Isaías 11, 1-10; Romanos 15, 4-9; Mateo 3, 1-12
«Voz del que grita en el desierto: – Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura»
7 diciembre 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«El Niño Dios me pide llevar su luz donde haya confusión, su firmeza donde haya relativismo, su humanidad donde hay frialdad y rigidez. Soy llamado a encender una luz en el desierto»
El Adviento es una oportunidad que me da Dios para nacer como Santuario vivo en un tiempo sin paz. Un tiempo de guerras en el que quiero anhelar la paz que no sé construir yo solo. Porque tengo guerras que no acabo de extinguir en mi alma. Porque tengo odios y rencores que no me dejan estar tranquilo. Vivo un Adviento con ruidos de fondo, muchos ruidos, demasiados y muchas guerras lejanas y al mismo tiempo batallas muy cercanas. El mundo se tensa en torno a mí, el corazón vive angustiado tratando de llevar un peso que supera todas mis fuerzas. Parece que la paz es un sueño ingenuo, una palabra rota que a nadie salva, un bien que se intercambia por dinero. Parece que nadie desea la paz. Y entonces Dios escoge precisamente este tiempo oscuro, incierto, conflictivo para venir, para nacer, para preparar el camino de la paz. Ese Dios que me ama y sólo desea mi bien quiere acabar con todas las guerras en las que vivo. El Adviento me habla de la obstinación de Dios que se repite cada año porque Dios cree en mí, en mi pobreza y en mi grandeza. Piensa que yo puedo tener paz algún día y ser un pacificador. En este mundo por cuya paz nadie apuesta, Dios sigue sembrando cada año algo de su luz, para que yo no viva en las tinieblas. Y me sigue regalando su paz para que llegue la tregua a todas mis guerras. Jesús no nace en un mundo pacificado, sino en uno agrietado, un mundo en llamas, vigilado por soldados, atravesado por miedos. Tal vez por eso tiene sentido que vuelva a nacer hoy en este mundo dividido, lleno de muertes violentas, con injusticias y atentados que no tienen sentido y quedan impunes. Tal vez es ahora cuando necesito más una paz que no nazca de los acuerdos humanos, sino de un corazón visitado por Dios. Y me pregunto: ¿Qué guerras interiores me quitan hoy la paz? ¿En qué heridas profundas necesita Dios que nazca el Niño para sanarlas? A veces la paz comienza con el paso más pequeño que puedo dar. Tal vez basta sólo con dejar a Dios entrar donde yo no soy capaz de dar un paso, perdonar lo que sigo guardando sin perdonar, lleno de resentimiento y soltar lo que me consume por dentro con un fuego aterrador. El Adviento es la hora de dejar a Dios nacer justo ahí donde más necesito que se haga carne, en medio de mis violencias y odios. Y le pido que haga milagros en mi vida: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, venid; caminemos a la luz del Señor». Justamente allí donde nace quiere enseñarme a vivir una paz que nadie me pueda quitar. Porque la paz verdadera es algo que nadie puede apartar de mí. Dios no necesita que me encuentre listo cuando Él venga. Sólo necesita que esté disponible para caminar a su lado sembrando paz. Viene a mis guerras para traer la paz, a mis ruinas para levantar santuarios, a mis crisis para decirme quién soy de verdad y devolverme la identidad perdida. Dios me promete al nacer un mundo en paz en el que quisiera descansar y vivir para siempre. Un mundo en el que las envidias y los odios desaparezcan y el amor se imponga con fuerza venciendo todos los orgullos y soberbias. Quisiera pacificar todas mis relaciones. ¿Dónde siento que no acabo de perdonar? Hay heridas profundas que guardo porque no soy capaz de soltarlas. Hay odios que no se dejan vencer por mi deseo de amar a los demás siempre. Porque me he acostumbrado a guardar afrentas como quien colecciona el daño que otros le ocasionan. Y al final es mi mirada la que acaba viendo el mal por todas partes y tal vez es mi poca autoestima la que me lleva a mirar con rabia a los demás, a los que tienen más y pensar que no me aman, que no me valoran lo suficiente. Y voy entonces mendigando amores por el mundo, tratando de sentirme valorado por todo lo que hago, en todo lo que vivo. La paz me parece a veces una quimera inalcanzable. ¿Cómo se reconcilia mi deseo de amar hasta el extremo con la impotencia que siento al no poder hacerlo? Quiero hacer el bien y hago justo el mal que deseo evitar. En lugar de abrazar golpeo. En vez de hablar bien a todos, con cariño, les grito. Y la vida se me va sin dejar de agredir a todos, cuando lo que yo quiero es abrazar y contener al que se encuentra herido. En Belén la puerta que da acceso al lugar más sagrado donde nació Jesús es muy bajita. No para que me agache en primer lugar, sino para que no puedan entrar los caballos de los ejércitos enemigos, para que la guerra no entre en el lugar donde ha nacido el príncipe de la paz. Y allí, en esa gruta escondida, se reúnen pueblos distintos, razas diferentes, unidas en torno a quien da la paz más genuina. Esa paz verdadera que nace en el corazón reconciliado.
