Sabiduría 9, 13-19; Filemón 9b-10. 12-17; Lucas 14, 25-33

«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío»

7 septiembre 2025    P. Carlos Padilla Esteban

«Cargo la cruz de los miedos, de las incertidumbres y las acepto con paz en el alma. Jesús me pide que diga sí a la vida como es, a mi camino tal y cómo va creciendo»

La indiferencia es el mal de mi tiempo. La falta de empatía con el que sufre. La inactividad ante el que padece alguna necesidad. El otro día leía: «Cuando la humanidad se acostumbra a vivir en medio de tanta injusticia, puede llegar a normalizarla. El origen de la maldad de los hombres, hija mía, es la indiferencia ante el dolor de los demás. No podemos permanecer impasibles observando la suerte que corren nuestros vecinos o amigos. Nunca pierdas la capacidad de discernir entre el bien y el mal»[1]. Nunca quiero olvidar al que sufre y permanecer indiferente ante el que padece algún mal. Me acostumbro a la injusticia, a la impunidad ante los abusos, a la falta de una ley que se cumpla siempre y proteja al más débil. Me acomodo y no quiero esforzarme por ir al encuentro del que más me necesita. Decía el Papa Francisco: «La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar solo en nosotros mismos y nos hace insensibles al grito de los demás», alertó contra la «globalización de la indiferencia» y solicitó «la gracia de llorar por la crueldad del mundo, por nuestra propia crueldad y también por la crueldad de quienes, de manera anónima, toman decisiones que provocan dramas como éste»[2]. El bienestar. El deseo algo enfermizo que anida en mi alma por estar yo bien, cómodo, seguro, tranquilo y en paz. Me olvido del mal que sufren tantas personas, de la necesidad que sufren los que me rodean. Pienso en mí y todo lo demás pasa a un segundo plano. Si veo desgracias paso de largo. No creo en el bien que puedo hacer con mis palabras, con mis abrazos, con mis silencios, con mis caricias. Puedo hacer mucho bien y lo que yo haga nadie más lo hará. Yo estoy aquí, en este lugar y ahora. Nadie más que yo puedo llegar a estas personas. Sólo yo he sido colocado para ayudar en este momento. Mis palabras pueden consolar y despertar esperanza a mi alrededor. ¿Por qué permanezco impasible y callado? Tal vez porque pienso que mi dolor es más grande. O porque estoy cansado de sufrir y no quiero ni de cerca palpar el dolor de otros. O porque creo que exageran a la hora de vivir su dolor y no los comprendo. Leía el otro día: «Nunca invalides el dolor de otra persona solo porque tú lo llevarías de forma distinta. Cada uno siente el dolor del mismo cuchillo de manera distinta»[3]. Quiero arrodillarme ante el que sufre como Cristo en la cruz, ante el que padece alguna enfermedad y siente un dolor agudo en su alma. Quiero estar cerca del que no puede sonreír porque nada de lo que le sucede es bueno. Quisiera poder acompañar al que más sufre, al que está solo, al que ha dejado de soñar. No sé cómo hacerlo. No logro encontrar las palabras adecuadas ni sé cómo responder con rapidez a todos los requerimientos que me hacen. Me he acostumbrado a mi propio dolor y no quiero conocer otras miserias. O tal vez me he vuelto insensible ante el que sufre y sólo deseo disfrutar yo de mi vida, de mis sueños. El egoísmo mata, aísla. ¡Cuántas personas viven solas tratando de sobrevivir en un mundo hostil! No conocen el amor de los más cercanos. Y han experimentado con demasiada frecuencia la indiferencia de los demás. Ya no los buscan, ya no los requieren. Se aislaron y al mismo tiempo ellos no buscan ayudar a nadie. Un mundo lleno de náufragos que no quieren sufrir. No pueden soportar más dolor. Han perdido la sensibilidad para ayudar a nadie. Quiero pensar que siempre puedo hacer algo más por los demás. No quiero darme por vencido. No quiero creerme el salvador de nadie y al mismo tiempo no quiero pensar que lo que yo haga no sirve para nada. Siempre ayuda, siempre sana. Puedo hacer más de lo que hago. «Entendí en aquel campo que las personas buenas de verdad nunca están satisfechas con su proceder y piensan que podrían haber dado más de sí o haber actuado mejor con el prójimo»[4]. Siempre hay personas que sufren a mi alrededor. Hay indigencia y necesidad. Hay heridas y muchas carencias. No puedo pasar de puntillas por la vida. Allí donde hay dolor puedo yo ayudar a calmarlo. Donde hay soledad puedo aportar algo de humanidad. Donde hay desolación puedo traer esperanza. Donde hay odio, ira o deseos de venganza puedo yo dejar que surja algo de amor y compasión. La necesidad de mi hermano me cuestiona. No quiero que la indiferencia se haga fuerte en mi corazón. Puedo hacer el bien. Puedo ayudar a muchos a sanar. Puedo acompañar a los que han sido abandonados a su suerte.

