Isaίas 60, 1-6; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12
«Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino»
4 Enero 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«El anhelo por lo que no conoces es más grande que la realidad que tocas. Es más fuerte lo que mueve en el corazón la esperanza por posibles éxitos futuros que por los éxitos ya logrados.»
Basta con arrodillarme ante un niño y besarlo. Con decirle cosas bonitas y entregarle mis miedos. Decirle a ver si es posible que me cambie las cosas, esas que no me gustan y no son como yo esperaba. Arrodillado lo miro y me parece grande, cuando es lo más pequeño que podía haber hecho Dios en este mundo. Y aun así de pequeño parece inmenso, como si hubiera un poder invisible que yo no veo. Y lo miro quedo, y lo miro y canto. Y sueño ante ese Niño que nada me dice, tan solo sonríe. Me asustan los vientos, y las noches largas, cuando no hay estrellas, las nubes las ocultan. Y quisiera ser aún más poderoso, para no temer los días inciertos, las noches aciagas, los vientos contrarios, las lluvias que arrasan. Pero no lo soy y tampoco el Niño, ante el que me postro buscando esperanza. Vienen los pastores, y los magos de oriente, y cantan los ángeles. Y yo sigo en casa buscando señales, pretendiendo hallar a un Dios escondido. Como aquella noche en la que todo fueron sombras y algunas pocas luces. Tal vez también como ahora, cuando el viento sopla y la luz se apaga. Quisiera encontrar respuestas a preguntas que guardo en el alma. Sentido a la vida cuando no hay sentido. Esperanza que rompa todos mis miedos e inseguridades. Certezas en abrazos que fortalezcan el alma. Compañías sagradas que sostengan mis pasos. Luz en mis noches, calor en mis fríos. Tengo el alma inquieta esperándolo todo en esta noche mágica. ¿Y si nada pasa? ¿Y si no me entero? ¿Y si a la mañana no ha cambiado nada? Era sólo un niño, dirán los pastores. Y los reyes magos volverán a casa. Y vendrá la huida, porque nada cambia. Los fuertes, los débiles. Las armas, la violencia. La huida como respuesta de un Dios escondido. Por miedo a un tirano que destroza infancias. Si yo creyera más en los milagros tendría más sonrisas dentro de mi alma. Si supiera esperar más allá de mi cordura, sería un loco de Dios y habría más luces, dentro de mi alma, dentro de mí mismo. Sólo si creyera, sólo si esperara. Pero a veces siento que soy tan prudente, tan racional, tan sobrio, tan superficial. Y no creo que lo imposible pueda ser posible, porque no lo es. Lo que es negro seguirá siendo negro, y lo que es blanco, blanco. ¿Cómo se puede cambiar algo que parece inmutable? ¿Cómo logra Dios que la estéril dé a luz un hijo? ¿Y la mujer virgen quede esperando un hijo de Dios? Imposible, cuesta creerlo, hace falta mucha fe para creer en los milagros. Como creer que un niño que nace pueda cambiar el mundo. ¿Acaso lo ha cambiado después de tantos años? ¿Acaso el mundo puede creer que sin Jesús no habría cambiado nada de lo que hoy es mejor, más pleno, más lleno de la luz del cielo? Sigo viendo que el odio grita más fuerte, y la violencia vence a los que pacifican, y el egoísmo es la motivación de tanta gente. ¿Dónde están los milagros imposibles que predijo alguno? Me cuesta verlos escondidos en la piel de un niño, en la cotidianeidad de unos pañales, en una montaña de ternura y en una huida a Egipto. Me cuesta verlo en la apariencia pobre del Salvador del mundo. Cuando los reyes tiemblan sin comprender demasiado. Y los pobres se alegran entendiendo muy poco. En una ciudad pequeña, en un establo con animales, oculto en la noche, con pastores como mensajeros. ¿Cómo creer que Dios se vaya a hacer presente entre tanta pobreza? ¿Cómo ver milagros bajo apariencia humana? Si todo lo humano es imperfecto y no hace presente la perfección de Dios. Quisiera arrodillarme para sentirme un poco más niño, más pequeño, más limpio. Arrodillarme y entregar lo que traigo, mis humildes regalos, mis pobres talentos, mis manos vacías. Un tambor sencillo, algunas frutas, algo de ropa. Todo para servir al rey de reyes al que nadie ve como rey de nadie. Pero es rey, eso me dicen. Y es poderoso, aun sin el poder que los hombres esperan. Aunque es el Salvador y no logra ni salvar su propia vida. Aunque es la alegría más grande que podría esperar en esta noche. Ha nacido el Niño, se ha hecho carne Dios, está en medio de mi vida. El Dios con nosotros, el Enmanuel. Me gusta pensar que Dios ha elegido mi piel, mi cuerpo, mi vida, mi mundo. Ha elegido mi historia para darle sentido a mis pasos, para que crea sin ver, espere sin tocar, sueñe sin poseer. Quiere Dios que me arrodille vencido, con miedos, en mi impotencia. Sé que muchas cosas podrían ser mejores o tal vez yo podría ser mejor. Si dejo que Jesús entre en mi corazón y lo cambie todo. Si dejo que me abrace con fuerza y me llene de paz. Si dejo que penetre en todas mis sombras para darle luz a los que necesitan.