Creo que vivir el Adviento tiene que ver con construir un nacimiento. Cada uno podría pensar en el Belén ideal, en el que sueña. Con las figuras ideales, preciosas, todas en el lugar correcto, ninguna rota ni herida, todas enteras. El río con agua natural que corra, mucho verde, algún árbol pequeño, mucha vida. Un nacimiento que ocupe todo un cuarto, un lugar en el que rezar, porque Jesús nace mientras el mundo sigue moviéndose, la tierra girando, los hombres viviendo. Y es que cuando nos sucede algo duro o algo muy bueno, algo que marca un antes o un después en todos los sentidos. En ese momento concreto que tiene día y hora, que no se olvidará nunca porque quedará marcado como un antes y un después, un parteaguas, mientras eso sucede en mi alma, tengo claro que el mundo a mi alrededor seguirá girando. No se detiene, no para. El mundo sigue su rumbo sin detenerse a consolarme o a alegrarse conmigo. Igual que esas figuras del nacimiento que siguen tejiendo en su telar, o cuidando los animales de su establo, o construyendo una casa nueva, o despachando comida a los que la compran. La vida sigue, nunca se para y soy yo el que se queda quieto en ese momento extraño, misterioso, en el que algo cambia o todo lo hace, al menos para mí que soy el protagonista. Y así es la Navidad cada año, o seguro más aún esa primera Navidad cuando Dios se hizo carne y nació siendo un niño indefenso. El mundo no se arrodilló ante el misterio, sólo unos pocos adoraron sin comprender del todo, seguro que muy poco, igual que yo ahora. Que soy también de esos pocos torpes que no entienden y adoran, se conmueven y se pregunta qué significa realmente que Dios se haya hecho hombre, sin entenderlo todo, sin asumirlo de verdad. Por eso el Adviento es un proceso de construcción de un Belén. Más que el árbol, más que los adornos, más que ese Santa que adorna tantas casas, o esos cascanueces de colores muy bonitos. Más que todas las luces del mundo son esas figuras del nacimiento que siguen haciendo lo que les toca mientras junto a ellos cambia la historia. ¿Acaso no me pasa a mí también que no me doy cuenta de lo importante cuando sucede cerca de mí? Pienso en el nacimiento que estoy construyendo. En las figuras que no son perfectas. En Cataluña siempre ponen en el nacimiento a un hombre haciendo sus necesidades. El caganer. Siempre he pensado que en mi Belén también hay figuras que me gustaría que no estuvieran. Las quitaría, como a ese cagoner que lo ensucia todo. Alguien con quien no me llevo bien o que me resulta difícil. Quisiera eliminarlo y no sucede. Donde quiere nacer Jesús esta Navidad es en mi nacimiento con todas sus figuras, sin quitar ninguna. También con ese Herodes lleno de rabia y de odio. Con esos soldados que meten miedo y que forman parte de mí, son parte de mis propias guerras. Y es que Jesús quiere nacer en mi propio corazón tal como está ahora mismo. En ocasiones creo que mi corazón tiene que estar inmaculado para que pueda entrar Dios. Completamente limpio y ordenado. Imagino, mirando en mi interior todo lo que no es de Dios, mis pecados y malas intenciones, mis fracasos y buenos deseos incumplidos, mi falta de paz y pureza interior, que no es un lugar digno para que el Niño nazca. Pienso en lugares dignos y contemplo a María, porque Ella sí que es Inmaculada y en Ella quiso Dios hacerse carne. Sin embargo, el lugar donde nació fue un pesebre pobre y sucio en Belén. No era un sitio digno. Tendría suciedad y habría diversos animales. Era un lugar pequeño, pobre, oculto. Todo esto ya lo sé, pero no logro comprender que mi corazón es ese mismo pequeño establo. Lo limpio con la confesión, me esfuerzo por agradar a Dios, pero no deja de ser un pequeño establo, pobre y frágil. Un lugar que no elegiría, siendo sincero, para que naciera mi propio hijo y