Hechos de los Apóstoles 1, 1-11; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20

«No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo»

17 mayo 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Jesús me dice que confíe, que nunca me va a soltar de la mano incluso cuando parezca que todo está perdido. Estará siempre de muchas manera junto a mí. Esa mirada de Jesús me salva»

Siempre de nuevo en el día de la madre, me detengo a pensar en tantas cosas. En esa presencia silenciosa que me ha cuidado desde que yo era un niño. En esas palabras de consuelo cuando me dejaba llevar por el desánimo, al no tolerar mucho la frustración. En esas frases que repetía una y otra vez cuando yo no hacía las cosas como ella quería y así pretendía que lo aprendiera. Recuerdo el mar en sus ojos azules, profundos. Recuerdo la paz en sus labios, en sus palabras llenas de ternura. Guardo sus abrazos en mi pecho, como el abrazo de Dios hecho carne. Esos abrazos que me devolvían la vida cuando la había perdido. Sé que la madre se ata al pecho para siempre, nunca muere, nunca se va. Sé que nunca podré olvidarla, nunca podré dejarla ir del todo. Me aferro como náufrago a su recuerdo, como esa tabla que permanece sobre el mar a punto de hundirse, vestigio de una vida plena. Una tabla fiel que no se hunde, porque hay lazos que permanecen para siempre, más allá de la muerte, en lo más profundo del alma, Como un pilar sólido y pesado que ningún viento y ninguna marea podrán derribar. Guardo sus canciones, sus caricias, su presencia. Me gustaría que estuviera aquí tantas veces para consultarle todas mis dudas, como hacía de pequeño. Para hablarle de mis miedos y de mis angustias. O simplemente para pedirle, estando ella sentada al borde de mi cama, que no se vaya, que se quede conmigo toda la noche, hasta que nazca el sol de nuevo. Porque a veces el miedo es más fuerte que mi deseo de seguir luchando. Y necesito un consejo de madre para comprender lo que no comprendo, porque soy demasiado débil e inmaduro. Para que me diga, como muchas veces lo hizo, no seas tonto, no lo veas así, no es cierto, tú vales mucho, eres el más valioso. Para saber lo que tengo que hacer cuando estoy lleno de dudas y no comprendo cuál es el verdadero camino, mi propio camino. Para que me dé ese consejo que nadie más conoce, solo ella, porque ella me conoce desde el principio. Sabe lo que pienso y lo que siento. Sabe por qué hago una cosa y no la otra. Conoce mi angustias y ha palpado mis soledades. Conoce todo lo que hay dentro de mí porque ya estaba dentro de ella desde el comienzo, cuando me llevó en su seno. Recuerdo mis contestaciones airadas, esas que a veces le daba cuando perdía la paciencia, nunca tuve mucha, cuando me sentía frustrado y triste. O cuando me molestaba su control o su deseo de saber lo que me pasaba y yo guardaba silencio. Cuando solo quería callar y huir a mi cueva interior para no ver a nadie. Cuando tenía miedo y todo me parecía demasiado difícil, el muro a escalar demasiado alto. En esta vida recuerdo sus palabras de ánimo y su consuelo. Recuerdo su sonrisa y sus ganas de vivir, porque la vida le parecía maravillosa, como a mí mismo. Su capacidad de lucha, su resiliencia en la enfermedad, su sensatez, su paz del alma. Recuerdo su mirada profunda y sus palabras de ánimo. Recuerdo su verdad que hacía que todas las mentiras se vieran como algo sucio y despreciable. Creo que quizás tiendo a engrandecer todavía más a mi madre, como si fuera perfecta y no lo era. Eso lo tengo claro, tenía sus defectos, como los tengo yo que soy su hijo. Pero tal vez en los ojos de un hijo, de un niño, una madre puede hacerlo todo, lo consigue todo, lo logra todo. Para una madre no hay muralla demasiado alta ni camino demasiado largo. Recuerdo que siempre me decía que cualquier cosa se la contara. Que siempre estaría la puerta de la casa abierta para mí. Y siento que su voz me tranquilizaba en medio de mi camino. Ha cambiado su presencia en mi vida. Como una constante su voz la oigo y sueño con ella tantas veces. En el día de la madre pienso que fui muy afortunado y podría decir hoy, quizás como muchos otros lo harían, que no hay una madre como la mía. Siempre tenía esperanza y confiaba en que las cosas saldrían bien, que todo sería posible si confiaba. No tenía miedo ante la vida, confiaba. Siempre confiaba en que al final todo iba a salir bien. Yo dudaba y mi miedo era pesado. Pienso que una madre aprende a ser madre sin saber cómo. Sólo acompañando la vida que nace en su seno sin poder entenderlo. Una vida maravillosa que ella tiene que cuidar, es tan desvalido su hijo, tan frágil esa vida que comienza a crecer entre sus manos. Tiemblo al pensar en esa misión desproporcionada de cuidar una vida. Pido por todas las madres que luchan por sacar adelante a sus hijos. Y pido por esos hijos que han perdido a su madre o nunca la tuvieron cerca.

