Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18
«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna»
31 mayo 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«Me gustaría que nunca me olvidara y que nunca dejara de buscarlo. Que me detuviera cada mañana en silencio dispuesto a escuchar su voz. ¿Dónde está Jesús en mi vida cada día?»
¿Cómo se hace para hacer bien las cosas? ¿Cómo se trabaja para ser feliz? ¿Cómo se puede llevar una vida alegre y con paz en medio de dificultades y contrariedades? ¿Cuánto estoy dispuesto a luchar por lograr mis objetivos, aunque al final no los logre? Cuando llegue al final de mi vida no quiero pensar en todas las cosas que logré, en el legado que dejé. No quiero quedarme en esos frutos que no me pertenecen y tal vez permanezcan ocultos para siempre. No pretendo contar mis logros cuando me encuentre ante Dios al final de mi vida, intentando justificar el valor de mi existencia. Me gustaría mirar a Jesús con una sonrisa y estar feliz con la vida vivida, con mi lucha y entrega, con mi capacidad de darme por entero allí donde Él me puso a servir a los hombres. ¿Cómo puedo aprender a ser más resiliente cuando surgen las dificultades en mi vida? Cuando estoy cansado me detengo. Cuando estoy harto, huyo. Cuando no me aguanto ni a mí mismo, me escondo en mi cueva. ¿Por qué me cuesta tanto enfrentar a las personas que me ponen al límite mis fuerzas? Si me educara para luchar un poco más, para correr todavía un kilómetro más, para seguir luchando cuando todo parece perdido y ya no me quedan fuerzas. Si no fuera tan blando, si pudiera mirar con más optimismo el futuro, con más paz el presente, en medio de mis miedos y ansiedades. Si lograra levantarme y empezar siempre de nuevo después de cualquier caída. El otro día leía: «La única forma de hacer un gran trabajo es amar lo que haces, decía Steve Jobs, y con ello no nos hablaba de motivación, sino de pasión, que es el motor del talento. El talento, los dones o las habilidades se movilizan a través de ella, que es un fuego que hay que encender, porque habita en nuestro interior»[1]. Se trata de amar lo que hago, de poner el corazón en lo que realizo cada día. Que la meta de mi vida no sea obtener logros importantes. No siempre aquello que me propongo alcanzar será un día mío. Es falsa esa afirmación de que todos pueden conseguir lo que se proponen. Algunos lo consiguen, muchos se quedan en el camino. Y aun así, su vida habrá merecido la pena si lo han dado todo, si han luchado hasta el final. Porque no se trata de obtener títulos y logros, de llegar el primero a la meta, de conseguir vencer a todos y ser mejores que el resto. Se trata más bien de vivir la vida apasionadamente. Aunque duela cuando se termine aquello por lo que luchaba y que era un objetivo fantástico ante mis ojos. Se trata de vivir apasionado, enamorado de la vida que Dios me ha confiado. Se trata de darle la importancia que tiene a las cosas que me pasan. Que no me quede rumiando, pensando, sufriendo después de una derrota, por muy dolorosa que esta haya sido. Se trata de aprovechar las ventajas que tiene la vida y no vivir exigiéndole lo que no me puede dar. Quiero aprender a enfrentar los días con una sonrisa. Como decía el Papa Francisco: «La sonrisa, la capacidad de sonreír, la sonrisa es la flor del corazón, sobre todo cuando es gratuita, que no está manipulada por intereses seductores». Una sonrisa pura, inocente, auténtica, sana. Ese sentido del humor que me enseñe a enfrentar con alegría los contratiempos. Quisiera aprender a sonreír siempre, a reír a carcajadas, a tomarme la vida con humor. No quiero reírme de mi hermano, sino con él, aceptando con agrado su forma de ser. Quiero dejar de tomarme tan en serio y permitir que los demás puedan reírse de mí, yo también. Quiero luchar cada día por ser mejor, no siempre lo lograré, me quedaré a medio camino. Acepto que las cosas no van a salir siempre como yo quiero y deseo aceptarlo para no tener que luchar contra mis demonios que habitan en mi corazón cuando me falta la paz. Quiero aprender a vivir confiado y saber que Dios no se baja nunca de mi barca, me acompaña y me guía en medio de esta vida. Quiero aceptar la realidad como es, elegir lo que no me gusta, esa enfermedad que persiste, ese abandono que me duele, ese final abrupto que no quería, porque no lo deseaba. Quiero comprender que las cosas son como son y sólo un corazón agradecido será capaz de sobrellevarlas con una sonrisa. Aprenderé a reírme de mí mismo y no me llenaré de rabia cuando otros lo hagan. Cuando fracase y sea el hazmerreír de los que no me querían. Porque hay personas que no me van a querer. No van a desear estar a mi lado y no van a buscar ser mis amigos. Ver la vida así ensancha el corazón y me ayuda a enfrentar todos los problemas.