menos todo un Dios que me ha creado. No me parece el sitio ideal, me cuesta pensar que Dios quiera nacer ahí. Dios me quiere como soy, con mi nacimiento, con mi Belén pobre y humilde y ahí quiere venir. Y me dice que soy lo que más quiere. Dios pronuncia mi nombre. Adviento es la voz suave que me permite recordar que no soy un proyecto por terminar, sino una obra amada y predilecta de Dios, ya mirada desde siempre. Dios viene a decirme: «Tú eres mío. Tú eres mi hijo muy amado. Tú tienes un lugar en mi propio corazón». El Niño de Belén no viene para mejorar mis estrategias, sino para pronunciar mi nombre desde el amor. Cuando no me siento amado y mi autoestima tiembla, busco refugios equivocados. Recurro a las máscaras, pretendo ser validado por mi rendimiento, espero gustar por mi apariencia, ejerzo un férreo control para que nada se me escape. Dios me ama, me sueña. La pregunta no es «quién debo ser» para poder ser amado, sino «¿quién soy para Dios?». Y desde esa voz silenciosa brota una misión nueva. El Niño Dios me pide llevar su luz donde haya confusión, su firmeza donde haya relativismo, su humanidad donde hay frialdad y rigidez. Soy llamado a encender una lámpara en medio del desierto. Una vela más cada semana. Una luz que ilumine mi nacimiento, mi alma. Dios me invita en el Adviento a ser rostro, voz y abrazo de Jesús cuando muchos se sientan perdidos. Hoy le pido a Jesús como un niño: «Señor, ven. Ven a mi historia. Ven a mi pobreza. Ven a mi pobre nacimiento lleno de figuras imperfetas, dañadas, heridas. Ven a nacer donde más te necesito». Porque todo Adviento comienza cuando dejo de esperar soluciones y empiezo a esperar a Dios.
El Adviento me invita a vivir un tiempo de descubrir un nuevo Santuario. Cuando nace un Santuario, nace una promesa. Dios quiere quedarse conmigo, en mi tierra, en mi hogar. Quiere poner su tienda aquí, en medio de mi pobreza. Pero ese Santuario no es solo un lugar geográfico; es un lugar interior, dentro del alma. La Mater no solo quiere habitar en un edificio de paredes blancas. Ella quiere habitar dentro de mí, en mi corazón de carne. Ser un Santuario vivo es un milagro silencioso. El cobijamiento es esa gracia que recibo en el Santuario por medio de la cual algo fundamental cambia en mi interior. Estar cobijado es un milagro. Tener un seguro, vivir en paz porque le pertenezco a alguien, porque tengo raíces profundas y alas muy fuertes para volar. El cobijamiento es la experiencia de seguridad que me da saber que cuando suelto mi afán de control y confío mi vida descansa en Dios. Sentirme cobijado me hace tocar a Dios en lo más hondo de mi ser y descubro que no me va a dejar nunca. Pase lo que pase Dios va a estar conmigo. María no me olvida. No me deja solo. En medio de las pruebas y dificultades Dios no me deja. Eso es estar cobijado, no vivir con miedo, ni con ansiedad, sin angustia. Mi vida descansa en lo hondo del corazón de Dios, en María. Allí nada tengo que temer. Pienso que sentirme cobijado, en casa, es la gran aspiración en mi vida. Sentir que pertenezco a ese lugar hondo en el que Dios habita. Que de allí soy y que sin eso no sería nada. La pertenencia a alguien es lo que tranquiliza el corazón que vive en búsqueda, queriendo ser amado. Abandonarme en las manos de María es lo más importante. Así soy más feliz viviendo el presente, que es lo único real. Ese arraigo me hace capaz de arraigar a otros en mi corazón. Quiero que alguien pueda acercarse a mi vida y sentir que allí Dios lo toca, lo consuela y lo guía. No porque yo sea perfecto, sino porque me dejo habitar por Él. En tiempos de dispersión y superficialidad, el Santuario vuelve a recordarnos el arte de guardar las cosas en lo más hondo del corazón, como María. Ella no archivaba las respuestas, sino que custodiaba la presencia más