Surge en el corazón una pregunta. Parece sencilla: ¿Qué significa esta Navidad para ti? Me quedo callado, el alma en silencio, pienso. Hace falta quizás mucha fe para creer en los milagros. Mucha fe para pensar que de nuevo sucede la encarnación de Dios en mi vida, en mi entorno. Puede que me haga falta cambiar la mirada. Dejar de pensar que todo depende de mí y empezar a soltar. El otro día leía que el poeta hindú Kalidasa decía: «Las grandes almas son como las nubes: recogen para repartir»[1]. Entonces creo que esta Navidad es un recoger para repartir. Abrir el alma para recibir. Quedarme sentado esperando a que venga Dios a verme. O ponerme en camino como los pastores y los reyes para dejarlo entrar. Tal vez necesite dejar atrás lo que me quita la paz y la alegría. Lo que me bloquea, lo que me encierra. Para poder dar tengo que recibir, para poder darme tengo que estar lleno. Quiero recoger en estos días todo lo que me quepa dentro del alma. Todo el sol del mundo para guardar su calor y la luz que me permita ver claro todo a mi alrededor. Todo el calor de mil abrazos para guardar la ternura y sentir que Dios me cuida a través de tantas personas. Todas las palabras bonitas que he leído, que me han dicho, para poder hacer un libro lleno de palabras que alegren el alma. Porque lo que me dicen se graba en el alma y no se olvida. Todos los sueños, los propios, los compartidos, los de otros que me cuentan, los que me permiten soñar con cosas bellas y aspirar a las estrellas. Parece sencillo abrir el alma y dejar que entre lo que me pacifica. Las palabras que reconcilian, las miradas positivas sobre mi propia vida. ¿Cuántos halagos me han dicho o escrito en estos días? ¿Cuántas personas me han mirado bien? ¿Cuánta esperanza he encontrado en las cenas navideñas, en los encuentros familiares? ¿Cuánta luz me han regalado los que tienen luz dentro? Echo cuentas de todo lo que tengo en mi interior. ¿Abunda más la alegría o la tristeza? ¿Hay más luces que sombras? ¿Escucho más melodías que me calman que gritos que me inquietan? ¿Llevo más confianza al sentir que manos amigas me sostienen? He querido abrir los regalos con mucho anhelo. Hay más ilusión ante un regalo sin abrir que ante uno abierto. Cuando ya lo abres se acaba la magia. Ya no imaginas lo que hay dentro, ya no piensas en lo que podría estar escondido bajo ese papel de color que parece maravilloso. El anhelo por lo que no conoces es más grande que la realidad que tocas con los dedos. Es más fuerte lo que mueve en el corazón la esperanza por posibles éxitos futuros que por los éxitos ya logrados. El cielo despierta en mí más pasión, porque no lo tengo, que la propia realidad que vivo llena de sus luces y sus sombras. Me da miedo que el presente lleno de realidad me abrume tanto que no me deje soñar con un cielo envuelto en un papel de plata, brillante, que me atrae. Pero al no ser tan concreto como lo que toco, me asusto y no lo quiero. Leía el otro día: «Con frecuencia, gente seria con un propósito concreto en la vida, la destruye por centrarse demasiado en ese propósito. El corazón de las personas vacías no se llena entonces de frivolidades sino de duras piedras metidas a presión. Tienen por ejemplo un plan para reconstruir Europa, para reformar la educación, un plan para convertir el mundo y este plan, ese entusiasmo se ha hecho tan central en sus mentes que no hay ni espacio para recibir a Dios ni silencio para escuchar su voz»[2]. Puede que esté viviendo a presión, con demasiadas cosas que me pesan, me duelen, me agitan por dentro y no me dejan respirar. Como si sintiera que la vida es demasiado compleja como para querer aspirar a un cielo invisible. Tengo que hacer, tengo que decir, tengo que lograr. Las exigencias del mundo o las que yo mismo me impongo. Tengo que estar a la altura, tengo que conseguir las metas marcadas. Siento que hay un peso que me hace arrastrarme