Siempre puedo decidir qué hacer con mi vida. Puedo tomar un camino u otro. Puedo decidir elegir aquello que no puedo cambiar. Puedo decidir aceptar la vida como es o pretender que no existe lo que estoy viendo y tocando con mis manos. Al final lo que nadie puede quitarme es mi derecho y mi capacidad de decidir: «En aquel lugar donde te lo quitaban todo excepto el derecho a decidir qué hacer con tu propia conciencia, reconocía a las que conservaban aún su libertad personal y a quienes la habían perdido para siempre»[2]. Ni siquiera privado de mi libertad exterior paso a ser un esclavo de nadie. Soy esclavo solamente cuando renuncio a mi derecho a decidir y vivo enajenado. Lo que pienso, lo que creo es algo sagrado que permanece en mi corazón. Nadie puede cambiarlo ni obligarme a pensar de forma diferente. Nadie puede obligarme a hacer lo que no quiero hacer. Sólo soy yo el que entrego ese derecho a otros. Renuncio a mi capacidad de elegir. Le doy a otra persona las llaves de mi libertad y me vuelvo esclavo. Incluso entre cadenas puedo decidir cómo vivo mi prisión. Lo malo es que con frecuencia renuncio a mi derecho. Me hago esclavo sin pretenderlo. Me manipulan los demás porque me dejo. Dependo de la opinión de los otros para tomar yo mis propias decisiones. Vivo enajenado, fuera de mí, porque no quiero asumir el reto de ser libre. La libertad pesa y a menudo es más fácil la esclavitud. Decidir lo que yo quiero, elegir lo que creo que me conviene. Tener mis opiniones propias y no depender de lo que los demás piensan. Nadie puede obligarme a hacer algo si yo no quiero. ¿Qué hago con el uso de mi libertad interior? En lo más hondo de mi conciencia, en mi corazón, estoy yo solo ante el mundo, ante Dios, ante las decisiones más importantes de mi vida. Muchas veces no sabré bien lo que deseo. Miraré la realidad y me dolerá cómo es. No podré cambiar lo que veo pero sí puedo elegirlo o rechazarlo. Mis pensamientos, mis opiniones me pertenecen. Nadie puede quitármelos. Sólo yo los entrego cuando me siento débil y no soy capaz de mantenerme firme en mis posturas. El Espíritu Santo ilumina mi camino para saber qué tengo que hacer. No siempre será fácil tomar la decisión que Dios quiere. ¿Qué desea Dios que haga con mi vida? ¿Qué sentido tiene el camino recorrido? ¿Por qué seguir ahora en otra dirección? Habrá decisiones difíciles que marquen mi vida. No sabré con certeza lo que me conviene. No sabré si es lo que Él quiere o lo que yo quiero. ¿Cómo distingo lo uno de lo otro? ¿Cómo leo esas voces de Dios que son tan sutiles y están tan ocultas en medio del camino? A veces pretendo hacer lo que los demás esperan de mí, lo que ellos quieren que haga. Me convierto en una marioneta que responde a todas las pretensiones del mundo. No soy capaz de decidir yo sabiendo que lo decidido puede hacer daño a otros, a mí mismo. Hay decisiones que duelen aun cuando crea que es lo que Dios me pide. Duelen porque el corazón ama y no da igual un camino que otro, un destino que otro distinto. No es fácil asumir las consecuencias de las decisiones que tomo. Porque todo lo que decido, lo que elijo y lo que decido dejar pasar, todo tiene sus consecuencias. No es lo mismo decir que sí o decir que no a lo que me piden. Mi sí implica cambios, trae consigo un camino nuevo, una oportunidad. Lo mismo si elijo o no lo hago. Busco en todo caso lo que Dios me pide. ¿Cómo lo puedo escuchar si no guardo silencio? ¿Qué es lo que me mueve a decidir cada día? Si hago un viaje o no lo hago. Si me cambio de casa o