Isaías 55, 10-11; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23
«Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno»
12 julio 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«Quisiera abrirme a la fuerza de la voz de Dios que clama dentro de mí por ser escuchada. Hace falta que cambie mis rutinas, que deje más espacio a Dios, que abandone las redes sociales»
Creo que los verdaderos santos de la vida diaria son alegres. S. Francisco Javier le rezaba a un Cristo crucificado que sonreía. Y se enamoró de Él, de su sonrisa. ¿Cómo puede sonreír un hombre colgado en un madero? Me gustan los santos alegres. Que ríen en las circunstancias más adversas. Que se ríen de sí mismos porque no se sienten mejores que nadie, son humildes y miran siempre a los otros como si fueran más que ellos. Creo en esos santos que se toman los problemas a risa, sin quitarles nunca el peso que tienen. Aun siendo importantes saben que están de paso por esta tierra. Siempre recuerdan que van camino al cielo, aun cuando vivan en el mundo, atados a la tierra que aman. Son conscientes de que los pasos por esta vida siembran semillas de eternidad. Sé que es importante vivir mi vida con intensidad, sin miedo a perder la vida un día. Me gustan esos santos de la vida diaria que escapan al drama y no se detienen sin esperanza ante las cruces del camino. A ellos no les abruma el día a día con sus incertidumbres. Tienen miedos y les asusta el futuro, pero siguen adelante caminando confiados. S. Francisco Javier quería ganar el mundo entero. Deseaba, desde su juventud, vencer en los deportes. Quería también vencer por sus conocimientos intelectuales. Soñaba con lograr un puesto importante en la Iglesia que le diera prestigio, poder y dinero. Hasta que un día se encontró con un estudiante mayor que él, que era cojo y no tenía mucho dinero. Un hombre en apariencia poco atractivo para él. Pero su amistad con él lo acabó cambiando todo. Ese hombre estaba enamorado de Dios, se llamaba Ignacio de Loyola. Ese hombre con humildad le mostró un camino mejor. ¿Acaso valía la pena ganar el mundo entero si perdía su alma? Un Evangelio le hizo recordar lo importante. Mateo 16.26. «Pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?». Eso le hizo cambiar la mirada. Y desde ese momento todo cambió para él. S. Francisco Javier siguió a aquel hombre apasionado por lo sencillo y renunció a otros planes, a otros proyectos más atractivos, al dinero y al poder, a la gloria humana. Ese cambio en su vida fue lo que lo llevó a las misiones. Desde la India le escribía a Ignacio y a su comunidad: «Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa, principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno!». ¿De qué me sirve buscarme a mí mismo si pierdo la vida eterna? ¿De qué me sirve formarme continuamente y cuidarme preocupado siempre de mi bienestar, si al final se muere mi espíritu misionero? Me da miedo caer en la desidia y dejarme llevar por la comodidad. Me meto en mi mundo, habito mi alma y no salgo de ella. Pienso que seré más feliz si no me molestan, si me dejan tranquilo, en paz. Pero no es así, cuanto más me cierro en mi carne soy más infeliz. Incluso en mis días malos, cuando no tengo fuerzas, cuando no sé bien qué hago haciendo lo que me toca hacer en el presente. Incluso en esos momentos de dejadez y desidia, puedo ser santo, puedo dar alegría y esperanza. No quiero perder nunca ese espíritu misionero. No quiero dejarme llevar por la apatía. Quiero transmitir la fe con alegría. No hay un santo que sea triste. No hay santos tristes, sólo alegres. Porque cuando tengo a Dios en el alma, cuando descanso en su pecho, incluso en los días peores, mi vida tiene sentido. Me gusta mirar al cielo cuando me asalta la melancolía. Y le pido a Jesús que me recuerde el sentido de mi vida. Puedo caminar a su lado. Pienso en tantas cosas que me quitan la alegría. Muchas cosas poco importantes que me hacen estar triste. Cuando levanto la mirada al cielo, y veo a mi hermano caminando a mi lado, todo cambia. Dejo de mirarme a mí mismo, de buscar mi bienestar, para pensar en los demás. Y ese estar atento a los problemas de los otros me devuelve a la alegría. Nada externo a mí puede provocarme la tristeza. Hay una alegría eterna en mi corazón. Dios habita dentro de mí y me ha prometido una felicidad eterna. Por eso desea que yo transmita esa alegría a todos los hombres. Puedo hacerlo. Cuando algo me pesa, se lo entrego a Dios. Y recuerdo por qué estoy aquí, quién me ha enviado. Y comprendo que Jesús ha venido para dar alegría a los tristes y esperanza a los que viven el presente sin paz, sin confianza. Hoy quiero sonreír y reír, porque Dios me habita.
