Evangelio según san Mt 23, 1-12
Martes de la segunda semana de cuaresma.
Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: «Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas,
ser saludados en las plazas y oírse llamar ‘mi maestro’ por la gente. En cuanto a ustedes, no se hagan llamar ‘maestro’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen ‘padre’, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco ‘doctores’, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado».
Meditación de Francisco Bravo Collado
Hagan lo que les digan, pero no imiten sus obras
Creo que Jesús, perfectamente podría estar diciéndonos: “Ustedes, católicos del siglo XXI, avanzan muy rápido en juzgar a los demás. Cuando leen estos textos son certeros en señalar con el dedo a quién apunto, quiénes son los fariseos de vuestro tiempo, y sienten que identificando a alguien son libertarios, independientes u originales. Yo les digo que no sean inocentes. Los fariseos son ustedes mismos, que nadie levante el dedo contra su hermano, que nadie lance la primera piedra. Aprendan a ser humildes y conviértanse.”
Cuando leo este evangelio inicialmente imagino que Jesús me habla de los sacerdotes católicos. Ellos serían los fariseos del siglo XX y XXI. Ellos serían quienes dicen lo correcto, pero se portan mal. Pero cuando me detengo a reflexionar un poco más allá, me doy cuenta que no tengo ningún derecho a pensar en eso. Se refiere a mí. Yo mismo soy un fariseo, yo mismo hago lo que creo que no corresponde hacer. Me agrada ser importante, sentirme bueno, que la gente me reconozca. Y en realidad en el día a día no logro vencer las batallas más simples, y tampoco soy un ejemplo digno de imitar. Tengo que ser más humilde y dejar que Jesús sea quien me salve.
Jesús, hermano y Señor, ayúdame a ser más sencillo y a dejar de juzgar a mis hermanos. Ayúdame a tener una mirada abierta y comprensiva como la tuya con la mujer adúltera, y a ser exigente conmigo mismo, como fue Pedro después de negarte. Gracias por llamarme una y otra vez a mantener una mirada más transparente. Perdóname por lo inconsecuente que he llegado a ser, y recógeme nuevamente para que camine contigo hacia la mesa del Padre. AMÉN.