Éxodo 19, 2-6a; Romanos 5, 6-11; Mateo 9, 36 – 10, 8

«En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor»

14 junio 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Me gusta recordar estas palabras, liberar, sanar, limpiar, anunciar, resucitar. Son acciones que superan mi capacidad. No creo que soy yo. Yo sólo soy un enviado»

Hay silencios llenos de ruidos y silencios vacíos. Silencios impuestos y silencios buscados. Hay un silencio sagrado que busco con frecuencia y que rara vez encuentro. Vivo en un silencio lleno de ruidos. Añoro silencios llenos de armonía, como el silencio de los bosques, donde cantan los pájaros y las hojas susurran. O ese silencio del campo abierto en el que el viento rompe y limpia mi alma. Busco y anhelo un silencio parecido al del desierto, en el que escuche voces en mi interior, voces que pugnan por salir al exterior, por hacerse conscientes en mi corazón. Esas voces que yo tantas veces no escucho. No importa que el mundo grite, yo quiero aprender a vivir en silencio en medio de los ruidos de la vida. Quiero callar cada día y escuchar, ser paciente y permitir que Dios pueda hablarme. Sé que todo depende de mi alma y del deseo que habita en mi interior. ¿De verdad busco el silencio cada mañana, cada atardecer? ¿Quiero saber lo que de verdad Dios desea de mí? No lo sé. Porque no soy capaz de callar. Vivo gritando y permanezco en tensión buscando fuera de mí lo que me quita la paz. Quisiera conocer ese silencio que rompe el ruido en el que habito. El silencio que calma el ansia de ser validado, reconocido, amado. Vivo a menudo otros silencios que el mundo me impone. Esos silencios por no decir la verdad, un silencio que guardan los corazones culpables cuando son acusados. ¿Dónde se esconde la verdad cuando nadie la confiesa? ¿Cómo se logra imponer silencio cuando todos gritan muy fuerte? ¿Por qué mis palabras calladas me acusan y me declaran culpable? Cuando no hago lo que digo, cuando no digo lo correcto, cuando callo la verdad por miedo al rechazo. No quiero gritar para imponer yo mi silencio. No tiene sentido porque sólo busco callar a los demás mientras permanecen los ruidos en mi alma. Y sé que el silencio más importante sucede en mi interior, mientras se acallan las voces. El silencio en un lugar santo al que quiero regresar cada noche. Es una capilla sagrada en la que me arrodillo. En esas cuatro paredes descanso. Allí entra la luz teñida de colores, hay unas ventanas con vitrales que dejan pasar al sol llenándolo todo de vida. Surge el silencio cuando no parece necesario decir más palabras. Porque tengo claro que al final en realidad sobran muchas palabras. No es necesario hablar tanto, no hace falta llorar, ni decir más de lo que me preguntan. A veces es difícil callar y esperar a que llegue un día nuevo. No deseo preguntar cosas que están fuera de lugar. Prefiero callar y esperar. Tomar en ms manos la vida que se me confía y seguir el camino señalado. Por eso callo y espero con paciencia. ¿Desde cuándo la paciencia me resulta tan familiar? Nunca he sido paciente. Vivo con prisa corriendo de un punto al otro para volver al mismo lugar sin detener mis pasos. Callo y espero. No tengo nada que decir. Quiero escuchar a Dios, a María, en este santuario hecho de piedra. Me detengo ante esa imagen de María que me invita a guardar silencio, a esperar, a soñar. Aguardo sin protestas, sin quejas, sin indignación, sin miedo. Quiero llegar más lejos y me detengo muy pronto, demasiado pronto. El ritmo de mis pasos en el camino me hace guardar silencio. No me abandonan los pensamientos, que, como un río, fluyen en mi interior. No me quedo solo, me gustaría. Muchos sentimientos habitan dentro de mí. ¿Cómo puedo ponerle palabras a todo lo que me sucede? ¿Cómo explicarles a otros y a mí mismo lo que me está pasando? ¿Cómo relatar una explicación plausible que a mí me convenza y también a todos? No quiero malgastar palabras. No deseo hablar demasiado. Callar es de sabios porque si hablo seré esclavo de mis palabras. Lo que dije, lo que expresé. ¿Por qué tengo que decir siempre lo que pienso de todo lo que sucede a mi alrededor? ¿Por qué es necesario que siente cátedra explicando el sentido de mi vida? No quiero hablar tanto, deseo callar. Y si los demás esperan que hable, igual callaré. Salvo cuando mis silencios sean cómplices, culpables. Salvo cuando sienta que los demás necesitan que diga mi opinión o lo que pienso que es el querer de Dios. ¿Y si me equivoco? ¿Y si no son así las cosas y me estoy equivocando en mi juicio, en mi forma de ver la vida? Hay decisiones que se toman en otro tiempo y entonces parece que fueron erradas. Pero en ese contexto quizás estuvieron acertadas. Ahora hay que ver la realidad con otra perspectiva, con otros ojos y juzgarla con misericordia, siempre de forma compasiva. Tengo paz en el corazón y sé que los demás tienen un corazón herido. Y yo quiero ayudar a que sanen en el silencio de Dios. Por eso guardo silencio.

