Isaías 50, 4-7; Filipenses 2, 6-11; Lucas 19, 28-39
«Id a la aldea y al llegar encontraréis un asno atado que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Si alguien os pregunta por qué lo desatáis, respondedle que el Señor lo necesita»
29 marzo 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«Hay muchas alegrías cotidianas en mi vida. Alegrías que llenan el corazón. Pueden que no duren toda la semana. No importa, no por eso dejo de alegrarme con victorias parciales»
Me gustaría aprender a mirar mejor. Mirar con el corazón en el corazón de mi hermano. El otro día escuchaba de un experimento que se hizo. Llevaron a un grupo de personas a una habitación y les pidieron que se fijaran en los objetos de color rojo que veían. Ellos los memorizaron y acto seguido, en otra sala, les pidieron que cerraran los ojos y dijeran qué objetos azules habían visto. Ante esta pregunta se quedaron desconcertados. Y es que la mirada encuentra siempre lo que busca. Si busca objetos de color rojo, no verá los de color azul. Si busca las cosas malas, las encontrará siempre, antes que las buenas. Lo feo destacará si lo busco. Por eso cuando lo que busco son los defectos de los demás y de la vida seguro que los hallaré. Alguien hará las cosas mal o algo no estará perfecto. Entonces miraré las cosas desde la oscuridad. Me parecerá mal lo que han hecho y me indignaré. Por eso tantas veces no soy capaz de ser feliz, porque me fijo más en lo que me falta, en lo que no tengo y tienen los demás, en lo que he perdido. Me quedaré con lo que no ha salido bien y no con lo que ha salido de forma perfecta. No soy feliz porque tengo una mirada demasiado selectiva. Llego a la realidad con una idea de cómo debería ser esta y me enojo y sufro cuando no coincide mi deseo con lo que veo delante de mí. Aprender a mirar implica dejar atrás lo superficial, la belleza que está de moda, el aspecto ideal que el mundo reconoce como valioso. Me paso la vida buscando lo que no tengo, lo que no he alcanzado. Me gustaría tener ojos nuevos para aprender a alegrarme con los éxitos de mi hermano sin pensar que yo nunca he conseguido tamaño logro. Vivir con una mirada enferma acaba enfermando mi entorno, mi mundo, mi vida. Dios quiere enseñarme a mirar con ojos nuevos. Por eso, cuando pienso en recuperar la vista, el corazón se alegra. Cuando el hombre vivía en la selva estaba acostumbrado a ver los posibles males que podían sucederle. Una fiera salvaje que irrumpiera en el campamento. Una tormenta brutal que inundara todas sus posesiones. Con el tiempo he mantenido ese estado de alerta. Vivo previendo males posibles. Veo la noche y pienso en lo que la oscuridad puede ocultar. Veo unas nubes e imagino la tragedia que pueden traer consigo. Me asusto y creo en mi interior un estado continuo de alerta. Por eso vivo a la defensiva, porque veo cosas malas que pueden suceder si no me defiendo, si no me protejo, si no me escondo y evito los riesgos. Por eso me resulta más fácil huir de las aventuras, evitar los riesgos que tiene esta vida y sentir que todo puede estar mejor si no me la juego. Si no hago cosas que tienen en sí el riesgo de salir mal. Porque todo el que se arriesga puede perder. Todo el que apuesta por algo grande, puede quedarse a medio camino. Mejor no construyo una casa nueva si no cuento con todos los medios para llegar al final, para conseguir pagar hasta la última deuda. Vivir de esa forma me convierte en una persona acomodada, aburguesada y con una corta mirada. Las personas con mirada de larga distancia no viven agobiadas por el presente, no se detienen en lo que ahora parece un obstáculo insalvable. Confían, esperan y se la juegan. Pueden fracasar, eso es cierto, pueden no estar a la altura de lo que el mundo y ellos mismos esperaban. Pero al menos no podrán decirse nunca esa famosa frase que mata la ilusión y produce tristeza: y si lo hubiera intentado… Si nunca lo intento no sabré nunca si se hubiera podido conseguir. Puede que no lo logre pero al menos no me quedaré con las ganas de haberlo intentado alguna vez. Me gusta la mirada que mira a lo lejos y mira dentro. Mira a lo lejos en horizontes inalcanzables. Cuando todos a su alrededor le dicen que es imposible, que no lo va a conseguir. Esa mirada me permite soñar con alturas inalcanzables y con playas lejanas que me parecen maravillosas en sueños. Puedo conformarme con la mirada de la mosca que se fija sólo en lo que tiene muy cerca, en frente y no se arriesga mucho porque no ve nada más. La corta distancia me ayuda a ver los posibles obstáculos de ahora. Pero también me confronta con los muros que me parecen insalvables. Aprender a mirar lejos va unido con aprender a mirar el corazón, lo más hondo de la vida y de las personas. Tiene que ver con las raíces. Con la hondura del mar, con el ancho de los cielos. Le pido a Dios un corazón nuevo para no vivir atado a los prejuicios que no me dejan ver la realidad sin ideas preconcebidas. Siempre me puede sorprender lo que veo. La capacidad de asombro y el valor para vivir nunca los quiero perder.
El miedo, dicen que se vence con valor. Como si bastara un acto valiente para vencer esa angustia que anida en el pecho y me quita la paz. Esa paz que resulta tan cara y se escapa tan veloz. Como si nada de lo importante importara cuando huye y me deja vacío. El miedo a la muerte es tan concreto. La muerte propia y la de los seres más queridos, los más cercanos. Los indefensos porque no se pueden defender. Los débiles que se ven amenazados continuamente por las contingencias de este mundo incontrolable. El miedo a que el futuro no me dé la alegría que me da el presente. El miedo a perder, a no tener, a no conseguir, a no alcanzar. El miedo a defraudar a los que han creído en mí, porque llevo grabado en el pecho el deseo de agradar, de responder a todas las expectativas del mundo, de los que me rodean. El miedo a no ser la mejor versión de mí mismo y que por eso no me amen, ni respeten, ni busquen. El miedo a ser infeliz toda mi vida haciendo las cosas que no me gusta hacer, viviendo la vida que no quiero vivir. El miedo a repetir los comportamientos que veo en otros, cercanos, parientes, como si estuviera condenado a repetir escenas, actitudes y vicios pasados o presentes. El miedo a dejarme llevar por la corriente y no encontrar dentro de mí la fuerza para oponer resistencia a las aguas que parecen llevarme donde no quiero ir. El miedo a confundirme y herir, abusar y hacer daño. El miedo a menospreciar a quien amo, a no respetarlo, a no tomarlo en cuenta, con mis palabras, con mis gestos, con mis silencios. El miedo a que otros tengan lo que yo deseo y a mí no me alcance esa felicidad que parece llegar a muchos y esquivar a otros. Esa suerte que algunos tienen, porque Dios los favorece, o los mismos astros. El miedo a no estar a la altura esperada, el miedo a llorar continuamente y no ser capaz de mantener la sonrisa en el rostro. El miedo a vivir a medias, sin entregarme, sin darme con alegría a los que me rodean. El miedo a no llegar a esas cumbres que un día me prometió Dios como mi morada definitiva. El miedo a los sueños que parecen inalcanzables, cuando todo se vuelve esquivo y me asusta la vida con todos sus problemas. El miedo a sufrir, porque no soporto los dolores, ni que me hagan daño, ni que me traicionen. Me asusta el beso de Judas, de mi amigo, cuando no lo veo venir y la traición entonces me parece imperdonable. El miedo a lo inesperado, a lo que comienza de un momento a otro y hace que lo más terrible suceda sin poder evitarlo. El miedo a la impunidad que hace que no haya justicia. El miedo al abandono cuando ya antes alguien me ha herido y me ha dejado el corazón demasiado sensible. Decía Jack Canfield: «Todo lo que deseas se encuentra al otro lado del miedo». Todo lo que sueño exige un salto de confianza, un salto en el vacío. Saltar y no pensar que hay una red protegiendo mi caída. No importa la caída. Confío en ese Dios que me guía y acompaña siempre con su mano protectora, y me dice que no tenga miedo, que todo va a salir bien, que no hay problema porque los sueños se harán realidad, en algún momento, cuando Dios lo quiera. Y mientras tanto es mejor arriesgarme y dejar atrás el miedo a fracasar y no estar a la altura. Tal vez de eso va la cuaresma y la Semana Santa. Una opción, un salto en el vacío. Un arriesgarse a perderlo todo poseyéndolo todo al mismo tiempo. El miedo se vence desde el abandono, cuando me dejo hacer, llevar, tomar en brazos, encadenar. Son fuertes las palabras del profeta Isaías: «El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos. El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado». Jesús tuvo miedo. En esa noche oscura de Getsemaní pensó que podría haber habido otro camino, otra decisión, otros pasos menos dolorosos. Pero no pasó de largo ese cáliz y el dolor se hizo concreto, se hizo historia en la carne llagada de un hombre que era Dios. Y así se hizo vida el miedo vencido, el miedo atado a esos árboles de un huerto de olivos. Un miedo amarrado, unas lágrimas vertidas y la paz del alma del que lo ha perdido todo y no tiene nada más que retener para seguir el camino. Porque ya ha confiado hasta dar la vida. El miedo enterrado en un huerto oscuro una noche de jueves llena de promesas, de esperanza. Tengo en el alma el deseo de que todos mis miedos se queden también atados entre las raíces de mis árboles, no me importa. Que se entierren y me hagan sentir que la vida merece la pena cuando se vive sin miedo, sin pretensiones. La soledad duele, y el abismo se abre ante los que han dejado todo a un lado para seguir a Jesús cada día. No importa cuánto valga. No importa cuánto cueste. Seguir adelante en medio de subidas empinadas, sin pensar en el tiempo que llevo caminando, sin hacer caso al cansancio, ni al miedo. Sin pretender que las cosas salgan bien cada mañana.
- José es una figura silenciosa. Calla durante todo el Evangelio. Aparece en silencio, obedeciendo, actuando. Es el protagonista de la vida de Jesús. Sin él se hubieran bloqueado todos los caminos. José es el hombre noble, justo, enamorado de Dios. Tan cercano a Él que lo escucha en sueños y sabe lo que tiene que hacer. No se rebela, no duda, no cuestiona, no manifiesta sus miedos, posiblemente los tendría. Acepta la realidad sin querer cambiarla, sin querer que sea distinta. ¡Cuánto cuesta aceptar que las cosas son de una manera determinada y no querer cambiarlas! Quizás José hubiera soñado con otro camino para su vida, otra realidad, otros proyectos. Seguro que lo hizo. Una cosa es soñar y proyectar otra muy diferente es vivir. La vida siempre me sorprende y no todas las sorpresas son agradables. A veces me duelen las heridas y sufro por lo que tengo o lo que no tengo. Me gustaría cambiar lo que veo, torcerle la mano a la vida para someterla, para que sea como yo quiero. No salen las cosas como yo deseo. «José, hijo de David, no temas recibir a María». Y José hace caso, no se enoja, no teme y acoge a María en su casa con todas las consecuencias de esa decisión tan grande. Porque hay decisiones que duelen, pesan, incomodan. Decisiones que superan la generosidad humana. ¿De dónde ha salido José? Me gustaría ser como él y no tener miedo en momentos difíciles, cuando las expectativas no se cumplen y los sueños se truncan. No tengas miedo es la frase más repetida por Jesús en el Evangelio. Una frase que parece ir contra lo razonable. Porque lo lógico es el miedo. Ante las adversidades, ante las realidades amenazadoras, tengo miedo. Me asusta lo que no controlo, lo que está lejos de mi deseo. ¿Cómo me puede pedir Dios que no tenga miedo si me ha hecho tan frágil, tan débil, tan niño? ¿Cómo conseguir mantener la calma en un mundo en continuo cambio? ¿Cómo enfrentar el futuro sin turbarme? No temas, le dice, y José no teme, o al menos se guarda el miedo en el bolsillo y hace de tripas corazón, como se dice en mi tierra. Se pone el mundo por montera y no deja de hacer lo que tiene que hacer. Me parece imposible. ¿Cómo se puede ir contra la lógica? María espera un niño que no es suyo. Y Él cree que es del Espíritu Santo y acepta a María a quien ama. Más tarde José seguirá obedeciendo órdenes en silencio. Nunca habla, nunca grita, calla, obedece, sus obras lo definen, mucho más que sus promesas. Porque no promete nada, no asegura nada. A veces me encuentro con personas que me prometen muchas cosas. Me dicen lo que van a hacer y cómo y cuándo. Y yo los creo porque quiero creerlos. Luego no sucede lo previsto y las promesas se quedan en el vacío, en una ausencia de hechos, de obras, de gestos. Sólo palabras que se las ha llevado el viento. Me gustan más las obras que las palabras, más las acciones convincentes que las promesas incumplidas. José no le dice a su Padre que va a cuidar de María, simplemente la cuida. No le promete que va a encargarse de todo, simplemente obedece: «Toma a María y al niño». A veces me gustaría obedecer a mi manera. Pedir perdón antes que permiso. Hacer las cosas como yo quiero, cuando yo quiero. Digo que sí pero según mis formas, como a mí me gusta y cuando me parece mejor. Esa forma de obedecer no es la verdadera obediencia. Hay un salto en el vacío en la verdadera obediencia. Una confianza en Dios cuando más difícil parece y hay menos seguridades aparentes. Cuando el futuro es incierto y nadie me garantiza que no vaya a tener miedo nunca más. El miedo formará parte del camino. Quisiera aprender de José a ser más niño, más dócil, más silencioso, más receptivo. Se dice que José es un padre justo y fiel. Pero antes que padre es un hijo obediente y perseverante. Se pone en camino, no se turba, no pierde el ánimo, no hace las cosas enojado, o con rabia. No pretende tener todas las respuestas. Toma a María, va a Belén, huye a Egipto, vuelve a Nazaret. Y así, día a día, obedece, ama y sufre en silencio. Obedece sin quejas, sin rabia contenida. Esa actitud me sorprende. Me gustaría saber callar en lugar de tener que decir siempre la última palabra. Callar y escuchar. Callar y abrazar. Callar y ponerme en camino. Callar y seguir soñando y aspirando a las cumbres más altas. Callar y asumir la realidad como un regalo presente que Dios me hace. Me gusta ese hombre enamorado que nunca dejará de amar. Me gustaría aprender a obedecer en esta vida. Reconocer la realidad que tengo ante mis ojos. Besarla y saber lo que tengo que hacer. Ponerme en camino, huir, quedarme quieto, abrazar, contener, sostener, perseverar. Día tras día. Sabiendo que las cosas no siempre salen como uno desea o espera. Eso no importa. Un hombre justo me gustaría ser. Un hombre silencioso en el que dominan las obras, no tanto las palabras. Que nunca haga promesas que no pueda cumplir. Que nunca diga una cosa que no voy a hacer. Que diga sí cuando sea sí. Y no cuando sea no. Que sea un hombre sin doblez, sin engaño. Un hombre que no tenga precio, que nadie pueda comprarme con sus promesas. Que no dependa de lo que los demás piensen de mí. Que no me importe demasiado si me validan o no en lo que hago, pienso o digo. Que no busque continuamente el reconocimiento y la aceptación, agradar, caer bien, cuando sólo me hace falta la sonrisa del Dios que me mira con amor, como su hijo querido. Que no engañe a nadie. Que no dude. Y me ponga siempre en camino cargando con mis miedos, asumiendo la realidad y besando ese futuro incierto que se abre ante mis ojos. Que no huya, que no me esconda y antes de decir lo que no corresponde, mejor guarde silencio.
Los ramos me hablan de fiesta, de triunfo, de gloria: «Conforme Jesús avanzaba, la gente tendía sus capas por el camino. Y al acercarse a la bajada del monte de los Olivos, todos sus seguidores comenzaron a gritar de alegría y a alabar a Dios por todos los milagros que habían visto. Decían: –¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!». Jesús entra en Jerusalén aclamado mientras echan ramos de olivo a sus pies. Los ramos y sus mantos. Era el rey que entraba en la ciudad santa. Un rey salvador al que aclamar en este domingo de ramos. Siempre me conmueve este momento. Una muchedumbre acompañaba la entrada de Jesús. Aclaman hoy, al que días después, será condenado a muerte. Lo aclaman sin saber el peligro que corre. Lo celebran como si fuera vencedor de una gran guerra, como si ya hubiese triunfado, sin saber que le están preparando el camino a su muerte. Entre esos hombres y mujeres habría muchos agradecidos. Daban gracias por la vida de Jesús que los había salvado. Seguramente cada uno tendría su propia historia personal de amor con Jesús. No necesariamente un milagro, quizás a algunos les bastó un encuentro, una conversación, un abrazo. Eso bastaba para que su corazón se enamorara de nuevo. Siempre me ha gustado la alegría de esta fiesta. Un grupo ingente de personas acompañaban al maestro. El Mesías entraba en Jerusalén. ¿Sería realmente el Mesías? ¿No tendría que entrar el Mesías acompañado de un