Evangelio según san Jn. 10, 22-30
Martes de la cuarta semana de Pascua
Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón. Los judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa»
Meditación de Francisco Bravo Collado
“Y nadie las arrebatará de mis manos”
Es como si, en este texto, Jesús me dijera: “Pídeme ayuda. Yo veo que estás tratando con lo mejor de ti. Y veo además que no tienes más fuerzas. Cuando no puedas más, pídeme ayuda. Porque tú eres de los míos y nadie te arrebatará de mis manos. Porque por ti Yo soy capaz de morir y resucitar. Así que no dejes de confiar. Sigue adelante con tus pequeñas y grandes cruces; en tus pequeñas y grandes luchas. Aquí estoy Yo, resucitando para que tú tengas vida eterna; en lo pequeño y en lo grande”.
Hoy en la mañana le pedí a Jesús que me acompañara. Pero en medio del día me siento abrumado por las tentaciones: tentaciones cotidianas y sencillas. Pero brutalmente presentes en todo lo que hago. Si estoy atento las veo embestir una y otra vez contra mi voluntad. Me siento frustrado, porque yo aspiro a lo más grande y caigo por lo más tonto. Me dedico a perder el tiempo, a comer sin límite, a ceder a mi malgenio, a reaccionar sin conciencia, a poner la atención en el reclamo y el escándalo. Me cuesta mucho permanecer en Jesús.
Jesús, yo quiero ser de los tuyos. No dejes que me arrebaten de Ti. Dame el regalo de amar tu cruz y tu resurrección no solo en las grandes cosas, sino que también en el día a día. Dame el regalo de saber que soy tuyo. Dame la vida eterna en las cosas cotidianas, en la fidelidad invisible, en la voluntad. Hazme sencillo y recio. Déjame tomar contigo la cruz. Que la carga se me haga liviana de tanta alegría de estar contigo. AMÉN