Éxodo 32, 7-11. 13-14; 1 Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
«Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; era preciso celebrar un banquete y alegrarse este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado»
14 septiembre 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«¿Qué cosas llenan mi corazón de alegría? ¿Dónde se llena mi pozo de agua? Sé qué cosas me calman y qué otras me provocan ansiedad. Puedo darle el sí a mi vida como es y aceptarla»
Importa lo que es verdad y lo que es mentira. Lo más verdadero no siempre es lo que parece en la superficie. Hay que mirar dentro, en lo más hondo. Lo esencial pasa a menudo desapercibido a los ojos. No todo lo que parece ser de una manera determinada es así. No es oro todo lo que reluce. No siempre la apariencia y el fondo de las cosas se corresponden. Una misma conducta en personas diferentes no encierra necesariamente la misma intención. Hay besos que implican una traición y otros que hablan de un amor eterno. Puede haber abrazos por necesidad y otros que sanan el alma por dentro. Abrazos que liberan y comprenden y abrazos que retienen quitando la libertad. Amar por necesidad puede esclavizar. Amar por lo que el otro es eleva el alma. La verdad que yo me creo no siempre es verdad. A veces son mentiras que me digo a mí mismo para tranquilizar mi conciencia. Me convenzo de que algo que hago es bueno, es querido por Dios y tal vez ni sea bueno en sí mismo ni sea lo que Dios quiere. Esa mentira que construyo me acaba dando paz. Pero en el fondo no deja de ser una mentira. Y es que la verdad no siempre es fácil de asumir. Prefiero olvidarla, dejarla a un lado, porque hiere el alma. La verdad me hace libre y al mismo tiempo me muestra una realidad que no siempre estoy capacitado para asumir. Reconocerme en mi verdad, en mis límites, en mis carencias es mi camino de santidad. Aceptarme como soy, sin maquillajes, no parece tan sencillo. Me gustaría tener ese don de descubrir mi verdad y besarla. Abrazar mis inconsistencias e incoherencias. No decirte toda la verdad no me convierte necesariamente en un mentiroso. No te digo todo lo que hay tal vez porque en ese momento no estés capacitado para comprenderlo. No siempre que no respondo a tus preguntas estoy mintiendo. Y es que no todos tienen derecho a conocer toda mi verdad. Hay una intimidad sagrada en toda persona y no tengo derecho a que se desnude ante mí y me lo cuente todo. Conocer el interior de una persona, el fondo de su alma nunca es un derecho. Si sucede es por obra de Dios que permite lo imposible. Que no te cuente algo no significa que te ame menos. Tal vez no sea capaz de abrir todo lo que llevo dentro y dejar que lo veas. Todavía no puedo. O quizás no tienes derecho a conocer los misterios más hondos de mi alma. Ahí están y son míos. La verdad sólo en el cielo estará clara y podré mirarla cara a cara sin confundirme. En la tierra camino en medio de un claroscuro. Sombras y luces. Mentiras y verdades. No todo lo que vivo es verdadero. A menudo me creo algunas mentiras para poder seguir viviendo. No es sencillo ver la verdad desnuda de mi vida. Mi pobreza, mi pequeñez, mis incoherencias. Me gustaría vivir siempre en la luz de la verdad sin tener que cerrar los ojos. Todo lo bueno que me pasa es un don de Dios y eso me alegra. Todo lo malo es una enseñanza para la vida. No puedo cambiar la realidad, no puedo convertir en verdad la falsedad. No puedo hacer que lo malo sea bueno. Pero sí puedo sacar algo bueno de todo lo malo que estoy viviendo. Mis mentiras no siempre son malas para mi alma. Y es que no estoy capacitado ahora para aceptar ciertas verdades. Me gustaría ver lo esencial de los demás, no quedarme en las apariencias, en el rostro que me muestran pretendiendo que crea que es todo lo que hay. Sé que debajo de una apariencia tranquila bullen a menudo aguas turbulentas. Detrás de una fría sonrisa se esconde un alma llena de ternura y emociones. Detrás de un aparente desprecio e indiferencia hay un corazón capaz de amar hasta dar la vida. No todo lo que hago es lo que parece. Y no por eso es una mentira. Es verdad a su manera, en sus límites. Mi vida es la que es y no tengo miedo a ver las cosas como son. Acepto los tropiezos y los fracasos. Reconozco que puedo ser mucho mejor de lo que soy ahora, estoy en crecimiento, cambiando. Hay verdades que creo ahora inamovibles y hay mentiras que desprecio. No siempre todo será igual de rígido. Cambiarán las cosas y yo con ellas. Y no por ello seré menos feliz o menos hombre. Seré el mismo, con la misma pobreza y los mismos dones. Puedo ser capaz de lo mejor y al mismo tiempo cometer pecados que no soy capaz de confesar. Acepto mi verdad, la que Dios conoce. Y no me arrepiento de muchas cosas que he hecho, de otras sí, por supuesto. Estoy dispuesto a aprender de los demás y de lo que me pasa. La vida es un camino y siempre estoy cambiando, creciendo.
