Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; 1 Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35
«Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron»
19 abril 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«Él me sigue por los caminos para que no me pierda y me dice que Dios me ama de una manera que es imposible. Me ama sin condiciones, sin exigir mi cambio»
El silencio del Sábado Santo siempre me impresiona. El silencio de María, el de los discípulos, el de los amigos de Jesús ese día en el que Jesús yace muerto en el sepulcro. Guardar silencio no es sencillo. Normalmente me rebelo contra lo que no me gusta, contra las injusticias, contra los robos y asesinatos, contra la violencia que recibo, contra el odio que me agrede. En esos momentos no puedo callar, grito, insulto, me aferro a la esperanza de que mis palabras cambien la realidad. ¿Acaso Dios no puede escuchar al que gime, al que es abusado, al que sufre la injusticia impunemente? ¿No me pidió Jesús que rezara a Dios suplicándole para que me diera lo que necesitaba? Sí, me sale el grito y no el silencio. Brotan en mi corazón las amenazas y no la mansedumbre. Quiero que se haga justicia conmigo, con mi causa, con los míos. No tolero que me pasen a llevar, que me hieran, que me ignoren. Veo la mansedumbre de Jesús en la cruz perdonándolos a todos y no entiendo. Jesús también calló, María calló, los discípulos callaron. La mansedumbre me parece un don que no poseo. Me gustaría tenerlo, comprender que sólo en el silencio Dios actúa, en mi silencio, en lo incomprensible de mi mutismo. Hoy quiero mirar a María que calla, que escucha, que es paciente, que no lo comprende todo y espera. Yo quiero ser igual. Callar y escuchar, sólo así podré saber lo que Dios quiere de mí. Callar y abrazar la realidad que me golpea como una cruz que cae al suelo ante mis ojos. ¿Tendré la fuerza para levantarla y cargarla sobre mis hombros? Injusticias, impunidad, violencia, odio. ¿Cómo se pueden apagar esas llamas de violencia? El silencio. Cerrar los labios y abrir el corazón. Y dejar que la mansedumbre se haga fuerte en mi ánimo. Si pudiera enfrentar la realidad con alegría, con mucha paz, sin resentimiento, con mucho perdón. Si lograra cambiar mi ánimo para enfrentar el futuro que no es como a mí me gustaría. Para Dios no hay nada imposible. Si creo, si confío, si espero. Si no me amargo ante esa botella de agua que me parece siempre medio vacía. ¿Dónde está todo lo bueno de mi vida? ¿Dónde queda esa alegría que Dios ha sembrado en mi corazón? Hoy le pido al Señor que resucite, que calme mis ansias, que me sorprenda, que me saque de mis miedos y angustias. Le pido que haga lo imposible posible cuando me parece que no puede ser. Lloro y callo. Y abrazo el presente con un corazón cansado, con paz, con miedo. Como ese Jesús ensangrentado que dice desde la cruz que los perdona a todos los que lo matan, porque no saben lo que hacen, porque no comprenden nada, porque no tienen culpa. Jesús perdona y yo no lo hago. Y sé que sería mucho más feliz si lograra callarme y esperar, guardar silencio y mirar a Jesús que me ama con locura. La realidad tal vez no sea la que yo hubiera elegido. Ni sus planes son los míos porque tampoco soy yo el que los he planeado. Pero los elijo en silencio. Callo y sonrío. O lloro en mi dolor, porque duele lo que no amo, porque duele lo que me hace daño. Pero es más fuerte la esperanza. Ante la tumba cerrada tengo esperanza y sueño con un mundo mucho mejor, más pleno, más lleno de amor y de alegría. Sueño con una paz que parece estar lejos de esta realidad que habito. Sueño con un amor que esté dispuesto siempre a dar la vida por su hermano. Sueño con unos planes que me lleven a sonreír cada mañana. Sueño con un sepulcro vacío en el que Jesús venza la muerte y me demuestre que todo es posible para Dios. Sueño con un Dios que me diga cada mañana que me quiere tanto, que soy lo mejor, que tengo un alma pura e inocente. Sueño con un cielo más cerca de la tierra. La resurrección de Jesús lo ha cambiado todo. Ya sé que el final no es la muerte. Y que el cielo existe y una plenitud que ahora sólo sueño. Sé que ese amor que yo anhelo existe, aun cuando a mi alrededor vea la fuerza que tiene el odio. Sé que la paz es posible si habita Jesús en mi alma, Jesús resucitado. Sé que yo puedo cambiar las cosas con mis gestos, con mis palabras, con mi voz quebrada, con mi ánimo roto. Puedo seguir luchando aun cuando parece que nada va a ser posible. Hoy comprendo que la vida es mucho más grande que este presente que me parece incompleto, tan frágil, tan impreciso. Sé que su abrazo es para siempre y su amor romperá todas las barreras que yo le pongo.
