Isaías 8, 23b – 9, 3; 1 Corintios 1, 10-13. 17; Mateo 4, 12-23

«Vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: – Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres»

25 Enero 2025    P. Carlos Padilla Esteban

«Quiero tener fe y pensar que ahora, en medio de estos pasos que doy, en medio de los dolores que siento, puedo ser feliz aquí y en este momento. En eso radica la felicidad»

Lo que Dios permita, lo que Dios me dé. La apariencia que contemplo. La que intuyo y deseo. Lo que anhelo y sueño. Lo que es, lo que podría haber sido y ya no será nunca. Lo que la vida se llevó de golpe, sin avisarme, sin darme una segunda oportunidad, sin darme un respiro, sin compensarme por la pérdida. Lo que he ocultado a otros para no sufrir tanto, o para que ellos no sufran, o para que no me juzguen por lo que hice, por lo que callé, por lo que dije. Lo que me he negado a reconocer en mí mismo para no vivir bajo el peso de lo no deseado. Lo que siento, lo que intuyo, lo que me duele, lo que pienso. Lo que deseo cuando deseo cosas grandes. Lo que espero cuando no me contengo y anhelo el infinito siendo el finito tan pobre, tan limitado. Lo que los demás me desean en esta vida. Lo que los otros esperan de mí y nunca lo reciben. La realidad vista desde muchos ángulos, desde muchos corazones, desde heridas profundas, desde deseos insatisfechos. Si pudiera cambiar algunas cosas, sólo algunas. Para vivir apasionado aquí y ahora sin echar nada de menos, a nadie en falta. ¿Será posible hacer las cosas bien cada mañana? No lo sé, tiemblo. ¿Será posible cambiar el mundo que me produce tanta ansiedad y tanta angustia? El miedo al mañana que nunca llega. La soledad que me provoca un dolor insoportable. El vacío, la hondura de los sentimientos. ¿Cómo escribir sobre mí mismo cuando la vida sigue su curso sin detenerse nunca y yo no dejo de cambiar cada momento? Me parece imposible escribir en presente, el ahora, de esa realidad que mañana será otra, diferente. ¿En qué me parezco al mismo yo de hace veinte años? ¿Acaso no habré cambiado demasiado como para seguir siendo yo mismo? Me inventaré un nombre nuevo para caminar despacio, a mi ritmo, por caminos desconocidos que llevan a ninguna parte. No me desanimo, no pierdo la esperanza. Algo cambiará que hará que todo tenga más sentido. La vida será más plena, y el aire más puro. Podré volar hasta las estrellas y por las noches dejaré que el aire acaricie el alma. Siento que tengo todavía mucho que decir a los cuatro vientos. Mucho que escribir para que otros sepan, intuyan y lean. Para que entre muchas palabras se descubran a sí mismos y vean su rostro entre las sombras. Y la vida que trato inútilmente de describir, sientan que se parece a la de ellos mismos. Es lo que tiene ser humano en este mundo tan mundano. Siento que mi boca habla de Dios muy a menudo. Y mi corazón está lleno de mundo. Podría ser al revés, que mis palabras fueran del mundo y mi corazón propiedad de Dios. No creo que sea tan opuesto el mundo y Dios. Creo que es su creación y yo creo en todo lo creado. Creo que el camino más rápido a Dios es tocar lo que Él, con su mano poderosa, ha creado. Son lazos lanzados al mundo y agarrados con mis manos torpes para trepar más alto, para llegar más lejos. El mundo y Dios o Dios en el mundo. Porque quizás el cielo está mucho más cerca de lo que intuyo, de lo que veo, porque no veo nada. El mundo de lo invisible, de las almas, de mi cielo. El mundo en el que Dios es más fuerte y el mal no tiene dominio. Porque yo nací niño, con sentimientos buenos, con corazón amable. Y poco a poco algo se apoderó de mí, un rencor, un resentimiento, un mal naciente desde mis heridas y me vi atado, desbordado, conducido por una cascada de sentimientos incontrolables que me quitaban la vida que apenas era algo incipiente en mi alma. Y tuve miedo de dejar de existir tan súbitamente. Basta con que el corazón no lata más, y se interrumpa y la vida se escape sin poder retenerla. Y por eso me parece que vivir en el ahora es lo que me salva. Pasa el tiempo tan rápido y yo soy tan pequeño en este mundo hostil. Un mundo que amo y lo llevo en el corazón, porque Dios lo puso dentro de mí. Puso en mí el dolor y la angustia, la compasión y los miedos. Y me hizo temeroso por no tener el poder de controlarlo todo, de cambiarlo todo. Como si con una barita mágica pudiera devolver la vida al muerto, la esperanza al que la ha perdido. No puedo hacerlo, sólo Dios puede. Pero no busco milagros para justificar mi fe, para darme a mí mismo un motivo para seguir esperando. No es necesario, espero de cualquier modo y sé que la ilusión no se perderá si sigo caminando, construyendo, piedra a piedra. En cada paso descubro que Dios me dio una alegría al darme la vida. Y yo sólo soy guardián de un futuro que me alegra el alma. Siento pena y dolor por todo lo que podría haber sido. Confío, no temo.