Miro en este mes de mayo a María. Me detengo ante su imagen en el Santuario. Quiero que su amor se me pegue a la piel, al alma. La miro a los ojos y sé que puedo seguir luchando, creciendo, caminando. El P. Kentenich decía: «Jóvenes y viejos nos orientamos invariablemente por el ideal de la altera María. La juventud lo hace sin conocer los escollos de la vida. Nosotros, los que ya somos mayores, nos entusiasmamos por ellos a pesar o, mejor dicho, justamente a raíz de que hemos experimentado tan dolorosamente nuestros límites y debilidades en la seria lucha de la vida»[1]. El ideal que María encarna se manifiesta ante mis ojos. La mujer, la niña, pura, llena de gracia que aprendió a escuchar a Dios. Es lo primero que me fascina, su capacidad para escuchar el susurro de Dios en su alma. ¿Cómo lo hizo María para guardar tantas cosas en su corazón? ¿Cómo escuchó esa voz que es tan sutil, tan débil, tan frágil? ¿Cómo dejar de escuchar esas otras voces que no me hablan de su amor? ¿Cómo lograr que se calme la ira del alma y broten el descanso y la paz? María me mira con esa paz que yo necesito. Porque la pierdo cuando no miro como mira Ella. Decía Carl Gustav Jung: «Lo que aceptas te transforma; lo que niegas te somete». María aceptó su realidad, lo que Dios le manifestó en su seno, lo que se hizo carne en sus entrañas. No sería el plan ni el camino que Ella hubiera elegido. No lo quería, no lo deseaba de forma especial. Sobrevino en su vida y dijo que sí, sin dudar, con miedo, con amor. «No tengas miedo, María, porque nada es imposible para Dios». Basta con saberlo para dejar de tener miedo. No dudo. Aunque mi alma se resiste a aceptar lo imposible. Prefiero lo que puedo controlar, lo que está a mi alcance, lo que me gusta, lo que me resulta fácil. Y detesto lo que no me gusta, lo que me pesa, lo que me hace daño, lo difícil. María era una niña y confiaba en el amor de un Dios que la había colmado de gracia. María se arrodilla ante Dios humillada, pobre, vacía de pretensiones. Abraza el amor de Dios, su deseo más íntimo, al hijo de Dios que se hacía carne en su seno. María acepta la realidad con un corazón dócil, paciente, prudente. No se enoja, no se altera, no siente rabia, no se decepciona. Simplemente le sonríe a Dios, aunque tiene miedo. Porque ese hijo, ese nuevo camino que se abre ante sus ojos, está lleno de sorpresas y temores. ¿Qué será de ella y su matrimonio con José? ¿Comprenderá José todo lo que está pasando? Tiembla, no sabe cómo Dios hará posible lo imposible. María conoce a Dios en su corazón, por eso puede confiar: «Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza»[2]. María sabe que Dios la escucha y nunca la dejará sola: «Si ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Si ya no puedo hablar con ninguno… siempre puedo hablar con Dios»[3]. Miro a María y comprendo que la vida está llena de sorpresas y posibles peligros. Siento que me pierdo y no llego a la meta marcada. María confía, medita todo en su corazón y sigue adelante. Me mira a mí y me pide que acepte la vida como es, con su dolor, con su sufrimiento, con su costo. «Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento… sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito»[4]. María me enseña a unirme a su hijo en su dolor. También ella se unió a su hijo en el dolor. Ella sufrió con Él todo lo que Él sufrió. Y me enseña a ser un pilar, un lugar seguro, un espacio sagrado en el que otros puedan descansar. Así fue María para Jesús, ese lugar sagrado en el que Jesús pudo sentirse en casa. Eso hace una madre, asegura un lugar para que su hijo pueda volver siempre. Le dice que no tenga miedo, que confíe. María confió en Dios porque fue niña. Y luego confió en su Hijo y en esos planes que no entendía. ¿Para qué? ¿Por qué? Son preguntas a menudo sin respuesta. No veo a Dios como lanzador de cruces. No me lo pone difícil para que yo madure. No busca que mejore y para eso me hace sufrir. Simplemente el sufrimiento sucede, y lo que me hace sufrir me ayuda a crecer como persona. Maduro en el sufrimiento y tal vez por eso puedo llegar a agradecer por lo que me sucede. Nunca busco que me sucedan cosas malas, no lo quiero. Nadie quiere sufrir sin un sentido. El sufrimiento es lo más ajeno a lo que yo deseo. No es tan sencillo. Pero sólo aceptando la realidad puedo salir adelante y crecer. Es lo que me enseñó María con su vida. Ella sufrió tanto al abrazar a su hijo muerto. Sufrió con el dolor de Jesús. Sufrió con su muerte innecesaria. Sufrió y se hizo fuerte. Un pilar para todos sus hijos. Para Juan, para los apóstoles, para todos los que la buscarían después como Madre. Es mi pilar en el que descanso cada día al aceptar con tristeza la cruz que me toca cargar.