ejército que expulsara a los enemigos de los judíos? Jesús entra en paz, con el corazón inquieto pero tranquilo. No entra venciendo, tampoco entra vencido. No muestra la mansedumbre que mostrará más adelante cuando sea llevado al Calvario. Ahora incluso dice que está bien que lo aclamen: «Entonces algunos fariseos que se hallaban entre la gente le dijeron: –Maestro, reprende a tus seguidores. Pero Jesús les contestó: –Os digo que si estos callan, las piedras gritarán». Las piedras aclamarán si ellos no lo hacen. Aclamarán a Dios cuando no haya nadie que lo haga. Alabarán a Dios las piedras, los árboles, los ríos, los animales, cuando ya no haya hombres que lo hagan. Yo quisiera alabar a Dios y darle gracias por mi historia, por el camino que recorro cada día. Darle gracias por mis días buenos y malos, por mis éxitos y mis caídas. Darle gracias por los milagros de los que he sido testigo y por esos fracasos que me han dolido en el alma. Me gusta pensar en ese Jesús al que aclamo como mi Rey en lo más hondo del corazón. Ya ha vencido incluso en todas mis derrotas. Ha vencido en mi muerte y en mis heridas. Quisiera aprender a dar gracias por lo que tengo y por lo que no he conseguido. Agradecerle por los días que transcurren tranquilos y por los días de guerra en los que sobrevivo apenas. La actitud del que agradece es siempre positiva. No vive sumido en la queja ni en el desánimo, no vive angustiado por lo que ha perdido, ni por lo que ya no tiene. Agradecer es una bendición siempre. El que agradece no se equivoca nunca. Alabar y cantar es algo que ensancha el corazón. Cuando lo hago dejo que salga todo lo que llevo acumulado. Mis penas y mis angustias, también mis ansiedades. Soy consciente entonces de todo lo que he recibido. Dios es bueno y bueno es todo lo que Él hace en mi vida y yo le doy gracias conmovido. Me siento parte de ese grupo de hombres y mujeres que se alegran con Jesús. Van corriendo a su lado y colocan sus mantos a sus pies. Están felices. ¿Cuánto dura la alegría del domingo de ramos? Como la de cualquier día de fiesta. Se vive en presente y eso basta. Es el momento en el que me abrazo con mis seres queridos, con los que amo y me alegro. Hay muchas alegrías cotidianas en mi vida, alegrías de domingo de ramos. Alegrías que me llenan el corazón. Puede que no duren toda la semana y sucedan cosas que me quiten la paz. No importa, no por eso dejo de alegrarme con victorias parciales, con triunfos momentáneos. Sigo feliz a Jesús mientras entra en Jerusalén aun cuando no sepa cómo va a acabar todo. Me alegro por lo que ha hecho por mí, por lo que he vivido a su lado. Me alegro con esa alegría de los momentos sencillos de esta vida. Me alegro con un abrazo que se acaba en un suspiro. Con un perdón dado con intención de ser eterno. Me alegro con unas palabras de ánimo dichas en el momento adecuado. Con una visita cuando estaba enfermo que me ha calmado. Con una sonrisa cuando menos la merecía. Con un silencio cuando esperaba críticas o insultos. Me alegro con una puesta de sol que dura segundos. Con un amanecer que me abre a un nuevo día lleno de esperanza. Me alegro con una melodía que se graba en el corazón y la repito después como enamorado. Me alegro con tu mano tendido, con tu mirada sincera, con tu presencia callada. Me alegro con tu fidelidad y tu entrega. Me alegro cuando me aceptas y bendices, cuando me amas en silencio y sigues a mi lado. Esa es la alegría de este domingo que dura eternamente en el alma, aun cuando dure poco tiempo ante mis ojos.
La importancia de entrar montado en un asno: «Dicho esto, Jesús siguió su viaje a Jerusalén. Cuando ya estaba cerca de Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos diciéndoles: –Id a la aldea de enfrente, y al llegar encontraréis un asno atado que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Si alguien os pregunta por qué lo desatáis, respondedle que el Señor lo necesita. Los discípulos fueron y lo encontraron todo como Jesús se lo había dicho. Mientras desataban el asno, los dueños les preguntaron: –¿Por qué lo desatáis? Ellos contestaron: –Porque el Señor lo necesita. Se lo llevaron a Jesús, cubrieron el asno con sus capas e hicieron que Jesús montara en él». Jesús va subido en un asno y no en un caballo. El Rey de reyes, el Mesías, tendría que entrar en majestad. Subido en un caballo. Pero Jesús elige la humildad de un burro. Un animal virgen, que no haya sido montado por nadie antes que Él. Y así comienza su procesión, con humildad, como un hombre sencillo y humilde, como un rey diferente al que todos esperan. Porque los judíos no sabían de dónde vendría el Mesías esperado y todos sabían que este venía de Belén y luego de Nazaret. Era un hombre cualquiera que se hacía pasar por el Mesías. Pero ese día muchos lo aplauden y gritan: Hosanna. Que significa Dios salva. Porque ahí estaba reamente para salvarnos a todos. Ellos no entendían y pensaban que esa entrada sería un buen presagio. Pero Jesús entra subido en un animal sencillo, sin ejército, sin poder. Un rey sin poder al que cualquiera podría matar. Me impresiona comenzar la Semana Santa con esta actitud humilde. No es la gloria, no es el poder, no es el triunfo. Parece más bien la derrota, la humillación, el desprecio. Un simple asno. Un animal que no puede representar la realeza. María y José se montaron en un asno para llegar a Belén. Jesús entra esbudo a un asno en Jerusalén. Un gesto profético, simbólico. Tenía que ser así, porque Jesús es un rey que no es de este mundo. Es un rey que ha venido a esta tierra a cambiar el corazón de los hombres. Ha venido a amarme, a decirme que me ama, a llorar por mí, junto a mí. Por eso llora Jesús ante Jerusalén, porque no es capaz de ver la verdad escondida bajo la apariencia: «Cuando llegó cerca de Jerusalén, al ver la ciudad, lloró por ella y dijo: – ¡Si entendieras siquiera en este día lo que puede darte paz!… Pero ahora eso te está oculto y no puedes verlo». Jesús llora como hombre, igual que se conmueve ante la muerte de Lázaro a quien amaba. Ama a todos los hombres. Ama a la ciudad de sus entrañas. Ama la vida y ama lo que no entiende. Conoce el corazón humano que es capaz de tanto odio y de tanta incomprensión. Jesús llora y yo lloro con Él. Porque me duele el dolor de este mundo en guerra. De tanto odio y de tanta ansia de poder. Me duelen las injusticias, la impunidad, la violencia y el deseo de venganza. Me duele todo lo que daña el corazón humano. Y lloro. Lloro al comenzar esta Semana Santa junto a Jesús. Lloro de impotencia porque me gustaría que todo fuera diferente, que todo cambiara, que el mundo fuera un mejor lugar en el que vivir, que los hombres fueran más religiosos, más buenos, más santos, más niños. Me gustaría que hubiera paz en todos los corazones y amor, un amor verdadero y generoso. Pero no sé por qué desde que soy niño el egoísmo se mete en mis entrañas. Y aprendo a decir mío antes que tuyo. Y me peleo por guardar en mi poder lo que deseo aunque tú no lo tengas. Y si me haces daño no soy capaz de perdonarte porque el rencor y el resentimiento me llevan a querer incluso llegar a la venganza. Lloro como Jesús ese día antes una Jerusalén llena de violencia y de odio, llena de deseos que se confunden. Una Jerusalén en la que no reina la paz. Allí entra Jesús, como un cordero llevado al matadero. Él es consciente del rechazo que hay en muchos corazones hacia su persona. Lo sabe. No ha querido calmarlo con actitudes más políticas y conciliadoras. Ha sido fiel a su misión, a lo que tenía que hacer. Toda su predicación y los ejemplos que puso, sus milagros y todos sus gestos proféticos, son hirientes. Incluso hasta el hecho de entrar montado en un asno. Jesús llora porque no es comprendido, porque la gente no cambia de actitud y de vida con su amor. Porque se han cerrado en su rabia y no son capaces de amar a todos. Llora porque no hay unidad, ni comunión, porque no se ama al extranjero y se odia a esos romanos que ocupaban su territorio. Llora porque ese reino que comienza con su llegada no es visto con buenos ojos, porque el corazón humano no entiende la humildad de su reinado ni tampoco su impotencia. Llora Jesús porque Jerusalén no quiere que cambie la actitud de sus jefes y se va a permitir una injusticia terrible con su muerte. Llora anticipadamente por Judas que lo traicionará con un beso, por esos fariseos que se enojan con Él y quieren matarlo y lo juzgarán en la noche aunque se trate de un juicio totalmente injusto, porque se salta sus propios procedimientos. Llora porque los suyos van a sufrir y llora con ellos, porque aún no entienden y no saben lo que está por venir. Llora porque nada está saliendo como él soñaba y los suyos tienen miedo y no acaban de entender todos sus gestos y palabras. Llora porque los corazones de los judíos están endurecidos y no es posible correr la losa que los cierra para que tengan vida y esperanza.
Comienza la Semana Santa con un ramo de olivos en mis manos. Con la sensación de estar reviviendo esa misma historia que me duele cada año. Y hago mías las palabras que hoy escucho: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere. Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Los que teméis al Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel». Jesús se entregó por amor a los hombres. Dejó su condición divina para hacerse uno de nosotros: «Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre». Y así, humillado, derribado, Jesús vence. Pero ya lo predijo Él que iba a pasar. Nadie es profeta en su tierra. Sus palabras proféticas, esas que hoy escucho, me impresionan. Jesús habla así de esa Jerusalén que dejará que lo maten esos mismos días: «Pues van a venir días malos para ti, en los que tus enemigos te cercarán con barricadas, te sitiarán, te atacarán por todas partes y te destruirán por completo. Matarán a tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no reconociste el momento en que Dios vino a salvarte». Vendrán a matar a los habitantes de Jerusalén, porque no fueron capaces de descubrir que Dios venía a salvar a su pueblo. Me gustaría darme cuenta de que Jesús viene a salvarme. Viene a verme en este día, en estos días santos, en esta semana que me ayuda a ver el sentido de mis días. Jesús viene a salvarme. Jesús muere para salvarme. Es cierto que ya antes de su muerte, todo lo que hizo, fue para salvar a los hombres, para sacarlos de su enfermedad, de su dolor, de su muerte. Fue para que tuvieran claridad respecto a lo que tenían que cambiar en sus vidas. Pero los hombres no pudieron hacerlo, no lo vieron, o viéndolo, no fueron capaces de actuar en consecuencia y hacer el bien, ni cambiar de vida. La Semana Santa, cada año, es una nueva oportunidad para cambiar de vida, para creer, para profundizar en mi fe. Me sitúa ante una disyuntiva: o sigo los pasos de Jesús o me escondo y huyo buscando un lugar seguro en el que quedarme. Desde el domingo de ramos tengo la obligación de optar. Ese mismo domingo o participo de la alegría de Jesús que viene a salvar a su pueblo, o no lo aclamo como Mesías. Mesías, el ungido, Cristo, el enviado de Dios. Creo en Él y lo manifiesto con mi ramo de olivo, o tirando mi manto a los pies de Jesús. Tengo que tomar una postura. O soy de un bando o soy del otro. Lamentablemente no hay medias tintas, no hay grises, no hay tregua. O sigo a Jesús o lo crucifico y me alegro con su muerte. O soy de los que se definen y por lo tanto se arriesgan o de los que guardan silencio por miedo a los que no aman a Jesús. Y es verdad, muchos no amaban a Jesús. Muchos no estaban dispuestos a morir con Él. Incluso sus discípulos tenían miedo. No eran capaces de amar a Jesús hasta ese punto. Por eso se esconden, huyen, tienen miedo. ¿Qué siento yo al comenzar la Semana Santa? ¿Tengo miedos inconfesables que me impiden ser generosos en mi entrega? ¿Estoy dispuesto a manifestar mi fe en público, ante los míos, aunque eso implique rechazo y desprecio? Seguir a Jesús consiste en definirme, tomar decisiones que implican un cambio radical. ¿Quiero cambiar de forma radical o prefiero cambios más pequeños? No lo sé. Me enfrento de nuevo a Jesús que llega a Jerusalén. Predica en el templo. Sana enfermos. Se indigna con los mercaderos en el templo. Se deja lavar los pies con perfume por una mujer pecadora. Cena con sus discípulos y trata de preparar su corazón para lo que está sucediendo. Intentará convencer a Judas de lo inútil de su plan. Querrá que los suyos confíen en el final, como en el Tabor, cuando vieron la gloria de Dios. Querrá proteger a los suyos, a su madre, a los amigos de Betania, a todos. Y yo tendré que seguir sus pasos, rezar en silencio, optar por su Palabra y acompañarlo en su dolor. Yo, con mis miedos y mi paz.