Creo en el poder sanador de Dios en mi alma. Pueden sanar mis heridas y cuando sanen surgirá de ahí una fuerza nueva, una vida más fuerte. Es cierto que mientras sangra la herida, mientras esté abierta, no seré capaz de muchas cosas. Me cerraré en mi dolor. Viviré el duelo. Hay heridas muy profundas que se guardan en la memoria, en lo más hondo del alma. Y no es fácil sanar lo que está herido. Porque hay infecciones, porque lo que parecía posible se torna imposible. Creo que desde mi herida puedo ser fecundo, aun cuando me parece difícil pensarlo antes de que suceda. ¿La vida es injusta o soy yo el que se bloquea ante las injusticias que sufro? No creo que la vida me lo dé todo para que sea feliz. Hay vidas muy complicadas e historias muy difíciles. Y no basta con decir que si crees en ti puedes lograrlo. Y estoy de acuerdo con que si tengo fe en mí mismo podré mirar la vida en presente con ojos llenos de esperanza. No me convence vivir soñando con una realidad diferente a la que vivo ahora. Eso es cierto. No me vale con pensar que mañana va a ser todo mejor, porque tal vez mañana me levante y no haya cambiado nada. Me asusta un optimismo infantil, una fe ingenua que cree que todo va a cambiar de la noche a la mañana. No es cierto, hay injusticias, hay dolores y hay pérdidas. Y no es tan fácil alcanzar las metas que uno se plantea. Quiero tener fe y pensar que ahora, en medio de estos pasos que doy, en medio de los dolores que siento, puedo ser feliz aquí y en este momento. En eso radica la felicidad. No seré feliz cuando se alineen los astros y me resulten mis sueños y proyectos, no cuando todo me salga bien. Mi felicidad no está supeditada a un futuro perfecto que solucione todas las injusticias del presente. Quiero ser feliz ahora, en este momento. Eso es lo más difícil. No pretendo entender el sentido de todo lo que me pasa. No estoy destinado a sufrir una enfermedad, un abuso, una pérdida. No hay una predestinación para que logre sacar lo mejor que hay en mi alma. Pero es cierto que de los grandes fracasos el alma sale fortalecida, el corazón se hace más grande, más generoso. Maduro en la cruz, en el dolor, en la herida. Y justo desde ahí, desde esa experiencia dolorosa que tengo que perdonar y vivir sin guardar resentimientos, podré dar vida a muchos. Y quizás encuentre el sentido de mi vida, su propósito, a partir de aquello que fue el gran dolor de mi vida. El otro día leía: «El dolor nos ayuda a afrontar, y, al final, a aceptar, lo que pasó o no pasó. Y abre la puerta a ver las cosas tal como son y a elegir nuestro rumbo posterior»[1]. Desde el dolor vivido entiendo que Jesús puede sacar luz de mi oscuridad, vida de mi muerte. Y sufrir fortalece mi voluntad y le da sentido a mi vida. «Mis primeros años de consulta privada me ayudaron a replantearme mi herida como algo necesario y útil, y a modelar y desarrollar mis principios terapéuticos más imperecederos»[2]. No estaba destinado a sufrir, simplemente sufrí. Y de ese sufrimiento he salido fortalecido, con más alegría, con más paz. Lo que lo cambia todo es la mirada y el perdón. Aceptar las cosas como vienen y mirar la vida confiando en que Dios será capaz de hacer todas las cosas nuevas. Pero no mañana, sino ahora. En medio del cáncer. En medio del llanto por la pérdida. En medio de la incertidumbre ante el futuro. El sentido de mi vida lo vivo en presente. Es ahora cuando supero el dolor, cuando sin entenderlo lo acepto: «Superar el dolor implica dos cosas: eximirnos de la responsabilidad por todas las cosas que no dependen de nosotros y asumir las decisiones que hemos tomado y que no se pueden deshacer»[3]. Vivo a partir de mis dolores, de mis caídas y fracasos, de mis pérdidas y enfermedades. Vivo desde el dolor asumido que me hace más de Dios, más niño, más pleno. Porque la plenitud no tiene que ver con el trabajo que ahora desempeño o con el lugar con el que vivo o con las personas que me acompañan en este camino. Cada día, cada hora, en este mismo momento, cuando vivo con plenitud mi vida es cuando las cosas tienen sentido. Estoy haciendo vida el talento con el que nací, aquello para lo que estoy hecho. Esa consonancia entre lo que soy y lo que hago, entre mis sueños y la realidad. Pero es ahora, no mañana. Porque es verdad que hay momentos en los que haciendo lo que me gusta soy plenamente feliz y el tiempo vuela. No me aburro, no me angustio, vivo entregando todo lo que hay en mi corazón. Esa verdad que he vivido muchas veces es la que responde a las preguntas que guardo en el corazón, las preguntas más auténticas. Las preguntas sobre el sentido de todo lo que vivo y hago, las que tienen que ver con el sentido de mi vida. Dios ha sembrado en mi corazón un talento, un don sagrado, una fuerza única que proceden de su corazón de Padre. Y quiere que descubra aquello que ha soñado para mí. Quiere que sea fiel a lo que forma parte de mí desde el comienzo.