A menudo vivo diciéndoles a los demás cómo tienen que vivir, cómo tienen que comportarse y hacer las cosas. Veo sus debilidades rápidamente y me detengo en sus defectos. Los señalo, los critico, los juzgo, no me callo y los corrijo, para que aprendan, pienso. No sé cómo podré aprender a ser más misericordioso, más humano, más sencillo, mejor persona. Para poder hacer las cosas mejor de como las hago habitualmente. Aprender a callar, guardar silencio, ser paciente. Si me quedo en los defectos de los demás, jamás veré sus virtudes. Si pretendo que actúen como a mí me gustaría que actuaran, definitivamente no voy a ver la bondad de su vida, lo bien que hacen las cosas, a su manera. El mal es más visible, y la mancha sobre el blanco. Me quedo en lo que está mal, en lo que es mejorable. No logro mirar más lejos, no me fijo en la belleza que observo. No respeto la originalidad de aquellos que no piensan como yo porque piensan de forma diferente. Me confronto con los talentos de los demás y los rechazo porque no son mis talentos o los que yo hubiera querido para ellos, o simplemente tienen talentos que yo no poseo, y llego a envidiarlos, por eso trato de opacarlos. Me paso el día escuchando muchas opiniones, algunas se parecen a las mías, por eso de los algoritmos y otras son muy diferentes y me chocan. Me enojo cuando no se hacen las cosas como a mí me gustaría. Tiemblo ante la vida que no es como yo quisiera y huye de todos mis esquemas. Juzgo, grito y me vuelvo un hater, en esta sociedad llena de haters. ¿De dónde nace la violencia que asciende por mi garganta y se convierte en gritos o en gestos amenazadores? ¿Desde cuándo creo que con la violencia lograré esa paz que tanto ansío? ¿Por qué hay rabia en mi interior si Dios me quiere tanto? La violencia no es una reacción lógica. No es lo que se puede esperar de mí cada vez que sucede algo que no me gusta y estallo. Frente a la violencia está la respuesta pacífica. Si acepto la realidad o digo lo que pienso con calma, las cosas se tranquilizan. Tengo claro que la asertividad no es una posibilidad, sino algo necesario. Tengo que ser asertivo y decir lo que pienso, lo que siento, lo que me parece. Porque si me lo trago y cedo siempre, por algún lado saldrán todas esas emociones acumuladas en mi interior. La vida se juega en esos momentos en los que respondo a tus quejas con silencio y escucho tus problemas sin escandalizarme. Con frecuencia me cuesta comprender la debilidad ajena. Me rebelo contra la pereza, la impuntualidad, la dejadez, o contra la comodidad. Me cuesta aceptar los tiempos de los demás. Su calma exagerada. Su miedo compulsivo. No logro entender