no. Si permanezco en mi trabajo o busco otro. Si me quedo en esta ciudad o emprendo una nueva aventura. Si dejo lo que tomé o sigo abrazándolo. Si me empeño en que todo siga igual porque odio los cambios. O asumo que la vida cambia, las cosas evolucionan y puede que no vuelvan a ser como fueron un día. Dejar ir es una decisión. Aceptar a mi prójimo como es, ya es decidir. Seguir luchando cada mañana contra la enfermedad es la decisión más importante de mi vida. Volver a levantarme después de una caída es una decisión del corazón. El Espíritu Santo no sólo me regala luz para discernir lo que Dios quiere, lo que me conviene. El Espíritu Santo me da la fuerza para llevar a cabo lo que he decidido, aunque duela, aunque sufra. No soy una marioneta en manos de un Dios que no me respeta en mi libertad. Siempre seré un hombre libre, pase lo que pase. No quiero que los demás influyan en mis decisiones haciéndome vivir como un esclavo. No actúo de una manera determinada por miedo a la reacción de los demás. No vivo tratando de contentar a todos con mis actos y mis palabras. Soy libre para elegir una cosa u otra. Y también libremente asumo las consecuencias de todas mis decisiones. Incluso cuando no decido ya estoy eligiendo un camino. Se cumplen los plazos, pasa el tiempo y alguien decide por mí. Incluso en ese caso quiero ser libre para elegir lo que ha sucedido. La libertad es un derecho al que no puedo renunciar. Pero hoy me encuentro con tantas personas que no viven libres. Se atan haciéndose esclavos y renunciando a lo más sagrado que Dios puso en sus corazones. Siguen a los demás y no están dispuestas a aceptar el riesgo de ser libres.
Peregrinar a un lugar santo me ayuda a darme cuenta de mi pequeñez. Camino porque necesito llegar a adorar, a agradecer. Peregrino porque necesito dejar atrás lo que me pesa y liberarme. Peregrinar es un éxodo, salgo de mí mismo para ir al lugar que me salva, allí donde soy feliz. La santidad me atrae, lo sagrado, la pureza de una vida plena y llena de Dios. Me hago peregrino desde el momento en el que acepto que no puedo vivir sin un sentido. Salgo de mismo para ir al encuentro de una persona, de Dios, de María que me espera al final del camino. Salir es un paso muy importante, lo contrario es estancarme, quedarme quieto, paralizado, absorto en mis cosas, ensimismado en una actitud egoísta y egocéntrica. Salgo de mí mismo porque necesito encontrarle un sentido a todo lo que hago, a todo lo que vivo. Salir para volver un día, más tarde, más lleno. Salir porque está fuera de mí la salvación que el corazón desea. La salida, el éxodo, es un acto valiente. Porque es más cómodo quedarme en ese lugar en el que soy aceptado, valorado, querido, tomado en cuenta. Salir para dejar lo que me da seguridad y exponerme a las inseguridades del camino. Salir para dejar atrás lo que me pesa, me ata, me detiene. Salir no es una huida, porque tiene un sentido, hay una búsqueda y una llamada. Salgo porque Dios me llama a dejar mi tierra, mis dioses, mi familia. Salgo y llevo conmigo mi historia, mi pasado, mis cargas. Lo llevo todo en mi interior. Voy cargado y ligero al mismo tiempo, porque no puedo cargar con todo. Hay cosas que merece la pena abandonar en el camino para poder caminar más libre. ¿Qué me retiene y me impide ponerme en camino? ¿Qué expectativas tengo sobre mi propia vida, sobre los demás? ¿Qué expectativas tienen los otros sobre mí? Me cuesta moverme y salir porque estoy atado, algo esclavizado, porque pienso que soy imprescindible y creo que