Con frecuencia los problemas crecen y siento que no doy abasto. No logro poner orden a mi alrededor, en mi vida, tampoco en mi alma. Reconozco sentimientos que duelen, tristezas y angustias que me invaden. Me lo trago todo y no quiero confesar lo que me pasa por dentro. Mis emociones se quedan acalladas y estallan en otro momento, cuando menos lo espero. No logro conocerme realmente. Hay un mundo desordenado, en ebullición donde no logro entrar. No soy capaz de poner paz en mi alma. Los problemas no se solucionan solos y yo cargo con ellos creyéndome capaz de todo. Como si tuviera solución para todo y todos estuvieran esperando mi intervención. No funciona así. La vida es mucho más compleja y yo solo no soy responsable de todo lo que no funciona a mi alrededor. No puedo salvar el mundo, aun cuando lo pretenda una y otra vez. Siento impotencia y dolor porque hay tensiones, luchas y guerras. Porque hay proyectos que no llegan a su realización. Porque hay mucha exigencia y falta mucho para estar a la altura de lo esperado, de lo soñado. No puedo hacerlo todo bien y tampoco consigo que todo salga bien. La frustración despierta la tristeza. Quiero sacarla y echarla fuera. Dejar que la paz llene el alma. ¿Qué cosas llenan mi corazón de alegría? ¿Dónde se llena mi pozo de agua? Sé qué cosas me calman y qué otras me provocan ansiedad. Puedo darle el sí a mi vida como es y aceptar que no todo me va a salir bien siempre, como yo quería. Habrá cosas que no funcionen y tendré que aprender a manejar esas emociones derivadas del fracaso, la derrota y la pérdida. Quiero conocerme para saber qué cosas me ayudan y cuáles me sacan de mi centro. Hay muchos lenguajes para expresar y recibir el amor. Hay formas diferentes de decirte te quiero. No siempre te digo te quiero de tal forma que tú lo entiendas y percibas. Tal vez cuando hago muchas cosas por ti, tú necesites mejor un abrazo que calme tus miedos. O cuando te hago regalos para decirte que te quiero, tú sólo esperas que te dé mi tiempo, mi atención, mi mirada, mi escucha. Porque si ves que ando con prisas, ningún regalo será suficiente para que te sientas querido por mí. Si sufres por dentro y yo paso de largo sin preguntarte nada, no te sentirás querido en ningún caso. Interpretarás que mi silencio es indiferencia y que no te amo lo suficiente. Al fin y al cabo aprendo a amar tal como fui amado. Y seguro que en mi infancia me enseñaron una manera muy concreta. O aprendí con abrazos, o simplemente con obras, con gestos. O me dijeron que me querían de muchas forma y a veces no las entendí, yo conocía otro lenguaje para expresar lo mismo. Lo más importante es conocerme bien. Saber bien cómo llenar de agua mis cisternas vacías. Descubrir en la hondura de mi alma que nunca estaré satisfecho del todo y que tendré que aprender a cargar yo mismo mi corazón cuando me sienta vacío afectivamente. Cuando sienta que las heridas duelen y no se calman de cualquier manera. Para amar mejor a los que están cerca tengo que conocer lo que ellos necesitan para satisfacer su necesidad más honda, su ansia de saberse profundamente amados. Cuando lo descubra todo será más fácil. No sólo usaré mi forma de decirle te quiero, usaré la suya para que le sea más fácil comprenderme. Si cada vez que quieren decirme algo verdadero yo evito el momento porque tengo otras cosas más importantes que mirar, dejaré solo en su interior y no lograrán sacar todas esas emociones que guardan dentro. Sé que bajo la apariencia de un lago en calma bullen en mi interior aguas turbulentas. No me da miedo mirar dentro. Quiero aprender a reconocer los gritos que escucho muy dentro. Son a veces gritos de desesperación, de un corazón que desea ser amado siempre, haga lo que haga. No tendré todas las respuestas para resolver los problemas del mundo. Y no dejaré tranquilos a todos los que vea a mi alrededor, no seré yo el que sacie todas sus expectativas y deseos, aun cuando lo intente. No puedo pretender que una persona calme todos mis miedos y llene todos mis vacíos. Hay una rotura en mi alma que clama por un amor infinito, incondicional, eterno. Y mientras no sucede seguirá teniendo sed. Y cuando no logre calmarla reaccionaré con violencia, con indiferencia, con desprecio. No daré las gracias, no calmaré a nadie. Mis gritos desproporcionados herirán a otros y esas heridas quedarán guardadas en lo hondo de esas vidas rotas. Quiero llegar a calmar mi sed, mi ansia. Quiero tener paz en medio de tantas guerras. No perder la serenidad y aportar un punto de cordura en medio de tanta desesperación. No siempre saldrán las cosas como yo espero y no todo lo que hago dará sus frutos. Me gustaría elevarme sobre el mundo llevado por la mano de un Dios que me ama con locura. Mis emociones deciden cómo me encuentro cada día. Quiero pedirle a Dios que me calme, que me deje descansar en su presencia. Quiero pedirle que me enseñe a caminar sin entrar en guerra con el mundo, conmigo mismo. Quiero perdonar a los que me hirieron. Pasar página y seguir amando. No quiero dejar de intentar amar aun cuando me hayan herido cada vez que lo haya hecho. Siento que puedo dar más aun recibiendo yo menos. No importa. Quiero cuidar ese pozo del alma en el que guardo los mejores recuerdos, las mejores vivencias.
La esperanza es el don que le pido a Dios cada mañana. Para seguir creyendo, para esperar siempre. Leía el otro día: «Esperanza o miedo… Ambos sentimientos requieren creer en algo que no ves… ¿Cuál eliges?»[1]. El miedo me hace creer en el desenlace fatal de mis sueños. En la desgracia que se me presenta como posible ante mis ojos. Creo que todo va a ir mal y brota el miedo. La esperanza no es utopía. Espero y creo en lo que mis ojos no ven ahora, pero creo que puede ser posible el final que anhelo. La esperanza me lleva a la vida eterna: «El hombre no cree en la inmortalidad porque cree en Dios, sino que cree en Dios porque cree en la inmortalidad, porque sin la fe en Dios no puede aportar un fundamento a la fe en la inmortalidad. Aparentemente lo primero es la divinidad, lo segundo la inmortalidad; pero en verdad lo primero es la inmortalidad, lo segundo la divinidad»[2]. Creo en la inmortalidad porque no puedo imaginar un final oscuro sin una vida después de esta que le dé un sentido trascendente a lo que vivo ahora. Estoy sembrando para la vida eterna. Estoy suspendido entre el cielo y la tierra. Confío en algo que se me escapa. Jesús resucitó. Y la fe en su resurrección sostiene mi esperanza. No desfallezco, no dejo de mirar más allá de la oscuridad que me rodea. Puedo llegar más alto, más lejos. Espero, creo, confío. Decía Benedicto XVI: «El hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Sólo una gran esperanza, que trascienda todo lo demás, puede sostenerlo en las fatigas de cada día»[3]. Necesito esperar en un cielo eterno, en una vida más allá de la muerte que les dé sentido a todos mis sinsentidos del camino. Esa esperanza me da fuerzas para vencer las fatigas de cada día. «Quien tiene esperanza vive de otra manera: se le ha dado una vida nueva»[4]. Quiero aprender a vivir de otra manera. Sin ese miedo tan humano que me impida avanzar por los caminos. Tener esperanza en lo que ha de venir no elimina el sufrimiento de mi vida, este forma parte de mi camino: «El sufrimiento, de cualquier tipo que sea, se convierte en prueba y medida de la esperanza»[5]. No estoy hecho de carne para morir en mi