Cuando pienso en S. Francisco Javier mirando las costas de China, veo a un hombre apasionado, lleno de luz, que nunca se dio por vencido. Murió solo en una isla japonesa soñando con llegar a China, donde nunca llegó y murió agotado y solo. Pero no se rindió, lo dio todo, no se reservó nada. En este mundo en el que vivo, en el que tengo que cuidarme, guardarme, comer sano, estar yo bien, alejarme de las personas tóxicas que me hacen daño, no hacer lo que no quiero hacer, no sufrir demasiado, porque el sacrificio no entra en mi pensamiento, la actitud de este santo me impresiona. Siempre soñó con dar más y nunca se cuidó en exceso. Lo dio todo hasta el final y murió sintiéndose fracasado. El fracaso suyo fue no llegar a Chila, porque eso es lo que anhelaba. El fracaso fue que todos esos que estudiaban en la universidad en Paris no siguieron sus pasos. El fracaso fue no ser testigo los frutos cuya vida iba a tener. Sembró muchas semillas con su vida y murió así para dar vida a muchos. Y es que el corazón humano siempre quiere lograr más cosas, nunca es suficiente. Este aspecto me confronta con la paradoja de la insatisfacción humana. Siempre estoy insatisfecho, siempre quiero más, no es suficiente con lo que ya he conseguido. No basta con lo que ya haya logrado hasta ahora, el corazón tiene un ansia de infinito que nada finito lo sacia. No se siente feliz por la meta conseguida, porque en seguida surge un nuevo anhelo, otra meta. No importa que lo que persiga sea dinero, poder, logros, o crecimiento espiritual. Un corazón enamorado siempre quiere más, siempre desea más, quiere amar más y ser amado con más fuerza. Tengo claro que este impulso motor me mueve a no estancarme y me lleva a buscar siempre la excelencia o el crecimiento constante en mi vida. Si he aprendido algo sobre un tema, no me detengo, sigo investigando. Esa actitud me gusta porque lo contrario son esas personas que se quedan en la pereza, las vence la desidia y procrastinan continuamente dejando para mañana lo que podrían haber hecho hoy. Se conforman con lo que tienen y no crecen. Prefiero esos corazones inquietos que no se buscan a sí mismos, que no ponen en el centro su bienestar y piensan sólo en la misión que Dios les ha concedido. Aun así, en esta insatisfacción, encuentro que existe un claro peligro. Las personas insatisfechas pasan de una cosa a otra con extrema facilidad. No se detienen en la última conquista porque anhelan dar el siguiente paso. Pasan página demasiado rápido y olvidan lo vivido recientemente porque se vislumbra ante sus ojos una nueva meta que conquistar, una costa de China a la que llegar. Corren el peligro de vivir siempre en el mañana o en el siguiente objetivo, o en la siguiente meta, corriendo el riesgo de morir extenuados en la orilla insatisfechos. ¿Mi insatisfacción actual me está impulsando a crecer o simplemente me está impidiendo disfrutar y habitar el presente? El riesgo es no saborear lo vivido y meditar sobre la experiencia que me ha marcado. Agradecer a Dios y postgustar todo lo que me ha regalado. Necesito digerir las experiencias y no vivir continuamente en acción. Me detengo, pienso, medito, rezo, agradezco por lo vivido y entonces, una vez disfrutado ese momento de agradecimiento, me pongo en marcha hacia una nueva meta. Y es que no quiero convertirme en un buscador de experiencias continuas que sacien mi sed, como queriendo llenarme de dopamina. La pasión tiene que lograr que viva en el aquí y el ahora dándolo todo, sin pensar tanto en el mañana. Lo que importa es el paso que doy ahora, el lugar que retiene mis pies y no tanto el pueblo hacia el que me dirijo, esa meta marcada. El peligro de querer vivir satisfecho es que nunca lo voy a conseguir del todo. Siempre podré dar un paso más, entregar un día