abandonar por el camino porque Dios me hará feliz si las retengo, si las uso, si voy por buen camino. Lo que yo elijo es muy importante. Lo que yo valoro en esta vida. Las cosas realmente importantes que merecen la pena. Dios puede ayudarme a comprender los misterios de esta vida. Yo les doy el valor a las cosas que elijo. A veces parece que mi tesoro son cosas de poco valor. El fútbol, el deporte, las series que veo con fruición, esas redes sociales que me esclavizan. Donde está mi tesoro allí estará mi corazón. Las decisiones tomadas marcarán mi futuro. Aquello por lo que estoy dispuesto a dar la vida. Y esos otros tesoros que me esclavizan y me atan. Necesito ir hacia dentro buscando respuestas. Desenmascarando mentiras y dejando que la vida se muestre en su verdad. ¿Cuáles son mis tesoros? ¿Dónde se esconde lo más valioso de mi vida? Es posible vivir toda mi vida buscando tesoros fuera de mí sin reconocer la belleza de mi mundo interior. El tesoro escondido que Dios escondió en mi alma para que un día fuera capaz de verlo y valorarlo. Ese tesoro por el que estoy dispuesto a vender todo. Esa mirada sobre el tesoro lo cambia todo. Siento paz en mis entrañas y sé que Dios me permitirá descubrir el tesoro que ha guardado en mi corazón.

[1] Encíclica Magnificat Humanitas, Papa León XIV

[2] Encíclica Magnificat Humanitas, Papa León XIV

[3] Encíclica Magnificat Humanitas, Papa León XIV

[4] Encíclica Magnificat Humanitas, Papa León XIV

[5] Encíclica Magnificat Humanitas, Papa León XIV

[6] Encíclica Magnificat Humanitas, Papa León XIV