La confianza es un don que pido todos los días. No quiero perder la confianza en los demás, ni en Dios, tampoco en mí mismo. No quiero perder la mirada pura que no se cuestiona continuamente si los demás están actuando como yo esperaba o no. No quiero dudar. Quiero creer en los demás y en la pureza de sus intenciones. ¿Y si me siento engañado, defraudado, herido? ¿Y si no actúan como yo espero que lo hagan? Brota la desconfianza de forma incontrolable, lo penetra todo, lo mancha todo. Si pierdo la confianza en la bondad de los hombres dejo que salgan de mi corazón el odio y la rabia. No creo en el perdón ni en la misericordia. Me aíslo. Ya no creo en un Dios que pueda guiar mi vida a buen puerto. Creo que sólo es posible vivir confiando en Dios y en los hombres cuando he experimentado en mi vida la confianza de los demás. Cuando me han amado como soy. Cuando han deseado mi bien. Pero esto no siempre sucede. Todos llevamos alguna herida provocada por la desconfianza. No han creído en mí. Han dudado de mis intenciones. Han cuestionado mi integridad. Han controlado mis pasos porque no se fiaban de lo que podía hacer con mi libertad. Me han difamado, han herido mi fama, han hablado mal de mí, han dicho y pensado cosas que no eran ciertas. No estoy libre de las críticas ni de los juicios. Y esas heridas pueden minar mi confianza. Ya no creo en la bondad de los demás ni en sus justas intenciones. Ya no pienso que siempre van a desear mi bien. Sé que la envidia, el rencor o los celos pueden empañar su mirada y hacer que sus juicios y críticas me mancillen. Entonces desconfío, ya no actúo con naturalidad, ni cuento lo que hago o pienso. Porque no quiero volver a ser herido por nadie. Callo y me oculto, me escondo. Es mejor así, pienso. Desconfío. Dejo de creer en las personas, dejo de confiar en su amor. Por eso, en mi desconfianza tiendo al control, para no perder a los que todavía permanecen a mi lado. Ya no me fío. Educar en la confianza y vivir en la confianza es la base para llevar una vida sana y llena de luz. Decía el P. Kentenich: «La pedagogía de la confianza deja intencionalmente las riendas sueltas incluso cuando el oleaje se encrespa. Se apoya y confía no sólo en lo bueno que hay en el ser humano y en la ley de tensiones en la comunidad, sino también en la conducción de Dios a través de la gracia. Tiene por cierto constantemente a la vista la situación, pero se mantiene gustosa en segundo plano y sólo interviene cuando resulta necesario y provechoso»[5]. Educar en la confianza es un don, un arte, un misterio. Me gustaría acompañar así a las personas, confiando en su bondad, en el bien que hay en sus corazones. Deseo confiar en el bien que pueden hacer a los demás. No controlo, no sujeto con fuerzas las riendas de sus vidas. Quisiera vivir siempre confiado, también desde mis heridas. Confiar en el bien que hay en los demás. Confiar en su verdad, en que lo que me dicen es verdad. No cuestionar su integridad, no dudar de su palabra o de sus intenciones. Prefiero pecar de exceso de confianza que de lo contrario. Pero para poder confiar en los demás es necesario creer en mí mismo y tener paz. La confianza en mí mismo, la fe en mis fuerzas me vuelve sólido y firme. Sobre esa confianza construyo mi autoestima. Reconozco mi verdad y mi valor. Me miro con humildad y descubro las capacidades que infunden en mi alma un sentimiento de seguridad. Puedo confiar en mí. Y es entonces cuando confío más en los demás. No vivo cuestionando sus vidas, no busco fantasmas ni nada debajo del agua. No creo que me estén engañando. Es mejor confiar que desconfiar. Es fundamental una confianza ciega en mí mismo. «La autoestima se construye cuando al hijo se le quiere porque sí, porque es nuestro hijo y porque es una persona diferente de nosotros, es una persona que tiene una misión diferente a la mía, completamente distinta a la mía»[6]. La confianza se hace más fuerte y con ello la propia autoestima cuando creen en mí, aun habiendo fallado, y confían en mí, incluso cuando no les doy razones para que lo sigan haciendo. El amor incondicional de los demás en mí es el que me salva. Cuando creen en todo lo que hago más de lo que yo creo en mí mismo. Creen en mis capacidades, en mi bondad, en mi verdad y no viven poniendo en duda todo lo que hago. Esa actitud es la que yo deseo vivir cada día. Confiar y desear que los demás confíen. Dejar las riendas sueltas sin controlarlo todo y conseguir que los demás me dejen las riendas sueltas, para tomar yo decisiones libres. Esa confianza que se da y que se recibe es la que quiero para mi vida.