carne. Sino que mi carne un día se despertará gloriosa en la vida eterna. Una carne distinta pero fiel a su historia, a su camino. Un cuerpo glorioso como el que tenía Jesús después de volver de la muerte. «Que un católico dude en ocasiones de las certezas de la fe no significa que, para él, esas certezas no existan, ni que no le proporcionen el sosiego que toda certeza procura. La razón es evidente: lo que define el cristianismo es su creencia en el más allá, en la resurrección de la carne y la vida eterna; si esa creencia no existe, el católico deja de ser católico»[6]. Así quiero vivir yo, mirando hacia delante, no quedándome angustiado por lo que ya no tiene remedio, no mirando paralizado un futuro incierto que me llena de ansiedad. La esperanza me levanta de mi pobreza y me hace mirar al cielo confiado. ¿Cuáles son los miedos que me paralizan? ¿Y el resentimiento y la culpa que no me dejan avanzar hacia las nuevas metas? Confío en todo lo que puedo llegar a realizar. No dejo de confiar en ese futuro que seguro me depara lo mejor para mi vida, los mejores sueños, los mejores caminos. Pienso que la vida se juega en decisiones puntuales. Elijo aquí y ahora. Hago o no hago algo determinado. Me pongo en camino o me quedo quieto. Quien tiene esperanza no pone su seguridad en sus fuerzas sino en Dios. No deja de creer en la misericordia de Dios que lo levantará por encima de todos sus miedos. Pienso en mis miedos y los deposito a los pies de Dios. Miro a la cara a mis temores y le doy mi sí lleno de dudas al amor de Dios. Él me sostendrá en momentos de angustia. Está conmigo y me salva, me levanta en mis caídas y me hace sonreír en medio de mis pérdidas. Me gusta este Dios al que sigo con alegría y espero en Él para que me salve cuando haya perdido el rumbo. Dios sabe cómo soy y lo que necesito para vivir una vida plena. Él conoce mis miedos y mis fatigas. Ha olido mi temor y sabe que a veces preferiría huir antes de enfrentar la vida con todos sus desafíos. Me agobia lo que no controlo y no logro dar respuesta a todas las preguntas que yo mismo me hago, o me hacen. Las preguntas que se levantan sobre mí como muros insalvables, como mares insondables. A veces elijo el miedo y dejo que la vida se ponga difícil ante mí. El miedo me aleja de Dios porque hace que me mire a mí mismo buscando la salida. Dios me recuerda que tengo que confiar en su misericordia, que tengo que esperar en su poder. Sólo a su lado podré tener una vida plena y llena de alegría. Hoy le pido a Dios que con sus esperanza haga que mis miedos dejen de tener fuerza en mi ánimo.
Todo comienza con una pregunta malintencionada de los fariseos. Ven a Jesús convivir con publicanos y prostitutas y opinan: «En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: – Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Podía haber comido con ellos, pero lo importante era que los pecadores cambiaran de vida y se convirtieran. Ese era el sentido de comer con ellos. Jesús comía con ellos sin exigirles que cambiaran de vida en ese momento. Por eso se indignan los fariseos. Es como si aceptara el Mesías su pecado y lo consintiera. Una especie de connivencia con el mal. Pienso en tantos momentos en los que hoy corro el peligro de condenar a los que pecan, a los que no viven como yo. Los condeno y no quiero acercarme a ellos. Más bien no quiero que nadie me vea a su lado, hablando con ellos, compartiendo su vida, comiendo en su misma mesa. La actitud de los fariseos puede ser la mía cuando condeno con facilidad a los pecadores y los evito. Es como si me creyera más puro, más santo, más verdadero. Los santos no son los que juzgan, tampoco los que condenan. Hace unos días fueron canonizado