2 Samuel 5,1-3; Lucas 23,35-43
«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo»
23 noviembre 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Quiero ser alegre con esa paz interior de los que no se defienden porque no tienen nada que proteger. Con esa serenidad de los que confían plenamente en el Dios de sus vidas»
Quiero mirar a María. Contemplarla junto a Jesús. Con su hijo en sus brazos o erguida al pie de la cruz, sujetando el cáliz con la sangre que mana del costado abierto. Quiero mirar su amor de Madre lleno de misericordia. Comenta el Papa Francisco: «Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. […] Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización»[1]. Quiero ser, con María, signo y sacramento de la misericordia de Dios que siempre perdona, lo perdona todo. María me regala esa misericordia y me abraza con ternura. Ella participa en la redención de Cristo. Es un instrumento elegido, precioso, santificado por el amor de Jesús. María está unida a Cristo desde la encarnación. Soñada por Dios, amada por Él desde la eternidad: «Su maternidad no es simplemente biológica y pasiva, sino que es una maternidad «plenamente activa» que se une al misterio salvífico de Cristo como instrumento querido por el Padre en su proyecto de salvación. Ella «es la garantía de que Él, en cuanto “nacido de mujer” (Ga 4,4), es auténtico hombre, pero ella es también, desde la proclamación del dogma de Nicea, la Theotókos, la que da a luz a Dios»[2]. María es Madre, Esposa, Hija, Templo, raíz, puerta. Ella es la que permite que suceda el misterio más grande de la humanidad. Un Dios todopoderoso que quiso nacer del seno de una mujer humilde, sencilla, de una niña que pronunció su sí con humildad y se hizo madre y templo de la Santísima Trinidad. Tantos misterios concentrados en una mujer humilde, sencilla, elegida y amada. María brilla con luz propia y al mismo tiempo deja ver la luz de Cristo en su seno. Toda su vida consiste en mostrar a Cristo, señalarlo a Él, dejar que Él salve a su pueblo. Comenta el Papa Francisco: «Jamás quiso para sí tomar algo de su Hijo. Jamás se presentó como co-redentora. No, discípula». María es discípula, es la primera redimida por Dios y como Madre, con su ternura, educó a Cristo y lo entregó a los hombres. Ella sigue siendo mi Madre desde que al pie de la cruz dijo que sí al mandato de Jesús. Se hizo mi Madre, me conduce hasta Jesús con ternura y sabiduría y me muestra el rostro más misericordioso de Dios en su forma de amarme. María quiere que yo también participe de esa misión salvífica. Quiere que actúe bajo su manto como instrumento. Quiere que sujete con Ella el cáliz de Cristo en mis manos. Que lo beba, que lo entregue, que se lo dé a los hombres para que puedan experimentar en sus vidas el amor Dios. Así quiero ser, un niño dócil en las manos de Dios. Obedecer más que querer mandar. Asumir la verdad en lugar de querer hacer las cosas a mi manera. No es fácil porque son más fuertes mi orgullo y mi afán de destacar y ser alabado por lo que digo, por lo que hago. Como leía el otro día: «Cuando Él nos permite que le acompañemos y que, bajo el impulso de su gracia, demos lo mejor de nosotros mismos, son su propio poder y su misericordia los que, en definitiva, son glorificados»[3]. Yo actúo y es Dios quien actúa en mí, Jesús el que se hace fuerte en mi carne. Yo soy sólo un instrumento torpe y débil en las manos de Dios. a menudo me quejo de mi fragilidad y no comprendo que precisamente en mi torpeza se manifiesta con mayor claridad la luz de Dios. Cuando peco, cuando no soy misericordioso, cuando me vuelvo gris y opaco no dejando que en mí brille la luz de Dios, estoy obstaculizando el plan de salvación de Dios para los hombres. Y es que Dios me necesita, María necesita que yo sea su instrumento. Quiere que venza en mí las impurezas y barreras que no dejan que Dios actúe. Dios redime, Dios transforma. Y lo hace a través de María. En sus brazos experimento la ternura de Dios y me siento abrazado por una misericordia infinita. Quisiera ser yo para los demás un reflejo torpe e inacabado del amor de Dios. Quisiera vivir para María, mi Madre, para Jesús en quien deseo vivir todos los días de mi vida. Unido a Él, siguiendo sus mandatos.
A veces la vida me supera y no sé cómo responder a todo. La inmediatez se ha instalado en las relaciones y yo mismo me descubro esperando con ansiedad respuestas a preguntas que acabo de formular hace sólo unos minutos. Todo tiene que ser ahora, pronto, de forma inmediata. Mirando a S. Francisco y los primeros seguidores me conmueve su libertad interior, su desprendimiento de todo lo material, sin prisas, con la calma de los que viven en Dios y en paz. Leía una definición de la alegría y la libertad que me gustó: «La condición de la perfecta alegría y libertad es la absoluta entrega en manos de Dios»[4]. ¿Es posible vivir esa perfecta alegría y libertad? Me gustaría vivir así, entregando mi vida cada día en las manos de Dios. ¿Es eso posible? Vivir en presente, sin miedos, sin angustias, sin deseos de dejar de luchar. Me gusta la alegría sencilla y simple de esos primeros seguidores de S. Francisco. Me recuerda a los apóstoles cuando se enamoraron de Jesús: «Cada vez que Francisco empleaba la expresión «simplicitas» solía usarla precedida mediata o inmediatamente de «pura». Pura es, a su vez, lo que no tiene composición ni mezcla, un solo hilo conductor. En el caso de Francisco, puro era lo que no tenía mezcla ni composición mundana»[5]. Una simplicidad pura que atrae la verdadera felicidad y libertad. Siento que yo lo he complicado todo, me he vuelto exigente y he dejado de vivir en las manos de Dios. Tiendo a retener la vida, lo que sucede a mi alrededor porque tengo miedo. Me asusta la vida y tiendo a defenderme de los que me amenazan, de los que pretenden quitarme, con sus gestos y palabras, mi paz interior. Quisiera tener calma en el corazón. La perfecta alegría, la libertad interior más grande y la simplicidad más pura. Son rasgos de esos corazones que lo han entregado todo y no han retenido nada. Me gustaría ser uno de ellos y no lo consigo. Yo retengo, yo me ato a la vida, a las cosas, al mundo, yo me esclavizo y me falta esa libertad para enfrentar los desafíos. Quisiera ser más de Dios, más puro, más simple, más niño. Quisiera tener un corazón más grande, más hondo, más generoso. Y no lo consigo porque estoy pendiente del mundo. Y de los reclamos que me exigen mi atención plena. Esta expresión se usa mucho ahora. Atención plena. Estar en actitud contemplativa. Detenido en el tiempo sin necesidad de responder a todas las exigencias del mundo. Siento que me agobian demasiadas cosas que no puedo controlar. El mundo es demasiado vasto y, al pasear y ver millones de luces prendidas en una ciudad por la noche, pienso que mi aporte es un grano de arena demasiado insignificante, casi como una gota de agua en el mar. ¿Qué puedo hacer yo para mejorar este mundo? Podría hacer demasiadas cosas. Podría vivir de una manera nueva, confiada y generosa. Podría cambiar mi forma de ver las cosas y no pretender que todo se adapte a mis deseos, o a mis gustos. Me enojo con el mundo y con los demás cuando no hacen lo que les pido, cuando toman decisiones que me afectan sin preguntarme antes, cuando eligen lo que no me gusta, lo que yo no haría nunca. Me rebelo cuando el mundo no gira en torno a mí como si yo fuera el sol del universo. Y vivo en tensión pretendiendo que todos se adapten a mí en sus gustos y en su vida. Tengo miedo a fallar y no estar a la altura. Sufro cuando mis planes no llegan a su fin. Me duele tanto el alma porque los demás no me alaban y elogian, no me agradecen y no me buscan, no me prefieren y no me eligen. No soy el centro y paso a estar a un lado, escondido. Quisiera aplicarme lo que les pido a otros, que luchen, que se comprometan, que hagan todo para que sus vidas mejoren, que no se conformen con pasar de puntillas por el mundo, sin comprometerse con nada. Esas cosas les digo y casi las exijo como si fuera esa la voluntad de Dios para ellos, para todos. Y luego yo soy débil y me dejo llevar por las tentaciones del mundo. No hago lo que debería, no me esfuerzo, no me comporto como un hombre sabio y entregado a Dios. Paso de puntillas por las personas, para que luego no me exijan y quieran más. No los amo con toda mi alma. No estoy dispuesto a darme por entero. Siento mi egoísmo trepar como una enredadera por mi alma. Acostumbrado a los mínimos y contento con las pocas exigencias. Me siento como esos fariseos que les exigían a los demás lo que ellos mismos no estaban dispuestos a entregar. No soy fiel a mis propias palabras y me cuesta comprometerme hasta el extremo, hasta decir basta. Voy dejando de lado lo que me cuesta. No me tomo en serio mis compromisos y así la vida se me escapa entre los dedos sin decir que sí a lo que Dios me pide. Me gustaría ser libre con libertad plena. Ser alegre con esa paz interior de los que no se defienden porque no tienen nada que proteger. Con esa serenidad de los que confían plenamente en el Dios de sus vidas. Con esa simplicidad del que vive atado al cielo y más libre de los bienes de la tierra. Así quiero vivir siempre.
Caminar despacio, soñar con cosas grandes, adaptarme a los cambios, resolver los enigmas. Disfrutar el presente, vivir cada segundo con una sonrisa. Estar muy orgulloso de la vida que tengo, de los logros que obtengo, también de mis fracasos y mis miedos. Levantarme temprano, ponerme en marcha pronto, reposar y dejar que los tiempos sean bellos, como los campos verdes, delante de mis ojos. Abrazarme a la vida, depositar los anhelos en el ancho mar de mi Dios al que amo. Buscar a los amigos, llamar a los que aman, amar a los que intentan llegar siempre más alto. Confundirme mil veces y volver a empezar tranquilo, sin echarle la culpa a nadie, sin pensar que los demás se están equivocando. Aprender de los errores, no confundirme mil veces sin volver a intentarlo. Aprender de aquellos que están a mi lado, caminar junto a ellos, sin prisa, sin agobios. Comenzar una obra sin saber cómo acabarla, aunque sufra, aunque duela, pero no dejar nunca de confiar en el Dios al que amo. Dibujar las orillas del mar de mi infinito. Pintar ese velero que cruzará las aguas. Cantarle al cielo azul que bendice mis días, sin miedo, sin nostalgias, con paz, con alegría. Quisiera no inventarme amaneceres rotos. Sentir que en las ausencias Dios siempre se hará fuerte. Me haré una capa nueva, para correr despacio, para vivir de nuevo la vida de los niños. No llevaré mucho peso para el camino, muy cargado la vida es muy pesada. Y no quiero vivir con sueños que no son míos o imitando vidas que no se parecen a la que yo vivo. No quiero disfrazarme de otros para ser aceptado. Soy como soy y así soy feliz, con eso me basta. He recorrido mil caminos para llegar a esta etapa. Me sobran muchas cosas aún, muchas ataduras y dependencias. Quisiera desprenderme de todo lo que me sobra. Entregar la vida sin intentar salvarla. Cuando la pierda de verdad la acabaré ganando. No tengo miedo al mañana que desconozco, ni a esas tragedias que yo no puedo evitar. Hay un Dios, estoy seguro, que acompaña mis pasos. No resuelve todos los conflictos, no acaba con todas las injusticia, cuando le vea cara a cara le preguntaré por qué se mantuvo al margen de tantas desgracias y obras malas, por qué no acabó con la gente mala y detuvo la mano del criminal antes de que actuara. No lo entiendo. porque sí creo en ese Dios todopoderoso y lleno de misericordia. Y quizás como a todos me sigue produciendo rechazo la inacción, la excesiva mansedumbre. ¿Dónde queda la injusticia? ¿Por qué tanta impunidad ante el dolor causado? No me consuela una eternidad sin vidas injustas, un paraíso que recompense el infierno en la tierra. No me basta y me rebelo contra ese Dios al que amo, como si fuera un padre al que necesito, o un hijo al que no puedo rechazar pese a todo lo que haga. Porque así es el amor, que perdona siempre, tolera todo, aguanta en cada instante. Y así creo que me mira ese Dios en el que creo. Me mira bien, sin compararme con nadie, alegre al ver mis desvelos, al ver mi esfuerzo y mis luchas. Me mira como soy, no como yo me veo y me susurra al oído palabras bonitas para que me alegre y sonría, para que no tema esta vida que es extraña y tiene desvaríos. Y me dice que persevere, ¡cuánto me gustaría! Es un Dios extraño este a quien yo amo. Como ese Jesús el Nazareno que pasó haciendo el bien entre los suyos. Y quiere que yo también pase haciendo el bien entre los míos. Como si yo supiera distinguir siempre el bien del mal, como si la vida me resultara tan fácil como para distinguir una cosa de la otra. No sé hacer las cosas bien, no lo logro. Me empeño, eso creo al menos. Pongo de mi parte para que todo salga bien. Pero no lo consigo y, aun así, sigo creyendo en la misericordia de ese Dios que me mira conmovido. Porque me esfuerzo, porque quiero perseverar, porque soy un buscador empedernido, porque necesito más fe y la pido cada día, porque no me canso de dar las gracias por todo lo que tengo, por lo que he vivido, porque hay personas que me quieren como soy, sin barreras, sin miedo. Porque he vivido cosas maravillosas y aun así no dejo de soñar con cosas todavía más bellas. Hay en mi alma un anhelo de infinito enorme, algo así como una cascada de vida que rebasa todo lo imaginable. He buscado en el cielo la esperanza y me he hundido en ciénagas llevado por mis deseos, por mis ansia de valer y ser reconocido. Me he dejado abrumar por la tristeza cuando sólo quería sonreír cada mañana. He levantado muros para defenderme en vez de construir puentes que era mucho más fácil. He pensado más de lo que debía antes de actuar, antes de ser, antes de soñar. He dicho que no muchas veces pensando que decía que sí a lo que Dios quería en mi vida. Y he dicho que sí otras veces con dudas, como temiendo estar haciendo solo mi voluntad y no la de ese Dios que tanto me quería. He cometido errores graves que he tratado de ocultar, para que nadie los viera, como si el mismo Dios en el que creo tuviera los ojos tapados. He soñado, he reído, me he caído torpemente. Se me olvidan las cosas y me da miedo perder la memoria. Sufro porque amo y sé que aun así ese es el camino que quiero recorrer, el del amor que se entrega sufriendo, el del amor que sabe que la vida se juega en los pequeños detalles, en los grandes perdones y en la delicadeza el amor que respeta y ama siempre, sin importar las ofensas, perdonando siempre, con una misericordia finita que quiere ser infinita. Así quiero vivir cada día, sin miedo a lo que me toca enfrentar, con paz muy dentro del alma.
El pueblo elegido de Israel quiso tener un rey como los demás pueblos. Hasta ese momento había tenido jueces y Dios era su rey. Pero en un momento dado Samuel, el profeta, le pide a Dios un rey, que es lo que quiere el pueblo. Dios lo acepta y así es cómo Saúl llega a ser su primer rey. Y después de Saúl comienza el reinado de David: «En aquellos días, todas las tribus de Israel se presentaron ante David en Hebrón y le dijeron: – Hueso tuyo y carne tuya somos. Desde hace tiempo, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú el que dirigía las salidas y entradas de Israel. Por su parte, el Señor te ha dicho: – Tú pastorearás a mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel. Los ancianos de Israel vinieron a ver al rey en Hebrón. El rey hizo una alianza con ellos en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos le ungieron como rey de Israel». David tuvo un reinado fecundo desde su pobreza. Fue el período glorioso de la historia del pueblo de Israel. Un tiempo de paz, de expansión, un gran reino. Al contar la historia de su rey más querido, el pueblo de Israel no quiso ocultar sus pecados. David se dejó llevar por su deseo al contemplar la belleza de Betsabé y fue capaz de permitir la muerte de Urías, su esposo, para quedarse con ella porque esperaba un hijo suyo. Pero ese primer hijo murió y las oraciones y ayunos de David no pudieron salvarlo. David quiso contar sus fuerzas, sus soldados, hacer un censo, para hacer sus cálculos y saber con cuánto poder contaba. Porque no confiaba tanto en el poder de Dios. David pecó ante su Dios por la falta de confianza. David no fue un modelo perfecto de santidad. Tuvo muchos defectos, fue muy humano, pero amó profundamente a su Dios. Fue su elegido, aquel en quien Dios puso su complacencia. El pueblo estaba feliz con su rey, con el poder de su rey: «Vamos alegres a la casa del Señor. ¡Qué alegría cuando me dijeron: – Vamos a la casa del Señor! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David». Un rey humano que daba paz a todo un pueblo. Cuando apareció Jesús entre los hombres estos quisieron coronarlo como rey. Un hombre que se llamaba así mismo el hijo del hombre, el hijo de Dios tenía que ser rey. Un hombre con poder para hacer milagros y provenía de Dios. Jesús nunca quiso que las masas lo coronaran como rey. Él no era un rey de este mundo. Y es que los reyes de este mundo buscan el poder terrenal, buscan la seguridad, que las cosas resulten como ellos quieren. Un rey poderoso capaz de cambiar la realidad de su pueblo. Cuando hoy elijo a un gobernador espero que, al asumir el poder, haga el bien, y beneficie a todos los ciudadanos. El bien público, el bien de todos los hombres. A menudo los reyes de este mundo se dejan llevar por sus intereses particulares, por la búsqueda enfermiza de poder y buscan su propio bien y no el de los hombres. A veces yo mismo uso mal el poder que se me ha dado. Hubo una persona que me dijo un día: «Dale poder a un hombre y sabrás cómo es». He comprobado que esa frase es verdad. El poder puede sacar lo mejor o lo peor de cada uno. Algunos, cuando tienen poder, actúan como no lo tuvieran, como si realmente no mandaran, lo viven con humildad, no alardean, no esperan que los demás les hagan caso siempre. Son pacíficos, unen y crean puentes. El poder bien usado es un arma maravillosa. Las personas buenas con poder son instrumentos de Dios para mejorar la vida de muchas personas. Pero ¿qué sucede cuando uso mal mi poder? Los abusos aumentan. Hay personas que con poder pueden abusar de los que no lo tienen. Pueden obligarles a hacer cosas que no quieren hacer. Pueden exigirles comportamientos injustos. Siento que todos tenemos un gran poder en nuestras manos. Sobre algunas personas, sobre aquellos que Dios me ha confiado. El poder que tengo me lleva a darme cuenta de que es una gran responsabilidad. El que tiene un poder ha de usarlo con respeto, con humildad, para sembrar el bien, para mejorar la vida de los demás. Si me dan un poder tengo que usarlo como un siervo. Me pongo en las manos de Dios y dejo que Él me enseñe a usar ese poder. ¿Qué decisiones tengo que tomar? ¿Qué puedo hacer y qué cosas no con el poder que Dios me ha dado? Es lo que le dijo Jesús a Pilato, que él no tendría ningún poder si Dios no se lo hubiera dado. ¡Qué frase tan maravillosa! No tendría yo tampoco poder si Dios no lo hubiera puesto en mis manos. Y me creo a veces mejor que otros por el poder que tengo, al ver todo lo que puedo hacer por los demás. Si fuera más consciente de esa responsabilidad podría cambiar la vida de muchas personas. Pero no me lo tomo en serio y malgasto ese poder, lo uso mal, hiero, abandono, dejo de actuar y de hacer el bien y me dejo llevar por la tentación de usar el poder recibido para mi propio interés. Pienso en mí y vivo mi vida buscando mi interés. Busco beneficiarme, ayudar a mis planes para que la vida me resulte bien. El poder mal usado causa un terrible daño a mi alrededor. Los abusadores son los que no son conscientes de que el poder no es de ellos sino que Dios les ha confiado una misión y ellos no han usado bien la oportunidad que Dios ponía en sus manos. Hoy acepto el poder que Dios me da y quiero usarlo sólo para el bien de los que me rodean. Quiero servir como Jesús lo hizo lavando los pies a los suyos.
Jesús es un Rey que no se impone y no vence por su fuerza, al contrario, atrae desde la fragilidad. Cristo Rey no aparece con corona de oro, sino con una corona de espinas. Y frente a ese rey coronado de espinas algunos se burlan: «Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: – Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había también por encima de él un letrero:
– Este es el rey de los judíos». Es un rey impotente en la cruz. Un rey crucificado. No domina, sólo sabe amar. No ordena desde un trono, sólo sirve desde una cruz. Su realeza desconcierta. No comprenden su mensaje. Es un rey que no conquista por su fuerza, sino que salva por su ternura. No tiene un ejército poderoso que logre vencer a todos. Porque su reino no es de este mundo. Y ese reino brota en el corazón enamorado que da la vida por amor a Dios. Es un rey diferente que no tiraniza, no abusa, no usa mal su poder. Porque su máximo poder es el amor. Y sólo quien se deja mirar por Él descubre que el verdadero poder no es obligar a otros a hacer las cosas que uno quiere, sino dar la vida sin exigir nada a cambio. Es el reino de la ternura, del amor que se da con humildad. Un reino que no impone, no vence por la fuerza, no gana, se deja ganar, se deja vencer. Es un rey humilde, impotente, que no espera que le obedezcan por miedo. No quiere que yo le tenga miedo. Aun así siento que el miedo marca la relación con Dios de muchas personas. Tienen miedo a Dios, a su castigo, al infierno, a la muerte. Viven obedeciendo a Dios sólo por miedo. Hacen las cosas bien porque temen hacerlas mal y pagar por ellas. Temen la mirada acusatoria de un Dios inmisericorde que sólo espera mi buen comportamiento y no es paciente con mis fragilidades. Si Él reina en mí, no reinará ni el miedo ni la soberbia, sino el amor humilde que libera. El amor de un Dios lleno de misericordia que no me quiere atemorizar. Más bien quiere amarme para que yo le responda con amor. Es lo único que desea, mi sí dócil movido por el amor hondo de un Dios que me ama como soy, en mi pobreza. La impotencia de Jesús desespera a los que creen en el poder impuesto por la fuerza. Un rey indefenso no puede ser rey. Un rey manso no durará mucho en su posición de dominio. Vendrán otros y acabarán con él. Un rey que no manda infundiendo temor no durará mucho en la cima de su gloria. Así es Jesús, así es Dios. Hoy celebro la fiesta de Cristo Rey. Y en esta fiesta quiero manifestar que Jesús es el centro de mi vida, mi único rey. Porque Jesús no quiere un lugar más en mi vida. No desea sólo unos minutos al día o a la semana. Lo quiere todo. Quiere el centro, ese lugar donde nacen mis decisiones, mis miedos, mis deseos, mi forma de mirar el mundo. Quiere vivir en el centro de mi vida, en el punto neurálgico del cual emana la vida verdadera. Cristo Rey hoy me pregunta: «¿Quién reina en tu corazón? ¿Mis palabras o tus temores? ¿Mi misericordia o tus heridas no sanadas?». Quiere saber quién reina dentro de mí, quiénes son los reyes a los que obedezco fielmente, a los que sigo. Su reinado no es algo que se imponga a la fuerza, Dios respeta mis decisiones, me ha creado libre y me ama con libertad. El centro de mi vida es algo que yo le cedo para que Él reine dentro de mí. Y cuando le dejo entrar, pone orden donde había caos, paz donde había guerras y divisiones, luz donde había sombras y oscuridad. Pone amor donde había odio, y ganas de dar la vida donde sólo había el deseo de conservarla egoístamente. El poder de Jesús en la cruz es la máxima impotencia, indolencia, mansedumbre. Es la inacción frente a la agresión, la no defensa. Podría haber huido, haber dejado a un lado a los que lo perseguían, podría no haberse enfrentado a ellos en el Templo. Pero no, Jesús no lo hizo y me dijo entonces que su poder es renuncia, sacrificio por amor a los suyos. Un amor capaz de renunciar por el otro. Morir para que el otro tenga vida para siempre. El poder de Jesús me incomoda. Sueño con un Dios todopoderoso que acabe con el mal, con las injusticias, con los malos e injustos, con los que hacen daño y quedan impunes. Me cuesta ese Dios que no actúa, que no tiene poder aparente. Es como si mi fe se tambaleara al ver morir a Jesús en esa cruz. Como si su dolor tan humano, tan cruento se metiera en mis huesos y me hiciera daño. Yo anhelo el poder. Me cuesta mucho la impotencia. El poder que supone hacer lo que yo quiero, ir donde yo quiero. Imponer la paz y la justicia por la fuerza. Me cuesta la impotencia que traen la vejez, la enfermedad, el abuso de otros. Siento que quiero tener poder para decidir lo que yo quiero, para actuar a mi manera. Y me alejo de los que quieren quitarme ese poder. Pero hoy Jesús, en esta fiesta de Cristo Rey, me recuerda que Él, el rey del universo supo esconderse en la impotencia humana, supo ser manso y humilde de corazón, supo pasar desapercibido siendo Él Dios, oculto bajo la piel humana. El poder de Jesús es como el poder del agua que se cuela indolente en las grietas de la roca. Parece que no puede nada contra la roca, que el agua nunca será más fuerte. Pero luego, al llegar el frío el agua se congela. Y entonces la impotencia del agua se convierte en un poder maravilloso. El agua congelada dentro de la grieta es más fuerte que la propia roca. Ya no resiste y se rompe en pedazos. El poder del impotente. El poder del amor es como el agua. Parece que no puede nada pero lo puede todo. Teje una red invisible alrededor del amado. Teje una protección que nadie podrá vencer, ni romper, ni traspasar. Me conmueve ese poder del amor que muere en la cruz y da su vida por mí.
Y entonces Jesús, desde esa cruz maldita, me bendice y me salva. Lo que parecía imposible, sucede. Me salva muriendo. Me salva de mi propia muerte sin matar a nadie, sin milagros que expulsen al enemigo, basta con su poder salvador, el poder del amor sacrificado: «En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: – A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: – ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: – ¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo. Y decía: – Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús le dijo: – En verdad te digo: – hoy estarás conmigo en el paraíso». Esas palabras entre Jesús y los dos ladrones me conmueven. Uno de los dos es llamado el ladrón bueno, porque lo miró a los ojos y creyó en Él. Jesús dijo: «Mi reino no es de este mundo». No porque no esté aquí, sino porque no se parece a nada de este mundo. Su reino crece como semilla escondida, como la levadura escondida en la masa, como un gesto pequeño de amor que lo puede cambiar todo un día. Está en cada acto de perdón, en cada abrazo que sana, en cada palabra que levanta, en cada silencio que guarda y acompaña. Jesús viene en lo pequeño, en lo sencillo, en lo humilde. Ahí donde nadie mira. Está oculto y guarda silencio, espera oculto a que los ojos humildes y sencillos lo descubran en la piel tan humana de los hombres. Hay que tener buena vista para ver a Jesús en todo, oculto en el sinsentido y en la impotencia de mi vida. Necesito, como el buen ladrón, ser capaz de creer en la justicia y la inocencia de ese hombre al que matan como a un forajido. Cree que no ha hecho nada. Cree en su inocencia y en su poder. ¿Sería ese un intento desesperado por salvar su vida después de la muerte? No le pide a Jesús lo más necesario, bajar de la cruz. No hace lo que hace el otro ladrón. Él ve más allá de lo aparente. Jesús tiene un poder diferente. No va a bajarse de la cruz, no va a salvarlos a ellos de esa muerte tan terrible. Pero sí le promete el paraíso, la vida eterna a su lado, en su reino. Me conmueve, porque yo a menudo me identifico con ese ladrón que pide lo necesario, lo que es justo, sálvame, le pido, ahora mismo, de lo que me duele, de la enfermedad, del dolor de la pérdida. Sálvame y devuélveme al ser querido fallecido, o dame una solución a todos mis problemas de ahora mismo. A mí me cuesta ver más allá. El paraíso me parece demasiado lejano, puede esperar, hay otros problemas que resolver. Lo que quiero es ahora, que me salve ahora mismo, que me dé soluciones, que me rescate de la muerte en la que vivo. Quiero que me eleve por encima de mis miserias. Quiero tener una mirada tan pura como la de ese moribundo, que no se deja trastornar por lo inmediato y ve más allá, ve el cielo en los ojos de Jesús. Para eso necesito vivir en la luz, en la paz de Dios, como hoy escucho: «Demos gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados». Jesús me rescata de mi muerte y me salva. Pero para siempre, no para la preocupación de ahora. El presente, mis pocos años en la tierra, son sólo un paréntesis de mi eternidad. De esa vida eterna que Jesús me ha asegurada. Hay que tener otra mirada para ver debajo de las apariencias, para descubrir a Dios oculto en mis desgracias, en mis tormentas interiores. Allí donde parece que Él no manda, sí que lo hace, tiene un poder inmenso en mi vida. Tiene el poder de enseñarme a vivir de una manera diferente, con más madurez, con más inocencia, con más altura. Es el Dios en el que creo cuyo poder es el del amor, como el poder de una madre que protege a su hijo con su propia vida. Así hace Jesús en la cruz, me protege de todo mal con su propia vida entregada por mí. Como un pararrayos para que nada malo me pase.
[1] Papa Francisco, Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 288
[2] Papa León XIV, Mater Populi fidelis
[3] Papa León XIV, Mater Populi fidelis
[4] Vida de S. Francisco de Asís, Álvaro Pombo
[5] Vida de S. Francisco de Asís, Álvaro Pombo