A veces, o casi siempre, la vida quiere ser un vaciarse para volverse a llenar. Es como un descanso obligado después de una larga carrera, cando falta el aliento, y las fuerzas se han agotado. Es algo así como dejar de ser para comenzar de nuevo. Dejar de existir para empezar una nueva existencia. Será como comprender que una y otra vez necesito reinventarme para seguir existiendo. Como si no valieran ya las mismas vueltas de tuerca que llevaba un tiempo dando. Una carrera nueva. O un despuntar novedoso. Un volver a nacer después de haber muerto. Callar, guardar silencio, quedarme quieto un tiempo largo, esperando a que algo suceda o quizás nada. Y es que merece la pena hacer las cosas bien, iniciar caminos intrincados y perdidos en medio de los bosques. Dejar la mente en blanco, perder el tiempo de forma miserable, dejar de producir pareciendo un inútil. Desaparecer un tiempo, lo suficiente para poder luego seguir viviendo. Vaciarme de todo lo que me contamina y llena al mismo tiempo. En esa desesperada huida de mí mismo, queriendo matar el tiempo para acabar dejándolo vivo. Seguirá existiendo. No contar para nadie al menos como percepción. Poder desaparecer para siempre en ese momento sin que nadie eche de menos tu presencia ni llore con dolor tu bendita ausencia. Eso es lo que uno hace cuando empieza a caminar un día con la meta clara y confusa al mismo tiempo. Clara porque uno tiene claro que quiere llegar a algún sitio real y tangible. Confusa porque en ese devenir de mi existencia puedo perderme o perder el rumbo y sentirme lejos de alguna parte sin saber muy bien dónde me encuentro. Y es que caminar no es lo mismo que peregrinar. Tiene el peregrino la conciencia clara de que su vida ansía una meta real, confusa, pero concreta. Una meta que trasciende los pasos sudorosos del que se esfuerza por llegar más lejos, más alto, más hondo. Duele caminar con un sentido, porque a medida que uno avanza, sigue pareciendo imposible alcanzar la meta. Y a cada paso el punto de partida se pierde en el horizonte cuando me doy la vuelta y miro hacia ese camino largo por el que venía. El peregrino no se hunde cuando llega la lluvia. No desiste con el calor buscando el refugio de las sombras. No pretende haber llegado cuando sólo ha alcanzado por su tenacidad el final de algunos días. El peregrino sabe que no acabará nunca su camino. Porque comprende que, después de llegar a ese lugar santo que anhela con ahínco, de alcanzar a tocar los restos de ese santo humano que vivió un día mirando al cielo y ahora descansa al fin, libre de ataduras para siempre, a ese espacio concreto y único que se abre al infinito. Sabe que después de esos sueños que se hicieron un día camino y meta, vendrán otros sueños, otras metas, como eslabones de una cadena infinita, o escalones que ascienden en mágica verticalidad buscando las alturas. Entiende en realidad el peregrino que no basta con tener fe para comenzar a andar. Hay un algo más, algo intangible que mueve sus pies buscando el cielo. No es necesario, quizás, no todos tienen ese mismo anhelo. El peregrino, eso sí, casi siempre es un buscador empedernido, un soñador incansable, un destructor de planes planos y aburridos. El peregrino ha dejado la comodidad de su hogar, los bienes que lo rodean, la estabilidad de una cama propia, de un espacio conocido. Ha dejado de andar por consumir pasos, para rezar con los pies soñando con las alturas. Sabe el peregrino que nunca será el mismo cuando llegue al final de su camino. Algo habrá cambiado en su alma. Tal vez sí será tan humano como antes y no necesariamente su fe será más sólida. Cargará las mismas dudas y los intangibles de sus preguntas continuarán amenazando sus seguridades. Aun así ya no será el mismo. Porque se habrá ido vaciando, dándose cuenta, porque vaciar duele. Es como si de repente faltara el aire. Como si el cansancio hiriera la piel reseca por los vientos contrarios. Y llevará en el alma muchos paisajes grabados, y cargará el cansancio y el dolor en el alma. Y sabrá que caminar así sí merece la pena. No tendrá más respuestas y seguirá pensando que ha perdido el tiempo o la vida. Habrá muerto en el camino, habrá resucitado al lograr el descanso al final del día. Cuando se haya dejado sorprender por algún lugar maravilloso y haya deseado incluso quedarse allí un par de días, sentirá que no puede hacerlo, sería como traicionar su sueño, su camino, su meta o su destino. No sentirá que todo ya está claro en su alma, porque sería mentira. No habrá dado respuesta a todas las preguntas que a veces lo inquietan demasiado. Soñará con el cielo más allá de su mirada y sabrá que la vida se sigue jugando en presente, porque es eso lo que merece la pena. Vivirá contando minutos, las horas son demasiado largas y también los días. No tendrá planes fijos ni decidirá con demasiado tiempo cómo ha de ser el camino. Aprenderá a respirar vientos nuevos. Buscará agua en cualquier lugar cuando la sed apriete, haciéndose un mendigo. Vivirá alabando y dando gracias por el presente que es lo más sagrado que tiene entre sus manos y no quiere dejarlo ir sin haberlo besado con denuedo, con pasión, en silencio. No se preguntará cuántas cosas le duelen. No será muy relevante si está cansado o sufre por algo. Nada importa tanto como cargar su mochila y seguir caminando. Mirando al cielo, agradeciendo por esa tierra sagrada, que ven sus ojos y sus pasos pisan.

A Jesús lo seguía mucha gente. Pero quizás no todos estaban dispuestos a seguir las condiciones que Jesús establecía: «En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: – Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Jesús habla de seguirlo a Él como discípulo. Es un paso más, un tanto más que implica más compromiso y entrega. ¿Cuánto estoy dispuesto a renunciar por seguir a Jesús? ¿Mis seguridades materiales, mis afectos, mi comodidad, mi imagen… están realmente en segundo lugar frente a Él? ¿Soy capaz de seguir sus pasos dejándolo todo y atándome sólo a su espalda para que Él me lleve a cuestas? Me gustaría ser capaz de seguirlo siempre. Cuando me desapego de lo que me ata. De todo lo que me da paz y tranquilidad, del confort, del querer agradar, del miedo a perder. Cuando lo suelto todo y me siento más ligero veo cómo mis alas pueden al fin desplegarse. Puedo volar hacia lo esencial. Puedo llegar a tocar el amor más radical y humilde. Quiere que deje atrás tierra, amigos, bienes, familia con tal de estar a su lado, de ser su amigo. Porque ser discípulo es más que seguir a alguien, es vivir con alguien, compartir su vida y sus sueños. Es ser amigo de Jesús y es eso a lo que me invita Él en mi vida. Quiere que sea su amigo y no deje que las cosas y los apegos me alejen de Él. Lejos de ser una condena, Jesús me invita a soltarme del control, del querer tener todo bajo mi poder. Sé que el control me enferma, me quita la paz, me duele por dentro. El querer controlar las cosas, la vida, me aleja de lo importante. Quisiera ser más libre de apegos y seducciones. Libre de todo lo que me impide crecer como persona. Jesús me invita entonces a ser más hombre, más humano, y más de Dios. Más atado al cielo y más libre de la tierra. ¿Qué ataduras son más fuertes en mi vida? ¿Qué me costaría perder en esta vida? ¿Dónde tengo puestas todas mis seguridades? Volar, ser libre, soltar, dejar de controlar, estar dispuesto a perder. Me da miedo que me suceda lo que dice el cántico de Ezequías: «Como un tejedor, devanaba yo mi vida, y me cortan la trama». Dejar los lugares y personas en los que mi corazón está anclado. No son apegos malos necesariamente. Pueden ser vinculaciones sanas y bonitas en mi vida que no quiero perder. Porque me he aferrado a ellas y en ellas me siento seguro. Es sano echar raíces, crear vínculos, amar. Y al mismo tiempo ser ciudadano del cielo en medio de la tierra. Es ese un deseo del corazón. No siempre es así. A veces mis ataduras no me dejan ser feliz. El miedo a perder y dejar de tener me abruma. Ser discípulo significa echar raíces y volar al mismo tiempo, aun cuando parece algo contradictorio. Atarme