Evangelio según san Lucas 18, 9-14
Domingo de la semana 30 del tiempo ordinario.
Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo esta parábola: Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!” Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.
Meditación de José Miguel Arévalo Araneda
“¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”.
Creo que el Señor me dice: “Me gustaría que crecieras hacia la humildad ante Dios, que te liberes de la justificación y la defensa que haces de ti mismo. El fariseo en su oración estaba centrado en sí mismo, en la autocomplacencia por sus propios actos y el cumplimiento de la letra de la ley. El publicano se consideraba un pecador e imploraba piedad ante Dios. El reconocimiento ante Dios de tus propias faltas y limitaciones, con una actitud humilde, atraen la misericordia y la gracia.
Soy de aquellos que tienden a justificarse por sus faltas, limitaciones, defectos, y también de aquellos resistentes a aceptar críticas de terceros. Tengo que aceptar que en mi actuar hay actitudes, gestos y acciones que no están bien (a veces no me doy cuenta), y que cuando alguien me lo hace notar le respondo intentando justificarme o rechazo la crítica. El Señor me dice que me resista a la tentación de auto justificarme y también que no desprecie a los demás por sus faltas. Y además, que lo bueno que yo pueda hacer, lo reconozca como acción de su gracia a través mío.
Gracias Señor por mostrarnos en esta parábola como debemos presentarnos ante Dios en la oración: con un corazón humilde, por las faltas de amor que nos damos cuenta y por las que no advertimos o no recordamos. Te pido la gracia de la humildad para aceptar las críticas y trabajar sobre ellas, especialmente las de quienes están más cerca: en la casa, en la familia, el trabajo, u otros grupos en los que participo. Acudo al auxilio de nuestra Madre para crecer en este mes en la humildad; ella cantó en su Magníficat: “Pues miró la humildad de su sierva”. AMÉN