sin mí todo va a ser mucho peor. Me gustaría ver dónde estoy atado. Darme cuenta de mis apegos que no me dejan ser libre. ¿Hacia dónde quieren ir mis pasos? No lo sé, pero Dios me llama a ponerme en camino. Me hago peregrino por vocación, por elección. Elijo la libertad del camino y el anhelo de un destino que todavía no poseo. Deseo lo que aún no es mío. Sueño con una tierra que no me pertenece. Hay todavía muchas cosas por conquistar. Hay muchos sueños que pueden llegar a ser míos. Las raíces son importantes, pero también las alas que me ayudan a volar más alto, más lejos. Peregrinar es un ejercicio que me cambia la vida. Me hace más consciente de lo que necesito para vivir el presente. Es poco lo que me hace falta, casi nada. En el camino el presente se impone con mucha fuerza, mucho más que el mañana. Cada hora es importante, cada paso que doy. Por eso importa el día que camino, el lugar por el que paso. Me quedo en la tierra que me detiene al pasar. Porque observo, contemplo, miro con los ojos grandes y el corazón enamorado. ¿Qué me está diciendo ese lugar en el que detengo un instante mis pasos? De allí también soy, me pertenece como cada paso del camino. Ya forma parte de mi historia de peregrino. Estoy hecho para la eternidad y al mismo tiempo es el presente lo que más me define. No me gusta encasillar los lugares ni a las personas. No descalifico los lugares menos bonitos, porque son las personas que los habitan las importantes. Me cuesta arraigarme y luego soltar para seguir el camino, y al mismo tiempo llevarme a aquellos que han formado parte de mi presente. Los que he amado, los que me han amado. Camino en silencio llevando la carga, el presente y el pasado. Camino con los ojos fijos en el suelo y en el cielo. Nada me pasa desapercibido, todo importa, todo es bello. La belleza me conmueve. Me detengo y escucho, miro y aprendo. De todo aprendo porque soy un aprendiz, un devorador de ilusiones, un niño con el corazón que se va llenando de imágenes, de palabras, de rostros. El corazón sueña con cosas muy grandes y al mismo tiempo disfruta con las más pequeñas. Así es el peregrino, un niño enamorado que sonríe, que está alegre, que se cansa y sigue caminando, que se detiene y vuelve a comenzar. Al borde del camino se para para observar su vida, la de fuera, la de dentro de su alma. Observar es la tarea del peregrino. Mirar y acariciar la vida sin querer retenerla, sin querer absorberla, porque no me pertenece el camino, no es mío y yo sólo voy de paso. Pero es muy importante cada paso del camino. No vivo pensando en la meta, está ahí, ante mí, es cierto, voy en esa dirección, siguiendo las flechas que descubro. Pero no es lo definitivo, porque lo que cuenta cada día es el presente, el lugar que habito, la persona que me habla, aquella que camina a mi lado. Cuando aprendo a vivir en presente la vida es más sencilla y Jesús me sale al encuentro en mis pasos. No me agobia tanto el día del mañana. No me preocupa en exceso que las cosas no vayan a ser fáciles o no lo sean ahora mismo. No importa, lo que vale es lo que hago con mi vida en este instante preciso, ahora cuando miro lo que me rodea y me admiro de todo lo que Dios me regala. Vivir el camino es la magia del peregrino. Se detiene con el que lo detiene, y pierde el tiempo con el que lo busca. Importa todo lo que le sucede aquí y ahora. Ama sin importar dónde estará mañana. Vive entregándose sin guardar fuerzas por si mañana faltan. Ama el lugar al que van sus pasos y ama el lugar que hoy pisan sus pies.
