Hechos de los apóstoles 8, 5-8. 14-17; 1 Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21

«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él»

10 mayo 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Mi amor no busca la paridad, no desea que todo esté equilibrado, vive en el desequilibrio y ahí encuentro la paz y la alegría. Hacen falta muchas personas que amen de forma desequilibrada»

El dinamismo mimético es un concepto que une la filosofía y la psicología. Sugiere que la imitación no es un acto estático, sino un motor de cambio constante en el deseo humano. El filósofo René Girard comenta que el deseo es la raíz de todo. Deseo lo que otros desean. Esto aumenta con las redes sociales que me presentan bienes que otros viven o poseen y que yo también deseo. Entro en la dinámica de la imitación, de perseguir lo que otros persiguen, de buscar lo que otros buscan. Esta imitación me acaba sacando de mi centro. Vivo comparándome con los demás y entro en conflicto con ellos. Porque deseo lo que está lejos de mí, anhelo lo que se me escapa y quiero la vida que otros tienen. Dejo de pensar en lo que yo de verdad quiero en mi vida para vivir pendiente de lo que los demás buscan. Y así mi búsqueda deja de ser original. Acabo renunciando a mi originalidad, a mi esencia, por adherirme a los sueños que otros tienen y que no me pertenecen. No son míos, no son mis sueños. Son esos sueños de otros de los que me apropio. Me muevo por la envidia. Deseando otros proyectos. Soñando con otros paraísos diferentes al mío. Y entonces sufro en esas comparaciones interminables que tanto daño me hacen. Quisiera romper esa dinámica que me lleva a vivir en una carrera constante por conseguir la realización de ciertos deseos que cuando se hacen realidad dejan de ser importantes. Ya no me motivan cuando los tengo en mi mano. Ya no son importantes cuando se hacen realidad en mí. Dejan de ser apasionantes. Y todo esto tiene una raíz, ese egoísmo que quiere conseguir lo que cree que le va a hacer feliz. La renuncia no me parece un bien. Renunciar por amor no es necesario. Porque el amor mismo se vuelve egoísta. Quiero que me quieran, que me cuiden, que piensen en mí. Y entonces el mundo ha de girar en torno a mis intereses y deseos. Si los demás se comportan como yo espero de ellos, los amo. Si actúan para que yo esté bien, me parece todo bien y los aplaudo, los quiero. Pero si no lo hacen y yo no soy su prioridad. Si no me eligen por encima del resto. Si su amor hacia mí no es predilecto. En esos momentos me enfado con la vida y me alejo de ellos. Dejo de valorar lo que ellos me dan porque lo que yo quiero que me den no sucede. Dejo de amar su vida porque no renuncian por mí, cuando yo no estoy dispuesto a renunciar por nadie. Y es que este mundo en el que vivo me invita a buscarme a mí mismo, a cuidarme, a cuidar mi salud, lo que como, el ejercicio que hago. Cuido mi alma y mi cuerpo. Y entonces me pregunto: ¿Quién cuida por los demás cuando todos se cuidan a sí mismos? Hacen falta personas que cuiden a los otros, que se preocupen por los demás. Los que cuidan son los menos. Los que desean ser cuidados, los más. Y en esa lucha algo egoísta de mi autocuidado, el otro pasa a un segundo plano. No lo miro, no lo veo, no me preocupa, no me detengo a ver qué necesita. Porque mis necesidades son más importantes. Yo sí que importo, los demás me importan menos. Busco que mi amor sea siempre simétrico. Que yo ame tanto como me aman. Que reciba tanto amor como el que doy. Que no reciba menos del que yo mismo entrego. Se me olvida un concepto que a mí me conmueve, aceptar que el amor siempre es asimétrico. Yo quiero poner el cien por ciento aunque el otro ponga el veinte. No me importa. Mi amor no busca la paridad, no desea que todo esté equilibrado, vive en el desequilibrio constante y ahí encuentro la paz y la alegría. Hacen falta muchas personas que amen de esta forma desequilibrada. Que crean en la asimetría del amor y eso no les cause problema. Hacen falta cuidadores que piensen en los demás, altruistas que estén dispuestos a amar sin esperar nada a cambio. Hacen falta personas que carguen con mi carga cuando yo no se lo pido. Que cuiden a los que nadie cuida. Y ponga su salud en segundo lugar. Hacen falta imitadores de Cristo que están dispuestos a dar su vida por los demás sabiendo incluso que sus más amigos puedan llegar a traicionarlos. Aman sin reservas y se dan sin buscar nada más en lo que hacen. No es rentable, no es justificable. Pero ese amor imposible es el de Jesús. Yo quisiera no vivir persiguiendo deseos que otros me presentan como atractivos. Quisiera no vivir buscando sólo mi bienestar y mi paz interior. Yo quisiera amar sin reservas, sin esperar que me amen en la misma medida. Yo quisiera dar hasta que duela sin soñar con que me den todo lo que deseo.