Cada año me quedo pensando en las apariciones de Jesús a aquellos que lo amaban. De nuevo me sorprende que Jesús no se apareciera a los fariseos, a los que quisieron matarlo, para demostrarles que había vencido a la muerte. ¿Les hubiera bastado eso para creer? No lo creo. No es tan sencillo creer incluso cuando uno ve algo evidente. ¿Acaso no vieron milagros suficientes? ¿No acababa de resucitar a Lázaro? Vieron muchos milagros y no bastó. También vieron cómo era Jesús, cómo se comportaba, escucharon lo que decía, sus palabras llenas de vida y les pareció un impostor, el hijo del demonio, no el de Dios. Vieron muchas cosas y aun así no creyeron. Pero a los que sí creyeron se les dio mucho más. Se Les dio la posibilidad de estar con Él para siempre. De compartir su vida. Caminaron a su lado por muchos caminos. Escucharon sus palabras y siempre se conmovieron. Compartieron la vida, la comida y la persecución. Las alegrías y las penas. Sufrieron también la muerte. Y cuando ya parecía estar todo perdido, Jesús vino a verlos. Me impresiona María Magdalena. Me admira esa mujer endemoniada que había sido salvada por misericordia por Jesús cuando estaba perdida. Él la llamó por su nombre desde el comienzo y ella lo siguió, dejando su antigua vida para vivir una nueva. Recuperó ese nombre que solo ella y Jesús conocían y lo guardó como un tesoro. Ese nombre puro y original que estaba en lo más hondo de su corazón. María, cuando Jesús ya había muerto, fue en la noche a buscar su cuerpo, quería estar con Él. Pero al llegar se le aparecieron dos ángeles. Y después se encontró con Jesús, a quien confundió con el hortelano. Jesús la llamo por su nombre de nuevo. Y ella lo supo, lo reconoció. Se arrodilló a sus pies, quiso retenerlo. Cada amado de Jesús tenía una historia de amor con Él. Recordarían palabras, lugares, momentos. Y como en toda historia de amor siempre hay señales, palabras, gestos que son únicos, son ocultos a aquellos que permanecen ajenos a esa historia, sólo ellos los conocen. Son palabras y gestos que solamente conoce el amado. Son señales que solamente reconoce el que las ha vivido. Y eso fue lo que les pasó a los discípulos de Emaús que sólo lo reconocieron al partir el pan. Lo mismo les pasó a las mujeres cuando fueron a ungir el cuerpo y Jesús les dijo que no tuvieran miedo. Y el mismo Pedro tuvo ese diálogo con Jesús que le recordó su pasado, su caída, su traición y al mismo tiempo su perdón. Porque Jesús lo perdonó tres veces, las mismas que Pedro lo había negado a Él. Todos tenemos historias de amor y desamor, de encuentro y desencuentro, de traición y perdón, de dolor y alegría. Cuando miro mi vida hay gestos que son propios y de las personas a las que he amado y me aman. Lo mismo me pasa con Jesús. Me ama de forma original y única. Guardo palabras, gestos, momentos, imágenes. Las guardo, son canciones, son palabras, son lugares. Y cuando vuelvo a ellos me emociono, brotan las lágrimas porque Jesús está vivo, no está muerto, vive para siempre. Los amados de Jesús están perdidos y al mismo tiempo no dejan de buscar. «Eso es lo que hacemos con las personas que queremos: llevarlas siempre con nosotros»[1]. Jesús acababa de morir y seguía vivo en ellos. Lo amaban hasta el extremo, no tanto como Él los había amado. Y es que hay muchas formas de amar, pero todas tienen en común que nunca mueren. Cuando el amor es verdadero es para siempre. Cuando el amor se ha arraigado en lo más hondo de mi ser, la vida tiene sentido. Me gustan las apariciones porque me hablan de encuentros que le dan un sentido a la vida. Los discípulos de Emaús nunca se quedarán en Emaús. Las mujeres se convierten en apóstoles en un mundo que no las consideraba dignas de ser creídas. Y son ellas las primeras a las que Jesús se les aparece. Los discípulos enamorados, después de ver cómo les da la paz en el cenáculo, van a Galilea. Vuelven a su lago, a la pesca y esperan. Porque Jesús no ha muerto, está vivo y quiere acompañarlos en esa hora llena de esperanza. Siguen sin entender esta nueva forma de vivir de Jesús, no tienen certezas, continúan los miedos, pero al menos ahora no están solos. Siguen cuidando el amor que Dios ha puesto en sus corazones. Por supuesto que aman a Jesús. Cómo no responder que sí a esa pregunta: ¿Me amas? Mil veces le dicen que lo aman, que creen en Él, que ahora sí tienen paz porque Él les ha transmitido una paz que nadie les podrá quitar. Ya son de Jesús para siempre, le pertenecen. Me conmueven las apariciones porque me hablan de una predilección de Jesús. Se aparece a los que aman, a los que le aman. Incluso a aquellos que huían a su casa porque estaban tristes, desesperanzados. Busca a los amados por los caminos. Sigue sin esperar que lo comprendan todo. Pero quiere que cuiden la esperanza de su resurrección. Que ellos con su vida sean portadores de una esperanza que ya nunca va a morir. Jesús ha vencido a la muerte para siempre. Ya el mal no tendrá jamás la última palabra. El amor es más fuerte que el odio. El perdón más grande que la venganza. La misericordia es más poderosa que el castigo.
Me conmueve esa Iglesia primitiva que se levanta de las cenizas. De la muerte de un solo hombre nacen miles que están dispuestos a dar la vida por Aquel que ha vencido a la muerte: «A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo». Aquellos discípulos tenían miedo y se escondían o regresaban a su casa en otra pueblo lejos de Jerusalén o volvían a su lago de siempre a hacer lo que siempre habían hecho, pescar en sus barcas. Esos hombres rotos, inseguros, pobres, heridos no eran capaces de alzar su cabeza y vivían con miedo. Esos pobres hombres se encuentran de pronto con que Jesús está vivo. Les envía el Espíritu Santo y se convierten en apóstoles audaces que son capaces de incendiar el mundo con sus vidas, con sus palabras, con su testimonio: «El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró: – Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte. Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro». El corazón del que se ha encontrado con Jesús resucitado está lleno de fuego, de esperanza, de vida. Ese corazón enamorado no puede dejar de seguir los pasos de su Maestro. El miedo ha sido vencido y el mundo se vuelve pequeño para aquel que ya no tiene nada que defender. La muerte fue derrotada y la vida es para siempre. El corazón de estos hombres está lleno de esperanza. Me gusta mirar a la Iglesia primitiva que no tiene fronteras. No tiene límites. Jesús los envió a bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Ellos confían y no temen. Lo han entregado todo, ya han soltado sus certezas y seguridades. Jesús los guía por caminos nuevos. Han vencido al Maligno. Ya nadie podrá quitarles el poder que Jesús ha sembrado en sus corazones. Me gusta esta mirada de los primeros cristianos. Creen que será poco el tiempo que habrá que esperar hasta que Jesús vuelva y por eso no tienen miedo. El presente es lo que tienen y no será mucho el tiempo del que disponen. Se ponen en marcha y se arriesgan. Están dispuestos a morir por defender el nombre de Jesucristo. En su nombre sanan a los heridos y salvan a los que están perdidos. En su nombre son posibles los milagros y la salvación. La primera Iglesia es la de los mártires. Y de la sangre derramada por los mártires nacen nuevos cristianos. Me cuesta reconocer la Iglesia actual en la que vivo al recordar esa primera Iglesia que nacía en la fuerza del carisma y de la presencia de los apóstoles y aquellos primeros que habían vivido con Jesús. Fueron perseguidos porque vivían de una forma diferente. Fueron rechazados, odiados, hasta que un día en el siglo IV se encontraron con que el cristianismo era la religión oficial del Imperio. Y entonces todo cambió. Pienso en esa comunidad ideal que Lucas describe, lo compartían todo, celebraban la eucaristía en las casas y eran una sola alma, un solo corazón. Esa comunidad especial, llena del Espíritu Santo en el que no había divisiones ni rupturas. Pienso en esos primeros cristianos tan enamorados que no tenían límites, no se ponían barreras, ya no se escondían aunque el hecho de ser visibles pudiera significar su muerte. Estaban dispuestos a morir mártires por Jesucristo. Me cuesta a veces la rigidez en la que yo mismo puedo caer con demasiadas normas. Me siento apresado entre miedos y normas que me impiden crecer. Tal vez ya no esté dispuesto a dar la vida. Es como si se hubiera apagado el fuego de aquel primer amor que lo cambió todo. Creo que es posible contagiar algo de ese fuego primero a los cristianos de ahora. Es posible compartir esa fuerza, esa pasión, esa manera de ver las cosas. Pienso que mi vida puede ser más ligera, menos rígida, más alegre y llena de esperanza si me dejo llevar por el Espíritu Santo. Creo en el poder del Espíritu que es capaz de cambiar mi corazón y vencer mis miedos. El Papa Francisco decía que prefería una Iglesia accidentada antes que una Iglesia acomodada. Y a veces me siento demasiado cómodo, demasiado en mi lugar, demasiado seguro. Ya no tengo miedo a perder nada. Hasta he perdido la motivación para llegar más alto, rumbo al cielo. Pienso en tantos santos que han dado su vida por seguir a Jesús y quisiera parecerme a alguno de ellos. Quisiera ser tan dócil a la voluntad de Dios como lo fueron ellos. Tan abierto al Espíritu y tan libre para estar siempre dispuesto a perderlo todo por amor.
Me impresiona siempre recorrer al camino a Emaús. Caminar con los discípulos que regresan a su casa apesadumbrados: «Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: – ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Regresan a Emaús, esa aldea a la que pertenecen. Son dos discípulos desconocidos. No están en las listas, no tienen un nombre que nos resulte familiar. Cleofás y un segundo sin nombre. ¿Sería el mismo Lucas que escribe el Evangelio? Es difícil saber de dónde salen. Lo único que sé es que están tristes. Han perdido la esperanza. Ya no sueñan porque Jesús ha muerto, lo han matado y sus esperanzas han muerto con Él. Se lo explican a Jesús que parece no saber nada: «Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: – Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». Lo primero que me conmueve es que Jesús recorre muchos kilómetros en vano sólo por amor, sólo por dos. Toma una dirección equivocada para rescatar al que estaba perdido. Jesús se compadece de mí cuando me alejo de Él, cuando recorro caminos diferentes a los que Él quiere para mí. Se compadece de mí. No me espera en Jerusalén por si regreso sino que se pone en camino a buscarme. Quiere estar conmigo, a mi lado. Quiere caminar junto a mí. Me impresiona esa mirada de Jesús sobre mí. Me busca, me persigue, me acompaña. Siempre me ha conmovido. ¿Por qué a mí? Me pregunto muchas veces. Invertir tiempo y esfuerzo para buscarlos a ellos, para buscarme a mí. Podría haberme dado por perdido o podría haber esperado a que regresara cuando la noticia de su resurrección fuera conocida por muchos. No le importa el tiempo, ni el esfuerzo. Va a buscar a los dos discípulos por puro amor. La gratuidad no la entiendo. Vivo en un mundo en el que no se cree en ella. Hay pocas personas que la practican. Lo normal es que yo haga algo por mi hermano esperando recibir algo a cambio. No es gratuito, es interesado. Esa actitud es la que hace daño. Me acostumbro a dar para recibir, acompaño para que me acompañen, doy para que me den algo a cambio, como retribución. Lo gratuito incomoda. Me manejo mejor con lo que merezco, con lo que he pagado, con lo que me corresponde. Y siempre me parece más justo, a cada uno lo suyo. Pero Jesús me enseña el sentido profundo de la gratuidad. Dar hasta que duela, hacer cosas que parecen poco importantes, pero que en el fondo importan mucho, sólo por amor. Jesús no fuerza nunca, escucha, se pone a mi lado, espera, aguarda. No me exige el cambio, sólo me acompaña en el camino. Me cuida cuando sufro y escucha mis penas. Es lo que hace en este camino, escucha las quejas y penas de los discípulos. Viven sin esperanza y no le encuentran un sentido a lo que ha pasado. Se sienten solos y su vida vuelve al comienzo de su historia, a su pueblo natal. Jesús me escucha a mí cuando le cuento mis penas, cuando me quejo, cuando lloro y me angustia. Me da tanta paz saber que es así. ¿Cuáles son mis penas en el camino que hoy recorro? Quisiera escribir la lista de todos los motivos que tengo para estar triste y desesperanzado muchas veces. Quisiera comprender más cosas y me gustaría alegrarme con los pequeños regalos del camino. Dios me quiere mucho pero pierdo la alegría con frecuencia. A veces son los demás con sus comentarios los que me hacen daño. A menudo no sé manejar muy bien mis emociones. Los rencores y el resentimiento se hacen fuertes en mi corazón. Me angustia el perdón que no consigo dar. Sufro la soledad y no soy capaz de alegrarme en el camino. No todo sale como esperaba y me duelen el fracaso, las derrotas, las pérdidas. Sueño y veo que muchos de mis sueños no se hacen realidad. ¿Cuáles son hoy mis penas, mis dolores, mis tristezas, mis cruces? ¿Qué me gustaría cambiar en mi vida, qué me gustaría que fuera diferente? ¿Qué personas me han hecho daño y no consigo perdonarlas? Duele el rechazo y la condena de los demás. Me duele que me hieran con frecuencia. Me apena que la vida no esté llena de luz como a mí me gustaría. Hay pérdidas que no supero. Fracasos que no consigo olvidar. Muertes que me rompen por dentro. Hay enfermedades que me producen angustia. Hay decisiones de los demás que no logro digerir. Hay juicios de los otros que me duelen en lo más hondo. Hoy miro a Jesús que camina a mi lado y escucha. Le cuento todas mis tristezas y me desahogo a su lado. Lo cierto es que al hacerlo le pongo nombre a lo que me pasa. Por eso me ayuda hablar con alguien, decirle lo que siento, contarle lo que hay en mi corazón. Como esos discípulos que cuentan que las mujeres han visto que no está el cuerpo y también lo han visto Pedro y Juan, pero aun así no se quedan para averiguar qué hay de cierto en todo eso. Me parece tan extraño. No esperan, se van y eso que ya hay señales. En ocasiones, al ponerle palabras a mis penas, veo que no son tan grandes como me parecían en el silencio.
Jesús les escucha y después les habla. ¿Cómo habla Dios en mi corazón?: «Entonces él les dijo: – ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria? Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras». Jesús les da respuestas que no tenían. Son torpes y necios, no entienden lo que Dios quería para Jesús, para ellos. Yo tampoco entiendo tantas cosas. A menudo pierdo la paz, me entristezco y le cuento a Jesús una y otra vez lo que me pasa. Le pido explicaciones. Y Jesús calla, no siempre me dice lo quiero oír, no me lo explica, no me aclara lo que ha pasado y por qué ha pasado. Me cuesta ese mutismo de Jesús en mi vida. ¿No me habla Jesús en mi camino? Es necesario hacer silencio, callar, eso es lo primero. Sin silencio no es posible escuchar. Ni siquiera escucho a mi hermano cuando me habla y yo estoy pensando en mis cosas o buscando razones para rebatir lo que me está contando. No tengo claridad para saber, para entender. ¿Cuándo me habla? Pienso en las veces en las que me ha hablado Jesús. A veces siento que no me habla, pero un fuego arde en mi alma en medio del silencio. Esto es lo que los discípulos sintieron en el camino: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Hay momentos en mi vida de cielo, de luz, de fuego. Momentos en los que quizás no entiendo todo lo que pasa, no sé por qué pasa y no encuentro la paz que quisiera encontrar, pero el fuego calienta mi alma. Me siento feliz, encuentro que el corazón se llena de luz. Los discípulos quizás escucharon sin entender. Les habla del Mesías, les dice que todo tenía que ocurrir así y aun así siguen su camino a Emaús. No piensan en volver. Jesús no los convence. No comprenden todo, sólo sucede que se sienten felices al lado de Jesús. ¿No me pasa eso muchas veces en la vida? Hay personas que me dan paz, me alegran el corazón. Estar con ellas es como tocar el cielo en la tierra y descansar. A su lado todo es fácil. El corazón se llena de fuego, de luz. Tienen algo, quizás una presencia de Dios en sus vidas que se contagia, como el fuego que prende otro fuego. Así son y así era Jesús. Le buscaban los discípulos, los que habían sido curados por Él y todos los que a su lado tenían más paz y se sabían amados. Ese día los dos discípulos supieron que Jesús tenían fuego en el alma y ese fuego había contagiado sus corazones. No sabían por qué, todavía no entendían. A mí me pasa muchas veces. Estoy en paz con Jesús aun cuando no tenga todas las respuestas y no me responda a todas mis preguntas o no me resuelva mis cruces y dolores. Hoy quiero unirme a estos discípulos y hacer mías las palabras del salmo: «Señor, me enseñarás el sendero de la vida. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Yo digo al Señor: – Tú eres mi Dios. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano. Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha». Quiero buscar siempre a Jesús. Que Él le dé paz a mi alma aun sin respuestas. Que me llene el corazón y me haga sentir un fuego en mi interior. Quiero que su paz sea siempre mi paz. Jesús no siempre me va a contestar a todas mis dudas. No siempre voy a comprender sus palabras y lo que me pasa. No habrá claridad en medio de la noche. En esos momentos, cuando el miedo se apodere de mi alma, quiero encontrar la paz con Jesús. Quiero simplemente caminar con Él, estar a su lado. Dejar que el tiempo pase y los silencios se llenen de su presencia. Quiero que la paz me inunde el alma. No quiero vivir de otra manera. Siempre pienso que este camino de Emaús es mi propio camino. El de las dudas y los miedos. El de las preguntas sin respuestas y las posibilidades que no siempre se hacen realidad. El de las tormentas y los días soleados que no me dejan respirar. El de los tesoros que encuentro y el de aquellos otros que nunca logro dar con ellos. Es el Jesús que se queda en mi barca para que no tenga miedo, apaciguando las tormentas y calmando las olas. Es el Jesús que me grita desde la orilla para que vaya con Él a compartir la mesa después de una pesca milagrosa. Es el Jesús que me abraza y me deja meter la mano en su costado. No espera que lo comprenda todo, sólo quiere que vaya de su mano, que confíe, que suelte mis miedos, que deje de agarrar la vida, que la deje ir, que no me aferre a lo que me da seguridad y confíe que todo va a ser mejor de lo que ahora parece.
