Evangelio según san Mc. 3, 22-30

Lunes de la tercera semana del tiempo ordinario

Santos Timoteo y Tito, obispos

 

En aquel tiempo, los escribas que habían venido de Jerusalén, decían: «Tiene dentro a Belzebú» Y añadían: «Con el poder del príncipe de los demonios expulsa a los demonios». Jesús los llamó y les puso estas comparaciones: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede permanecer. Si una familia está dividida contra sí misma, esa familia no puede permanecer. Si Satanás se ha rebelado contra sí mismo y está dividido, no puede permanecer, sino que está llegando a su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no ata al fuerte; solo entonces podrá saquear su casa. Les aseguro que todo se les podrá perdonar a los hombres, los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás; será considerado culpable para siempre». Decía esto porque lo acusaban por estar poseído por un espíritu inmundo.

 

Meditación de Ángel Mansilla Pena

 

“Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede permanecer. Si una familia está dividida contra sí misma no puede permanecer…”

 

Contundentes y tremendas las sentencias precedentes de Jesús.

A menudo somos víctimas de las astucias del demonio y sus tropelías. Ingenuamente nos dejamos seducir por sus provocaciones y caemos en tentación: prejuicios, envidia, vanidad, ansias de poder, codicia, soberbia y tantas otras miserias que nos conducen al enfrentamiento y hostilidad en nuestra propia patria y no pocas veces en nuestras propias familias, grupos de pertenencia, equipos de trabajo, cofradías, etc. Es que el maligno se nos cuela por todas partes y sin darnos cuenta convivimos con él.

 

De repente nos haría bien examinar nuestras conciencias y escarbar en mis actitudes, reacciones, diálogos, respuestas; y preguntarnos si esas conductas contribuyen a la unidad, a la concordia, a la justicia, al bien común.

Pidámosle a María Reina, plena del Espíritu Santo, que aplaste la serpiente en nosotros y seamos dóciles para construir su reino. AMÉN