Meditar sobre la Trinidad es una invitación que me hace la Iglesia cada año. Me detengo ante ese misterio que no acabo de entender. Sobre todo es una oportunidad para meditar en ese Dios al que amo, al que rezo, al que sigo. Pienso en cómo ese Dios en el que creo, al que sigo. Moisés se había encontrado con Dios, había escuchado su deseo, había podido verlo por la espalda y había pensado que Dios quería que liberara a su pueblo de la esclavitud: «En aquellos días, Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra. El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor. El Señor pasó ante él proclamando: – Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Moisés al momento se inclinó y se postró en tierra. Y le dijo: – Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya». Pienso en mi fragilidad y descubro que Dios me ama, porque es compasivo. Creo en ese Dios que me ha creado para el amor. Me ha amado al crearme y me ha dado el don de la libertad para seguir sus pasos, para escuchar su voz. Creo en ese Dios que es Padre, que me ama como su hijo más querido. Un Dios misericordioso que me mira con compasión. Sabe que soy solo una creatura, que soy débil y caigo con frecuencia. Sabe que mis días están contados y que esos días son una oportunidad para ser feliz, para ser niño, para ser hombre. Yo puedo hacer que este mundo sea mejor, por eso me ha dado la vida. Y con ella me ha dado la oportunidad de elegir cómo reaccionar ante todo lo que me sucede. Puedo ser reflejo de un Dios lleno de misericordia o reflejo de un Dios cruel que trata mal a las personas. Un Dios lleno de respeto o un Dios que exige lo que el hombre no le puede dar. Me gusta pensar en este Dios al que amo con todas mis fuerzas porque me ha creado por amor. Me ha dado la vida para que la use como un don que se me concede. No tengo derecho a ser feliz, pero puedo serlo si aprovecho todo lo que Dios me da. A veces me parece injusto este Dios que quita cosas, que exige más de lo que yo puedo devolverle. ¿Cómo es el rostro de ese Dios al que amo? Es un Dios personal que me llama por mi nombre. Como María de Guadalupe que llamaba a Juan Diego en diminutivo, porque era el más pequeño de sus hijos. Lo llamaba con amor y deseaba que él la siguiese a Ella con amor. Creo en ese Dios bueno que me ama como soy. Me ha dado muchos talentos y ha puesto de mí una semilla de eternidad. Tengo una necesidad inmensa de amar y ser amado. Y toda mi vida es una carrera por encontrar el amor. Puedo ser un reflejo de ese Dios en la tierra. ¿Qué rasgos tiene el Dios al que amo? Un Dios como el de la parábola del hijo pródigo, que espera a la puerta de su casa el regreso del hijo perdido. Un Dios como ese buen Pastor que sale a buscar la oveja perdida cuando quedan en el redil las noventainueve restantes. Un Dios que olvida mis pecados nada más cometerlos. Un Dios que no lleva cuentas del mal que hago y sólo me pide que confíe, que vuelva a empezar, que no tenga miedo. Un Dios que llora conmigo cuando lloro, sin pedirme que deje de hacerlo. Ríe a mi lado cuando río. Un Dios que paga al último que llega lo mismo que al que lleva trabajando desde el amanecer, porque todo lo suyo es mío y su casa es el mejor lugar en el que descansar y ser feliz. Un Dios que valora mi humildad y no desea mi vanidad. Que ama mi sencillez y no le gusta que me engría ni me sienta mejor que otros. Un Dios que me abraza con fuerza para que nunca me sienta solo. Un Dios que recorre el camino equivocado sólo para ir a mi lado esperando a que lo descubra. Un Dios paciente que me pide que no pierda la paz nunca. Un Dios celoso que quiere que viva mirándolo a Él cada mañana. Un Dios alegre que desea que ría todos los días, porque la vida en esta tierra es demasiado corta. Un Dios fiel que no se olvida nunca de la promesa de amor que me hace desde que me despierto. Creo en un Dios amigo que pasea por el jardín de mi alma recordándome que soy amado. Un Dios que es Padre y me dice cada día que yo soy su hijo predilecto. No tengo todas las respuestas ni tampoco sé si estoy en lo cierto en todo lo que creo. Sólo sé que he tocado su amor en mis entrañas, que me ha enamorado su mano posando sobre mis hombros. Creo en un Dios providente que me ama con todas sus fuerzas y espera que haga lo que desea para mí. Pero ¿qué desea Dios de mí? ¿Qué caminos quiere que recorra? ¿Quiere que haga esto o lo otro, que me quede en este lugar o vaya a habitar en otra tierra? La voz de Dios es un susurro, a veces un silencio profundo que no logro descifrar. Me gustaría tener la certeza de que sus planes son los míos y mi camino el suyo. Descubrir su voz pronunciando mi nombre cada mañana y diciéndome que no tema, que me ama y va conmigo allá donde yo vaya. Dios es un Padre misericordioso que me desea, me busca y me ama cada día. No se olvida de mí. Me perdona siempre, me llama por mi nombre no por mi error. Olvida mis pecados y no me los recuerda cuando me acerco a Él lleno de temor. Me ha soñado y sabe cuál sería el camino mejor para que mi vida sea plena. Pero respeta mis decisiones y me espera siempre lleno de ternura para abrazarme cuando llegue cansado a casa después de haber luchado.
Dios se revela en su Hijo, en Jesús. El hijo amado del Padre. Quien ha visto al hijo ha visto al Padre. En el Hijo se ve su rostro, su amor, su misericordia. Dios se manifiesta en su Hijo que asume mi carne mortal. Asume todos mis dolores, mis angustias, lo asume todo menos mi pecado. Eso me alegra. Jesús se hace uno de los míos. Camina entre los hombres. A veces pienso que me dan envidia los apóstoles. Ellos tuvieron a Jesús a su lado. Comieron con Él, compartieron la vida. Mantuvieron conversaciones apasionantes, vivieron momentos de alegría, de pescas milagrosas, de milagros constantes. Vieron cosas increíbles. Creyeron en Él después de conocerlo. Después de compartir la vida, cada día. Me gusta la cotidianeidad de ese tiempo. Ocurrían cosas maravillosas pero todo era muy humano. Tan humano que no comprenden lo que va a suceder. No pueden creer que Jesús vaya a morir de forma tan injusta. Se rebelan contra esa realidad. No la aceptan mientras discuten quién se sentará a la derecha y a la izquierda en su reino. Quieren los primeros puestos y no se dan cuenta de que Jesús está cambiando la forma de pensar, de vivir, de mirar. Ya nada podrá ser igual para aquellos que lo conocieron. Se enamoraron de Jesús y ya todo cambió. Por eso los discípulos volvían a Emaús. Y Pedro se empeñaba en seguir pescando. ¿Qué más podrían hacer si Jesús ya no estaba con ellos? Tienen miedo del frío que hace después de haber probado el calor de la presencia de Jesús. No quieren estar solos después de haber probado el paraíso en la tierra. Me hubiera gustado estar con Él. Pero si lo espero tanto tal vez no valore lo que tengo. Porque yo he conocido al mismo Jesús de otra manera. Un Jesús que sí que camina a mi lado por los caminos de mi vida. Va a mi paso, se detiene junto a mí, me dice que me ama, que no tenga miedo, que confíe. Me pide que no me sienta perdido, que la vida es muy larga y que Él sabe mejor lo que me conviene. De ese Jesús humano en mi vida me enamoré yo. De un Jesús que se detuvo a la altura de mi ojos para decirme que mi vida merecía la pena. Me dijo que no tuviera miedo. Que después de una caída se levantaba una nueva oportunidad. Me dijo que no quisiera atar el futuro, como queriendo planear mi vida y tejer un sueño manejable, controlable, sencillo. Me pidió que soltara las riendas de mi vida. No temas, confía, me susurró al oído. Claro que me hubiera gustado conocer a ese Jesús de carne humana, que sufría y lloraba, que reía y amaba. Pero conozco al mismo Jesús de otra manera. Él me llamó cuando yo lo buscaba. Me mostró unos mares que yo no perseguía. Me dijo que podría ver cosas mayores si creía en Él, cuando lloraba apenado debajo de una higuera. Porque era un joven rico, uno de esos que tienen tantos planes por delante y poco tiempo para las aventuras, para dejarlo todo atrás y recorrer caminos nuevos. Me dijo que mi vida podría tener sentido si me dejaba hacer en sus manos, si creía en el poder del Espíritu Santo. Porque realmente me convenía que Él se fuera, como dijo tantas veces. Porque se quedaría de otra manera entre los hombres y su vida tendría sentido. Me asusta olvidarme de su llamada y pensar que me lo imaginé en el fondo de mi alma. Pero no me engaño a mí mismo. Jesús está en lo más íntimo de mi alma, en lo más escondido. Está en mí llamándome, amándome, diciéndome que no tenga miedo. Está en mí y fuera de mí. Está marcando el camino y descansando en mi barca, mientras la tormenta me llena de temores. Está de una forma diferente, pero es ese mismo Jesús que recorrió Galilea amando a los hombres y haciendo cosas buenas. Creo en ese Jesús humano, frágil, débil porque amaba. Y el que ama es más débil, porque le importa la vida de aquellos a los que ama. Como Jesús sufría con los que sufrían y su compasión era infinita. Me gusta ese Jesús que me sigue llamando por mi nombre y me recuerda que estoy hecho para hacer cosas grandes. No quiero tener miedo. Puede que me sienta abandonado, pero Él está conmigo y no me suelta. Me ha amado desde que nací y lo encontré en medio de mi vida. Cuando tenía dudas y no sabía lo que quería. Siento que me pasa como a aquellos discípulos que se encontraron de golpe con Él y ya todo fue diferente, nada fue como antes. Me gusta pensar que Jesús no me deja nunca. Me quiere, me busca y le va a dar sentido a mi vida cada día. Esa certeza me ilusiona. Un Jesús real que pronunció un día mi nombre. Un Jesús que no me abandona. A veces pienso que si no hay conversión y cambio de vida es que no hay amor verdadero. Cuando me sé amado por Jesús algo cambia dentro de mí. Cuando me sé su amigo todo es nuevo. Porque Él logra hacer todas las cosas nuevas. Me gustaría que nunca me olvidara y que nunca dejara de buscarlo. Que me detuviera cada mañana en silencio dispuesto a escuchar su voz. ¿Dónde está Jesús en mi vida cada día? ¿Dónde habita en medio de mis pasos? Siento la angustia a veces de su ausencia y necesito volver al amor primero. Ese amor que me puso en camino y logró que dejara mis seguridades para seguir sus pasos.
El Día de la Trinidad pienso en un Dios que es amor. Un amor entre el Padre y el hijo en la fuerza del Espíritu Santo: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios». Y el apóstol me recuerda la actitud que debo tener: «Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente con el beso santo. Os saludan todos los santos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros». El Espíritu Santo es ese fuego que quema mis impurezas. Me gustaría que quemara en mí todo lo que no es de Dios. Estoy lejos de esos sueños que persigo como quimeras en el aire. El Espíritu me hace ver posible lo que es esquivo y lejano. Me permite acercarme a esa vida verdadera a la que aspiro. Quiero tener paz, vivir alegre, trabajar por ser mejor. Puedo aspirar a los bienes del cielo porque están al alcance de mi mano si me dejo llevar por el Espíritu. Siempre de da alegría pensar en la vida de S. Felipe de Neri. Un buscador de sueños, un enamorado de la vida. Amaba a Jesús con toda su alma. Es recordado como el santo de la alegría. Qué bonito que te recuerden por eso. No un santo triste, ni un santo que pasaba su vida enojado, en guerra con todos. Un santo que soñaba con el cielo y quería que se hiciera presente entre los más pobres. Prefería el Paraíso y no los más altos honores. Hubiera sido misionero y Dios lo quiso en Roma para que cuidara de esos niños pobres que no tenían nada en sus vidas. Quiso dar alegría y esperanza, quiso sembrar sueños para que muchos creyeran en ese poder de Dios. Su vida fue conducida por Dios. Y esa actitud de apertura exige mucha paciencia y mucha perseverancia. ¿Qué quiere Dios que haga con mi vida? Es la pregunta que resuena con fuerza en el corazón. Quisiera tenerlo claro. Saber lo que tengo que hacer. Quisiera descubrir el camino a seguir. Imploro el Espíritu Santo para que me ilumine. Quiero seguir sus pasos cada día. Me gustaría comprender todo lo que tengo que hacer. No me resulta tan sencillo y se lo pido. Quiero que haga milagros en mi corazón. Que me llene de su amor. Que me cambie con su poder. El Espíritu Santo es el que gobierna la Iglesia. Cambia a las personas, une los corazones. Enciende en el amor a los que lo aman. Quisiera pedir la iluminación del Espíritu Santo para saber si lo que estoy haciendo es lo correcto. Para descubrir el amor de Dios en mi vida. Quisiera tener paz en el corazón y unir a las personas con mis palabras, con mis silencios. Me gustaría tener el fuego dentro para poder llegar a todos con mis palabras. Me gustaría tener esa alegría contagiosa de los santos. La alegría de los que saben que su vida descansa en Dios. Aunque lloren por dentro, sonríen. Aunque les duelan las derrotas, se levantan. Aunque tengan miedo y sufran la incertidumbre, permanecen alegres. Aunque sientan que están solos y esa soledad es dolorosa, siguen amando. Esa santidad es la que deseo. No pretendo hacerlo todo perfecto, sino que quiero dejar que Dios lo haga todo nuevo dentro de mí. Dejar que su amor me cambie, me unja. Que el Espíritu Santo transforme mi pobreza y logre así que la paz reine en medio de tantas guerras. Me gusta implorar el Espíritu Santo este día de la Trinidad. Dios Trino lo puede hacer todo posible en mi corazón. La Trinidad habita en mis entrañas. Toma posesión de mi corazón herido para darme la alegría y la esperanza.
[1] Estruch, Tony. Geniotipo: Descubre al genio que hay en ti (Autoconocimiento)
[2] La sinfonía de Julia, Mercedes Guerrero