por el camino. Si pudiera ir más ligero, pienso en mi corazón. Si pudiera llegar al nacimiento sin tantas exigencias ni obligaciones. Si pudiera soltar lo que me angustia cada mañana al despertarme. El cielo se abre ante mis ojos y siento que puedo dar más, ser mejor. Claro que puedo. Pero antes tengo que vaciarme para poderme llenar de Dios. Tengo que dejar a un lado las cadenas que me esclavizan para vivir de verdad. Para que mi libertad interior grite al mundo. Para guardar silencios y escuchar la voz de Dios en un susurro, en el canto de un niño, en su llanto cansado. Para poder dar tengo que aprender a recibir. Para poder amar tengo que sentirme profundamente amado. Para ser libre tengo que haber sido liberado. Para poder hacer cosas tengo que dejarme hacer por Dios. Él sabe lo que necesito esta Navidad. Saber lo que me falta y lo que me sobra. Siento que puedo hacer mucho más, pero no me angustio si no lo hago. Tengo claro que puedo llegar a muchas más personas, pero no me preocupo porque es el Reino de Dios, es su misión y yo sólo soy un instrumento en sus manos, un junco vacío que necesita llenarse de su sonido, de su voz, de su aliento.
Me gustan los regalos envueltos en papel de colores. La ilusión de imaginar su contenido. Justo lo que deseo, lo que anhelo. El tiempo que pasa el paquete ante mí sin ser abierto. La emoción, la espera, el sueño. Siempre es más la alegría antes de abrirlo que una vez abierto. Es como si se acabara de golpe la magia. Un regalo magnífico, puede ser, no importa. Es mayor la expectativa, el deseo, el anhelo, que lo que luego resulta cuando desenvuelvo el regalo. Ya no es lo mismo. Era mejor todo cuando estaba envuelto. Luego pasa la magia, desaparece el misterio. Me pasa con las personas algo parecido. Antes de conocerlas tienen un halo de misterio, como una neblina que cubre su semblante y oculta su rostro. Como si detrás de un envoltorio se encontrara la mayor joya de mi vida, el mayor tesoro. Cuando pierdo esa admiración que brota ante el misterio dejo de tener interés, o disminuye mi pasión, mi deseo de adentrarme en el misterio. Por eso es tan valioso el pudor. El guardar algo oculto que nadie vea, que nadie toque, que nadie sepa. Cuando pierdo el sentido de lo sagrado, de lo privado, de lo secreto, pierdo algo fundamental en mi vida. Dejo de admirar y de sorprenderme. Ya no hay misterio, ya no hay respeto. Es como perder el respeto y pisotear aquello que el alma guarda. Como aquel que publica su vida por todas partes exponiendo lo que vive dentro de su alma. ¿Y si al mundo no le gusta lo que ve? ¿Y si por verlo y conocerlo todo ya no le interesa nada de lo que tengo? Me da miedo dejarme llevar y hacer como todos. Pierdo el pudor y cuento y dejo ver. Tiene más misterio un cuerpo vestido que totalmente desnudo. Sin ropa pierde la dignidad. La ropa guarda y protege lo más sagrado de mi alma. Para mí, para quien yo quiera, solo para aquel que puede ser partícipe del misterio, porque ama lo que ve, lo que tiene ante sus ojos. Como le decía una esposa a su marido: Cuando me desvisto ante ti siento que tú me vistes con la mirada. El pudor y el respeto van de la mano. La admiración y el deseo contenido. El saber esperar y aguardar. El no querer desvelar todo lo que está oculto. Siempre es bueno que haya un mundo oculto dentro del alma de la persona amada. Un lugar dentro, muy dentro, sagrado, privado. Como un regalo envuelto que no tengo el derecho de desenvolver. Prefiero mirar ese regalo con papel de color. Imaginando lo que hay dentro, simplemente contemplándolo. Es lo mismo que cuando beso un niño Jesús de madera, o de arcilla. Lo tomo entre mis manos como algo frágil, sagrado. No veo más allá de esa apariencia que envuelve lo que no se ve, que oculta el infinito escondido. Ese milagro que no transciende. No veo más allá de mi mirada. No sé lo que se oculta tras la apariencia. Moisés quería