sus actitudes mediocres. Y puede que sólo lo piense en mi interior o quizás lo vierta hacia fuera con rabia. Me falta misericordia con mi prójimo, no soy capaz de amar a los demás como Jesús los ama y me ama. Me falta mucha humildad para entender que nadie es perfecto. Me confronto a menudo con mis juicios críticos que me enferman y me llenan de amargura. Y soy demasiado radical al decir las cosas, exigiendo la perfección de mi hermano. Quisiera besar la verdad de mi vida cada mañana, sin miedo, con alegría. Y reconocer que la vida no es perfecta, tiene tantas imperfecciones, es tan humana. Reconozco que hay mucha inmadurez en mis palabras, en mis actitudes, en mi corazón. Y al mismo tiempo sé que podría hacerlo todo mucho mejor si me esforzara un poco cada día y luchara por llegar a la meta. Me duele el miedo al compromiso que veo en muchas almas. Y con cierto estupor descubro con frecuencia que yo mismo acabo suplicando que me dejen tranquilo, que no me molesten, que no me llamen ni me exijan demasiado, porque estoy cansado. Y luego yo mismo lo hago con los otros y les pido lo que no quiero que me pidan a mí. No acepto la pobreza de mis propios pasos y, cuando la veo en otros pasos, siento un cierto desprecio y me lleno de rabia. Me molesta la debilidad que me refleja mi propia debilidad. Siento dentro de mí una fragilidad profunda que me hace daño, pero sé que reconocerla es lo que me salva. No son mis méritos los que me acercan a Dios, sino mi indigencia y el sentirme necesitado de su misericordia. A veces me invento futuros imposibles para tratar de salir de mi presente difícil y escapar de esa realidad que no me gusta aceptar. Vuela mi imaginación a países lejanos, a mundos desconocidos. Intentando conseguir mis metas imposibles y alcanzar esas cumbres que nadie ha visto. En ocasiones, antes de que alguien me diga quién soy yo, ya lo he etiquetado en mi cabeza, en mi corazón y le he puesto unos gustos, los míos y he diseñado su modo de actuación, semejante al mío. Y así no me abro a la originalidad de cada uno. Vivo exigiéndoles a los demás cosas que no me pueden dar. Y lo hago sintiendo que tengo derecho. Como el que se rebela contra Dios porque cree tener derecho a alcanzar todo lo que desea en su corazón. Y no me doy cuenta de que la vida no es justa. Que no siempre recibe premio el que hace las cosas bien. Que no siempre triunfa el que se ha esforzado por lograr el premio. Que no siempre le sonríe la suerte al que lo ha dado todo por conseguirlo. La vida no es como yo quiero, simplemente es como es. Y yo sólo tengo que admitir que he venido a este mundo a traer algo de luz y de esperanza.

La Iglesia de Jesús brota de su costado abierto en la cruz y se vuelve misionera en Pentecostés. Durante estos cuarenta días de Pascua hemos visto los frutos del Espíritu Santo en hombres pobres y limitados que se vieron impulsados a llevar el Evangelio, la Buena noticia a todos los hombres, judíos y gentiles. En el libro de los Hechos de los apóstoles se narra: «En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseño desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: -Aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días». Los primeros cristianos son hijos de la luz, de la esperanza. Han escuchado a los apóstoles que al mismo tiempo han tocado la gracia de la conversión en la fuerza del Espíritu Santo. Han conocido a Jesús en la tierra antes de morir y después resucitado. Y durante un tiempo convivieron con Jesús en la tierra hasta que llegó el día de la ascensión y ascendió al cielo dejándolos a la espera del Espíritu Santo. Vieron a Jesús vivo a su lado en Galilea, junto al lago de sus sueños y querrían que permaneciera con ellos para siempre. ¿Por qué tendría que irse? Para que les mandara desde el cielo el Espíritu Santo. ¿Era necesario? Amaban a Jesús y ahora lo veían tan de cerca. Que se fuera era perder la cercanía de su poder, de su amor que todo lo transforma. La promesa del Padre era la venida del Espíritu Santo. De momento tenían que esperar, aguardar, ser pacientes. El corazón del hombre es impaciente. Quiero que las cosas sean como yo deseo y cuando yo lo deseo. Quiero que todo se haga según mi voluntad. Y por eso no quiero esperar a algo desconocido cuando amo lo conocido, lo que tengo entre mis manos. Me desgasto intentando subir la escalera del perfeccionismo por mi cuenta. Jesús me pide aguardar. ¿Sé esperar los tiempos de Dios o me domina la urgencia de hacerlo todo con mi limitada capacidad humana? Pienso en la estrategia, en lo que conviene hacer a mi manera, en mis tiempos y con mis capacidades limitadas. Jesús me pide que aguarde al Espíritu Santo, que no haga nada, que me quede donde estoy, que rece con calma y escuche su voz en medio de mis silencios. «Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?». Los apóstoles pensaban que el fin del mundo estaba cerca. Que Jesús iba a establecer su Reino de forma definitiva y todo iba a acabar. Pero no era ese el plan: «Les dijo: – No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”». No me toca a mi conocer la hora. A veces me lleno de inquietud. Un mundo convulso, en guerra, parece el final de los tiempos. Es como si todo me llenara de angustia y me faltara la esperanza. Jesús me dice que no me toca a mí saber cuándo será el momento. Me toca a mí vivir en presente y no pretendiendo saber lo que va a suceder. El hombre quiere saber su futuro. Si le irá bien, si tendrá éxito, si tendrá salud. Quiero buscar respuestas a un futuro que me llena de incertidumbre. El miedo al mañana es fuerte. Y además, cuando no me gusta tanto el presente, sueño con un final que me lleve al cielo. Eso era lo que ellos deseaban. Que acabaran las injusticias, el mal, el dolor, la enfermedad. Es lo que yo mismo deseo. Pero el tiempo está en manos de Dios. No soy dueño del tiempo. A veces pienso que lo que me pasa no tendría que pasarme a mí. O creo que no es el momento, que tendría que ser en otra ocasión, no justamente ahora, que mejor más tarde, cuando lo que sucede no me gusta demasiado. Entonces el corazón se inquieta. Quisiera tener más paz para vivir sin miedo. Quisiera obedecer a Jesús y quedarme como ellos allí, en mi lugar, en el sitio en el que me encuentro. Y saber que la vida se juega en ese momento en el que sonrío, confío y me abrazo a la voluntad de Dios en el ahora. No sé qué vendrá mañana. No me importa, no me angustio, no sufro. Estoy en las manos de Dios. Eso es la santa indiferencia que se me regala como un don saber que el mañana es de Dios y el presente lo único que poseo. Vivir sin angustiarme, confiado. Sabiendo que sea lo que sea lo que ha de venir será una oportunidad para crecer, para avanzar, para sacar lo mejor de mí de cualquier circunstancia, por muy mala que esta sea. Jesús confía en mi poder y me envía a llevar su palabra a los que necesitan oír que hay esperanza, que no todo está perdido. Me gusta esa confianza que pone Jesús en mi carne, en la de los apóstoles, en la de los cristianos. Me dice que todo será posible si me abro al querer de Dios, a su voluntad y espero con calma la venida del Espíritu Santo. Así actúa Dios, en lo escondido de mi corazón. Sólo necesita que yo me abra a su presencia.

Jesús se eleva ante los ojos de sus discípulos: «Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista». Ascendió ante sus ojos. Hay un lugar en Jerusalén en el que se recuerda ese momento. En otro pasaje se dice que es desde Betania. Lo que sí es cierto es que ascendió en cuerpo y alma ante sus ojos. ¿Por qué? Su presencia en cuerpo y alma entre los hombres era un recordatorio constante de la victoria final. Jesús ya había vencido a la muerte y podría caminar entre los hombres vivo y resucitado. ¿Por qué no se apareció a todos para acabar con las sospechas y aumentar las fe? Aunque lo hubiera hecho no necesariamente hubieran creído en Él. La fe está unida al amor. Amo a alguien y creo en él, porque amo creo en sus posibilidades, en su verdad. Los que amaban a Jesús entre los vivos, lo amaron después de muerto y resucitado y creyeron en Él, en su victoria. Ahora, en esta fecha, se mezclan la alegría y la tristeza. Porque sin duda es triste ver partir a aquel que ha marcado su vida durante años. Triste verlo marchar y experimentar una soledad profunda. Estaban tristes allí, con los ojos fijos en el cielo. Y entonces unos ángeles les dan esperanza: «Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo». Estaban parados, angustiados, mirando al cielo. ¿Por qué no tenían esperanza? Los ángeles del cielo les recuerdan lo que no acaban de comprender. ¿Cómo se puede entender lo imposible? Ellos querían a Jesús a su lado, sosteniendo sus miedos, levantando su ánimo, ayudándolos en las luchas y en todas las batallas. Ellos lo estaban perdiendo todo ahora, justo cuando más lo necesitaban. En la vida hay momentos así en los que la tristeza es muy profunda porque parece que el camino no es tan sencillo de recorrer. Jesús no está, se eleva al cielo y desaparece. Y pienso entonces en todo lo que me cuesta decir adiós cuando pierdo a alguien, cuando alguien se va. Me da terror quedarme solo y sentir que me falta algo o alguien que ya no llena ese vacío. A veces es la necesidad la que provoca esa sensación de nido vacío en mi alma, de ruptura, de silencio. Como si se hubiera vaciado el alma de golpe y me costara respirar. Porque perder duele, demasiado, casi diría, es como si se me separara la piel del cuerpo, o los huesos de la carne, o el corazón de mis entrañas. Vaciarme por dentro para no llenarme más. Es un adiós prematuro e inesperado. Porque siempre es demasiado pronto para que algo acabe, nunca es suficiente, el amor no conoce el cansancio, cuando es amor verdadero. Quiere siempre más, nunca es bastante. Y entonces cualquier adiós me rompe por dentro. Como a esos discípulos que se quedan paralizados mirando al cielo. Como yo mismo cuando pierdo, cuando me quedo roto, incompleto o simplemente a medias entra la tierra y el cielo. Y quisiera pedirle a Dios una indulgencia, que me devolviera lo perdido, que retrasara las partidas, que no permitiera las ausencias. Entiendo muy bien a los discípulos en lo alto de ese monte viendo partir a Jesús. ¿No podría ser todo como hasta ahora? ¿No se podrías seguir así en la tierra, sin pausa, sin miedo? ¿Por qué lo bueno tiene que acabar cuando es tan bueno? Los discípulos sólo cuando escuchan a los ángeles comprenden que tienen que aceptar la realidad aun cuando esta traiga un dolor de la mano. «Intenté borrar mis recuerdos del pasado. Pensé que era cuestión de supervivencia. Únicamente después de muchos años llegué a entender que huir no cura el dolor. Lo empeora»[5]. El dolor ante la pérdida no lo quiero esconder, no lo quiero guardar o tapar. Aceptar la realidad con su dolor no es sencillo pero es el único camino que me abre a la esperanza. Huir no cura el dolor. Los discípulos tendrán que esperar y aceptar que su vida va a ser diferente a partir de ese momento. Ya nada podrá ser igual, lo que ellos vivieron fue único. A partir de ese momento tendrá sentido esa afirmación de Jesús: «Dichosos los que crean sin haber visto». Ellos vieron a Jesús en su carne mortal. Los demás, los siguientes, los de hoy tendrán fe sin haber visto. Ellos tendrán que lidiar con el dolor de lo que perdieron y la alegría de lo que tuvieron. Como yo tantas veces en mi vida tendré que aceptar el dolor de las pérdidas valorando la belleza de lo que he vivido. Los milagros que he visto en mi vida. Las presencias que le han dado sentido a mi camino. Tendré que aceptar que sólo el cielo dura para siempre y en la tierra muchas cosas pasan y se acaban y el silencio inundará los espacios antes llenos de risas. Y la ausencia hará doloroso el recuerdo de la presencia. Aceptar el dolor y besarlo. Besar la herida y saber que el Espíritu de Dios calmará mis ansias, y mis angustias. Llenará mis vacíos y le dará sentido a todo lo vivido. El dolor de ahora formará parte de la alegría de entonces. Y la alegría de ahora irá unida al dolor del mañana.

Al mismo tiempo el día de hoy es un día de fiesta. Es una alegría que contrasta con la tristeza de la despedida: «Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas. Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo; porque el Señor altísimo es terrible, emperador de toda la tierra. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas: tocad para Dios, tocad; tocad para nuestro Rey, tocad. Porque Dios es el rey del mundo: tocad con maestría. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado». La alegría de saber que Jesús ha resucitado y está vivo, presente en medio de mi vida. Dios no me olvida y al mismo tiempo manda a mi encuentro un Espíritu Santo consolador, sanador, iluminador de mis caminos. Un Dios presente en la eucaristía, en las bendiciones, en el corazón de aquellos que me aman de forma sana, con un amor incondicional que se parece en algo al amor que Dios me tiene. Es un día de fiesta hoy porque Jesús abre el cielo con su cuerpo, rompe el umbral que separa el presente de la eternidad y me dice que no debo tener miedo. Dios es más grande que todas mis debilidades y será capaz de sanar mi pobreza. Ya está en el cielo para siempre, con su cuerpo y me asegura que yo estaré con Él para siempre también un día en cuerpo y alma. Jesús da esperanza a los suyos antes de partir: «En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: – Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». Los envía en la fuerza del Espíritu Santo que aún no llega. Los manda a sanar, a curar, a salvar, a liberar. Quiere que todos tengan paz y puedan vivir cerca de Él. Estará conmigo todos los días de mi vida, pase lo que pase, cuando fracase y caiga, cuando triunfe y esté feliz. Siempre estará, esa esperanza me consuela. No estaré solo incluso cuando sienta que he sido abandonado. No estaré solo cuando me duelan las entrañas y la tristeza parezca teñirlo todo de amargura. No estaré solo incluso cuando el silencio sea pesado y me falte esa alegría que llenaba mi corazón en su presencia. La ausencia duele y al mismo tiempo va acompañada de una promesa, de una esperanza que no puede morir. Ya no me fijo tanto en el dolor por la ausencia y pienso más en la presencia de Dios en mi vida de muchas maneras. Jesús me enseña una forma de vivir en el Espíritu. Me ayuda a pensar que todos los amores humanos son peldaños que me llevan al cielo. Que ha merecido amar siempre aun cuando duela tanto la separación de las personas amadas. Que ha valido la pena amar en la carne a los que Dios pone en mi camino aun cuando la ausencia posterior me duela demasiado. No importa. El Espíritu consolador sanará mis heridas. Me dará esperanza y hará posible que todo tenga sentido. Hoy escucho: «El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro». Jesús está vivo, está en medio de mis dolores y pérdidas y le da un sentido a todo lo que vivo. A menudo me desanimo, me lleno de tristezas con las pérdidas y siento que nunca más podré ser feliz y la vida no volverá a ser como antes. Me fijo en lo que no tengo, no en lo que puedo llegar a tener. Me olvido de algo importante, Jesús me envía a dar la vida por los demás, no a guardármela. Es lo que hizo con los discípulos. A veces me paralizo mientras me lamo las heridas pensando que nunca más voy a ser feliz. Me olvido del sentido de mi vida. Camino hacia al cielo mientras recorro los caminos de esta tierra. Echo raíces y me desprendo de ellas para volar, pero me llevo la tierra prendida en el alma. Hago de cada lugar mi hogar sabiendo que un día puede que vuele de nuevo. Jesús se quedó en muchos corazones que lo amaron. Fueron sólo unos pocos los que lo quisieron en la tierra. Pero luego quiso quedarse para siempre. Me gusta esa mirada de Jesús sobre mi vida. Me pide que lo siga aun sabiendo que tendré dolores, sinsabores, amarguras. Y me dice que confíe que nunca me va a soltar de la mano incluso cuando parezca que todo está perdido. No me dejará nunca. Estará siempre de muchas manera junto a mí. Esa mirada de Jesús es la que me salva.

[1] King, Herbert. King Nº 5 Textos Pedagógicos.

[2] Encíclica Spes Salvi, Benedicto XVI

[3] Encíclica Spes Salvi, Benedicto XVI

[4] Encíclica Spes Salvi, Benedicto XVI

[5] Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido