Isaías 35, 1-6a. 10; Santiago 5, 7-10; Mateo 11, 2-11

«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan; los leprosos quedan limpios, los sordos oyen»

14 diciembre 2025    P. Carlos Padilla Esteban

«Me escandaliza la impotencia de un Dios todopoderoso. Y la excesiva misericordia de un Dios que necesita mi amor para seguir creando. Mi fe para actuar, mis manos para seguir sanando»

Me impresionan las palabras de María: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Las he escuchado muchas veces y siempre me conmueven. Era sólo una niña, una mujer joven que no pone obstáculos a Dios y dice que sí, que se haga en Ella carne la palabra de Dios. Es valiente, lo suelta todo, se abandona y confía. La alegría de decirle que sí a Dios sin comprenderlo todo, sin controlar todas las posibles consecuencias me parece un verdadero milagro. Porque decir que sí tiene muchos peligros. Me arriesgo, me la juego, salto en el vacío sin calcular las consecuencias de mi sí. ¿Y si las cosas no salen como yo esperaba? ¿Y si mi respuesta tiene consecuencias no deseadas? ¿Y si fracaso y no merece tanto la pena el esfuerzo? Creo que la vida no consiste en que todo salga bien. No se trata de ganar todos los partidos y vencer en todas las batallas. A menudo aprendo más de las derrotas que des las victorias. Lo importante es aprender a decirle que sí a Dios en mi vida. ¿Qué quiere de mí? ¿Qué espera que haga? No es fácil elegir lo que tengo que hacer. Saber si hay que seguir adelante o desviarse del camino marcado. Dicen que decirle que sí a Dios, aceptando su voluntad, me tiene que dar paz. Pero no siempre es así. No me imagino a María tranquila y con paz después de haber pronunciado esa frase. Imposible. Aceptar una carga que supera todas las capacidades humanas. Decirle que sí a Dios y asumir en mi vida lo que Él quiera. Es imposible estar tranquilo después de un sí tan grande. Dos novios de rodillas ante Dios, arropados por un lazo que es el yugo suave de Cristo, el abrazo de María. Han pronunciado su sí y sienten una desproporción inmensa. ¿Cómo puedo sostener un sí en el tiempo con mi carne finita? Perseverancia, fidelidad, resiliencia, aguante. ¿Cómo se puede repetir el sí cada mañana creando un futuro que está por escribir? La palabra sí reseca mi garganta. Se me nubla la vista. Se me paralizan las piernas. De rodillas ante Dios, mirando al frente, conmovidos, dos novios que se han dicho que sí para siempre. Que se amarán cuando fracasen, cuando se enfermen, cuando nada sea como esperaban. Se seguirán amando en el dolor, en la infidelidad, en las mentiras para desde ahí construir una verdad más honda. Es inmerecido un amor para siempre. No merezco que me amen siempre, de forma exclusiva. Con todo el cuerpo y toda el alma, todos los días de mi vida. Ese sí es algo desquiciante. ¿Quién en su sano juicio puede decirle a otro que lo ama de esa manera? ¿Quién quiere tener un hijo y criarlo durante toda su vida haciéndose responsable de su vida? Es tan breve la vida y al mismo tiempo tan larga. Amarte veinte, cuarenta, sesenta años. ¿Cómo consigo ser fiel siempre al sí de un día en el que dejé de sonreír por un momento abrumado por la desproporción? Porque es una montaña que se desploma sobre mi alma haciéndome sentir indefenso, incapaz de amar siempre, de cuidar siempre, de educar siempre. El siempre es el problema. Porque estoy hecho para un tiempo corto, unos días, meses, algunos años. La eternidad me desborda. Decir que sí para siempre como María es una locura. Lo es cuando soy yo el que conduce, el que dirige la barca por donde yo quiero, yo el que piensa que con mi fuerza haré que mi amor sea invencible. No puedo amar de esa manera y para siempre. No puedo decirte que sí cuando la vida se escribe página a página, en presente, cada día. Al acabar el día, al amanecer. Veo a esos dos novios arrodillados, algo desbordados por la emoción del momento. Como si lo que están haciendo fuera una auténtica locura. Como el sí de María que se siente abrumada por la sombra con la que el Espíritu Santo la cubre, como un velo, como un lazo. La fuerza del Espíritu para que sea posible ese hágase, el fiat. No soy yo el que hace. Es Dios el que hace en mí, el que me hace de nuevo para que aprenda a vivir de una manera diferente. Siento que soy demasiado pequeño para aceptar el desafío inmenso de vivir para siempre. Hágase, le digo a Jesús y sonrío. Hágase y me arrodillo bajo el peso de la vida, de los años, del futuro, del pasado. Lo hago tomando en mis manos ese presente del momento que es lo único que llego a poseer cada día, un breve instante, un sí inmenso. Sí, aquí estoy para hacer tu voluntad todos los días. ¿Cuál es esa voluntad escondida que se disfraza bajo piel humana para gritarme que tengo que entregarlo todo y confiar? Dios me ama y me guía. Su sí sobre mí me levanta.

Celebrar un domingo de la alegría me ayuda a vivir con paz. Comprendo que estoy llegando al final del camino. Pero ¿cómo logro alcanzar esa felicidad que persigo con tanto ahínco? Ahora se habla mucho de vivir muchos años, incluso con la regeneración celular se pronostica que podríamos llegar a vivir hasta ciento cincuenta años. Pero ¿quién quiere vivir realmente tanto tiempo? Cuando no sé lo que quiero, cuando no soy feliz con mi vida, no quiero que dure tanto de ninguna manera. Leía el otro día: «¿Cuántas personas se miran cada día al espejo y no se sienten especiales? En su mirada hay desconocimiento de su propio valor. Cuando una persona se conoce a sí misma, cuando toma consciencia de cuál es su talento, entonces empieza a desplegarlo y permite que brille ese oro interior»[1]. Cuando tengo un propósito para vivir, cuando todo lo que hago tiene un sentido, soy más feliz y estoy dispuesto a vivir así más tiempo. Pero sólo así, de esa manera. Si me cambian el escenario tal vez cambio de opinión. ¿Cómo puedo crecer interiormente hasta el punto de estar feliz con la vida que llevo, con mi forma de ser y enfrentar los contratiempos? A veces me dejo llevar por la opinión del mundo y busco la felicidad donde no se encuentra. La felicidad siempre parece estar un paso más adelante, en el siguiente paso que aún no he dado. Como si se escapara cuando pretendo tenerla entre las manos. Tal vez porque la busco fuera, en todo lo que cambia, en lo que hoy está y mañana ya no, porque muere, porque se acaba, porque llega algo diferente, nuevo, inesperado. Jesús me recuerda que la verdadera alegría nace de dentro, brota del alma como el agua escondida en un manantial. La felicidad no es ausencia de problemas, ni plenitud de cosas que pretendo vivir, ni el cumplimiento de todos mis sueños. Es otra cosa. Es un modo de mirar la vida que no tiene que ver con lo que me pasa, sino con la forma que tengo de mirar lo que me pasa. La felicidad entonces está dentro de mí, escondida, no fuera en ese río que pasa ante mis ojos y me deja exhausto. Es el instante presente en el que contemplo el mundo como por una ventana y pienso que es posible conquistarlo todo y a la vez perderlo todo de golpe. Y puedo permanecer impasible, siendo yo mismo, ante esos dos impostores que me agreden siempre: el éxito y el fracaso. Ni uno ni otro pueden determinar mi felicidad. Soy mucho más que las metas logradas, las obras bien hechas, las montañas escaladas. Mucho más que todos mis triunfos y todas mis derrotas. Mucho más que la vida que dura y que la que ha muerto de golpe. La felicidad nace cuando acepto mi historia tal y como es. Es verdad que veo momentos que yo no habría elegido. Veo fracasos, pérdidas, heridas que duelen en lo más profundo. No puedo borrar todo lo que me hace daño, lo que me turba. Cuando miro mi vida con gratitud descubro que Dios nunca me ha dejado solo en medio de mi camino lleno de incertidumbres. Veo que cada caída me ha enseñado a levantarme de nuevo y madurar dando un paso más desde el dolor sufrido. Comprendo que cada vacío me hizo necesitar un abrazo de las personas amadas, de las que me han amado, de las que yo he amado. Soy feliz cuando digo tranquilo y confiado: «Esta es mi historia, así la quiero. Aquí Dios me ha encontrado». Y soy el que soy por todo lo que he vivido, sufrido y amado. Por todo lo que me ha hecho sentir que soy más luz que oscuridad, más luz y vida que tinieblas y muerte. Más esperanza que desesperanza y angustia. Dentro de mí hay un tesoro escondido al que no soy capaz de ponerle un nombre. No lo conozco porque me quedo en lo difícil, en lo que no me parece bello y sufro. La felicidad sucede cuando me dejo amar. Porque sé que mi tristeza nace cuando creo que tengo que demostrar algo, merecer ser amado, valer para que me aprecien, demostrarles a los demás que yo puedo, que soy capaz de hacer lo que esperan de mí. Ahí comienzo a angustiarme y pierdo la alegría. Por eso cuando me siento amado por misericordia, sin merecerlo, todo cambia. Jesús me mira sin exigencias, sin condiciones, como el amigo que no pide explicaciones, como el Padre que abraza sin medir resultados. La felicidad ocurre cuando me dejo querer, cuando no necesito esconderme ni justificarme. Ser feliz es descansar en esa mirada que me sostiene siempre y me dice al oído: «Tú eres mi hijo amado, mi predilecto». Ese abrazo me recompone y me salva, me da una alegría y una felicidad que nadie me puede quitar. La felicidad se expande cuando la doy. La vida se vuelve vacía cuando es sólo para mí. El corazón se marchita cuando acumula. Cuando doy tiempo, cuando alivio un dolor, cuando escucho, cuando levanto a otro, cuando soy puente y no muro, entonces algo se enciende dentro de mí, me lleno de luz y de vida, de alegría. Y descubro que la felicidad no se guarda, se comparte. La verdadera felicidad no está en lo que ha de venir, en lo que aún no tengo, en los sueños que persigo estérilmente. La felicidad verdadera está aquí y ahora, donde me encuentro en este momento, con las personas con las que comparto el camino.

El día de acción de gracias me recuerda una actitud fundamental en mi vida: la gratitud. Y es que doy por supuestas muchas cosas, me creo con derecho a todo lo que tengo, y no es verdad. Me levanto cada mañana, tengo un lugar en el que dormir, la posibilidad de alimentarme. Tengo salud, un trabajo, personas que me quieren. Tengo un lugar en el mundo y un espacio al que pertenezco. Tengo una tarea, una misión. Dios me ha dado talentos y muchas opciones para que elija, opte, siga un camino u otro. Tantas cosas que no merezco y están al alcance de mis manos. Soy muy afortunado y no me doy cuenta hasta que pierdo algo o me comparo torpemente con otros que tienen ciertas cosas que yo no poseo y envidio. Pero no es justo porque no me comparo con los que sufren desgracias o no tienen tanta suerte en la vida como yo tengo. Debería aprender a ser más agradecido. La gratitud se enseña, se aprende. Tengo que practicarla para no caer en la queja y en la exigencia de ciertos derechos que no poseo. Siento que me sigo moviendo bajo la ley del merecimiento. Hago muchas cosas para agradar a otros, para ganarme el afecto de los demás, para que no me echen de ese grupo en el que me siento en casa y soy aceptado, querido como soy. Trato de ganarme el afecto de los demás cuando en realidad no merezco que me quieran. Se lo digo siempre a los novios y a los ya casados. No me merezco el amor para siempre de otra persona. No me merezco que me traten bien, que no sean violentos conmigo. Todo es gracia en esta vida, es gratuito, no he pagado por tenerlo, por mucho que lo pretenda, no me lo merezco. El mismo Juan Bautista decía de sí mismo hablando acerca de Jesús: «No merezco ni llevarle las sandalias». Y lo dice ese hombre amado por su primo Jesús y del que Él habla con tanta gratitud alabándolo: «En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él». No ha nacido nadie más grande que él. Jesús lo alaba y aun así no es digno, no se lo merece. Y yo vivo pensando que merezco muchas cosas, que soy digno, que los demás me deben algo. Quiero que me quieran siempre, que me inviten sin esperar que yo les devuelva la invitación, que me agasajen sin buscar mis halagos, que me regalen el tiempo y la vida sin que yo tenga que darles lo mío, que me cuiden sin buscar que yo los cuide. Yo a menudo traslado ese merecimiento a Dios. El mismo Dios debería estar agradecido conmigo, porque existo, porque soy semejante a Él, porque me ha creado y debería cuidarme más. Merezco su amor, que me cuide, que no me pase nada, que me proteja en las dificultades, que me levante de mis caídas. Siento que tengo derechos que en realidad no poseo. En esa dinámica del merecimiento establezco relaciones que siguen esta misma ley tan absurda y exigente. Si alguien hace algo por mí yo le correspondo para no estar en deuda. Si me dan algo yo también lo doy. Si alguien paga yo también pago. Si una persona me entrega su amor, yo lo amo. Si me da su odio, yo lo odio. Si me gritan yo acabo gritando. Se cumple en mí eso que llaman la neurona espejo. Yo reflejo en mí lo que veo frente a mí. Reacciono ante lo que sucede ante mí adaptándome, mimetizándome con la realidad que observo. Si me dan algo doy otra cosa parecida. Si me rechazan rechazo al mismo tiempo. Si me tratan con violencia me vuelvo violento. Si ríen ante mí yo río, si lloran yo lloro. Soy empático por naturaleza. Hago lo que otros hacen. Y me adapto al ambiente y al entorno en el que me encuentro. Acabo pensando igual que piensan los que están junto a mí. Y experimento que en esta vida nada es gratis. Es como si mereciera lo que me dan, lo que poseo. Como si tuviera que devolver lo que he recibido gratis. Prefiero el dinero ganado que el regalado. Me cuesta tanto aceptar la gratuidad. Que algo se me dé sin yo pretenderlo. Por misericordia. Así es al amor de los esposos, de los novios, de los padres. Hay gratuidad y misericordia en estas relaciones. Por eso en el día de acción de gracias tomo conciencia de lo que en mi vida es un don, un regalo de Dios. Algo dado sin ser esperado. Una oportunidad que no se me da por merecimiento. Quisiera tener muchas relaciones basadas en la gratuidad. No te cuido porque tú me hayas cuidado antes. No te trato bien porque hayas sido con anterioridad muy generoso conmigo, porque te hayas portado bien y hayas respondido a todas mis expectativas y requerimientos. Te trato bien porque te amo. Así es Dios conmigo. No me quiere porque me porto bien y no hago daño a nadie, porque voy a misa y rezo, porque trato de respetar los mandamientos. Me quiere sin más, casi de forma irresponsable, porque sabe que yo no respondo a ese amor de la misma manera. No soy el hijo adorado que Él ha soñado. A veces soy ese hijo odioso que se aleja y agrede, que olvida y exige, que se queja y mata con las palabras y los actos. Ese hijo que piensa que tiene derecho a todo sin darse cuenta de que en su vida todo es un don gratuito que no se merece. Miro hoy a Dios agradecido. Por la vida que tengo, por los sueños que se hacen realidad en mis entrañas. Miro a Dios conmovido porque sin su presencia en mi alma mi vida no sería la misma, no tendría sentido. Quiero agradecer más de lo que lo hago y no quejarme cuando todo lo que me sucede en este camino es un regalo de Dios.

Dios viene a nacer para salvarme en mi propio Belén. En la oscuridad de una tierra que está en guerra. En medio de las noches violentas. En medio de los ruidos que tratan de acabar con el silencio. Allí en medio nace Él. Y con Él nace la esperanza y surge la vida y tengo entonces algo más de alegría. No se solucionan todos los problemas, pero quizá es más fácil llevarlos de su mano. Y siento que tengo una misión que cumplir en medio de esta tierra. No tengo miedo. Surge la esperanza y brota la alegría en mi alma. Vacío como un junco. Flexible como un junco. Llegando a las alturas como un junco. Con raíces profundas. Porque es lo que necesito, tener raíces hondas que no me dejen caer cuando llegue la tormenta. Que no se lleven la tierra en la que trato de hacerme un hueco.‎ Ahora entiendo que el Adviento tiene que ver más con dejar que Dios me vacíe, que con vaciarme yo a mí mismo. Que me quite aquello que me pesa. Que me aleje de aquello que me ata. Que me desate y me desanude y me deje libre para poder tenerlo a Él entre mis dedos, entre mis manos, entre mis brazos. Y quizá para vaciarme Jesús necesita quitarme cosas. Romperme un poco. Aunque duela. Y pienso en aquello que a veces permite en mi vida que me duela: pérdidas, ausencias, soledades. Y en esos momentos es cuando toco a Dios. Cuando me siento más roto. Y quizá más vacío. Y entonces le suplico que entre dentro de mí y llene todos los espacios abiertos que han quedado. Le suplico que no me deje caer. Que me salve. Que me rescate. Que no me suelte y no me deje solo. Algo así es el Adviento y la Navidad. Una oportunidad para dejar que Dios entre en todas mis grietas y espacios abiertos y vacíos. Una oportunidad para cambiar de vida para siempre. Porque hoy escucho una profecía que puede hacerse realidad en mi vida: «El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará la estepa y florecerá, germinará y florecerá como flor de narciso, festejará con gozo y cantos de júbilo. Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Contemplarán la gloria del Señor, la majestad de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes; decid a los inquietos: – Sed fuertes, no temáis. He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo. Retornan los rescatados del Señor. Llegarán a Sión con cantos de júbilo: alegría sin límite en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción». La alegría se impone y quedan atrás la pena y la angustia, el dolor y la soledad. El cojo saltará y el sordo oirá, los ciegos verán. Esa profecía se cumple en Jesús. Por eso más tarde, cuando Juan bautista pregunte si es Él o tienen que seguir esperando, Jesús hace referencia a estas palabras proféticas de Isaías: «En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: – ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Jesús les respondió: – Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados». Lo que Isaías predijo se cumple en Él. Y ya ahora, en el momento de la encarnación, esas mismas palabra cobran vida y se hacen realidad. Jesús nace para cambiar la faz de la tierra, para que las promesas de plenitud se hagan vida. Jesús viene para traer la luz, mientras yo me acostumbro a vivir en tinieblas, en sombra de muerte. Jesús nace para que los ciegos vean con la luz de Dios. Que los que no ven el corazón de las personas aprendan a mirar con los ojos de Dios. Me gustaría mirar con esos ojos que ven todo nuevo. Al mismo tiempo viene para dar a los cojos la capacidad de caminar y recorrer la vida. Ese don se lo pido yo también a Dios. Caminar sin tropiezos, no detenerme, buscar en el corazón de las personas, ir al encuentro del que sufre, del que está solo. El don de escuchar es algo que le pido al Niño que nace. Escuchar al que está a mi lado y al que grita en la distancia. Son signos de esperanza, de vida que me trae la promesa del nacimiento de Jesús. Además Jesús habla de la resurrección de los muertos. Y me dice que mi vida en la tierra no acaba con la muerte, sino con la vida para siempre. Y añade la evangelización de los pobres, de los que no tienen nada, de los proscritos y abandonados, de los que necesitan la misericordia para sentirse valorados y aceptados. Jesús es el que tenía que venir y las señales que comparte tienen que ver con el reino de Dios que está presente entre los hombres. Las palabras de Isaías se hacen carne en Jesús. Ya no hay discursos para los que escuchan, no hay palabras convincentes. Sólo hay signos visibles, hechos contundentes. La vida irrumpe para sanar la enfermedad y librarme de la muerte. Juan quiere saber si su vida ha merecido la pena, si ya está viendo realizada la promesa que Dios puso en su corazón. Y la respuesta de los discípulos de Jesús es contundente. El mundo está empezando a cambiar. Si hoy quisiera encontrar a Dios naciendo en la carne de un Niño buscaría signos concretos de esperanza y los encontraría. Dios nace devolviendo la salud a los enfermos y liberando a los esclavos.

El Adviento es una invitación a cambiar el corazón. Sé que Jesús está cerca y Él puede hacer posible lo imposible. Lo llamo para que acelere su venida. Hoy rezo con las palabras del salmo: «Ven, Señor, a salvarnos. El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos. El Señor guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad». El grito del Adviento es este: «Ven, Señor, no tardes». Porque quiero que venga a salvarme aquí y ahora, en medio de mis límites y carencias, en medio de mis sombras y oscuridades, en medio de mi esclavitud para darme la libertad interior que anhelo. Quiero que venga a darme su luz y su esperanza. Cuando dude y tenga miedo, ven, Jesús. Que venga y me saque de mi soledad, de mi angustia, de mi pobreza. Que me enriquezca con su mato, que me salve de todos mis males. El Adviento consiste en esperar más allá de lo razonable, de lo lógico, de lo esperable. Porque para Dios nada hay imposible. Puede hacer que una mujer estéril dé a luz y que una virgen se quede esperando. Así es el poder de Dios que me rescata de la misma muerte para darme la vida, y me libera de mis esclavitudes para darme una libertad que supera mis expectativas. «Esperad con paciencia hasta la venida del Señor. Mirad: el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía. Esperad con paciencia también vosotros, y fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca. Hermanos, no os quejéis los unos de los otros, para que no seáis condenados; mirad: el juez está ya a las puertas. Hermanos, tomad como modelo de resistencia y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor». Me pide la Palabra de Dios que espere, que confíe, que no viva angustiado y con miedo. Que espere porque Dios puede salvarme si me dejo hacer, si pronuncio con humildad mi hágase. No sé bien cuándo vendrá, cuándo me salvará de mi pobreza, no lo sé pero confío. Espero con paciencia la hora de Dios que no coincide con esa hora que yo anhelo, con ese momento que deseo. Los tiempos de Dios no son mis tiempos, sus formas de actuar no son las mías. Quiero creer, quiero esperar. De acuerdo con la medida de mi fe me dará el Señor lo que más me conviene. Quiero ser más paciente y me cuesta. Saber aguardar sin ponerme nervioso. No querer acelerar los tiempos que no me pertenecen. Hoy las palabras de Jesús me sorprenden: «¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!». A veces me escandalizo de ese Jesús que no se ajusta a mis expectativas, a mis planes, a mis deseos. Me escandaliza que no imponga su poder y se deje vencer por los que lo odian. Que no vaya a convivir con los sanos, sino a tocar heridas de los más enfermos y rechazados por el mundo. Que no se rodee de los fuertes y poderosos, de los ricos e influyentes, sino que conviva y coma con los pobres, con los publicanos, con las prostitutas que no tienen poder. Que no actúe al ritmo de mis deseos, que no acelere la historia, sino que sólo siembre y espere tranquilo a que esté maduro el fruto antes de cosecharlo. Sus actitudes me sorprenden, me escandalizan su humildad, su mansedumbre y su falta de espíritu de lucha. Me escandaliza su lentitud que logra que me exaspere y quiera buscar otros medios para conseguir lo que quiero. Me escandaliza su silenciosa ternura que no castiga ni exige un comportamiento adecuado a todos. Miro a Dios y le digo: «Si fueras Dios, lo harías distinto». Si realmente fuera Dios no habría mal en este mundo, no habría injusticias ni tanta impunidad. Jesús hoy me recuerda que son bienaventurados quienes aceptan a un Dios que cura sin ruido, que rescata desde dentro, que responde sin estruendo. Un Dios que se deja matar en la cruz como si fuera un malhechor. Eso me escandaliza. Un Dios que no me sana del todo sino que me deja herido y me recuerda que me basta su gracia para seguir caminando y luchando cada día. Siento que me escandaliza la impotencia de un Dios todopoderoso. Y la excesiva misericordia de un Dios que necesita mi amor para seguir creando. Necesita mi fe para poder actuar, mis manos para seguir sanando. No lo entiendo. Tanta pequeñez en un Dios que es grande. Tanta impotencia en un Dios para el que nada es imposible. Si es así, ¿por qué no lo hace todo de otra manera? ¿Por qué no se adapta a mis modos, a mi forma de vivir la vida? ¿Por qué no respeta mis tiempos y mi forma de hacer las cosas? Me avergüenzo de ese Dios que no es tan poderoso como yo pensaba. Por eso hoy tantos desconfían de su camino, de sus planes, de sus deseos. Les gustaría que Dios venciera en todas sus batallas y lograra todos los éxitos que ellos desean. Pero hoy Jesús me dice que seré feliz y bienaventurado si no me escandalizo y huyo de este Dios, que es quien de verdad puede salvarme. Es cierto que a su manera y según sus tiempos nacerá en mi carne y hará todas las cosas nuevas. Logrará que viva de otra manera porque para Dios, si yo le dejo, nada es imposible de verdad. Creo en ese Dios niño, impotente y perseguido. En ese Dios que es vuelve inmigrante en Egipto huyendo de su muerte. Un Dios que no destruye al enemigo sino que le perdona la vida.

Juan se manifiesta firme en lo esencial. No duda, no tiembla, no se deja arrastrar por la opinión de otros, no teme el juicio de los hombres, sólo el de Dios. Jesús lo elogia: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo?». Juan no se movía según el viento. No se adaptaba a lo que los demás esperaban de él. No se dejó comprar, ni convencer por los poderosos. No se amedrentó ante los que podrían quitarle la vida. No tuvo miedo a la muerte. Vivió de pie, firme, fiel. No se arrodilló ante ningún hombre, sólo ante Dios. Vivió sin lujos, sin palacios, sin halagos, sin vanidades ni orgullos. No buscó el poder ni la gloria. No pretendió ganarse el afecto de nadie haciendo méritos, adulando, cediendo a las presiones de los demás. No quiso convencer a los demás de su propio valor, porque sólo le importaba la opinión de Dios sobre su persona. Juan siempre me ha parecido un hombre envidiable. Libre, con sólidas raíces que no permitían a la tormenta llevarse su vida. Con alas poderosas que le permitían subir a las alturas cuando cediera el piso en el que se apoyaba, la rama del árbol que lo sostenía. Juan no temió el juicio de los hombres, ni las decisiones volubles y caprichosas de los poderosos. No se dejó arrastrar por el miedo a perder la vida, porque ya se la había entregado a Dios y a Él le pertenecía. Su vida fue un allanar los caminos para que el pueblo de Dios viera el rostro de su amado. Acabar con las montañas del orgullo y la vanidad. Con las montañas del odio y la violencia. Sembró paz exigiendo el cambio. Preparó el camino que conducía hasta el Mesías y al final murió sin llegar a ver la plenitud, sin poder tocar la tierra prometida, sin gozar de los planes de ese Jesús que iba a cambiar el mundo. Un cambio que él no vería. No pudo seguirlo por los caminos, no fue su discípulo, no se sintió elegido. Jesús lo consideró el mayor hombre nacido de mujer. Pero él sólo sembró sin cosechar. Se apagó para que Jesús, su primo, brillara con luz propia. No robó el protagonista de aquel al que sólo precedía. Ese es el profeta verdadero, el que desaparece para que se oiga sólo la voz de Dios. Es aquel que vive con coherencia, fiel a su misión, fiel a su verdad, aun cuando pueda parecer que la fidelidad no vale la pena en este mundo. Juan se entregó aunque no pudiera ver nunca los resultados. Fue capaz de preparar caminos que nunca recorrería. Juan fue un hombre humilde que tenía clara su misión. El día en que sus discípulos le comunicaron la respuesta de Jesús a su pregunta, Juan comprendió que todo había merecido la pena. Él sólo quería saber si era Jesús el Mesías o tenía que seguir esperando. Descubrió entonces que su misión estaba a punto de concluir cuando escuchó palabras del profeta en labios de Jesús. Él no seguiría ese camino que había preparado con tanta pasión. Se quedaría en la orilla, no navegaría hasta lo más hondo del mar, moriría al pie de la montaña. Jesús continúa hablando hoy con pasión, con ternura: «Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito: – Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante».  Juan es el profeta que preparará el camino que lleva al Señor. Juan comprende que su misión es anunciar al que ha de venir y luego morir, desaparecer, sonreír al viento y entregar la vida. Es tan sólo una voz en el desierto, un grito desesperado y acuciante, una llamada a cambiar de vida y a seguir a Jesús que es el que cambiará mi vida para siempre. Me emociona esa misión oculta, tan grande, y tan pequeña en apariencia. Me impresiona el quedar oculto y no ver la tierra prometida. Me conmueve su sí alegre y confiado para ser Él sólo el señalizador del Mesías.

[1] Estruch, Tony. Geniotipo: Descubre al genio que hay en ti