Creo que la vida es un don inmerecido. No merezco vivir. La vida es un don, una gracia, un milagro. Cuando cumplo años me admiro. He llegado tan lejos. Sigo vivo, amando, siendo amado, haciendo cosas, dejando de hacer otras. La gratitud brota del corazón. No tengo derecho a que me amen, ni a que me busquen, ni a que me quieran acompañar en el camino. Es un milagro el amor incondicional de un Dios que me quiere tanto que ha puesto en mi vida personas para mostrarme cuánto me ama Dios. A través del amor humano me muestra el amor divino. Lazos humanos lanzados desde el cielo para que suba a lo más alto. Gratitud. ¿Es posible vivir un sólo día sin darle las gracias al cielo? No es posible. O sí, y entonces el corazón se vuelve ingrato. Incapaz de agradecer por las cosas más pequeñas y evidentes. Como la luz de mi casa, o el agua, o el alimento. Cuando no soy agradecido acabo siendo exigente. Me enojo cuando las cosas no funcionan o no son como yo deseo. Me vuelvo crítico con lo que no es de mi agrado. Juzgo los comportamientos de los demás que me parecen que no están a la altura. Quiero mirar hacia atrás y agradecer. Dios hizo nacer el amor humano en mi vida y Él lo llevará a término. Me dio una vida maravillosa, muchos años ya recorridos, doy gracias al cielo de rodillas. No todo ha salido como yo esperaba, no he cosechado todas las victorias que soñaba. No importa. La vida sigue siendo maravillosa. Ser agradecido ensancha el alma y me hace capaz de ser siempre positivo. Doy gracias por lo que tengo y por lo que he perdido. Miro el presente como algo relativo que hoy poseo y mañana se irá. Lo tomo en mis manos agradecido sin detenerme en lo que no me gusta. Lo beso, lo abrazo, lo miro. Sé que pasará y será un recuerdo maravilloso. No quiero que pase y al mismo tiempo quiero vivirlo con intensidad. Doy gracias por lo vivido, por los regalos que Dios me ha hecho. Doy gracias por las heridas que me han marcado la piel del alma. No puedo cambiar el pasado pero sí puedo usarlo como una catapulta para ser mejor. Al agradecer importa mucho la memoria del corazón. Me detengo en silencio a mirar el pasado reciente y descubrir los hilos invisibles de Dios que guía mi vida. No se trata de encontrar grandes milagros. Quiero alegrarme con las pequeñas caricias de Dios en el camino. Recuerdo alguna conversación, aquel descanso, esa música que llenó mi alma, o incluso un contratiempo que me costó aceptar al principio. ¿Soy capaz de ver que nada es pura casualidad en mi vida, sino un regalo pensado para mí? Sé que me cuesta agradecer cuando las cosas no salen como yo quería. El sí que doy en la dificultad es por una gratitud heroica. La gratitud no se limita a lo que me sale bien. El verdadero crecimiento espiritual ocurre cuando agradezco lo que me cuesta, porque ahí es donde crezco y maduro. Me detengo hoy a pensar en ese nudo que tengo hoy. Puede ser un problema de trabajo, una limitación física o una decepción. Quiero decirle a Dios que lo amo y le doy las gracias por esto, aunque no lo entiendo, porque confío en que todo lo que me sucede será por mi bien y me hará crecer como persona. Tengo claro que agradecer en la prueba me libera del papel de víctima y me sitúa en el lugar de hijo que confía. La gratitud es una energía que no puede quedarse estancada. Debe salir hacia los demás. Si me siento regalado por Dios, mi respuesta natural debe ser convertirme yo mismo en un regalo para otros. Las personas agradecidas dan alegría, dan paz, son positivas siempre. Me detengo a mirar mis manos y mis talentos. ¿A quién puedo agradecerle hoy la vida mediante un gesto concreto? La gratitud es el motor de la misión. No se trata de pagar una deuda, sino de desbordar la alegría de ser amado. ¿Cómo puedo transformar mi agradecimiento en un acto de amor hacia alguien que hoy se siente solo o pequeño? La gratitud como actitud fundamental del alma me hace mejor persona. Soy capaz de amar más y el corazón se ensancha. Dejo de buscarme a mí mismo, de pensar sólo en mí y en lo que a mí me conviene, para pensar en los demás y dar gracias