sagrada. El Adviento me cuestiona sobre mi arraigo y mi capacidad de arraigar a otros. Necesito que mi casa esté ordenada, mi santuario corazón. ¿Qué espacios de mi vida necesitan ser preparados, limpiados, nombrados como hogar de Dios? ¿Quién necesita que yo sea Santuario para él? ¿A quién debo ofrecer refugio, mirada limpia, escucha, bendición? ¿A quién puedo arraigar en mis mismas entrañas? La historia no cambia por grandes discursos, sino por pequeños gestos que tienen lugar en los santuarios vivos que sostienen al mundo sin ruido. Porque el drama del hombre de hoy es el desarraigo. Leía el otro día: «En ningún lugar se muestra mejor que en el alma actual de las personas la destrucción de los vínculos interiores, la desaparición de una unidad interna y la consecuencia de todo esto, la falta de hogar y el desarraigo en el campo del amor y especialmente en un campo muy especial: en el amor de hijo»[1]. Vínculos rotos, heridas profundas, falta de raíces. Necesito esa gracia del cobijamiento que me regala el santuario, María me abraza para que me sienta querido y en casa. Esa es la gracia que pido todos los días. Que pueda sentirme arraigado para poder arraigar a otros. Que tenga un hogar para poder ser hogar para algunos. Leía el otro día: «Hogar es aquel espacio donde se desarrolla la vida de nuestro cuerpo, alma y espíritu; en el cual recibimos y ofrecemos cobijamiento, pero que para nosotros es también, a la vez, símbolo del cobijamiento en Dios»[2]. Quiero vivir en un hogar interior donde Dios habite. Y construir un hogar abierto donde muchos se encuentren en casa, con raíces, en paz. Vivir el Adviento es dejar que mi hogar se haga amigable, que puedan descansar muchos a mi lado, que puedan echar raíces den mi interior. El Santuario corazón se llena a veces de interferencias, de dueños que no son Dios. Me hago esclavo de necesidades que no me hacen bien. Vivo dependiendo de tantas cosas para ser feliz. El mundo interior en el que habito tiene que ser un hogar tranquilo en el que pueda vivir tranquilo y en paz. Quisiera vivir reconciliado con mi historia, con mi pasado, con mi presente. Sabiendo que lo que vivo forma parte de mi historia. Lo que he vivido me ha hecho tal y como soy. Vivir perdonando y experimentando la misericordia de Dios y de aquellos a los que he podido hacer daño. Esa paz es la que necesito esta Navidad. Que llegue al final del Adviento con el alma limpia, ordenada, en paz, sin resentimientos ni rencores.
El mensaje del Adviento es un mensaje de esperanza. Puedo cambiar, puedo ser una mejor persona, puedo hacer posibles milagros en mi vida. Juan Bautista proclama que el reino de Dios está cerca. Me invita a cambiar: «Este es el que anunció el Profeta Isaías diciendo: – Voz del que grita en el desierto: – Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Juan proclama la misión imposible. Es posible todo para Dios. también que yo con mi vida prepare el camino al Señor, que no le ponga obstáculos ni barreras. Que allane el camino montañoso. Que permita que desaparezcan los obstáculos. Aun así es una voz la del profeta que clama en el desierto. Dios puede hacerlo posible si le dejo entrar. La imagen que me acompaña este domingo es la del desierto. Allí va a predicar para que muchos corazones cambien su actitud y vivan. Es un mensaje que alegra el corazón. «Por aquellos días, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre». Se viste humildemente y exige lo que él ya cumple. Sin duda pedir lo que yo ya hago me da autoridad moral. Si lo que exijo lo cumplo es todo más fácil. Puedo hacer nuevas todas las cosas. Puedo cambiar este mundo con mi vida. mejor aún, puedo cambiar yo, si dejo que Dios entre dentro de mí. Quiere que me convierta y cambie y viva. Quiere que deje mis pecados que me esclavizan para dejar que Él sea el dueño de mi vida. Quiere que tenga paz para poder entregar esa paz a muchos. La conversión es un cambio radical, no algo temporal ni parcial, sino algo definitivo. El que se convierte comienza a recorrer un camino nuevo y para siempre. Cambiar de vida es un paso muy importante. Hay cosas en mi vida que no necesito cambiar y otras muchas que requieren un cambio. Siempre me impresiona que el Adviento no comienza pidiéndome que haga cosas, sino que abra el corazón. La conversión no es primero un esfuerzo, es un espacio. Es permitir que Dios tenga un lugar en mi historia, en mis miedos, en mis cansancios. Es dejarlo entrar para que Él haga los milagros. Convertirme es dejar que Él llegue donde yo nunca he podido llegar, en lo más hondo de mi ser, allí donde hay sombras y me da miedo mirar. A veces pienso que la conversión es cambiarlo todo, rehacer la vida, dejar de ser quien soy. Y entonces me asusto. Pero Dios no viene a destruir lo que soy, sino a despertar lo más verdadero que llevo dentro. No llega para cambiarme y que sea otro, más parecido a ese yo ideal que yo he soñado a veces. No es así. Él no pisa mis tierras para destruirlas, las fecunda. No derriba mi templo para hacer uno mejor, simplemente lo purifica. No me exige ser otro hombre distinto al que yo soy, más bien me llama a ser yo mismo, más profundamente, más libremente. Me permite descubrir el yo escondido detrás de tantas máscaras, de tantas apariencias. Me he acostumbrado a vivir para agradar a otros, para ser aceptado y amado por lo que hago, por la imagen que proyecto. Pero no es ese el camino. No lograré nunca que todos y siempre estén felices conmigo. Los desilusionaré, no cumpliré las expectativas que tienen. Les fallaré y no estaré en el momento oportuno, cuando ellos me necesiten. Convertirse es permitir que nazca algo que yo no puedo darme. Es abrir la puerta del alma para que entre ese Niño que lo puede hacer todo de nuevo. Es realmente un acto de humildad de renuncia a mi comodidad, a lo que ya controlo. Es un grito como el del mismo Juan en el desierto: «Señor, ven. Yo solo no puedo hacer nada solo». En Adviento Jesús se hace pequeño, frágil, vulnerable para ocupar el espacio sagrado en el que yo mismo no me encuentro en paz. Y así me recuerda que la conversión no es un grito, es un susurro. No es un terremoto, es una semilla que crece muy lentamente y desde dentro. No es un cambio repentino, sino un proceso de transformación que comienza cuando me atrevo a decir: «Aquí estoy, Señor, comienza Tú a poner orden en mi interior». Tiene todo más que ver con hágase que con hacer. Me quiero dejar hacer para que Jesús haga milagros. Como María que al dar su sí dejó de controlar su vida desde ese mismo momento. Ya no le pertenecía a Ella decidir el camino. Se trata de no controlar, de dejar ir, de dejar hacer. Convertirme es dejar de vivir desde el miedo para comenzar a vivir desde la confianza. Es dejar de pensar que todo depende de mí para ver que es Dios el que tiene realmente el control de mi vida. Es volver la mirada al corazón de María, que no entendía nada y aun así confió en medio de la tormentas de su vida. En Adviento Dios me pide que me suelte, que deje mis seguridades, que no me aferre tanto a mis planes. La conversión comienza cuando dejo de controlar y permito que Él haga su camino. Cuando dejo de atar mis planes, mis días, para dejar que Dios haga el camino y ponga el rumbo que tengo que seguir. No quiero vivir con miedo en este Adviento. Tengo menos seguridades que antes, menos certezas. Aun así no quiero que el miedo se apodere de mí. Aunque no lo entienda, aun cuando no lo controle, Dios tiene la última palabra. Dejo que mi Belén, mi Egipto, mis inseguridades descansen en las manos de Dios que me ama con locura. Sólo Él conoce el camino a seguir.
Me gustaría dejar que Dios naciera desde mi herida. No en mis éxitos, no en mis respuestas brillantes, no en mi apariencia perfecta, sino en mis fragilidades. Allí donde no me siento digno, ni valioso, ni bello. El otro día vi una película, Sustancia, en la que la protagonista necesita sentirse querida por todos, amada y valorada, admirada por su belleza y juventud, pero parece que ya han pasado sus años de juventud y no es tan bella como antes. Desea la admiración mientras vive sola en la intimidad de una casa enorme y vacía. Le ofrecen una sustancia que sacará la mejor versión de ella. Una versión rejuvenecida y mejorada. Al final esa solución no le da lo que tanto quería. Pienso que es algo que busco yo también en mi vida. Ser amado por todos, valorado por mis logros y éxitos. Como si dejar un legado fuera lo único que le diera sentido a mi existencia. ¿Cuál sería mi legado si partiera ahora mismo? ¿Acaso mi vida entregada, mis amores, mi forma de vivir y enfrentar las dificultades no son ya un legado? No tengo que hacer nada especial, ni construir un sueño inalcanzable para muchos. No necesito que todos me amen, basta con que lo hagan algunos, los importantes, los más cercanos. El legado es el que dejo en el corazón de aquellas personas a las que amo. Por eso en este Adviento quiero mirar el lado oscuro de mi alma. Ese que no vende, no brilla, no es digno de ser admirado. Ese lado que oculto por miedo al rechazo pero está ahí y duele. Ese lado en el que soy de una manera distinta a como me muestro ante el mundo. Porque en mi intimidad no busco ser admirado por nadie, ahí, en mi fragilidad, sólo se ve lo que soy. Pero el Adviento sí que es una oportunidad para sacar la mejor versión de mí. No una versión desvinculada de mi verdad. Porque en mi verdad también está ese lado oscuro, escondido y oculto. Ese lado que yo veo y otros no alcanzan a ver. En mi versión mejor estoy yo con mis sombras y mis luces, mis talentos y mis defectos, mis logros y mis pérdidas, mi salud y mis heridas. Jesús no nace en un palacio, sino que nace en un establo. Tampoco quiere nacer en mis perfecciones, sino justo allí donde yo preferiría no mirar. Convertirme es permitir que Él entre en mi pobreza, y la vuelva fecunda. Quiere que mi oscuridad se convierta en luz para muchos. En mi fragilidad se manifestará el amor de Dios en mi vida y por lo tanto el amor para todos. Si me obsesiono en gustar, en agradar, en caer bien, en recibir el amor de muchos desconocidos y no le abro a los que amo toda mi verdad, no podrán amarme como soy realmente. El grito de la protagonista al final de la película me conmovió. Cuando todos veían en ella a un monstruo ella gritaba: Sigo siendo yo, soy yo, la misma de antes. Y es que en mí pobreza, en ese hedor que brota de mi pecado, en esa fealdad que resalta ante la luz del sol. Ahí mismo, donde yo no me atrevo a mirar, sigo estando yo escondido y visible. Soy yo también en mi pecado y en mi debilidad. Soy yo cuando no logro ser esa mejor versión de mí mismo. Soy yo cuando no hago el bien que quiero hacer y no consigo alcanzar ese cielo aquí en la tierra. Quiero aprender a mirarme como me mira Dios. Él ve una belleza escondida que yo no veo con frecuencia. Leía el otro día: «¿Te gustaría casarte contigo mismo? ¿Te gustaría casarte con alguien como tú? ¿Cuáles son tus puntos fuertes? Haz una lista. ¿Qué comportamientos pueden ser difíciles de transigir? Haz una lista»[3]. Quiero mirarme bien, con alegría. Ver lo bueno y lo malo, la belleza y la fealdad. Hoy recuerdo que el Adviento es ese tiempo en el que Dios me dice al oído: «No quiero que seas perfecto, quiero que seas mío». Y en ese susurro se inicia toda conversión verdadera. El cambio es el de la mirada. Porque dejaré de mirarme con asco cada vez que no estoy a la altura de lo que yo mismo espero de mí. El mundo no vale como referencia. Un día podrán admirarme por mi juventud, por mi belleza exterior, por mis logros y conquistas, por mi dinero, por mi locuacidad. Luego, cuando ya no brille en el mundo, cuando mi luz no sea la que todos ven sino la que ve Dios y algunos tocados por Dios, entonces dejarán de amarme, de admirarme y de seguirme. Así que no podré volver a esa eterna juventud, ni a esa belleza que el mundo, sediento de eternidad como yo mismo, busca de manera incansable sin quedar nunca saciado. Porque esa apariencia de verdad, esa figura de un mundo que no existe, esos logros que el tiempo se llevará porque todo muere con el paso del tiempo, todo eso que hoy admiro desaparece. ¿Por qué me preocupa tanto entonces estar a la altura de lo que los demás esperan y buscan en mí? Jesús nace en la fealdad de un establo, en la herida sucia de mi alma, en el rencor y en el resentimiento, en el hedor que brota de mi pecado. Nace donde nadie mira, ni busca. Porque lo que huele mal y es viejo es dejado a un lado, como si ya no sirviera. Y Dios, que ama la belleza escondida, volverá a fijar sus ojos en mí conmovido y me dirá que soy su hijo más valioso, el más bello. Y sonreirá al tomar en sus manos misericordiosas mi carne rota y sin forma definida. También yo soy ese que está escondido en mi dolor.
El Adviento es una invitación a caminar despacio, sin prisas y con esperanza. Una llamada a ralentizar mis carreras y acallar con silencio mis gritos. La conversión no es un momento, es más bien un largo camino. Un paso hoy y otro mañana. Con caídas, con retornos, con silencios. Pero siempre sustentado por la promesa: «Yo voy contigo, no temas». En Adviento Dios me enseña que no tengo que llegar perfecto a la Navidad. Solo tengo que estar en camino, con el corazón abierto, con la lámpara encendida, esperando la luz que viene a iluminar mis noches. Hoy escucho: «En aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. Lo inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas; juzgará a los pobres con justicia, sentenciará con rectitud a los sencillos de la tierra; pero golpeará al violento con la vara de su boca, y con el soplo de sus labios hará morir al malvado. La justicia será ceñidor de su cintura, y la lealtad, cinturón de sus caderas. Habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león como el buey, comerá paja. El niño de pecho retoza junto al escondrijo de la serpiente, y el recién destetado extiende la mano hacia la madriguera del áspid. Nadie causará daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé será elevada como enseña de los pueblos: se volverán hacia ella las naciones y será gloriosa su morada». Me gusta esta profecía llena de esperanza. Justicia y paz: «Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente». Frutos de paz y de alegría trae este tiempo de Adviento a mi vida. Es el fruto que me pide Jesús por boca de S. Juan: «Dad el fruto que pide la conversión. Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga». El mensaje de S. Juan es la conversión. Si cambio, si dejo el pecado fuera de mí, si huyo de la comodidad y me dejo transformar, Dios vivirá en mí. Será el mío un fruto que dará paz al que lo reciba. Tiene algo de exigencia. Quiero hacer algo para que Dios haga todo lo demás. Quiero ponerme a tiro para que su gracia pueda cambiar mi corazón. Dios habita en un establo y es mi corazón un lugar donde tiene que entrar la luz, porque tiene demasiada oscuridad. Es mi alma un campo de batalla en el que ha de reinar Cristo con su paz. Yo, como Juan, no me siento digno de atarle las sandalias al Señor, pero aun así Jesús me mira y quiere quedarse a vivir dentro de mí, en mi alma. Esas palabras me llenan de esperanza. Puedo dar más si me abro. Puedo dejar que entre en mi interior. Me gusta este Juan que es el profeta que prepara el camino al Señor. Le prepara su senda para que pueda llegar hasta mí. Hacen falta personas que señalen dónde está Jesús, para que lo vea y pueda prepararme. El Adviento está lleno de estas voces que me van diciendo dónde llega, cómo lo hace, dónde está la paz que siembra y la luz que alumbra. El fruto que quiero dar en este Adviento es el de la paz, el de la esperanza, el de la paciencia, el de la luz. Que muchos se sientan acogidos al estar conmigo. ¿Quién necesita que yo sea Santuario para él? ¿A quién debo ofrecer refugio, mirada limpia, escucha, bendición? ¿A quién puedo arraigar en mis mismas entrañas? El Adviento me prepara para recibir a Jesús y para poder darlo. Con la presencia de Dios en mi alma puedo cambiar mi entorno, mi vida y la vida de los que me rodean. Con mi silencio puedo hacer que haya más silencio. Con mi paz puedo pacificar muchas guerras.
[1] José Kentenich, Espístola perlonga
[2] José Kentenich, Que surja el hombre nuevo, 1951
[3] En Auschwitz no había Prozac: 12 consejos de una superviviente para curar tus heridas y vivir en libertad, Edith Eger