Evangelio según san Mt 10, 37-42
Domingo 13 del tiempo común
Dijo Jesús a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque solo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa».
Meditación de José Miguel Arévalo Araneda
“(…) el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.”
Creo que el Señor me dice: “el amor a los tuyos no puede ser a costa de renunciar a Mí. El aceptar tus faltas, limitaciones, dolores, carencias y defectos no puede detenerte en tu seguimiento hacia Mí, cargando con ellos como tu propia cruz, y levantándote cuando caes. Tu amor a mí se expresa en creer que Yo soy el camino, la verdad y la vida, y en vivir y decidir en conformidad a eso en conciencia, por encima de otra consideración, aun ante la incomprensión o la oposición de quienes amas, o de quienes están cerca”.
El Señor me expresa con claridad cómo debe ser el amor a Él y a los demás. Pone en primer lugar el amor hacia Él, como si me dijera que mi amor a Él es “la verdadera fuente” del amor a los demás. Tengo que entender que así amaré más y mejor a los demás. Así, mis tiempos personales para la oración y la eucaristía, serán más fecundos y fuente de gracias en mi relación y en mis acciones hacia los demás. Aceptar mis cruces (las propias y las que me imponen los demás), también me unen más profundamente a Él y redundan en amor a los demás.
Señor, gracias por el regalo de la fe de creer en tus palabras, y contemplarlas con alegría. Soy testigo de cómo un más profundo amor a Ti se traduce en querer mejor a los que amo, en buscar y hacer el bien para ellos, más allá de los reconocimientos. Tenemos el testimonio de tantos santos de la iglesia que en su vida manifestaron esta verdad: amarte en primer lugar a Ti, para amar verdaderamente a los demás. Ruego al Espíritu Santo, para saber renunciar al excesivo o erróneo amor a mí mismo, tomando esa cruz para seguirlo como un mejor discípulo. AMÉN