a Dios por sus vidas. Merece la pena ser amado siempre y amar más todavía. Cuando amo sin pensar en mí los demás me aman, simplemente por misericordia, todo es más sencillo. Me gustaría vivir dando las gracias a los demás por tolerarme, por quererme, por respetarme. Nada de lo que recibo es evidente y a veces me parece que sí. La salud, el amor, el cariño de los demás, la compañía. No merezco nada, todo es don y sólo quiero agradecer con sencillez a todos. El corazón agradecido busca lo bueno a su alrededor, no se detiene en lo malo. Ve en el error un despiste, no maldad. Acaba justificando los pecados de los demás. No critica todo lo que los demás hacen. No protesta por lo que los demás no han conseguido. Se detiene a mirar lo bueno y valora la bondad de las personas. Me gustan los agradecidos porque hacen visible el cielo en la tierra. No ven solo el mal actuando, sino a Dios detrás de todo lo que les sucede sosteniendo sus vidas. Siempre están dispuestos a amar más, a dar más, a ser más generosos con su tiempo y con su amor. Me gustaría ser así. Porque así fueron los santos. No se bloquearon en las frustraciones. Siempre supieron luchar para salir adelante.

Cada año el día del niño pienso en tantos niños que han perdido su infancia. Niños sin padres, niños abandonados, niños maltratados, niños heridos, niños abusados. Y le pido al Señor por todos esos niños que ha sufrido en la infancia el mal y el dolor. Y me duele a mí por ellos. Y le pido a Dios que sane un día sus heridas cuando crezcan y les permitan sanar las heridas de otros niños y ser para ellos buenos padres y madres. En este día le pido al Señor que evite que más niños sufran, que más niños sean abusados, que más niños estén solos. Que el mal no manche su bondad y la impureza no mancille su pureza. Porque no hay nada más puro que el corazón de un niño. Y con el tiempo y las heridas y las faltas de amor, esa inocencia se pierde y surge el resentimiento o el odio con facilidad. Las heridas me hacen ser de una forma diferente a como Dios me había soñado y en lugar de hacer el bien hago el mal, porque estoy herido. Pienso en tantos niños que han perdido su infancia porque han tenido que asumir antes de tiempo responsabilidades de adultos. Y han dejado de jugar con sus juguetes de niños para ganarse el pan de cada día. Han dejado de tener un lugar seguro para vivir en la calle defendiendo un lugar donde vivir y ser aceptados. Pienso en esos niños que han visto la cara fea de la vida antes de tiempo y no han podido sentirse hijos cobijados en familias sanas. Pienso en tantos niños con padres maltratadores que no han sido capaces de cuidar el don de las vida que se les ha confiado. Pienso en esos niños heridos por el tiempo que necesitan sanar las heridas del mal en sus entrañas. Pienso en esos niños que se pierden en las redes sociales buscando un lugar que los acepte y queriendo parecerse a otros sin gustarse a sí mismos. En esos niños que no se aman porque nadie los ha amado. Pido por ellos, para que encuentren paz en otros corazones y sean capaces de hacer de su herida un propósito de vida, un camino que recorrer para llevar paz y amor a muchos otros niños. Para que nadie sufra el dolor que ellos sufrieron, ni tampoco la soledad que ellos mismos padecieron. Pienso en ese niño interior que tengo que ha sido herido de mil formas desde que yo era niño. Un niño al que he mandado callar muchas veces para que no me moleste. Lo he tapado, lo he escondido, queriendo ser adulto, parecer mayor y lo he olvidado allí dentro, en lo más hondo de mi subconsciente. Pienso en ese niño herido de alguna forma, tal vez de forma injusta, y que por miedo se esconde porque no quiere sufrir más si se vincula, si ama. Pienso en mi niño interior que ya no es puro porque vivió la impureza, ni justo porque vivió la injusticia, ni pacífico porque padeció la guerra, ni amable porque sufrió el rechazo. En ese niño que tapo para que no haga sus gracias porque quiero ser aceptado en este mundo tan cruel que no siempre me acepta. Y pretendo ser amado por todos cuando esa lucha me parece hasta enfermiza. Pienso en mi niño herido al que en un día como este quiero abrazar con todas mis fuerzas. Para que se sienta amado por mí. Quiero dejar que grite, que se desahogue, que diga lo que piensa, lo que siente. Que saque su rabia y su violencia. Que se exprese con libertad sin tener que ser aceptado siempre en todo. Quiero mirarlo a los ojos y decirle que lo amo. Porque ese niño que está herido en mi interior soy yo mismo. Y sufro por el pasado. Y me duelen todas las heridas y los abandonos. Y los posibles que no fueron y las realidades que sí fueron. Hoy doy gracias a Dios por esas experiencias de amor en mi vida que me hicieron sentirme amado desde niño. Quiero darles las gracias a mis padres que me miran desde el cielo. Por esa infancia que me dieron, por esa familia que construyeron con su debilidades y sus grandezas. Quiero agradecer por la vida por ese ser niño que no quiero dejar de ser nunca. Porque en mi alma hay un niño grande que quiere reír y abrazar y sentir la vida con intensidad en cada momento presente que tengo ante mis ojos. Quiero ser ese niños que sonríe, que es alegre, que tiene paz y se abraza a la vida y al mundo sin sentir que nadie le debe nada. Quiero vivir como ese niño que hace bromas sobre la vida y no guarda rencor a cada paso. Quiero ser un niño fiel que no deja de entregarse en medio de su camino Ese niño fiel y bueno, ese niño puro y enamorado de la vida. Un niño que mira la vida en presente y echa raíces en el instante que vive. No vive angustiado por el futuro incierto, no lleva en su corazón el peso del pasado. Vive la vida intensamente y disfruta con una sonrisa de cada momento. Vive confiado en las manos de sus padres porque ellos le hacen ver que todo está bajo control. No se desanima si algo no sale como esperaba, se levanta limpiándose las rodillas y vuelve a correr, vuelve a intentarlo. Me encantaría tener esa pureza en la mirada para no ver intenciones escondidas en el corazón de las personas a las que ama. Una pureza para vivir sencillamente el presente sin querer que todo sea muy diferente. Quisiera ser niño para hacer amigos sin conocer su lengua y jugar con aquel que está a mi lado compartiendo mis juguetes. Me gustaría sentir que el presente es eterno y que el mañana será siempre igual de maravilloso que el presente que ahora disfruto. En el día del niño reconozco que sólo Dios puede hacerme nacer de nuevo en la fuerza del Espíritu. Y lograr que mi corazón sea igual de ingenuo y generoso, igual de inocente y puro que el de un niño.

El amor es fundamental. En la vida la única meta que tiene sentido es amar y ser amado. Hoy Jesús me dice: «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Si amara realmente a Dios, con todo mi corazón, con todo mi ser, sin duda sería fiel a lo que me pide. ¿Sucede esto en mi vida? Cuando amo a una persona estoy dispuesto a hacer por ella todo lo que necesita. Estoy dispuesto a amarla con todo mi corazón entregando mi vida por ella. A cuidarla y evitar que sufra. Entonces se me hace evidente la petición de Jesús. Guardar sus mandamientos es, en esencia, imitar su forma de desear. Es pasar de la imitación destructiva de los demás a la imitación constructiva de Cristo. Si mi modelo es Jesús, mis acciones, mis mandamientos guardados, reflejarán su paz y no el conflicto interior que vivo tantas veces. Guardar los mandamientos de la persona amada supone ponerme en sus zapatos, descender a su necesidad, darme cuenta de lo que necesita, de lo que le falta. Supone anticiparme a lo que anhela. Sueño con hacer realidad los deseos de las personas a las que quiero. Me pongo en su piel, siento como ellos sienten, veo su turbación interior y sus miedos. Me detengo a escucharlos. Para saber qué es lo que quieren tengo que parar, estar atento y buscar en su corazón para descifrar lo que anhelan. Es bonito pensar cuáles serían los deseos de Jesús. En realidad estoy acostumbrado a que sea Él quien me pregunte. Se detiene ante el paralítico que no puede llegar solo a la piscina y le pregunta si quiere ser curado. Lo mismo les pregunta a los leprosos. No basta con padecer un mal para que sea evidente mi deseo de curarme. Tal vez yo mismo a menudo no sé lo que deseo, lo que quiero. Incluso puedo padecer una enfermedad y no saber si liberarme sea lo que más deseo. No sé si quiero liberarme de ese dolor que me pesa. Me detengo hoy y me pregunto. ¿Cuáles son los deseos de mi corazón? Los deseos que tengo son casi órdenes, mandamientos para aquel que me ama. Si tuviera esa sensibilidad para darme cuenta de lo que vive en el corazón de las personas amadas. Si supiera pensar como ellos piensan y no como yo lo hago. A veces puedo regalarle algo a quien amo, algo que a mí no me gusta pero que sé que a él sí. Eso es amor. Me pongo en su lugar y expreso lo que realmente deseo. Eso hace Jesús en su vida entre los hombres. Busca la necesidad y los sueños de cada uno. No quiere anticiparse a lo que yo necesito, respeta al máximo mi voluntad. Y sólo me pregunta si realmente lo amo, si lo quiero, porque Él sí me ama con todo su corazón herido y me busca, y me acompaña en el camino. Yo me lleno la boca de palabras bonitas para describir el amor que siento por Jesús. Pero luego no estoy dispuesto a hacer lo que Él desea y quiere para mi vida. No quiero soltar lo que me esclaviza. No quiero obedecer sus insinuaciones. Si lo amara de verdad. En el fondo amo más otras cosas, tengo otros sueños y amo otras realidades lejos de Dios. Pero no amo sus caminos porque a menudo no coinciden con mis deseos y eso me turba. Cuando lo amo no me cuesta cumplir los mandamientos, porque son solo expresión del amor. Es como si el que ama a su cónyuge sintiera que estar con él todos los días fuera una carga. Entonces su amor no sería tan real. Porque cuando amo a alguien con todo mi corazón estar con él no es una obligación, es algo evidente, una consecuencia del amor. Y hacer lo que le hace feliz me saldría solo, no me esforzaría, mi amor simplemente se manifestaría en obras, así de sencillo. No pienso tanto en mí cuando amo. Y si pienso más en mi, eso es porque mi amor es egoísta. A veces creo amar a alguien, pero sólo es un reflejo del bien que recibo. Te amo porque me tratas bien, te amo porque eres útil y me solucionas problemas o das respuesta a mis necesidades. Te amo porque sin ti me faltaría alguien que me resolviera los problemas. Es como cuando el sacerdote es útil para las personas. Responde a sus requerimientos, da repuesta a sus necesidades y les entrega los sacramentos, entonces lo aman. Es el sacerdote que resuelve la vida. También hay amigos que son así. Luego, cuando nos faltan, tal vez no los echo tanto de menos a ellos, sino que pienso solo en todo lo que ya no me pueden solucionar. Ese tipo de amistad no es gratuita, es interesada. Me eres útil y por eso te quiero. Me das lo que me falta y por eso te amo. No me importa cómo te sientes, lo que te falta a ti, lo que te duele. Tú estás ahí, como bajado del cielo, como un ángel, para responder a mis necesidades, y no yo a las tuyas. Jesús también sintió en algún momento que lo seguían sólo porque les daba de comer. Un amor interesado es amor, sin duda. Como el amor que tiene el hijo hacia la madre porque lo alimenta, cuida y limpia. Un amor inmaduro e infantil. El solucionador de problemas siempre es querido. Pero Jesús desea un amor más grande mí. Espera que yo lo ame de otra forma. Que sea capaz de descentrarme y dejar de pensar en mí. Si sólo pienso en mí y no dejo de buscarme, mis amores serán siempre egoístas y durarán en la medida en la que los demás respondan a mis necesidades y solucionen mis vacíos. ¿Cómo son mis amores? Te quiero porque te lo mereces, porque te has portado bien conmigo. Te quiero porque has estado a la altura y me has cuidado. Te quiero porque has hecho merecimientos suficientes. El amor que yo quiero es incondicional. Te quiero y me importa que tú estés bien. No te amo porque me interesas. Te amo por ti solo, por lo que hay en ti, no por lo que has hecho por mí. Ese amor infinito, incondicional y generoso hace de los mandatos de la persona amada su norma de vida.

El seguimiento de Jesús es por amor. Cumplir sus mandatos y su voluntad es por amor: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él». El que ama a Jesús acabará haciendo obras mayores porque el Espíritu estará en su corazón. Quiero ser consciente de mis límites en el amor, en la entrega. Por más que me empeño y esfuerzo en hacerlo todo bien no lo consigo. Busco la forma de salvar el mundo con mis propias fuerzas y no llego, no alcanzo. Seguir el camino de Jesús exige decisiones que no deseo pero que las acepto. Escojo la realidad que me toca vivir, siendo realista, siendo de Dios. Acepto en mis manos el dolor, como una maraña de angustia que me lleva a pensar que nada habrá merecido la pena. Pero no es verdad. Todo lo que se hace por amor merece la pena. Porque voy sembrando vida y la vida siempre da nueva vida. Si siembro rabia, rencor, resentimiento, amargura, recibiré un poco de todo lo que siembro. Si siembro paz, esperanza, alegría, calma, recogeré mucho de lo que he sembrado. Si doy abrazos recibiré abrazos. Si doy golpes me caerán golpes. Si digo palabras sinceras, serán sinceros conmigo. Si soy audaz en mi vida, otros serán audaces a mi lado. Porque el valor se contagia, igual que el entusiasmo, y la fe. Cuando creo que algo puede ser posible, me empeño en luchar por llegar a ver cómo se realiza. Si lucho, otros lucharán conmigo. Y si me esfuerzo alguien más estará a mi lado sosteniendo mis brazos y mi alma. Si soy fiel, muchos serán fieles conmigo. Si canto, cantarán a mi lado. Si grito y me enojo, algunos gritarán y se enojarán al ver mi actitud. Si perdono me acabarán perdonando. Si acepto con alegría lo que no me gusta, puede que alguien más siga mi ejemplo. Si salto desde lo más alto, alguien habrá que salte conmigo. Si me pongo a sembrar lleno de pasión, alguno se sumará a mi intento por dar la vida. Si sigo el camino correcto algunos creerán que puede ser un buen camino. Si sonrío me sonreirán. Si lloro llorarán conmigo. Tengo claro las actitudes que quiero encarnar y hacer que sean siempre la actitud que da vida a los demás y a mí mismo. No me gusta pensar que las cosas van a salir mal necesariamente. Eso sí, si el mal ocurre, o llega el fracaso o sucede la derrota, no me desanimaré, sonreiré, viviré colmado de una paz extraña que me llega del cielo. No tengo suficiente espacio en mis manos para que me quepa todo el amor que recibo. Pero en mi alma, sí, es un espacio inmenso que parece infinito. Allí cabe todo aunque no me dé cuenta. No entra a presión, simplemente está todo en orden, en paz, en armonía. Los encuentros, los abrazos, las palabras sinceras de amor, los te quiero dichos con sentimiento, los elogios que brotan del corazón. No tengo conciencia de todo el bien que puedo recibir hasta que lo recibo. Y me alegra saber que el alma se alegra y sonríe, como el alma de los niños al jugar en su piñata. Porque no hay nada más bonito que alegrar a los demás dándolo todo. Entregando cariño. Siendo sencillos en la entrega, sin miedo a perder nada. Dispuesto, siempre, a perderlo todo. No puede depender mi felicidad de cosas pasajeras. Sé que todo el amor que reciba es para siempre, no pasa, no se muere, queda dentro del alma y me enseña a mí a amar mejor. Tengo nostalgia de lo que todavía poseo, pero puede que un día no lo tenga más. Sé que la vida es un don que pasa y se hará eterno en algún momento del camino, en alguna curva, en algún espacio sagrado allí en el horizonte. Y todo tendrá sentido. Y habrá más paz en mi corazón y más hondura. Hoy escucho: «En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría». Me gusta esa alegría de los dones pascuales. Esa alegría de los pequeños milagros. Yo soy testigo de tantos milagros a mi alrededor, de tanta vida que brota de muchos corazones, de tanto amor que se desborda en palabras y en gestos, también en silencios. De tanta fidelidad inmerecida y tanta sencillez de vida. Siento que todo es posible cuando el corazón es humilde, sencillo y pobre. No le tengo miedo a amar porque siempre sabré que habrá merecido la pena. No quiero pasar de puntillas por la vida, quiero enterrarme hasta el cuello. Quiero sentir que merece la pena vivir cada día de mi vida. No espero que me den en proporción todo lo que yo entrego. No me importa si no lo recibo, si nada me dan, si nada sucede. Tengo paz en el alma y me da paz saber que los que me aman lo hacen con un amor que es para siempre. Eso me da consuelo. Y confío en el cielo que hace plena mi vida.

El Espíritu vendrá y lo cambiará todo en el corazón: «Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». Es verdad que no todos están preparados para recibirlo y que su vida cambie. El mundo no lo ve y no lo conoce. Pero sé que yo no seré nunca huérfano. No lo soy. Tengo a un Dios que es mi padre y a María que es mi madre. No soy huérfano, no estaré solo. Hoy hay mucha soledad en el alma del hombre. Muchas personas que están solas y no encuentran un sentido a sus vidas. No se sienten amadas, no tienen a nadie que las cuide. Porque la soledad es dura cuando se pega en la piel y pesa demasiado. Es muy dura y no permite que el alma se ensanche. Me gustaría tener un corazón más libre para amar. Me gustaría amar y ser amado y cuidar a los que Dios ha puesto en mi camino. Hay muchas personas a las que amo, Dios las ha puesto en mi vida y me recuerdan, con su amor torpe y limitado, cuánto me ama Dios. Dios me quiere tanto que ha mandado a mi vida a alguien de carne y hueso para que intente amarme de forma incondicional. Me quiere tanto que ha puesto en mi vereda, amigos e hijos, padres y madres, hermanos y hermanas para mostrarme el camino hacia el cielo. Porque amo en la piel y en el alma. Porque echo raíces en la tierra fértil. Porque no me basta con vivir los días, sino que quiero llenarlos de vida. No necesito una vida llena de días como algunos pretenden, una vida que tenga muchos años. Prefiero que mis años estén llenos de vida. Sean los que sean, incluso cuando sean pocos. Me gusta el Espíritu de la verdad que desvela mi verdad y deja claras cuáles son mis mentiras. A menudo me creo mis mentiras. Me acabo creyendo que es verdad mi propio engaño. Se me olvida que Dios es la verdad y que esa verdad saca a relucir lo que hay en mi corazón. Si lograra vivir de acuerdo con la verdad de mi vida. Si lograra erradicar de mi camino todas las mentiras. Los amigos no mienten, escuché una vez. Pero a veces la mentira es un pecado recurrente. Miento para no hacerte daño. Miento para que me aceptes. Disfrazo la verdad para que sea más aceptable. El otro día escuchaba el cuento que decía que un día se encontró la verdad con la mentira. Y juntos fueron a bañarse al lago. Se quitaron sus vestidos y se bañaron. Salió primero la mentira y se vistió con la ropa de la verdad. Cuando la verdad salió y vio que no estaba su ropa no quiso ponerse la de la mentira y caminó sin ropa, desnuda. Desde ese momento la gente no quiso aceptar la verdad desnuda, porque era muy terrible. Y prefirió vivir con mentiras vestidas de verdad. No es fácil saber distinguir mis mentiras. Porque me las he creído y pienso que son verdad. Y me dejo llevar por su encanto que hace que la vida sea aparentemente más fácil. Porque me cuesta que me digan mentiras desnudas que no sé asumir tan fácilmente. Mentiras que rasgan la piel del año aun cuando es lo que necesito oír para crecer y seguir mi camino. No necesito edulcorantes que lo hagan todo más fácil. Y hoy me conmueven las palabras del apóstol: «Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo. Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal. Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conduciros a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu». Prefiero hacer el bien y sufrir agravios que hacer el mal y recibir halagos. Prefiero ser honesto y vivir siempre en la verdad, aunque me rechacen. Tendré cuidado al decir la verdad a los hombres, porque no siempre tendrán la fuerza para aceptarla. No es fácil besar la verdad desnuda y no cualquiera puede hacerlo. La mentira es más fácil, está vestida y parece verdad. Hacer el bien es más heroico porque supone a menudo renunciar por amor y ser capaz de dejar que el otro tenga y disfrute lo que yo quería poseer y disfrutar. Hacer el bien es la meta de los cristianos porque sólo haciendo el bien logramos que se manifieste en nuestras obras el amor de Dios. Me gusta esa actitud y necesito la fuerza del Espíritu para llegar a hacer obras mayores. Sólo Dios sabe que soy capaz de grandes cosas, porque me ha dicho muchas veces y de muchas maneras que cree en mí y en el poder del Espíritu en mi corazón. Si me dejo hacer por Dios todo será más fácil en mi vida. Si me dejo cambiar y logro que su amor me penetre.