Evangelio según san Juan 6, 51-58

Domingo Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

 

Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.» Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?» Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.»

 

Meditación de José Miguel Arévalo Araneda

 

El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.

 

Creo que el Señor me dice: “En este texto del evangelio se manifiesta mi voluntad de plenitud de encuentro, profundo y personal, en que me entrego en mi cuerpo y sangre y que se materializa bajo las formas de pan y vino. Recibir mi cuerpo y sangre como alimento es la manera de que permanezcas unido a Mí y de que tengas vida en ti, para siempre.”

¿Qué tan distinto puede ser el día luego de haber recibido la comunión? Quizás nada que sea apreciable objetivamente por otras personas, sin embargo, en ocasiones, percibir en mí algunas diferencias en una mayor sensibilidad frente a otras personas, en captar en ellas detalles relevantes que regularmente pasaría por alto, en mirarlas de un modo distinto (más integral) más allá de lo inmediato y presente. Esas diferencias en mí podría atribuirlas a la presencia de la gracia de Cristo y a esa manera indescriptible de sentirme acompañado por Él.

Gracias Señor porque tu gran amor hacia nosotros no es “a todos en general” o “por encima”, sino profundo y personal. Así, al ser recibido en la comunión te manifiestas a cada uno, nos hablas al corazón y nos regalas tu gracia. Sí, la oración es importante para encontrarnos contigo, pero: ¡Qué gran cosa es que hayas querido quedarte y entregarte en tu cuerpo y sangre en la eucaristía y que bueno es que podamos recibirte dignamente! Te agradezco también por la iglesia que nos preparó para el sacramento y nos da la oportunidad de participar en la eucaristía para alimentar nuestra alma. AMÉN