más mi vida, estar ahí para los que me necesitan una hora más y aun así, eso no lo colmará todo. Siempre habrá algo que está por hacer, siempre me faltará algo, porque la misión es demasiado grande, la mies muy abundante y los obreros pocos. Entiendo la insatisfacción de S. Francisco Javier y me parece maravillosa. Pero no quiero perder el sentido de mi vida. Nunca será bastante, nunca habré amado lo suficiente, nunca tendré todos los frutos, ni los veré. Nunca será demasiado lo que yo haya entregado, podré dar más, habrá algo en mi corazón que todavía podré entregar. Hay un cuanto más que me habla del cielo, del infinito que hay ante mis ojos. Nunca será bastante para poder vivir en calma. Me gusta la mirada del que no se cansa de luchar cada día. Del que se levanta cada mañana y se pone en camino mirando el horizonte abierto. Me gusta la actitud del que no vive protegiéndose y pensando en lo cansado que está, o en todo lo que le duele. Los santos de Dios no se desaniman ante los fracasos. La falta de frutos en su misión no se la atribuyen porque saben que el Reino es de Dios, no obra suya. Si hay frutos serán de Dios. Y si no los hay, también esa ausencia es de Dios. Viven en camino pero saben detenerse a meditar sobre la vida. Piensan en lo que les ha sucedido. Le entregan a Dios los éxitos y los fracasos, las alegrías y las penas. Saben que no siempre van a tener fuerza para una meta lejana, pero sí para dar un paso más. Y si un día tengo que morir en una playa mirando el horizonte que no alcancé, lo haré muy tranquilo, con paz en el alma, porque Dios sabe que mi vida era para ser entregada y eso es lo que hice. El amor de Dios me sostiene en la misión y me da fuerzas para no desanimarme nunca.
El otro día escuché sobre la teoría de las ventanas rotas. Es una propuesta dada por James Q. Wilson y George L. Kelling. Se basan en un experimento previo de Philip Zimbardo. La teoría es simple: si en un edificio se rompe una ventana y nadie la repara, pronto el resto de las ventanas terminarán destrozadas. ¿Por qué? Porque la ventana rota envía un mensaje silencioso pero contundente: Aquí a nadie le importa, aquí no hay reglas, puedes hacer lo que quieras y no pasará nada. Si descuido mi hogar, mi calle, mi ciudad estoy contribuyendo y animando a los demás a que la descuiden como yo lo hago. Cuidar el orden y la limpieza de la ciudad es lo que se hizo en Nueva York en una época en la que había muchos crímenes y robos. Al principio fueron criticados por esas medidas, mientras se seguían produciendo asesinatos. Pero luego se vio, a medio placo, que estaba siento la forma más efectiva de combatir la delincuencia. En una ciudad sin ley, en la que la policía no actúa, y nadie se preocupa de nada, la posibilidad de seguir delinquiendo es muy grande. Hay impunidad y parece que a nadie le importa lo que está pasando. Pero cuando se limpia la ciudad, se arreglan las ventanas rotas y todo se cuida, se envía el mensaje muy claro: No se va a permitir ningún acto de violencia. Aplicado todo esto a mi vida veo que las ventanas rotas son esos puntos débiles en los que yo me descuido y me dejo llevar por la inercia, por la pereza, por el egoísmo. Si veo que un día estoy cansado y decido no hacer deporte, veo que no pasa nada. Me convenzo de algo claro, es sólo un día, mañana vuelvo. Pero la verdad es que se rompe una ventana y es posible entonces que vengan más días sin cuidar mi salud física, me descuido. Si un día me salto la dieta y como algo que no suelo comer, puede que comience un círculo vicioso que me aleja de mis ideales y engorde rápidamente. Si descuido un día mi oración será más fácil descuidarla al día siguiente y acabaré abandonando el silencio y mis encuentros con Jesús habituales. Si te trato mal hoy y tú no reaccionas, no pones un freno, no me avisas del peligro que corro si lo vuelvo a hacer, al día siguiente te trataré peor. Si te grito hoy y te falto al respeto y no dices nada, se estará rompiendo una ventana y costará volver atrás, los gritos irán en aumento ante tu silencio. Si se rompe una ventana en la relación que tenemos, puede que el tiempo permita que se rompan más ventanas. Si no se repara esa ventana rota será más fácil que la relación y el amor se deterioren. Así pasa en las relaciones y en mi vida. Las ventanas rotas son como esas banderas rojas que me avisan de un peligro inminente. Si no estoy atento y no cuido los descuidos, no arreglo lo que está roto y no freno la decadencia de forma inmediata, puede ser que todo vaya de mal en peor. Cuando bajo mis aspiraciones y decaen los ideales acabo contemporizando, permitiendo que se imponga en mí el pecado y los ideales con los que comencé a correr en la carrera de la vida se habrán marchitado. Me da miedo dejar que la vida caiga en ese círculo vicioso que no me lleva a ningún sitio seguro. Me da miedo que todo sea un dejarme llevar por la inercia sin esforzarme por frenar y poner algo de orden en mi vida. Si un día procrastino, dejo para mañana lo que tengo que hacer hoy, la inercia me llevará donde no quiero ir. A veces veo a personas que se han rendido y han tirado la toalla. Ya no se esfuerzan. Ven que en su vida hay demasiadas ventanas rotas y no tienen energía para arreglarlas todas. Si mi cuarto está muy desordenado, cuando llegue a casa tiraré mi ropa sucia sobre toda la ropa sucia acumulada. Así pasa con mis pecados, cuando no me detengo a confesarme seguiré pecando sin importarme detener esa inercia. En lugar de confesarme y reparar la ventana rota, seguiré pecando y acumulando ventanas rotas en mi vida. Lo mismo sucede con mi aspiración a la santidad. Veo que dejo de luchar por esos ideales de santidad cuando me he detenido y no soy capaz de comenzar de nuevo. Me gustaría buscar el orden en mi vida. Hacer que el desorden, la suciedad, los pecados y la dejadez no me dominen. Decía Enrique Rojas: «El orden es un sedante que nos ayuda a no perder de vista la meta a la que apuntamos». El orden me salva, organiza mis ideas y me permite saber lo que tengo que hacer. Cuando mi vida está desordenada y sucia me dejo llevar por la inercia y no hago nada para arreglarla. Me gustaría poner orden en mi interior. Ojalá pudiera manejar mejor mis emociones y saber lo que tengo que hacer en todo momento. Me gustaría sanar mis heridas, que Dios sanara lo que está roto y herido en mi corazón. Me gustaría tener más paz y saber que no puedo dejar ventanas rotas sin hacer nada. Quiero poner límites cuando veo que alguien reacciona con violencia conmigo y me pierde el respeto. Quiero decir lo que pienso cuando alguien hace cosas que no me gustan y que son peligrosas, para él, para mí, para la relación. Quiero dejar que Dios entre en mi alma y me dé la paz que me hace falta para seguir mi camino. Quiero descubrir esos puntos débiles que no me dejan vivir con alegría. La vida se compone de esos momentos en los que decido hacer las cosas bien y esos otros momentos en los que me dejo llevar y no hago lo que está bien, sino lo malo, lo que no funciona, lo que está muy lejos de mi ideal. Hay una frase que me gusta: «Si un alma sumida en las tinieblas comete un pecado, el culpable no es en realidad el que peca, sino el que no le disipa las tinieblas»[1]. Cuando uno vive con demasiadas ventanas rotas, necesita que alguien desde fuera le ayude a reparar el caos en el que vive, ese desorden que acaba con su paz interior. Puedo vivir toda mi vida en las tinieblas si no hay alguien que disipa para mí. Al mismo tiempo puedo mirar a mi hermano y ayudarle a reparar lo que está roto en su vida.