ver el rostro de Dios y sólo pudo ver su espalda. Yo quiero ver el rostro de Jesús y sólo me deja ver por detrás su apariencia, sus pasos firmes. Oír su voz en mi interior sin apenas poder descifrar las palabras. Me asusta lo desconocido. Quisiera saberlo todo. ¿Para qué? Si lo sé todo desaparecen el interés y el misterio. No necesito saberlo todo de las personas a las que amo. Guardo algo escondido, que nadie sabe en mi propia alma. No lo cuento todo, no lo desvelo todo. Lo tapo con cuidado bajo un papel de envoltorio brillante, precioso. El misterio despierta el anhelo. Lo que aún no poseo hace crecer la fe y la esperanza. No sé bien cómo será mi vida mañana. No me inquieta no saberlo todo. Acepto que habrá cosas que no serán como yo esperaba. No importa. Lo desconocido no me turba, me alegra. Hay más cosas que puedo descubrir. Como cuando me quedo mirando los regalos aún por abrir. Son maravillosos. Los imagino por dentro y sonrío. No quiero abrirlos para no desilusionarme. ¿Y si no son como yo había imaginado? En la pandemia ya hace unos años, usaba cubrebocas. Y al ver a las personas con la cara tapada también imaginaba cómo eran. No quería que se la quitaran, no quería cambiar la imagen que yo me había creado. Es verdad, tiene sus riesgos. Puedo imaginar que eres como no eres en realidad. Puedo hacerme una imagen falsa de ti si no me dices todo lo que escondes. Sé que el corazón es el único que puede conocer de verdad lo que está escondido. Detrás de la apariencia la intención del que me hizo el regalo, el deseo de agradarme, de hacerme feliz. Eso es más importante que los contornos limitados del regalo. Como ese Niño de madera que no es realmente Jesús. Porque Jesús es mucho más que un trozo tallado de madera, mucho más grande que todos mis sueños y anhelos, mucho más que lo que yo deseo con toda mi alma. El tamaño del deseo no alcanza toda la realidad infinita de ese Dios que vino a hacerse carne. Sin querer acabar con el misterio. Porque besar a un niño en Belén, o abrazar a Jesús en Nazaret, no acaba con el misterio. El Dios al que amo es mucho más que la apariencia de carne y piel. Mucho más que sus días contados antes de morir en la cruz. Mucho más que todo lo que hay en mi corazón reflejo del amor infinito que me sostiene cada día. Quiero abrir regalos sin perder el anhelo, ni la esperanza. Quiero arrodillarme ante el misterio, ante lo secreto, sin querer desentrañar todos los enigmas que superan mi capacidad de comprensión.
Acaba un año y comienza otro, con el corazón anclado en María y en el corazón de Dios. Dejo atrás un año lleno de vida, de alegrías, de dificultades, de sueños, de realidades. De días y de noches, de encuentros y desencuentros. De sonrisas y de lágrimas. Camino por estos últimos días del año que acaba y por los primeros del que comienza. Y surge en mi corazón en primer lugar la gratitud. Quiero agradecer por todo lo que Dios me ha regalado. Mucho más de lo que esperaba. Veo muchos sueños que se han hecho realidad. El corazón descansa en el Dios de mi vida que camina a mi lado cada mañana. Es posible creer y encontrar, correr y llegar. Me veo a mí ese primer día del año comenzando a escribir en esas páginas en blanco. Me veo dispuesto a hacer buena letra. Soñando, esperando. El sueño de un nuevo santuario. Faltan meses por vivir al comenzar el año. Todo será posible. Y tantos otros regalos en un año plagado de experiencias. Muchos meses, muchos días, muchas horas. Muchas palabras, muchos silencios. Recorro las imágenes que van y vienen por mi alma. Escucho palabras y canciones. Veo luces y sombras. Miedos y actos de valentía. El sí pronunciado en silencio, dentro del alma. La paz al pasar una página. Las vivencias que se acumulan en lo más hondo. Asombro, alegría, esperanza. Es un año lleno de esperanza. Descubro la mano de Dios oculta en manos humanas. Y su voz escondida en voces de hombres. Y noto su aliento en mi espalda, su mano guiando mi mano. Tengo paz o miedo a veces, o inseguridad al sentir que soy frágil y débil y puedo fracasar de golpe, cuando nadie lo espere. Escucho, al acabar el año y comenzar el nuevo, una bendición que calma mi alma: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz». La bendición de Dios me cubre como con un manto, como una cascada de agua que me purifica, como un viento que limpia mis entrañas. Bendecir es hablar bien, decir algo bello, bueno de alguien. Y Dios dice cosas bonitas de mí. Estoy acostumbrado a ser cuestionado y criticado. He escuchado demasiadas veces ese sí, es muy bueno, pero… y esos puntos suspensivos se llenan de defectos que los demás ven mientras yo trato de ocultarlos. O incluso yo no los veo y ellos sí, porque es mi zona ciega, esa que no alcanzo a ver con los ojos de mi espalda. Y siento que me critican cuando no estoy y cuando estoy presente no me halagan, no dicen cosas bonitas. Por eso sentir que Dios me bendice me parece increíble. Y no sólo eso, me protege, para que no me hagan daño. Porque en el año que acaba siento dolores y tengo alguna otra herida que antes no tenía. Alguien la hizo, lo recuerdo, no lo perdono, cuesta tanto olvidar. Y entonces vuelvo a creerme que Dios me protege. No evita que me critiquen o hablen mal de mí o cuestionen mis métodos, o mis resultados. Y siento que eso me hace crecer y madurar aun cuando no es lo que yo deseaba en lo más profundo. Yo quería los halagos y los beneplácitos, y las palmadas en las espalda. No los gritos, ni los insultos, ni los chismes a media voz desprestigiando mi fama. Prefería que no me mencionaran y cuando lo hacen y me ofenden pienso que Dios se ha olvidado de mí. ¿Para qué me bendijo si me hicieron daño? Es mucho más fuerte su protección porque me levanta cuando he caído y me recuerda cuánto valgo aun cuando muchos no consideren que valga mucho. No importa. El único amor que siempre es incondicional es el de Dios. El de los hombres sueña con ser así, parecido al de Dios, pero no es tan sencillo amar de forma incondicional siempre a quien hoy ya amamos. Una bendición que me protege, como un escudo protector o mejor que eso, como una fuerza oculta que me saca del lodo, me levanta y me fortalece para las siguientes batallas. No deseo entonces no tener problemas en el próximo año. Sólo deseo que no me afecten tanto las críticas, los juicios, el rechazo, el abandono que experimente en medio de mi camino. Sólo deseo que no sea tan duro todo lo que me pasa, que no me angustie cuando las cosas no resultan bien, que no me ciegue con los problemas que me toque vivir. Dios estará ahí cubriéndome con su manto, con su capa, con su escudo y me tenderá la mano para levantarme cada vez que me fallen las piernas y no logre avanzar ni unos metros. Escucho: «Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti. Mira: las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria. Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora». La luz de Dios resplandece sobre mí. Ilumina su rostro para que no tenga miedo o, si lo tengo, que el miedo no me paralice. La oscuridad me asusta. La luz del día me tranquiliza. Guiado de la mano de Dios todo es más fácil. Es sencillo ver a Dios mostrándome su rostro para que no me deje vencer por los desafíos de un nuevo año. Quiero ver el rostro de Dios y recibir esa paz que necesito para enfrentar las dificultades de la vida. El amor de Dios me da la paz para cada día. La paz para vivir sin esa rabia que me llena de dolor y de angustia. Y es que a veces miro mi corazón y no sé de dónde viene la rabia que siento. Puede que sea porque soy frágil y todo me hace daño. Y voy acumulando resentimientos. Y ese dolor me llena de frustración. Así no quiero vivir, quiero tener paz, y luz y esperanza cada día del nuevo año que comienzo, atravesando una puerta santa, de la mano de María.
Unos magos de Oriente llegan a la tierra extranjera siguiendo una estrella. El sueño de esos sabios se va a hacer realidad: «Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron». Siguen una estrella que aparece y desaparece hasta que se posa sobre una gruta de Belén. Me gusta la estrella. Una luz que guía sus pasos. Los reyes, al igual que los pastores, supieron escuchar a Dios porque estaban mirando al cielo, porque buscaban señales para poder descubrir la voluntad de Dios. Me gusta esa actitud tan bonita. Unos pastores que miran al cielo, unos magos que buscan señales en el cielo. Alzan la cabeza: «Levanta los ojos y mira alrededor: todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará, y se ensanchará, cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos y dromedarios, procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor». Los reyes se llenan de alegría y de esa manera se convierten en portadores de alegría. ¿Dónde están las estrellas que guían mi camino? Me gustaría saber lo que tengo que hacer en cada momento. Sin necesidad de que un ángel se me aparezca. Basta con que una estrella brille de forma especial en el cielo. Una estrella que marca el camino a seguir. Una luz que me permite ver en la noche y saber lo que tengo que hacer. Hay estrellas en mi cielo que marcan mi camino. Señales que sólo puedo ver cuando alzo la mirada y busco, cuando agudizo mis sentidos para escuchar a Dios. Así son los magos, unos buscadores que no se cansan de buscar. Por eso van preguntando cuando la estrella se oculta: «Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes. Unos magos de oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: – ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo». Ellos sólo quieren adorar al rey de reyes. Al rey que acaba de nacer. Por eso le preguntan al rey, porque piensan que él, al igual que ellos, estará buscando al rey de reyes, al rey que ha de venir a salvarlos a todos. Esa mirada de los magos me conmueve. Son muy niños. Preguntan con ingenuidad y no se imaginan la reacción del rey: «Al enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: – En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las ciudades ilustres de Judá, pues de ti saldrá un jefe, que será el pastor de mi pueblo, Israel. Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se les había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: – Vayan a averiguar cuidadosamente qué hay de ese niño y, cuando lo encuentren, avísenme para que yo también vaya a adorarlo». Tiene miedo Herodes, porque piensa que ese niño que es el rey de reyes puede quitarle su poder, su gloria, su fama, su honor. A menudo yo también temo perder lo que tengo, me pasa como a Herodes. No me pasa como a los magos que lo dejan todo para ponerse a los pies de un niño en Belén. Ellos no temen nada, lo han dejado todo. Pero Herodes está demasiado apegado a su lugar, a su poder, a su posición. Me da miedo a mí atarme a las cosas, esclavizarme al sentir que soy de un sitio y no querer que nadie me mueva, que no me quiten de dónde yo estoy, que no me arrebaten mi lugar. He contado mis posesiones, he descubierto mi capacidad para mandar y hacer cosas y no quiero perder lo que ya tengo. Es vanidad ese deseo de mandar, de gobernar. Poseo la tierra y la quiero para mí. Esa actitud me enferma. Lo que me salva es la actitud de los reyes que son libres. Se ponen en camino y no temen que al volver lo hayan perdido todo. Ellos poseen sin atarse, gobiernan sin empoderarse. Son hombres del cielo más que de la tierra. Su reino verdadero, como el de Jesús, no es de este mundo. Su forma de medir los días es diferente. Me gusta esa libertad, ese anclaje en el cielo. El que está dispuesto a arrodillarse ante otros es el que no desea que nadie se arrodille ante él. Esa actitud me emociona. Yo quiero ser así, más libre y más del cielo. Para ser un buscador tengo que estar convencido de algo, no lo poseo todo, no me basta con lo que ya he conquistado, algo me falta, porque la vida en esta tierra es una búsqueda continua, un ir de un lado para otro buscando a Dios, sus señales, sus deseos. No vivir estancado porque eso hace que me acomode en exceso y me aburguese. Cuando ya no necesite nada más significa que algo está fallando. Querrá decir que me he acostumbrado demasiado a lo mío y no tendré espacio en mi alma para nada más. El buscador siempre siente que le falta algo. Aún no alcanza la meta. Aún no posee el cielo. Es esa la mirada que necesito para ser feliz.
Los magos llegan a la gruta donde está el niño y dejan sus regalos: «Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra». En Belén se manifiesta el poder de un niño. Ante Él se arrodillan unos magos extranjeros. Le traen regalos en señal de respeto. Epifanía es la manifestación de algo oculto. Lo que estaba escondido se hace visible. El misterio se hace accesible. Pero no todos lo ven. Sólo unos pocos, los que miran con ojos inocentes, los que alzan la mirada al cielo, los que ven con el corazón. Son los reyes y los pastores. Los que tienen un corazón de niño para ver más allá de las apariencias. Bajo la piel de un niño se esconde Dios y ellos lo descubren. Este misterio es visible para los ojos que no se han llenado de impurezas. Esos ojos que ven el deseo de Dios oculto en voces humanas, en rostros humanos. Ese Dios que habla de forma misteriosa. Está en Belén escondido y ellos lo ven, se arrodillan. ¿Cómo puede Dios todopoderoso y omnipresente caber en la piel de un niño? Imposible. Todo es posible para Dios. Y para poder ver bien el rostro de Dios necesito ponerme de rodillas. Así, postrado, la vida se ve de forma diferente. No miro desde mi orgullo y vanidad sino desde mi pobreza y humildad. Me gusta esta actitud de los magos que se arrodillan, se postran y adoran al Niño. No permanecen erguidos porque ellos mismos se consideran pequeños, insignificantes ante Dios. Se ven a sí mismos como creaturas, no como dioses. No buscan el poder, sólo son capaces de reconocer al que tiene poder sobre sus vidas y dan gracias. Les admira el poder de un niño, no el de Herodes, no el de los grandes reyes de esta tierra. Y los regalos que traen son poderosos. El oro con el que podrían comprarlo todo. El oro que es lo más bello que tiene el corazón humano. El oro es la belleza que yo mismo tengo escondida, mi auténtico valor, mi poder más grande. Ellos entregan lo que más valoran en su corazón. Y reconocen con ello que ese Niño es rey de reyes, es Dios mismo, porque ningún otro regalo puede ser digno de Dios. Lo adoran con ese regalo que expresa su realeza. Luego entregan la mirra. Con la que se calman el dolor y las aflicciones. Porque Jesús viene a curar las enfermedades. Es el bálsamo que necesito para calmar el dolor de mis heridas. Es hombre como yo y sufrirá mis mismos dolores. Y le traen incienso, propio de Dios. Porque mi oración se eleva como incienso en su presencia. Porque al mirarlo descubro a Dios escondido y doy gracias, y lo alabo. Ante Dios me postro porque sólo Él merece mi entrega, mi amor, mi pasión. Hoy escucho: «Que te adoren, Señor, todos los pueblos. Comunica, Señor, al rey tu juicio y tu justicia, al que es hijo de reyes; así tu siervo saldrá en defensa de tus pobres y regirá a tu pueblo justamente. Que te adoren, Señor, todos los pueblos. Ante él se postrarán todos los reyes y todas las naciones. Que te adoren, Señor, todos los pueblos. Al débil librará del poderoso y ayudará al que se encuentra sin amparo; se apiadará del desvalido y pobre y salvará la vida al desdichado». Sólo en Él cobra todo sentido. Los reyes magos descubren quién ese Dios al que sigo, al que necesito en mi vida. Y después, los magos cambiarán de vida, volverán por otro camino, sabrán que su vida no podrá ser como antes: «Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino». Saben que tienen que proteger al Niño y regresan para salvarlo por otro camino. tengo claro que cuando he descubierto un tesoro en mi vida ya no puede seguir todo igual en mi vida. Cuando descubro al Dios de mi vida, al que le da sentido a todo lo que hago, ya no puedo quedarme quieto. La conversión es un cambio de actitud, un nuevo camino que emprendo dejando los viejos caminos de antaño. Sigo rutas nuevas y me adentro en bosques diferentes. Confío en el poder de Dios que es capaz de sacar cosas buenas de las dificultades del camino. Una nueva ruta. Así quiero comenzar este año, con la confianza de saber que sigo los caminos de Dios. Él me guiará por rutas nuevas. Estoy dispuesto a aceptar con alegría todo lo nuevo que pueda sucederme. Llevo en mi interior el tesoro más grande, el oro más valioso. Y por lo tanto no tengo miedo de las dudas que puedan surgir en el camino. Confío en el poder de ese Dios que ha tomado posesión de mi vida como tomó posesión de la vida de los Magos. Desde ese día en el que se postraron todo fue diferente. Cambió de golpe y siguieron un nuevo camino en sus vidas. Esa confianza es la que quiero tener yo al comenzar este nuevo año de la mano de María. Tomado de su mano confío en los caminos que Dios vaya abriendo para mí en medio de la noche.
[1] Estruch, Tony. Geniotipo: Descubre al genio que hay en ti
[2] Caryll houselander, el junco de Dios