Mirar el corazón es importante. Escuchar la voz del alma. Decía S. Juan de Ávila: «No basta con tener a Dios en la lengua si se tiene al mundo en el corazón». Y yo me pregunto si hablo mucho de Dios y no lo llevo dentro. O hablo más del mundo que mueve mi alma. Tengo claro que esta afirmación de S. Juan de Ávila no significa que no sea bueno disfrutar de la vida o de las cosas bonitas que el mundo tiene. No significa darle la espalda a las cosas que Dios ha creado para que sea feliz usándolas con libertad y amor. No quiere decir que tenga que encerrarme en un monasterio, renunciar a tener bienes y vivir orando en mi corazón, lejos de las tentaciones del mundo. Porque el mundo también podría meterse en la vida de los monjes. Y muchas veces los hermanos con los que convivo en una vida en silencio pueden ser causa de mi pecado y pueden acabar alejándome de Dios. No se trata de odiar el mundo, porque siempre, haga lo que haga, viviré en él. Siempre seré parte del mundo. Sufriré con los que sufren, lloraré con los que pasan hambre y sufren injusticias, me dolerán las guerras aun cuando sucedan muy lejos de mí. Sentiré las pérdidas de los seres queridos que otros sufren, como si fueran mías. Porque yo amo el mundo. Amo la vida que Dios me ha regalado con generosidad y me ha dado un presente, y un futuro para vivir en el mundo. Amo este mundo en el que vivo, con sus sinsabores y sus inconsistencias. Este siglo mío que pasa y pronto será pasado, como lo es ahora mi juventud y mis años en los que buscaba a Dios entre las piedras de la vida. Amar el mundo supone estar dispuesto a morir por él, como lo hizo Jesús. Porque Él pasó haciendo el bien en este mundo. Quiso hacerse carne de mi carne dignificando mi vida, haciendo grande mi entrega. Amo este mundo que conozco, más que el desconocido. Este mundo que tiene olores conocidos, y sabores, y todos los colores que mis ojos retuvieron un día. Amo esta vida injusta e incompleta, que me llena de alegrías y de temores, de miedos y esperanzas. Este mundo que habito que puede ser mucho mejor, eso no lo niego, pero no por eso lo amo menos. No me da a menudo la felicidad que busco. Quizás por eso me dice el santo que no tenga tanto el mundo en mi corazón. Porque no es bueno que mi paz depende de que el mundo me aplauda, de que las cosas salgan como yo deseo. No quiero que este mundo me haga sufrir cuando intento retener, poseer, hacer solo mío. Este mundo que no me valora tanto como yo quisiera. Mientras yo busco de forma enfermiza que mi fama crezca y el reconocimiento por todo lo que hago. Buscando seguidores que reconozcan el valor de tanto ingenio. El corazón es el centro de mi vida y a menudo tiene