A veces me parece la vida injusta. Como que las cosas no son como yo deseo o por lo menos como a mí me parece que deberían ser. Tanto dolor, tantas muertes injustas, tantos abandonos y tantas desgracias. En ocasiones se me acerca una persona y me cuenta todas las cosas terribles que le han pasado en su vida. Con una media sonrisa me mira y me pregunta: ¿Cómo ve, Padre? Y yo, en ese momento, no sé qué responder. ¿Qué cómo lo veo? Pues muy mal, me parece terrible. Hay vidas durísimas. Personas que han sufrido muchas desgracias y han seguido caminando, perseverando, luchando. Veo que en ellos se hacen vida las palabras que hoy escucho y que me dan esperanza: «Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo». Aguardo en mi interior la salvación que un día vendrá en mi vida. ¿Qué le puedo decir en medio de la desgracia, del abandono, de la muerte y la enfermedad? ¿Cómo consolar al que sufre con palabras de esperanza? Me gustaría tener la palabra oportuna, el mensaje correcto, el abrazo que recompone la vida del que está perdido en medio de la noche? No sé qué decir, la mayoría de las veces. Guardo silencio. ¿Que cómo lo veo? Pues mal, me parece todo injusto, terrible. Que no sé cómo esa persona que me lo cuenta conserva la sonrisa y la alegría. Que no entiendo cómo se mantiene en pie y tiene aún esperanza. ¿Cómo ve, Padre? ¿Cuánto dolor puede soportar el corazón humano sin llegar a romperse? ¿Hasta qué momento puedo mantenerme en pie sin caerme? Me parece imposible sostenerme en medio del dolor. Pero veo a personas que lo hacen y me quedo sin palabras, sin respuestas, sin voz. Lo veo muy mal, pero a ti te veo muy bien, les digo, con algo de torpeza en mis palabras. Quisiera ayudarles, salvarlos, sacarlos de su angustia y su dolor. ¿Cómo lo hizo Jesús para no intentar curar a todos los que llegaban hasta Él? ¿Cómo pudo aguantarse y no resucitar a todos los que morían a su lado o sanar a todos los que sufrían? No lo entiendo, porque a mí me gustaría hacerlo. Y sé que no puedo, no lo logro, no llego, no tengo la fuerza para ir gritando por los caminos que el cielo está cerca y que todo este sufrimiento son sólo dolores de parto esperando la manifestación de la Gloria que ha de venir. Me siento impotente y creo que tengo que hacerme impune al dolor, para que no me duela a mí ese dolor ajeno, para que no me rompa lo que le rompe a mi hermano, para que no me amargue la amargura de los que me rodean. ¿Cómo se puede salvar a todos los que sufren? Imposible, no se puede, no lo logro. Hay demasiados heridos en el camino, demasiados sufrimientos como para pretender calmarlos todos. Esta creación anhela la redención futura en la que todo será luz y vida, sin mancha de pecado ni de muerte. La vida es injusta, pero no me amargo, no me lleno de tristeza, Dios sabe mejor que yo lo que me conviene. Yo me empeño en que todo sea de una manera y no resulta. Busco que la vida funcione como yo quiero, y no funciona. Simplemente quisiera ser más libre, tener una mirada más pura y más confianza en un futuro que no está en mis manos. Sería todo más perfecto. Habría más luz en medio de la noche. Y más esperanza cuando todos la hayan perdido. Hoy escucho: «Esto dice el Señor: – Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo». Dios ha sembrado su palabra en esta tierra. En Jesús que vino a cambiar mi vida, este mundo, con su amor, con su entrega, con su muerte y con su vida. La Palabra de Dios llega a mi vida y me da luz, esperanza. A mí me gustaría ser un motivo de esperanza para los hombres. Me gustaría ser paz en medio de las guerras que me rodean. Y alegría en medio de las desgracias de las que soy testigo. Pero no sé cómo hacerlo cada día. Quiero que mi palabra sea motivo de alegría. Que calle cuando no tenga nada oportuno que decir. Y que hable cuando el Espíritu ponga en mí palabras de vida. Quiero que me inspire. Que me aliente el amor de Dios para amar yo con un amor que sea más grande que el mío. Que pueda perdonar con una misericordia que sea la de Dios. Quiero ser motivo de salvación para los que me rodean.
Una parábola es la forma que usaba Jesús para explicar las cosas más profundas de la vida. Jesús pasaba entre los hombres haciendo el bien. Hacía milagros, hablaba de muchas cosas que transmitían esperanza en un mundo desesperanzado. Muchos no lo comprendían. Creían en Él o pensaban que sus obras eran obras del demonio. No necesariamente un milagro lleva a la fe. Es más bien al revés, la fe lleva a los milagros. Muchos vieron milagros, fueron testigos de la resurrección de muertos, pero nunca es suficiente, no creyeron. Se asombraron, pero luego sintieron que no estaban de acuerdo con ese hombre, con su mensaje revolucionario. Tal vez no querían cambiar. Pienso que ese terreno de los incrédulos es como esa semilla caída al borde del camino: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino». Al borde del camino cae cuando yo no estoy listo para recibir esa palabra y dejar que dé vida en mi interior. ¡Cuántas veces en mi vida la palabra no da fruto! No la retengo, la dejo caída y el tiempo, y las preocupaciones, y las diversiones se la llevan. Veo milagros pero no los retengo, los dejo ir. Mi Dios se convierte en todos esos informadores de las redes sociales que lanzan mensajes continuos a mi alma para despistarme, para que viva al borde del camino, sin tomarme en serio la vida, sin hacer nada por nadie, pensando sólo en mí, en lo que a mí me interesa. El borde del camino es lo que no está en el centro de mi vida. Pero a veces lo periférico se convierte en lo importante. A veces lo que no importa, lo que no tiene valor, ocupa mis horas, mi ánimo, mi interés. Vivo volcado en las redes sociales buscando saciar no sé qué necesidad loca de ser feliz. La semilla caída se la llevan los pájaros, ni siquiera se adentra en mi tierra. Permanece fuera de mí y no me transforma. ¿Cuántas semillas de Dios han querido ser fecundas en mi vida pero han quedado tiradas al borde de mi camino? Son muchas y me da miedo pensar que nunca más formarán parte de mi vida. Están abandonadas. No darán vida en mi interior. Hay otras semillas que caen entre rocas: «Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe». La roca no deja que la semilla se adentre en la tierra y el sol acaba matando su vida y dejándola infecunda. Pienso en tantas palabras que se quedan atrapadas en medio de las rocas de mi alma. Allí no hay lugar para ellas. No pueden crecer, no pueden dar vida a otros. Mueren porque no llegan a la tierra, todo allí es demasiado duro. Pienso en mi vida en esa roca que a veces es mi alma. En ella la dureza del corazón no permite que nada eche sus raíces. Está cerrada la vía al corazón. Me endurezco ante los problemas de los otros, no considero que sean de mi incumbencia, paso de largo ante el dolor humano. Pensaba en una crítica que se le hizo el otro día a los futbolistas que están dispuestos a hacer publicidad por una marca pero que nunca denuncian las injusticias humanas de este mundo. Tienen mucho poder, mucha influencia y la usan sólo en provecho propio. Creo que lo mismo me pasa a mí cuando paso de largo ante el que sufre y pienso sólo en mi vida, en mi realidad, en mi dolor, en mi pena. No me detengo ante el herido al borde del camino, no me acerco al que ha sido víctima de una injusticia, no denuncio lo que está mal, lo que no es de Dios. Soy cómplice de la impunidad, de las injusticias de este mundo cuando callo y guardo un silencio culpable. Soy un terreno pedregoso que no deja que la semilla dé su fruto. Es imposible, el calor es fuerte y no hay tierra fértil. La semilla muere sin llegar a dar vida nunca. Escucho mensajes de esperanza pero pronto se me olvidan. Dios me habla de cosas bellas y sencillas y yo sigo arrastrándome por el mundo y no logro llegar más lejos. Me entusiasmo al comienzo con el mensaje de Jesús, pero dejo que luego se apague, no tengo fuerzas, no me mantengo encendido, dejo que la llama se muera enseguida sin tratar de impedirlo. La semilla en mi vida no penetra hasta lo más hondo de mi ser. Sigo viviendo en la superficie, sin profundidad.
Hay otra semilla que llega más lejos: «Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril». Loa abrojos ahogan todo lo que en mí ha dado vida en algún momento del camino. Me pasa cuando lo que antes me hacía soñar con grandes ideales se va apagando. Como esa vela encendida cuyo pabilo apenas se mantiene firme en medio de los vientos de esta vida. Ha dado fruto durante un tiempo. Pero hay demasiada maleza. A menudo en mi corazón hay demasiado ruido, muchas voces, poco silencio interior. Hay muchas interferencias que no me dejan volver continuamente a lo que de verdad me importa, a lo que vale. Escucho palabras sanas, llenas de luz y esperanza, pero acaban muriendo porque hay demasiadas sombras, demasiada noche, frío y oscuridad que no permiten que den fruto esas semillas dejadas a su suerte. Pienso que esas semillas han dado fruto. Hay verdades que han echado raíces en mi interior pero luego he descuidado lo importante en mi corazón y nada de lo vivido da vida a otros. Entonces me siento otra vez solo y abandonado. Siento que no soy capaz de amar con más fuerza, con más hondura. Se me olvida de dónde vengo porque la semilla se ahoga por esta vida intensa y vivida hacia fuera, hacia el mundo, no hacia dentro. Y es que Dios se encuentra dentro de mí, en lo más hondo. Allí donde no busco porque he perdido el rumbo y no sé cómo llegar a mi propio corazón: «La semilla cayó en tierra buena y dio fruto. Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida; la acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales. Así preparas la tierra. Riegas los surcos, igualas los terrones, tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes. Coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia; rezuman los pastos del páramo, y las colinas se orlan de alegría. Las praderas se cubren de rebaños, y los valles se visten de mieses, que aclaman y cantan». Eso hace Jesús en mi interior cuando me dejo cuidar por Él, trabaja la tierra, la riega, la deja mullida para que la semilla pueda penetrar en su interior. La cuida como un labrador que desea que la cosecha sea muy abundante: «Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga». La semilla sembrada en terreno bueno siempre da fruto, crece fuerte y echa hondas raíces. «Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno». Jesús siembra en mi corazón cuando la tierra está trabajada con mucho cuidado. Me gusta pensar en mi alma trabajada por Dios. Quiero que su semilla dé fruto en mi interior. Quiero que las palabras que escucho calen en lo más hondo. ¿Cuáles son las palabras que escucho cada día? ¿Dónde recibo los mensajes que me llenan el alma? Recibo demasiadas noticias, opiniones, juicios. Además de ser juicios sesgados sobre la realidad están marcados por los algoritmos que refuerzan mis posturas y me hacen sentir en posesión de la verdad. ¿Logro escuchar lo que Dios me dice cada día? Vivo tan en la superficie de la vida que no escucho nada. Es como si Dios se hubiera callado y ya no dijera nada. Pero no es así, lo que pasa es que yo estoy saturado de mensajes, de noticias, de voces, de juicios, de críticas, de condenas, de rabia, de odio. Vivo tan en conexión con lo que los demás dicen, gritan, odian, reclaman que no logro escuchar a Dios. Y yo mismo me voy llenando de odio, de rabia, de insatisfacción, como esa maleza que acaba por apagar la voz de Dios. Para que no se oiga, para que no me obligue a hacer algo por cambiar este mundo. Hoy me dice Jesús: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure». Vivo sin convertirme hacia Dios. Se ha endurecido mi corazón y mi mirada está ciega, no logra ver más allá. Esa incapacidad para amar me duele. Me he vuelto como una roca, he cerrado las puertas de mi alma. Ya nada de lo humano me parece relevante porque Dios se ha ido fuera de mi alma, me ha abandonado. Quisiera conocer los secretos del Reino de Dios en mi vida. Quisiera abrirme a la fuerza de la voz de Dios que clama dentro de mí por ser escuchada. Hace falta que cambie mis rutinas, que deje más espacio a Dios, que abandone ese celular y sus redes sociales, que haga silencio al día para escuchar esa palabra. Que no se embote mi corazón, que no se endurezca. Quiero que su semilla de mucho fruto en mi alma.
[1] Los miserables, Victor Hugo