dos jóvenes, Carlo Acutis y Giorgio Frassati. Dos jóvenes que proponen un modelo de santidad centrado en Jesús, en su forma de vivir. Pienso que Jesús no vivió condenando a los pecadores, a los enfermos, a los marginados. Así tendrían que ser los santos, aquellos que aspiramos, como esos dos jóvenes, a ser santos, a vivir cada día cerca de Dios. Es lo que yo deseo, ser santo, pero no para que el mundo aplauda mi santidad y coree mi nombre. No para que los demás queden eclipsados ante la luz de mi vida. No. Quiero ser santo para ser feliz. Quiero ser santo para hacer la voluntad de Dios en mi vida y que mi vida sea plena. No lo hago por miedo al castigo porque creo en la infinita misericordia de Dios. Jesús me mira como miraba a esos publicanos y prostitutas. Me mira como a la oveja perdida, por eso les cuenta esa parábola. Porque importa más la oveja perdida que las noventa y nueve que esperan seguras en el redil. Jesús vino a la tierra, se encarnó para mostrarme el camino de la misericordia. Para que yo viera cómo llevaba Jesús en sus hombros al que estaba perdido: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: – ¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse». Jesús ha venido a rescatar al que está lejos de él y sufre. Lo mismo que le pasa a la que ha perdido una moneda valiosa y no deja de esforzarse por encontrarla: «¿Qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: – Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido. Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta». Lo que está perdido y es encontrado vale mucho más que lo que se posee sin miedo a perderlo. Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por muchos que no necesitan la conversión. Y es lo que me pasa a mí. Cuando escucho confesiones después de muchos años lejos de la Iglesia me conmuevo. Y se despierta en mi corazón una alegría del testigo que presencia un milagro en medio de su vida. El milagro de la conversión, de la vuelta a casa, me conmueve, me impresiona. Me alegro mucho más por ellos que por el que está tranquilo en su casa sin preocupaciones ni miedos. Y en ese momento le agradezco a Dios el don de la misericordia. Esa oveja abrazada al cuello de Jesús me recuerda a la estola que me pongo cuando voy a confesar a un pecador. Y me acerco como Jesús, abrumado. Porque la misericordia pesa demasiado en mi alma y tengo que entregarla. Porque no es mía. Porque a mí sólo me pide Jesús que salga de mi redil para buscar al que no está, al que se ha alejado, al que no se siente capaz de volver a casa, porque tiene miedo. Y es que llevo grabado en mi pecho que sólo los méritos me salvan y los pecados me condenan. Y que si hago el mal será imposible que llegue a tocar el cielo. Y mi pecado entonces pesa tanto que no dejo de correr en dirección contraria. Me cuesta a menudo creer en la misericordia de Dios. Como si llevara toda la vida pensando que el amor de Dios me lo tengo que ganar con buenas obras y que mis malas obras me van a alejar de lo importante en mi vida. Veo que los méritos me matan y me quitan la paz. Como una oveja dentro del redil dispuesta a demostrar que se merece estar allí porque nunca hizo nada mal. Me siento como ese fariseo que piensa que lo cumple todo bien y que por lo tanto es totalmente santo. Me veo como el hijo mayor de la parábola que hoy escucho. Porque ese hijo lo tenía todo y no lo sabía. Tenía todo el amor de su Padre y lo ignoraba. Y pensaba que se había ganado el amor del Padre. Él lo amaba porque lo hacía todo bien, porque nunca pecaba ni se alejaba del redil. No merecía el rechazo sino el abrazo y no entendía qué sentido podrían tener la misericordia, la gratuidad del amor, la incondicionalidad.