más mundo que Dios. Y es que la lengua es rápida, mientras que el corazón es lento. Es fácil decir y escribir, confío en el Señor, cuando brilla el sol en mi vida y todo me resulta. Pero el corazón, ese que está lleno de mundo, de temores y egoísmos, se angustia ante la primera tormenta porque, en el fondo, su seguridad no está puesta en Dios, sino en sus propios controles. ¿A qué le tengo miedo? ¿Qué me hace sufrir? ¿Qué busco por los caminos de la vida? De lo que está lleno el corazón habla la boca. Ahí está mi corazón atrapado en las telarañas tejidas por mis egoísmos. ¿Qué es aquello que si me lo quitan me dejan sin alegría? Ahí están las raíces más profundas de mi vida. Allí, no siempre en tierra firme, sino en arenas movedizas, de esas que se tragan todo y me dejan sin luz, sin futuro, sin presente. Jesús no me pide que me aleje del mundo, que lo odie, que lo deteste, que lo rechace. No quiere que deje de amarlo, sólo me pide que sea libre. No me pide tampoco que sea perfecto, me pide más bien que sea auténtico. San Juan de Ávila no me dice esta frase no para que me sienta culpable, sino para que despierte. ¿Me han tragado las arenas movedizas de este mundo en continuo cambio? ¿O mantengo firme mis principios, mis raíces, mis sueños y verdades centrales en mi ánimo? Quiero que el corazón sea el hogar de Jesús. Que me habite, que viva dentro de mí y me dé su fuerza y su alegría. Pero para que Él entre, hay que ir soltando poco a poco ese mundo que tanto me pesa. No necesito tener la razón siempre. No me da la vida que todos me aplaudan y me sigan. No me llena el corazón el abrazo de toda una humanidad, sino el abrazo de las pocas personas que me aman de forma incondicional. No me da alegría el perdón que no soy capaz de dar. Tampoco ese rencor que siento en lo más profundo. No me paz la ansiedad que me turba ante el futuro. Quiero que Dios habite muy dentro, en mi santuario corazón. Que reine en mi alma su presencia y todo lo que sucede en este mundo desaparezca y no me preocupe tanto como para perder la paz. Vivir en el mundo sin ser del mundo. Amar este mundo sin dejarme arrastrar por sus inconsistencias. Atarme a esos lazos humanos que me llevan al cielo. Usar esos trampolines que ha puesto Dios entre los hombres para que alcance las alturas. ¿Qué tesoro guardo hoy en mi corazón que me impide ser verdaderamente libre? ¿Dónde está puesta mi libertad? ¿De quién depende? Si mi corazón descansa en Dios seré enteramente libre. Quiero que Cristo reine en mi interior. No quiero que los hombres con sus decisiones y sus opiniones volátiles determinen mi felicidad o mi infelicidad. Quiero ser libre. Quiero dejar que Dios reine en mi mundo.