No siempre me resulta fácil mirar hacia atrás. A veces me cuesta porque el pasado duele. Son espinas clavadas que me hacen daño. Y prefiero olvidar, intentar dejar pasar el dolor, esconderlo bajo una manta de tiempo, como si no hubiera pasado nada, como si nada hubiera sido difícil. No miro hacia atrás porque me hace daño. Y pienso que, si no recuerdo, no voy a sufrir más. Tal vez por eso no soy capaz de sacar las rosas escondidas entre tantas espinas. Me cuesta ver lo bueno oculto y escondido bajo lo malo. No logro rescatar la verdad que duerme bajo tantas mentiras. Por eso no recuerdo, por eso olvido. Y pienso que así mi presente puede ser más tranquilo y mi futuro mucho mejor. Pero no. Las cosas que me pasan no desaparecen. El subconsciente lo graba todo de forma muy prolija. Va dejando todo bien escrito y almacenado. Quedan las marcas, las heridas, las cicatrices, los dolores, los rencores. Intento por todos los medios que el subconsciente no se haga visible en la superficie. Por eso lo tapo, lo escondo. Veo a muchas personas que viven sin pasado, sin historia, como si acabaran de nacer ese mismo día. ¿Es posible vivir sin historia, sin recuerdos, sin ayer? No es posible, todo vuelve. Al mismo tiempo me he convertido en un hombre del presente. Vivo aquí y ahora, me motiva lo nuevo, lo que sucede ahora, la novedad, el futuro. Por eso me cuesta volver al pasado, no porque me duela mucho, sino porque no lo necesito para vivir. El ahora cuenta más, es más importante. Lo que ahora me está pasando, lo que me pasará mañana. Por eso no les consulto a los mayores lo que piensan, no pido sus consejos. Son de otra época, no me interesa. Por eso hoy se valora tan poco la experiencia y una persona mayor se convierte en alguien anticuado, poco interesante, una carga. Los ancianos quedan relegados en sus asilos. Los mayores mejor que se aparten para dejar paso a los jóvenes. Se valora en exceso la juventud. Los jóvenes son los que importan, los que mandan. Los que tienen más pasado que futuro no importan demasiado. Una sociedad que deja a un lado la experiencia es una sociedad enferma. Vivir sin pasado es vivir de forma poco sana. El pasado es fundamental para aprender para el futuro. Sin esas experiencias volveré a cometer los mismos errores que ya antes hice u otros hicieron antes que yo. Escuchar a los mayores es una fuente de vida, porque han vivido, porque han amado, porque han aprendido. Por eso necesito sumergirme en mi pasado, en mi historia. Son sagrados los días vividos. Por otro lado hay personas que viven ancladas en exceso en lo que han vivido. «El victimismo es el rigor mortis de la mente. Está anclado en el pasado, anclado en el dolor y en las pérdidas y escaseces: lo que no puedo hacer y lo que no tengo»[1]. El pasado los retiene, no los deja avanzar. Es como si lo vivido fuera a perpetuarse en un futuro maldito. Vivió algo malo y piensa que siempre va a suceder lo mismo en su vida. Nunca creerá que las cosas puedan ser diferentes. Este es otro drama. Ni pasar página y tapar el dolor. Ni vivir anclado en un dolor permanente. «Experimentar repetidamente un suceso pasado puede reforzar los sentimientos de miedo y dolor en lugar de reducirlos»[2]. Esas experiencias dolorosas siempre van a estar ahí. Tengo que asumirlas, mirarlas a los ojos, tomarlas en mis manos y entregárselas a Dios. Ya no puedo cambiar lo que ha sucedido. No puedo repetir lo que viví y volver a hacer lo que ya hice. El pasado está pisado. No quiero anclarme en él. No quiero vivir de espaldas al futuro mirando todo lo que he sufrido. La actitud más sana es mirar con los ojos de Dios lo que ha sucedido en mi vida. Lo valoro, lo miro con alegría, lo acepto, se lo entrego a Dios y lo suelto. «Y, por último, de dejar de huir por fin del pasado. De hacer todo lo posible para redimirlo y luego dejarlo marchar»[3]. Pero necesito sumergirme en lo vivido. Es sano recordar lo que he vivido. A veces siento que se me olvidan las cosas y me da pereza recordar. Pensar cómo me sentía en ese momento. Revivir las escenas vividas en el último tiempo. En ocasiones me hace bien que alguien a mi lado me ayude a recordar. Cómo me sentía. Qué dije. Qué hice. Qué me dolió más. Qué fue más difícil. Que mi falta de memoria no me haga olvidarlo todo. Viene bien escribir, recrear la historia vivida, pensar en todo lo que ha sucedido. Paso con una facilidad pasmosa de una experiencia a otra, de un momento difícil a otro sin pensarlo demasiado. Debería detenerme y hacer memoria. Recordar es volver a vivir lo sucedido, ya sea bueno o malo. Si es malo lo recuerdo y se lo entrego a Dios. Lo suelto, lo dejo ir. Dejo que la vida siga su rumbo. No me detengo en la herida que alguien me causó. No me importa, lo acepto con humildad, con misericordia. Perdono, tengo compasión del que me hirió. No me quedo en el resentimiento porque sé que me hace mucho daño. Si es bueno lo que recuerdo lo miro de nuevo con alegría. Tengo paz al mirarlo porque es algo bueno, maravilloso, algo que me ha dado mucha vida. Lo miro sabiendo que es un tesoro que tengo que guardar en mi alma para siempre. Doy gracias por lo bueno y por lo malo. Lo entrego, lo ofrezco. Es parte ya de mi vida y siempre va a estar ahí. Esa memoria forma parte de mi vida.

Al final en la vida sólo me puedo arrepentir de una cosa, de no haberlo dado todo, de no haber luchado hasta el final. No tengo reproches ni quejas cuando lo he intentado una y otra vez, cuando no me he dejado llevar después de una derrota, de un fracaso. Por eso merece la pena intentarlo siempre de nuevo. Caer y volver a levantarme. Sentir que no puedo más y seguir caminando, esforzándome. Creer que he llegado a mi límite y seguir más allá, explorando mis límites reales. La sensación del verdadero fracaso es cuando me aburrí y dejé de luchar. Cuando cedí a mis propias presiones y decidí no esforzarme más. Esas derrotas son las más dolorosas porque muestran que me he rendido. Y yo no quiero rendirme nunca. No quiero pensar que ha llegado el final de algo que me ha dado la vida. Hasta que mi cuerpo diga basta, hasta que mi alma me diga que ya es el momento. Una vida lograda no es necesariamente una vida jalonada de éxitos. Al final el mayor éxito es mirar hacia atrás y sonreír y pensar que ha merecido la pena todo el camino recorrido. Son ejemplo para mí esas personas que no se han cansado nunca de intentarlo de nuevo, de luchar, de seguir corriendo, caminando, esforzándose. Nunca han sido un ejemplo los vagos, los perezosos, los que se rendían antes de tiempo sin intentarlo. Una vida lograda es una vida feliz en el camino, no necesariamente en el logro de victorias imposibles. Lo más difícil en la vida es mantenerme en el lugar en el que estoy, perseverar haciendo lo que he hecho ya muchas veces, insistir en esas rutinas que parecen agotar mis fuerzas pero que son fundamentales en mi camino. Porque me da paz saber que estoy en el camino correcto, que no ha cambiado la meta, el lugar de mi destino. Podré caer haciendo lo que siempre he hecho. Y habrá merecido la pena el esfuerzo. El otro día leía: «El hombre tiene sobre sí la carne, que es a la vez su carga y su tentación. La lleva, y cede a ella. Debe vigilarla, contenerla, reprimirla; mas si a pesar de sus esfuerzos cae, la falta así cometida es venial. Es una caída; pero caída sobre las rodillas, que puede acabar en oración»[4]. En esa lucha de la vida puedo dejarme llevar por la tentación. Puedo arruinar mis decisiones. Puedo echarles el freno a mis pasos y detenerme. O puedo incluso retroceder desandando los pasos andados. Puedo regresar al lugar de las dudas y los miedos. Allí donde ni yo mismo creo en mis posibilidades. Puedo caer sobre mis rodillas y rezar, agradecer por todo lo vivido, por todo lo sufrido. No es fácil perseverar cuando mi cuerpo y mi alma están acostumbrados a dejarse llevar por la inercia, a dejarse tentar por la vida que me ofrece aparentemente todo lo que necesito. Vanidad del hombre que lo tiene todo y puede perderlo todo en un momento. Me cuesta pensar que todo podría ser mucho más fácil. Si supiera que las cosas importantes suceden cuando ya el alma está cansada y todo en mí está dispuesto para no seguir luchando. Si en ese momento insisto, vuelvo a intentarlo, puede que la recompensa sea mucho mayor de lo esperado. Puede que lo que reciba sea un logro inesperado. Puede también que, en medio de mi camino, no deje ni un solo instante de ser feliz. Esto es lo que quiero, no vacilar, no acomodarme, no dejarme llevar por esas tentaciones que me hacen creer que todo sería mejor si no luchara, si me detuviera, si descansara. Caminar es eso, dar un paso más, siempre uno más. No pretender descansar cuando esté cansado. No buscar beber agua cuando tenga sed. Es una escuela para la vida, porque en mi vida muchas veces querré parar, dejarlo, detenerme. Querré decir que hasta aquí he llegado y ha sido bueno. Y puede que sea bueno, pero no es lo que quiero. Quiero ser un luchador que se cansa y sigue, se encuentra abatido y se levanta, siente el calor del día o el agua empapando su rostro en la tormenta y no se rinde, se siente triste y sigue sonriendo. Dicen que es en la tormenta donde se forja el carácter. En las dificultades el alma se hace más fuerte. Es cuando las circunstancias no son las deseadas el momento en el que decido dar un salto hacia delante o me hundo en la desesperación. Tengo un cuerpo en mí y un alma que pueden tender al reposo. Y no lo quiero. Deseo llegar al final de mi vida tranquilo, sabiendo que lo he dado todo y he intentado hacerlo todo lo mejor que podía. Me gusta esa mirada positiva, alegre, confiada. Esa mirada del que sabe que somos eternos y por eso merece la pena vivir cada día como si fuera el último. Esa satisfacción por los pasos dados y al mismo tiempo el anhelo de nuevos pasos. Cada meta lograda es un acicate para seguir caminando. No importan las circunstancias del camino. Siempre hay una noche para el descanso y un amanecer para un nuevo comienzo.

La fe es un don que cambia el alma. Es un don que se recibe y me cambia la mirada. A veces digo que creo pero vivo como si no lo hiciera porque no actúo en consecuencia. Vivo como si Jesús no fuera importante para mí, no fuera mi amigo, ni mi maestro. Como si seguir sus pasos por el camino de la vida no fuera clave en mi maduración como persona. Decía el Papa León XIV en su paso por España: «No podemos creer en Jesús y promover la guerra, no podemos creer en Jesús y matar al inocente, no podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la memoria». Y es cierto. No podemos ser injustos amando a Jesús. Todo amor me asemeja, y si no lo hace, puede ser que mi amor no sea tan profundo, ni tan radical. Las preguntas resultan evidentes y duelen en el alma. ¿Cómo puedo decir que amo a Dios si no respeto a mis hermanos más cercanos cuando los juzgo con mi mirada y con el corazón? ¿Cómo puedo decir que amo a Jesús si luego mato al inocente que aún no ha nacido o abandono al débil, al enfermo, o al anciano? Son contradicciones. Porque, como nos decía el Papa, la santidad tiene que ver directamente conmigo. No son santos los otros, los que no conozco, los que me parecen mejores. Creo que yo mismo estoy llamado a ser santo: «La santidad no es un privilegio de unos pocos, sino un don que compromete a todos los bautizados a vivir la plenitud del amor a Dios y a los hermanos. Los sacramentos, especialmente la eucaristía son el alimento para crecer en una vida santa, para configurarse con Cristo en virtud del Espíritu Santo». El amor a Jesús me transforma de tal manera que ya no puedo vivir de espaldas a su amor a mis hermanos, como si Dios no existiera. Quiero amar hasta el extremo. Quiero amar en las dificultades y en los momentos de bonanza. Amaré siempre y no dudaré de su presencia junto a mí. Esa mirada positiva es la que me salva y me permite caminar con esperanza. Tengo claro que yo puedo ser santo si me dejo transformar por su mirada. Sé que si es así, y me dejo tocar por su amor, mis actitudes fundamentales y mis sentimientos acabarán cambiando. Cuando Dios lo logra en mí, sucede que en lugar de la guerra siembro la paz. En lugar de crear distancias, uno a los que están más lejos y separados. En lugar de poner obstáculos a mi hermano que es diferente, consigo que su vida sea más fácil. Esto es lo que le dice Dios al pueblo de Israel. Y es lo mismo que me dice a mí. Quiere que sea su propiedad sagrada porque precisamente eso es lo que me salva: «En aquellos días, llegaron los hijos de Israel al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña. Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo: – Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los hijos de Israel: – Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa». Jesús me llevará en sus alas y me salvará. Y en el salmo he repetido: «Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades». Estoy llamado a ser propiedad de Dios. Estoy llamado a ser santo. La santidad no es el privilegio de unos elegidos. No es la virtud del que no peca nunca y nunca cae. No es una perfección inalcanzable para los mortales, porque todos somos débiles. Es por eso por lo que yo mismo, en mi pobreza y fragilidad, desde mis heridas, estoy invitado a ser amigo de Jesús, a seguir sus pasos, a estar siempre a su lado escuchando su palabra. Jesús me invita a ser santo. Por eso lo más importante entonces es cuidar la amistad con Cristo. Camino con Jesús porque soy su amigo. Voy a ver a los apóstoles porque ellos fueron sus amigos y quiero tocar al amigo de Jesús, al santo y darle un abrazo por la espalda. Porque santo no es el que hace todas las cosas bien, sino el que se ha dejado tocar por la mano de Jesús. El que se ha dejado acariciar por su ternura. El que ha oído la palabra de Jesús en su oído y todo ha cambiado para él definitivamente. La santidad es una gracia que se me regala cuando abro el corazón y me dejo tocar por la misericordia divina. Cuando me levanto después de haber luchado y haber caído tantas veces. Me gusta esa santidad inalcanzable que se pone a tiro. Porque cuando me dejo tocar por Dios soy más feliz, tengo más paz y suelto las riendas de mi vida para que Jesús me lleve donde Él quiera que yo vaya. Dejo de controlar, de retener, de atarme con fuerza para que no me conduzca a lugares desconocidos. Lo suelto todo para que la vida siga su rumbo. Me conmueve esa actitud interior de los que son libres. Quiero vivir así, apasionadamente, con un corazón grande y la paz en el alma. Sin pretensiones que superan mi pequeñez, sin apegarme a lo que es sólo un don de Dios. Sin exigirle a la vida lo que no puede darme. Quiero caminar despacio y confiar. Quiero seguir los pasos de Dios y sentir que todo es posible si camino con Él. En sus alas, en sus pasos. Hacerlo todo con Él para sentir lo que Él siente.

Me gusta esa invitación de Jesús a ir a la misión: «En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos: – La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Esas palabra siempre me han parecido muy ciertas. Hay muchas ovejas perdidas sin pastor, extenuadas, abandonadas y son demasiadas, porque la mies es muy abundante. Demasiada misión, pero muy pocos misioneros. Hay desproporción entre el número de personas a las que ayudar y el número de las personas dispuestas a acompañar. Le pido siempre a Dios que envíe trabajadores a su mies. Siento que es demasiado lo que se puede hacer y yo me siento demasiado pequeño, estoy solo. Esa desproporción me duele. ¿Qué puedo hacer yo para cambiar este mundo? Hay tanto dolor, tanto sufrimiento, tantas personas que sufren injusticias. Veo a tantos hombres que han perdido la fe y no ven a Dios en sus vidas. ¿Cómo puedo cambiar el mundo en el que vivo? Me parece imposible, casi mi aporte es como una gota en el océano. Pero es más bien como una gota que cae sobre la roca. Una gota no hace nada, pero muchas gotas horadan la roca. Así es cómo actúa Dios. Sabe que son pocos los misioneros, y que la misión es demasiado grande, pero no se desespera. Porque el aporte pequeño de muchos siempre suma. Por eso no deja de llamar a la misión a los que no se sienten capaces de la misma. No elige a los capacitados, sino que capacita a los elegidos. Esa actitud es la que me salva. No me llama a mí porque yo tenga mucho que dar, sino porque Él puede dar mucho más a través de mi sí sencillo y confiado. Es su misión, no la mía. Cuando veo todo lo que falta y lo poco que hace la Iglesia, siempre lo pienso. No es mi mies, es la suya. No son mis ovejas, son las suyas. No es mi vida, es la suya. A Él le pertenece todo lo que a mí me concierne. Él me salva con su amor. Haga lo que haga la misión siegue siendo inabarcable. Haré todo lo posible, y nunca será suficiente. Yo tengo que aportar lo mío: mis actitudes pesan mucho, mi palabra tiene poder creador, mi vida es la semilla que se entierra para dar fruto. Esta forma de ver la vida me salva. Cuando todo parece oscuro a mi alrededor, pienso en esas pequeñas lámparas de aceite que permanecen encendidas en la noche. Me parece brillante la vida de todos los que siguen pronunciando su sí humilde en medio de las dificultades. El mundo ya está salvado, lo ha salvado Jesús desde la cruz. Yo sólo soy un enviado a llevar su luz a los que no lo conocen y no lo aman. Porque hay mucha ignorancia. Desconocer a Dios es un mal, una ausencia, una carencia. A veces hay falsas imágenes de Dios. Un Dios implacable, un juez inmisericorde. Es difícil creer en un Dios que sólo me exige sin darme su amor. Que no me ama tanto porque no me ama de forma incondicional. Hay muchas ovejas perdidas porque les da miedo esa Iglesia tan demandante y dura. Están perdidas porque no han conocido un amor incondicional en sus vidas y tiemblan. El otro día leía: «Yo estaba tan perdido que no sabía lo que buscaba hasta que te encontré»[5]. Y es real, yo también estaba perdido hasta que Jesús me encontró y le dio sentido a mis sinsentidos. Sin comprenderlo todo, sin saberlo todo, pero con la única certeza de su amor fiel. Tengo claro que el mundo odia la incoherencia, la falta de honestidad. Y cuando es así, cuando el creyente no vive de acuerdo con el Evangelio, con Cristo, es difícil pedirle a nadie que crea en ese Dios que no me hace ser coherente. Una Iglesia que no está enamorada es un testimonio muy débil de su amor. El problema a veces de los creyentes es que no viven entusiasmados con su vida. Mi problema es que se me olvida que todo lo que haga hace referencia a Dios o al final es todo lo contrario. ¿Cómo digo creer en Dios si no amo a mi hermano, si no renuncio por amor? La misión exige coherencia de vida y consecuencias. Tengo que creerme el mensaje que anuncio. Debo pensar que ese mensaje tiene muchas consecuencias prácticas. Un amor sin obras es un amor vacío. La coherencia de Jesús fue la que me salvó para siempre: «Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un just:o; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos del castigo! Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación». Jesús murió por mí y su testimonio, su vida, cambia la mía para siempre. Siempre me queda claro que el éxito de mi vida no consiste en que todos se conviertan y crean. Eso no va a suceder. Mi vida será fecunda cuando sea fiel en lo pequeño, cuando me entregue sin poner barreras. Cuando acepte que sólo puedo dar lo que tengo, la gracia de Dios que no es mía. Sólo puedo aceptar las cosas como son y reconocer que soy débil, que no llego nunca al máximo al que Dios me invita, que una y otra vez tropiezo en la misma piedra y experimento la debilidad de mi cuerpo. Esa misión es la que Dios coloca en mis manos. Es una misión imposible. Y sólo me pide que yo haga lo que está en mis manos. Lo poco que es posible. Lo demás no importa. Lo que de verdad cuenta es mi sí humilde y mi disponibilidad para ponerme en camino y seguir sus pasos.

Hoy Jesús no sólo define esa misión sino que elige a los misioneros: «Llamó a sus doce discípulos. Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó». Me gusta pensar que Jesús me elige por mi nombre. Y no lo hace porque vea en mí capacidades increíbles, sino porque me ama y me elige no porque yo sea bueno, sino porque Él es bueno. Lo importante es la elección para estar con Él, para ser su amigo. No importa tanto lo que voy a hacer después. Ni dónde quiere que lo haga. Lo que Jesús desea es que viva con Él, que descanse a su lado, que ría y llore de su mano. Quiere que sea su propiedad. No me ha llamado por mi virtud, ni siquiera ha pensado tanto en esa perfección que yo a menudo persigo porque he aprendido mal la lección y pienso que son los inmaculados aquellos a los que Él ama. Pero no es así. Me ha entresacado porque quiere estar conmigo. ¿Sabe que voy a tropezar muchas veces? Sí, lo sabe, lo ha sabido desde el comienzo. No le defraudo, no se siente desilusionado al ver mi pobreza. Esa es la principal vocación en la vida, estar con Jesús, ser amigo de Jesús como lo fue Santiago, como lo fueron sus discípulos. A cada uno lo llamó por su nombre. Podría haber llamado a otros más capaces, con más medios económicos, con más contactos e influencias. Pero llamó a esos doce hombres sencillos, me llamó a mí. Me gusta esa llamada de Dios que rompe los esquemas que yo tengo. Me llama a mí que no soy tan bueno, ni tan noble, ni tan fiel. Me gustaría serlo pero estoy tan lejos. No soy yo quien me elijo a mí mismo. Es Él que me ama y quiere estar conmigo en el camino. No le importa que no sea tan fuerte ni tan bueno. Le basta con que quiere dejarlo todo para intentar ser fiel. Lo importante de la misión es lo concreta que es: «Les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: – No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis». Es muy concreta para cada uno. Tendrán que dar gratis lo que recibieron sin pagar. Regalar lo que fue un regalo en sus vidas. Llamados a liberar a los esclavos de espíritus inmundos. Y enviados a sanar a los enfermos del alma y del cuerpo. Les dio tanto poder que podrían hacer lo mismo que Jesús hacía. Me cuesta creer en ese poder porque veo mi debilidad y me siento muy frágil y herido. Y pienso que no va a ser posible, como si todo dependiera de mí, cuando en realidad en mis manos sólo está la posibilidad de decirle que sí a Dios con mi alma. Hay muchas enfermedades y dolencias, hay demasiadas esclavitudes. Es verdad que Dios hace milagros, eso nunca lo dudo. Creo en lo extraordinario, pero al mismo tiempo veo la pobreza del alma y creo que los milagros ordinarios, los sencillos, ocurren con más frecuencia. Y son igual de extraordinarios porque Dios acaba haciendo posible lo imposible. Me gusta pensar que los milagros más grandes que puedo hacer, no los hago yo, los hace Él. Me pide que anuncie su reino, que vaya a los perdidos, a los que están más solos, a los que no se aman a sí mismos, a los que un día perdieron la fe. Me invita a ser inquieto y no quedarme peinando ovejas. Sabe que muchos me necesitan para que los ayude a creer, a caminar, a confiar. No es tan sencillo, la vida es compleja. Me gustaría recordar siempre estas palabras, liberar, sanar, limpiar, anunciar, resucitar. Son todas acciones que superan mi capacidad. Por eso tengo que recodarlas y no creer que soy yo. Yo sólo soy un enviado. El que envía es el que tiene la fuerza y el poder para hacer toda clase de milagros.  

[1] En Auschwitz no había Prozac: 12 consejos de una superviviente para curar tus heridas y vivir en libertad, Edith Eger

[2] Edith Eger, La bailarina de Auschwitz

[3] Edith Eger, La bailarina de Auschwitz

[4] Los miserables, Victor Hugo

[5] El hijo del Reich, Rafael Tarradas Bultó