La parábola del hijo pródigo siempre me conmueve. La vuelvo a escuchar y me siento de nuevo parte de esa historia, de esa parábola. Me identifico con esos hijos, el mayor y el menor, y en alguna medida, sólo a veces, con ese padre que espera y es tan misericordioso, de forma casi desmedida. Si es que se puede ser bueno de forma desmedida o exagerada. Creo que no. Lo cierto es que vuelvo a escucharla y como cada vez que esto sucede alguna palabra o escena resuena con más fuerza en mi corazón. En algún momento me siento hijo pródigo, que dilapida todo lo que recibe gratis en esta vida y luego se siente culpable por el daño hecho, por el bien gastado: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada». Siento en ese momento casi más hambre que culpa, como aquel joven. Hambre por no tener lo que otros tienen, porque las comparaciones siempre son injustas y despiertan malos sentimientos. Me acuerdo del todo lo que tuve y pienso que sería más feliz en otra parte. Porque no es hasta que pierdo algo que echo de menos lo que antes era evidente, de todos los días. Hasta que no me cortan la luz no valoro esa luz diaria. Hasta que no dejo de tener alimentos no valoro la comida de cada día. El hijo pródigo es un desagradecido, casi como yo mismo. Lo ha tenido todo y no lo valora. Porque a su lado siempre alguien tiene más, es más feliz o puede alcanzar lugares que uno no puede alcanzar. Compararme no me hace feliz, es más bien todo lo contrario. El hijo pródigo fue valiente para huir, o quizás ingenuo. Y pensó que la vida le sonreiría. Porque es cierto que yo también deseo las vidas que no he tenido, y sueño con esos lugares en los que nunca he estado. Creyendo que en otras vidas sería más feliz. Tanta ingenuidad me sorprende. Puede ser que sí, que en otras vidas también sería feliz. Pero no es cierto que más de lo que ahora soy. Entonces, ¿Por qué huyo hacia delante sin saber a dónde voy? El hijo pródigo nunca fue agradecido. No apreció el amor de su padre y no se dio cuenta de que tener toda la herencia en su mano, no sólo la mitad, era más beneficioso para él. No comprendió que estar en casa era un placer, un lujo, un don de la misericordia. Quizás se sintió encerrado entre normas necesarias, que parecían restrictivas. O no quiso ser el heredero que repitiera lo que otros antes que él habían hecho. No quiso entrar en una horma de zapato que no era la suya. Y decidió crear un nuevo camino, el suyo, a su manera. Y le fue bien, porque invirtió su fortuna. Fue bien un tiempo, luego malgastó todo y dilapidó la fortuna. Por eso es un hijo pródigo, porque lo perdió todo dándolo sin un sentido. En esas huidas me descubro a veces. Dejando de ser el hijo dócil que obedece siempre a su padre. Como queriendo demostrarme a mí mismo que mi vida tiene sentido de otra manera, con otras formas. Y cada vez que peco y no hago lo que Dios quiere que haga para tener una vida plena, me alejo, dejo de mirar atrás, ya no confío y mi mirada pierde su pureza e ingenuidad. Ya casi me alimento de algarrobas, como los cerdos. Y lejos de Dios y de su mirada mi vida es más miserable, más pobre. Me duele pensar así, pero lo hago. Me convierto en alguien miserable y pobre. Desprovisto de la belleza de aquellos que siguen los pasos de Dios en su vida. Me gustaría vivir de una manera diferente cuando empiezo a sentir el hambre. Incluso estoy dispuesto a regresar y pedir perdón. Pero no porque esté arrepentido del todo, sino porque me duele el alma por el hambre, por la soledad, por la angustia. Cuando soy hijo pródigo, cada vez que me alejo, tengo una oportunidad a mi alcance que es misteriosa: «Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: – Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: – Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado». Ese hijo de Dios regresa a casa y le hacen una fiesta. También a mí se me regala el don de la misericordia. Puedo dejarlo ir o no darme cuenta, cada vez que me absuelven sin pedirme que nunca más lo vuelva a hacer, no puedo prometerlo, sería un mentiroso. Quisiera no olvidarme nunca de agradecer el don del perdón que recibo cuando menos lo merezco, incluso cuando no he sido capaz de arrepentirme. Yo vuelvo por hambre, como ese hijo. Yo también regreso por necesidad, no porque quiera cambiar de vida. Y aun así me hacen una fiesta, matan el cordero cebado y me visten de fiesta, no como un jornalero, sino como un hijo amado y esperado tanto tiempo. Porque Dios espera a la puerta de su casa a que yo vuelva. Y corre a mi encuentro cada vez que lo hago.
El hijo mayor de la parábola me conmueve. Casi no conoce a su padre y no lo entiende: «Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: – Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: – Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado». ¿Era feliz este hijo antes de que regresara su hermano? ¿Por qué le duele tanto la alegría de su padre al recobrar a su hijo pequeño que se había ido? Me cuesta entender tanta amargura, pero es más común de lo que yo pienso. A menudo mi felicidad está bien hasta que me comparo con otros y encuentro que tienen lo que yo de verdad deseo, o tienen más de lo que yo poseo. El hijo menor había actuado mal y como consecuencia recibe un premio. El hijo mayor vivía del merecimiento. Él siempre había obedecido, había estado a la altura de las necesidades, había respondido con prontitud los requerimientos de su padre. ¿Sería feliz? No lo sé. A menudo me siento parecido a este hermano mayor. Vivo en la casa de mi padre, hago las cosas que tengo que hacer con gusto, a veces con fuerza de voluntad. Acepto las cosas como vienen y no me quejo. Y luego, cuando me comparo, surgen las dudas. A mí nunca… le digo a mi padre. Nunca me has dado algo de forma gratuita, sin exigirme un buen comportamiento. No soy consciente de que todo lo suyo es mío, su casa es mi casa, sus bienes son mis bienes, su felicidad es mi felicidad. No acabo de comprender que la vida es mucho más cuando no me comparo, cuando disfruto lo que tengo sin esperar más, sin desear más. Cuando comprendo que si estoy en casa es porque lo deseo, porque soy más feliz cerca que lejos, dentro que fuera. Porque estar con mi Padre es ya un don de su misericordia. La envidia envenena el corazón. Me hace desear incluso el mal de mi hermano. El hijo mayor desearía un castigo ejemplar para el hijo menor. Así me pasa cuando veo a algunos que no cumplen, no hacen, no están cerca de Dios. Y luego me dicen que Dios los perdona y los acepta como si no hubieran hecho nada malo en sus vidas. ¿Acaso puedo aceptar así la misericordia de Dios? ¿No es injusto que el Padre trate así a su hijo? El Papa Francisco les dice a unos Jóvenes católicos argentinos reunidos en Santa Fe el 9 de octubre de 2016: «La misericordia, – aseguró entonces el papa-, existe cuando «el corazón se junta con la miseria del otro», es decir, «cuando la miseria del otro entra en mi corazón»»[7]. La miseria de ese hijo pequeño entró en el corazón de su padre. Porque lo amaba con toda su alma y lo esperaba cada mañana pensando que tal vez aparecería. Cuando lo ve no puede reprimir su alegría. La miseria de ese hijo hambriento y pobre entra en su corazón. Se adueña de él y lo conmueve. La misericordia brota de su alma con toda su fuerza y lo abraza, lo sostiene. ¿Vale más huir de Dios y esconderse para poder experimentar un día ese abrazo? ¿Es mejor pecar para ser absuelto más tarde y experimentar ese baño de la gratuidad? En realidad no me puedo escapar de mi pecado. Y sé que vuelvo una y otra vez a la escena del crimen. En ese momento trágico en el que elijo mal y me dejo llevar por una corriente que me aleja de lo que me salva. Y entonces, perdido en la ciénaga de mis crímenes sólo puedo implorar clemencia, misericordia, compasión. Soy consciente, cada vez que sucede, de mi pequeñez. Compruebo con dolor que mi fuerza de voluntad es debilidad más que fuerza. Y me reconozco en mi pecado como si fuera un mendigo sediento en busca de charcos que parecen saciar una sed de infinito. Por eso el regreso del hijo pródigo es una escena que me conmueve. Porque yo quiero vivir ese momento en mi vida cada vez que pida perdón de rodillas. Volver a tocar la gracia como un baño de amor inmerecido. No me merezco el perdón, ni la gracia, ni la misericordia que desea absorber para siempre toda mi miseria. Besa mis labios corruptos y me viste con un traje de fiesta apartando a un lado todos mis harapos. En mi inmundicia siento que no tengo derecho a ningún abrazo, a ninguna fiesta. Y al mismo tiempo recibo conmovido toda la alegría de ese Dios que lo único que desea es abrazarme para que no me caiga, ensalzarme para que no me hunda. Todo porque su amor es mucho más grande que mi pecado. Y su misericordia es infinita.
[1] La protegida, Rafael Tarradas Bultó
[2] El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas
[3] Benedicto XVI, Spe Salvi 27
[4] Benedicto XVI, Spe Salvi 27
[5] Benedicto XVI, Spe Salvi 27
[6] El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas
[7] El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas