Evangelio según san Mateo 21, 28-32
Martes de la tercera semana de adviento.
Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: «Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña.» El respondió: «No quiero.» Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: «Voy, Señor», pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?» «El primero», le respondieron.
Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».
Meditación de Francisco Bravo Collado
Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
Es como si Jesús dijera: “Este evangelio, hijo mío, es para ti. No te hagas el tonto, no te quieras correr. Esto es para ti. Tú eres el que dice: “Voy, Señor”, pero no vienes. Yo te llamo a servirme en la iglesia, y tú dices: “Voy, Señor”, pero no llegas. Yo te pido dedicarle tiempo a tus amigos solos y tristes o a tus parientes enfermos o viejos, porque quiero que me encuentres en ellos, y tú dices: “Voy, Señor”, ¡pero no vienes! Yo te doy trabajo para construir, una personalidad que autoeducar, un montón de oportunidades para compartir vitalmente la fe, y tú, que eres plenamente consciente de todo eso, nuevamente me dices: “Voy, Señor” ¡Pero no vienes”.
Me da mucha pena darme cuenta que yo soy como los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo. Siempre que Jesús habla de esto, siento que soy el gran fariseo. Qué rabia ser tan inconsecuente: quererlo tanto a Él y a su madre, y no ser capaz de cumplir con lo que prometo. Pero, al mismo tiempo, siempre está presente la historia del hijo pródigo, que siempre puede empezar de nuevo, a pesar de haberse malgastado la herencia.
Jesús, hoy día quiero construir en la esperanza del hijo pródigo. Yo, que soy tan bueno para prometerte cosas y tan malo para cumplirlas, no quiero ofrecerte nada ahora que estoy rezando. Sí, te quiero pedir que estés conmigo siempre, y que cuando esté en las actividades cotidianas y me llames, me envíes tu Espíritu para que yo vaya a Ti fielmente, sin decir nada, sin prometer, con simpleza y generosidad, igual como lo hizo tu madre. AMÉN