Jesús parece que va a seguir de largo y ellos quieren que se quede: «Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: – Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan». Jesús se queda con ellos y come en la misma mesa. Parte el pan pare ellos y entonces lo reconocen. Le piden que se quede porque arde su corazón y están emocionados de tenerlo a su lado. Sus palabras han cambiado su alma. No comprenden más que antes pero tienen mucha paz. No quieren que se vaya como yo no quiero que se alejen de mí esas personas que me dan paz, me dan alegría, iluminan mi corazón, me calman. No quiero que se alejen los que me escuchan, los que me sostienen. Quiero que se queden conmigo, a mi lado. Su presencia calma mi corazón. Ellos quieren que Jesús coma con ellos en su pueblo. No han cambiado de idea, simplemente quieren seguir al lado de ese peregrino que les ha hablado al corazón. Comen con él y entonces se caen las escamas de los ojos y comprenden. Ven que es el resucitado, que Jesús está vivo y el corazón se llena de esperanza. Todo lo que habían escuchado tiene un nuevo sentido. Ahora lo ven claro y deciden volver a Jerusalén. Ya Emaús deja de ser importante. Sus orígenes, su familia, su tierra pasan a un segundo plano. La esperanza vuelve a sus corazones y se llenan de alegría. Vuelven a contar lo que han visto y oído para compartir esa inmensa alegría. Creo que en mi vida hay muchos momentos de Emaús. Momentos en los que parece que las cosas no encajan, cuando la tristeza es más fuerte que la alegría y la desesperanza parece robarme la sonrisa. Momentos en los que mis sueños se han caído y sólo queda esa realidad áspera con la que me enfrento. Y entonces sucede el milagro. Una comida, un momento de intimidad, una mirada, unas palabras. Una eucaristía en la que todo parece llenarse de luz. Comprendo sin comprender, me alegro sin que nada haya cambiado. Porque no es la realidad la que provoca mi frustración y mi tristeza, sino mi forma de encararla, de mirarla, de enfrentarla. No es el presente el que me quita la paz sino mi forma de vivirlo. Quiero llenarme de alegría en esta Pascua. Sé que mis sueños, muchos de ellos, nunca se harán realidad y me dolerá el alma en lo más profundo. Y sé al mismo tiempo que brotarán otros, surgirán otros caminos que parecían imposibles y volveré a sonreír. ¿Acaso no ardía mi corazón cuando Jesús me hablaba? Lo que parece imposible se hace realidad. ¿Hay algo más imposible que conseguir que mi corazón se renueve y vuelva a la vida? Jesús lo puede hacer posible si le dejo hablar, si guardo silencio, si escucho con el corazón. Momentos de intimidad con aquellos que me hablan de Jesús con su mirada, con sus palabras y sus silencios. Me gustaría que mi vida tuviera muchos momentos de Emaús. Momentos en los que Jesús se queda conmigo y me habla en lo secreto del alma y me dice que confíe. Momentos en los que los demás son un reflejo del amor incondicional de Dios en mi vida. Son momentos sagrados que recuerdo con mucha ternura. Mi corazón ardía y comprendí que todo es posible para Dios. Él puede hacer milagros, puede conseguir lo imposible. Ahora parece posible lo imposible. El hombre ha vuelto a la luna y lo que parecía imposible de alcanzar se ha tocado. Las fronteras de mi naturaleza humana se han superado. Parece que todo es posible para el hombre. Como si pudiera alargar la vida hasta el infinito y vencer todas las enfermedades que amenazan con destruirlo. Es como si el hombre jugara a ser Dios y lo consiguiera. Pero luego las guerras me demuestran que el hombre no es Dios y en esa lucha fratricida se destruye. Es difícil ser hermano si no tengo claro a qué Padre pertenezco. Si no hay un Dios misericordioso que cuida todos mis caminos. Me gusta volver a Emaús cada mañana, cada día. Reencontrarme con el Dios de mi camino y comprender que a su lado todo cobra sentido y tengo paz. Me gusta esa mirada de Jesús que se queda conmigo cuando se lo suplico. Yo no lo veo tantas veces y regreso abrumado a Emaús. Él me sigue por los caminos para que no me pierda y me dice que Dios me ama de una manera que es imposible. Me ama sin condiciones, sin exigir mi cambio, sin pedirme que deje de ser quien soy. Me ama en mi miseria, en mi pecado, cuando no tengo méritos que me hagan acreedor de un amor que es misericordia. Quiero volver a Emaús para que me abrace, me sostenga, me recuerde que mi vida sólo tiene sentido si se la entrego cada mañana. Me da miedo dudar, me da miedo acostumbrarme a la derrota, a la caída. No levantarme para volver a empezar. Me asusta perder la esperanza para siempre y dejar que la tristeza me hunda. Quiero hoy volver a Emaús para abrazar a ese Jesús que camina conmigo cada día.
[1] El hijo del Reich, Rafael Tarradas Bultó