Tengo claro que la fe no es una idea, sino un vínculo. Algo que me ata al cielo y me deja más libre de la tierra. Sé que Dios es la defensa de mi vida, como hoy escucho: «El Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor». Si Dios es mi defensa puedo entonces soltar las armas con las que intento protegerme de lo que me hace daño, solo, sin ayuda. ¡Cuántas veces he caído en el perfeccionismo, en el control, en el valor de la imagen! Controlo para no perder, para que no me hagan daño, para no dejar de tener lo que ahora tengo. He buscado guardarme para que nadie me hiera. He intentado proteger mi fama, mi honor, defendiéndome de los que me agreden. He vencido el miedo y me he puesto manos a la obra, para espantar los fantasmas que no me dejan ser feliz. Me quedo pensando. ¿De qué muros o defensas humanas me puedo desprender hoy para que sea Dios quien realmente me custodie? ¿A qué le tengo tanto miedo que me impide descansar en su luz? Es verdad, que en medio de mis sombras, me siento seguro. Me he escondido para que no me vean, para no ver. Para que no me hagan daño he ocultado mis debilidades, mis heridas. He dejado atrás lo que no me hace feliz y he pretendido salvarme de mí mismo. Es tan difícil dejar que sea Dios el que me proteja cuando siento que soy yo el que mejor se protege a sí mismo. Soy yo el protector principal de mi gloria, de mi fama. No tanto ese Dios esquivo que pretende ser mi defensa. ¿Dónde está cuando más lo necesito? ¿Dónde se esconde cuando vivo perdido en medio de mis crisis y tormentas? Su oscuridad no es luz. Pero hoy escucho: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín». Yo camino en tinieblas porque me siento más seguro y protegido. Más dentro de los límites que puedo controlar. Y Dios me dice que Él es mi luz, la defensa de mi vida. Si me siento tan indefenso y no veo su poder. Quisiera aprender a simplificar mi deseo. Creo que la santidad tiene que ver con priorizar el amor. No se trata de hacer muchas cosas para Dios, sino de estar con Él. De quedarme en su luz, en su casa, en su presencia. Porque su amor cercano e íntimo, ese amor al que me vinculo, ese Dios al que me uno, es el que me da la vida. La luz y la vida. Quisiera simplificar mis deseos. Es tan basto este mundo y tanto lo que me ofrece. Hay tantas cosas que quiere que haga, que viva. Es tanto lo que puedo hacer y tanto lo que puedo evitar. Me duele el alma por dentro. Quisiera esperar siempre en Dios y ser valiente. Esa espera no es pasiva, es una espera llena de esperanza, activa. El cielo ya está dentro de mí cuando dejo que Jesús camine por mi alma. Cuando callo y dejo que su voz se haga fuerte en mis silencios. Dejo que sus manos me sujeten con fuerza. Y dejo que su abrazo me calme de todas mis ansias y angustias. Parece tan sencillo dejarse hacer. Como si todo estuviera por hacer en mi propia vida. ¿Cómo me desprendo de los miedos inconfesables que me atormentan? ¿Por qué no dejo de alejarme de todo lo que me hace daño? No enfrento mis enemigos y huyo, me escondo. Hoy Dios me dice que es mi luz, mi protector, mi calma, mi paz. Y yo me creo que es verdad todo lo que me desvela su palabra, pero no sé cómo vivir de esa manera que merezca todo la pena. Esa luz que brilla en la noche se hace presente en Jesús: «Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: – Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». Jesús es la luz que brilla en las sombras. Me gustaría ser esa luz que brille en la oscuridad. Quisiera brillar no con mi luz sino con la de Cristo. Hay demasiados miedos y demasiadas noches en mi alma. Demasiada tristeza que todo lo invade. ¿Cómo se acaba con la tristeza si no hay alguien que me saque de ella? Es como querer salir de las arenas movedizas sin nadie que tire de mí desde el exterior. La tristeza no se resuelve sonriendo. Una sonrisa puede esconder una tristeza muy honda, pesada, densa. Quisiera poder ser luz para el que vive en tinieblas. Levantar el ánimo del que no sonríe. Hacer más liviana la carga del que se arrastra bajo el peso de su propia vida. No es sencillo hacer sonreír al que está triste. Y no se puede salvar al enfermo. Sólo Dios puede hacer los milagros, yo sólo puedo acompañar el dolor ajeno, ser puente de esperanza, puerta que dé alegría. Puedo ser luz que brille en el desierto con la luz de Dios que brilla dentro de mí para dar luz a otros. Quisiera hacer posible esos milagros que se escapan a mi control. Sólo le pido a Dios que me ayude a caminar con miedos en el alma. Que no me suelte de la mano en medio de las tormentas. Que no me deje solo y sea siempre mi defensa.

La unidad es un don muy frágil, un sueño que se destruye rápidamente. Hoy escucho: «Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir. Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo». ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo? Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo». A veces, sin darme cuenta, me construyo pequeños altares. Me descubro diciendo: «Yo soy de este grupo, de esta corriente, de esta forma de pensar». Y en ese afán de pertenecer a un grupo, a una familia, termino fragmentando el Cuerpo de Cristo que habita en mí. Me pregunto si no estaré usando mi fe para separarme de los demás en lugar de para abrazarlos. La verdadera unidad no nace de que todos pensemos igual, sino de que todos amemos al mismo Jesús. ¿A quién he dejado fuera de mi mesa hoy por no ser «de los míos»? ¡Qué fácil es poner etiquetas y separar. Este no piensa igual que yo. Aquel tiene una forma distinta de entender la vida. Su color, su idioma, su aspecto, forma de vestir, sus decisiones. Separo con mucha facilidad. ¡Qué fácil es perderme en discursos brillantes, en razonamientos perfectos que solo alimentan mi ego! El ego divide, mi orgullo y mi amor propio dividen. Me gustaría unir y no separar. Que mi predicación, mi forma de amar no hiciera distinciones. Me gustaría dar paz a los que están conmigo. Unir con mis palabras, con mis gestos. ¿Acaso no me doy cuenta del daño que producen mis críticas, mis juicios, mis desprecios? No acabo de ver la gravedad de mis actitudes. Cuando juzgo a los demás, cuando hablo mal de otros, cuando digo cosas que no son totalmente ciertas o las adorno para que sean más interesantes. A veces incluso invento historias. En lugar de unir, divido. Siento que no son de los míos y marco una frontera ideológica que me separa de muchos, de casi todos, incluso de los de mi misma Iglesia católica. Siento que no transmiten el mensaje como yo lo hago. Me siento de Apolo, o de Pablo, o de otros. Y pienso que soy mejor que los otros, más sabio, más cuerdo, más interesante. Me miro por dentro y veo mis propias divisiones. Yo mismo estoy roto y dividido en mi corazón. A veces soy de Cristo en la oración, pero luego mis intereses en el trabajo, en la familia, son otros, no son los de Cristo. Esa falta de unidad en mi «pensar y sentir» es la que genera las discordias que veo fuera. Yo proyecto en los demás mi división interna. Y estar dividido por dentro duele. Porque lo que está unido, lo que funciona como un engranaje en perfecto estado, es lo que de verdad me da paz. La verdadera paz llega cuando permito que Jesús sea el centro de todo, unificando mis deseos dispersos bajo la luz de su mirada. La división despierta el odio y el rencor, el resentimiento y las heridas. Porque cuando separo hago daño. No dejo estar conmigo a los que no son de los míos. Hago distinciones y alejo a los que no creen porque simplemente no tienen fe o creen en otra cosa. Me da pena pensar así, sentir así. Quisiera unir como lo hace María. Ella reúne a todos sus hijos. No juzga, no condena, no habla más de la cuenta, todo lo guarda en su corazón y a todos los trata con el mismo cariño. Ese amor igual para todos une, crea familia. Decía el P. José Kentenich: «El amor a la Santísima Virgen superó todos los grandes escollos, acercó los corazones, haciendo que se protegieran y apoyasen mutuamente. Así pues, crecieron más hondamente en el ideal de la comunidad nueva»[4]. María me ayuda a eliminar los escollos que me separan de mis hermanos, de los que no son como yo, de los que piensan distinto. Para unir tengo que tirar muchas barreras, desarmar muchos miedos, acallar muchos prejuicios y mirar con ojos nuevos para no condenar a nadie. Me cuesta tanto. El algoritmo hace que sólo me lleguen las informaciones que me interesan. Ocultan lo que no busco. O dejan de aparecerme pensamientos distintos a los míos. Creo que eso empobrece mi forma de pensar. Porque me enriquecen los que no piensan como yo. Además me hace crecer en la tolerancia que tienen que ver con el respeto a los que no piensan como yo. La complementación de los demás me ayuda a crecer, a madurar. Convivir con los que no comulgan con mis ideas me regala un corazón parecido al de Cristo que comió y compartió su mesa con los que eran pecadores públicos. No les pidió la conversión antes de comer con ellos. Simplemente los amó en sus diferencias, los respetó y poco a poco ellos fueron cambiando por el amor de Jesús. Así me gustaría amar y mirar a las personas. Sin prejuicios, sin condena, sin rechazo. Amarlos en las diferencias y hacerlos sentir en casa cuando esté con ellos. Esa comunión es la que quiero construir con mi vida, con mis palabras, con mis gestos y abrazos.

