Evangelio según san Mt 8, 5-17

Sábado de la semana 12 del tiempo común

 

Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión, rogándole: «Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente». Jesús le dijo: «Yo mismo iré a curarlo». Pero el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: ‘Ve’, él va, y a otro: ‘Ven’, él viene; y cuando digo a mi sirviente: ‘Tienes que hacer esto’, él lo hace». Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe. Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos». En cambio, los herederos del Reino serán arrojados afuera, a las tinieblas, donde habrá llantos y rechinar de dientes». Y Jesús dijo al centurión: «Ve, y que suceda como has creído». Y el sirviente se curó en ese mismo momento. Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, encontró a la suegra de este en cama con fiebre. Le tocó la mano y se le pasó la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirlo. Al atardecer, le llevaron muchos endemoniados, y él, con su palabra, expulsó a los espíritus y curó a todos los que estaban enfermos, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: Él tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades.

 

Meditación de Francisco Bravo Collado

 

Jesús se admiró de él

 

Es como si Jesús me dijera: “Qué admirable fue conocer a este hombre, cómo me conmovió su fe, cómo me impactó su forma de razonar tan sencilla y tan profunda a la vez. Y tú, Francisco, ven y admírate conmigo ante la fe de este centurión romano. Y aprende. Aprende de este soldado en el exilio, de este invasor que se ha dejado conquistar y que ha abrazado la idiosincrasia judía y que, incluso, ha construido una sinagoga. Tú, también, déjate conquistar. Porque la fe tan grande de este hombre no es por su propia grandeza interna, sino que por la candidez y apertura con la que se dejó conquistar por los demás.”

 

Me impresiona este texto. Jamás me imaginé que Jesús fuera a admirarse por alguien. Me impresiona, además, que el centurión de quien Jesús se admira no es judío, sino que romano. No puedo evitar compararme y sentir celos de este romano: ¿cuándo Jesús se va a admirar de mí? No parece muy probable. Cuando imagino mi alma desnuda frente a la mirada del Señor, me siento fracturado y ridículo. Este texto me tranquiliza, porque la grandeza de este centurión no es su entereza y claridad, ni su santidad, ni sus logros apostólicos: es su fe, ¡su fe sencilla! Yo sé que el Espíritu Santo me puede regalar más fe. Una fe sencilla y profunda como la de este centurión.

 

Jesús, regálame la candidez que necesito para encantarme con todo lo que me rodea. Enséñame que mi misión no solo es conquistar y dominar, sino que también dejarme inundar y transformar por aquello que me rodea. Como el centurión en Israel te conquistó a Ti. Que mi familia me conquiste, que mi mujer me siga conquistando -aún más-, que mi trabajo me enamore. Que mi país, su gente, sus agricultores, sus comerciantes, sus operarias de plantas de proceso, sus mineros en la cordillera, sus empresarios, camioneros, ejecutivos y operarios… que todos me llenen el corazón y me permitan descubrirte en ellos. AMÉN