Hoy Jesús invita a los discípulos a seguir sus pasos: «Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: – Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo». Me gusta ese Jesús que va buscando a sus amigos junto al lago. Me gusta esa mirada de Jesús. Se acerca a Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Pescadores que estaban echando sus redes. Trabajando en el mar, en lo que sabían hacer. Ellos lo escuchan y lo dejan todo. Deber haber algo escondido que se me escapa. No es posible un seguimiento tan loco. De golpe lo dejan todo y le siguen. Dejan sus redes, a su padre, la familia, las barcas y siguen a Jesús. ¿Acaso están locos? ¿Qué les promete Jesús? Nada, no les promete nada. ¿Qué tiene Jesús que cautiva a estos hombres? La mirada, la voz, su presencia. Hay algo como punto de partida, la insatisfacción. Sólo el que no está contento con su vida busca algo diferente a lo que aferrarse, un cambio radical de vida. La insatisfacción es el aliciente. Cuando me falta algo busco algo. Cuando no me siento completo, me pongo en camino. Cuando me falta la paz, la busco, la persigo. Cuando no estoy contento con mi vida como es, lo dejo todo y me pongo en marcha. Lo primero que hay es una necesidad, un vació, un dolor, una ausencia, una falta. Algo falta en el corazón de esos hombres. Hay en mi propio corazón un deseo insaciable, una ansia de infinito, una búsqueda obsesiva de la felicidad y la plenitud. Me pongo en camino siempre que no estoy contento con mi vida. ¿Por qué lleno los fines de semana de diversión para sentirme pleno? ¿Por qué no puedo ser feliz y pleno todos los días de mi vida haciendo aquello para lo que he nacido? Busco fuera de mí lo que tengo dentro. Me vuelco en el mundo tratando de llenar el vacío que siento. Todo esa inquietud es el caldo de cultivo para que pueda escuchar la voz de Jesús. Pasa junto a mí y me mira, me llama, me invita a seguirle. ¿Por qué a mí? Es la otra pregunta. Caravaggio representa en una obra maestra la vocación de Mateo, de Leví, recaudador de impuestos. Jesús pasa, lo mira, lo señala. Y él lo deja todo y lo sigue. Una llamada como la que hace a estos hombres. No en un momento de búsqueda, sino en pleno trabajo, en medio de la cotidianeidad de su vida. Así lo hace conmigo, me llama, y yo, como Mateo en ese cuadro magnífico, me señalo incrédulo a mí mismo como diciendo: ¿Seré yo? Sí, eres tú, me dice Jesús. ¿Por qué yo? Parece que le digo, cuando hay tantos a los que no llama, a los que no busca, a los que no invita. O tantos otros que dicen que no. Porque en el seguimiento siempre hay dos partes, el que llama y el que sigue, el que invita y el que obedece y acepta el desafío, el que ama y el que se siente amado y ama como respuesta. Me gustaría sentirme mirado así por Jesús cada mañana, de forma predilecta. Me llamó entre los hombres, me fue a buscar en ese lago lleno de hombres. En medio de la vida cuando yo no sabía bien qué hacer con mi vida. Así es Jesús. Aparece cuando no lo busco, aunque es algo grande lo que busco, algo infinito, algo intangible. Jesús me llama, me busca y me invita a seguirlo. ¿Qué haré ahora? Serás pescador de hombres. No cambia la pasión, cambia el objetivo. Antes buscaba peces, ahora buscará hombres. Antes dará su vida buscando la felicidad en el mar, ahora se adentrará por los caminos buscando hombres a los que llamar a vivir una vida plena, como la suya, como la mía. El otro día leía una frase de Sir Ken Robinson que caló hondo en mi: «Demasiadas personas piensan que no son buenas en nada». Seguramente esos hombres pensaban que no eran buenos en demasiadas cosas, pero seguro que en la pesca sí lo eran o al menos ese era su trabajo. Pero Jesús los pone a hacer algo para lo que pensaban que no eran buenos. Jesús cree en ellos. Igualmente cree en mí. Ve un potencial que yo no veo. Un ansia de amar que me confunde. Una sed de infinito que no calma el agua de ningún lago. Lo dejan todo inmediatamente. Yo titubeo. Tengo miedo. Me asusta no estar a la altura de ese Jesús que pide la conversión y desea un cambio radical de vida: «Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: – Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». A veces dudo de la llamada porque me veo muy débil, muy frágil. Veo que Jesús me pide lo imposible. ¿Lo hará Él posible? ¿Será capaz de cambiar mi vida, de cambiar mi mirada y mi forma de vivir? Se lo pido, que me cambie por dentro.

[1] En Auschwitz no había Prozac: 12 consejos de una superviviente para curar tus heridas y vivir en libertad, Edith Eger

[2] Edith Eger, La bailarina de Auschwitz

[3] En Auschwitz no había Prozac: 12 consejos de una superviviente para curar tus heridas y vivir en libertad, Edith Eger

[4] J. Kentenich, Los años ocultos, Dorothea M. Schlickmann