y desvincularme para subir más alto. Esos apegos tan humanos que a menudo me esclavizan. El querer conseguir mis sueños pase lo que pase. Aunque otros sufran y no posean lo que anhelan. Ser libre de mis propias pretensiones y deseos. Libre para volar más alto y llegar más lejos. Libre para tener nido y volar abandonándolo. Ser libre para ser amigo de Jesús que no tenía dónde reclinar su cabeza. La invitación de Jesús es exigente. Implica estar dispuesto a renunciar a la agenda sobrecargada para dedicar tiempo real de escucha y presencia a quien más me necesita. Puedo regalar más tiempo, porque lo tengo al haber ayunado de aquello que era también bueno y consumía mi tiempo. Soy capaz de renunciar a esa seguridad económica que me esclaviza para dar generosamente y con libertad. Soy capaz de levantar la mirada en silencios que sanan heridas y me abren al Espíritu. Dejo la tierra para mirar al cielo y el mismo tiempo me ato en la tierra para hacer presente el cielo en medio de los hombres. Me gusta esa mirada que lo cambia todo. Sigo a Jesús, me pongo en camino y dejo lo que amo porque un amor inmenso me pide que esté sólo con Él caminando hacia lo más alto. Los amigos se atraen porque sueñan sueños parecidos. Sueñan con las estrellas y no se fijan en las piedras del camino. Comparten la vida porque recorren un mismo camino. Eso es un don de Dios. La amistad saca lo mejor de mi corazón porque crece a partir de la entrega libre del uno al otro. No sigo a Jesús porque me vaya a tratar bien si le obedezco. No lo sigo por miedo al castigo si me alejo de sus pasos. No estoy con Él porque piense que lejos de su presencia me condenaré y no seré premiado. Estoy con Él porque soy su amigo y porque me gusta su amistad y compartir el camino con Él, y comer de su comida, y pasear por la orilla de su lago mirando las estrellas. Soy su amigo porque no tengo un lugar mejor dónde ir. Porque sin Él mi vida se vuelve gris y pierde el brillo y la luz. Sin su amistad dejo de ser creativo, humano, sencillo, espontáneo. Sin su amistad soy menos yo y me ato demasiado al mundo. Él me enseña a no conformarme con las cosas de este mundo y me pide que sea magnánimo, generoso. Me pide que lo dé todo y no me guarde nada. No quiere que me conforme con los mínimos. Desea que me entregue por entero. Así es la vida con Jesús, más grande, más plena.

Jesús quiere que lo siga cargando sobre mis hombros mi cruz. «Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío». Es mi cruz la que llevo en mi alma. Llevar la cruz es viajar con Jesús, de su mano, como un amigo, en las parcelas más difíciles del corazón. Jesús no me llama por un camino sin cruces. Caminar con Él es vivir con dolor, acostumbrarme a caminar con sufrimiento. Me invita a hacer propias las cruces cotidianas, en la familia, en el trabajo, en la soledad, y a verlas como camino hacia la plenitud. Las cruces en mi vida son las que más me cuesta aceptar. Darle el sí a la cruz es el sentido de toda mi vida. Aceptar que las cosas son como son. Cruz es aquello que no resulta como a mí me gustaría. Es mi forma de ser que no siempre me trae alegrías. Es el presente que me pesa, puede ser también mi trabajo. No siempre mi trabajo es fuente de alegría. El otro día escuchaba que el porcentajes de no comprometidos en su trabajo oscila entre el 63 %–70 %. No se sienten motivados o conectados. Los activamente desenganchados o infelices son alrededor del 24 % global. La infelicidad directa o descontento es sólo una minoría, según estudios como el del Reino Unido, sólo un 13 % de empleados infelices. Cuando no estoy contento con mi trabajo resulta que se convierte en una cruz ir al trabajo de cada día para ganar el dinero suficiente para mantener a los míos. Darle el sí a mi trabajo actual me lleva a cargar con la cruz en mi vida cotidiana. Para los que no están contentos con lo que hacen la mayor parte del tiempo de su vida, el trabajo es una cruz. Otras veces la cruz es la familia. Un matrimonio que no funciona, hijos difíciles, relaciones familiares complicadas, soledad no deseada. Los vínculos son una fuente habitual de dolor y de cruz. Aceptar la cruz es darle el sí a la familia que tengo, con sus límites y capacidades, con sus penas y sus alegrías. La mesa familiar es mesa de sacrificios, como decía el P. Kentenich. La cruz puede venir por la salud. No estoy sano, sufro alguna enfermedad, siento dolores continuos. La cruz de mi cuerpo y de mi salud me lleva a aceptar mi vida como es ahora. Si estoy enfermo, con esa enfermedad. Al mismo tiempo los límites que marcan mi forma de ser, o las decisiones tomadas en el pasado, se pueden convertir en una cruz. No siempre acepto con alegría los límites de mi forma de ser. Soy de una determinada manera y esa forma de ser despierta a menudo rechazo en otros. No me quieren como soy. No aceptan mi vida como es. Me cuestionan, me critican, hablan mal de mí. Esas críticas son una cruz porque no me siento valorado ni querido. La cruz pesa cuando no sé lo que va a suceder mañana y vivo con incertidumbre y miedo. Hoy escucho: «¿Qué hombre conocerá el designio de Dios?, o ¿quién se imaginará lo que el Señor quiere? Los pensamientos de los mortales son frágiles e inseguros nuestros razonamientos, porque el cuerpo mortal oprime el alma y esta tienda terrena abruma la mente pensativa. Si apenas vislumbramos lo que hay sobre la tierra y con fatiga descubrimos lo que está a nuestro alcance, ¿quién rastreará lo que está en el cielo?, ¿quién conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría y le envías tu santo espíritu desde lo alto? Así se enderezaron las sendas de los terrestres, los hombres aprendieron lo que te agrada y se salvaron por la sabiduría». Descubro mis límites y me siento inseguro. No sé lo que va a pasar mañana. No saber lo que va a ocurrir es una cruz que tengo que aceptar con alegría. Vivir el presente sin angustia, sin ansiedad. Dios sabe lo que es mejor para mí. Vivir totalmente despreocupado, confiando. Así es el camino que Dios tiene para mí. Cargo la cruz de los miedos, de las incertidumbres y las acepto con paz en el alma. Jesús me pide que diga sí a la vida como es, a mi camino tal y cómo va creciendo. Jesús es parte de mi camino y quiero aprender a vivir anclado en su cruz. Justamente Él se dejó clavar en un madero para mostrarme el camino de la vida, de la resurrección. La última palabra no la tiene la muerte. La esperanza no se frustra en un madero. Mis angustias y mis miedos no me pueden impedir ser feliz. La realidad como es, distinta a como yo quisiera, no puede ser un obstáculo para vivir una vida plena y feliz. Jesús no me quiere libre de cruces sino con paz en medio de ellas. Y sólo entonces, cuando sepa lidiar con mis sufrimientos sin vivir atormentado, podré ayudar a otros. Porque en eso consiste la vida del cristiano. En acompañar a quien sufre sin esperar los aplausos, sin desear el reconocimiento. Hay tanto dolor a mi alrededor. Al lado de las cruces que contemplo mis sufrimientos son insignificantes. No merece la pena angustiarme al pensar en ellos. El dolor de mucha gente supera todo lo que yo vivo. Quisiera poder acompañar al que sufre en soledad, al que no es comprendido ni querido, al que es rechazado, al que tiene mala suerte en su vida y sufre desgracias muy difíciles de asumir. Hay cruces que me parecen imposibles de ser cargadas. Quiero ser como un cireneo que ayude a otros para que su carga no sea tan pesada. Me gustaría ir al encuentro del que más sufre, salir a socorrer al que ni siquiera puede pedir ayuda. Lo que hoy haga por el que más necesita algún día puede que alguien lo haga por mí. Siempre la vida da muchas vueltas y yo sólo tengo oportunidades muy concretas para ayudar a mi hermano a llevar su cruz con paz y alegría. Yo puedo dar esperanza al que la ha perdido.

Hoy Jesús me invita a mirar el futuro confiado y al mismo tiempo con precaución: «Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: – Este hombre empezó a construir y no pudo acabar. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío». La construcción de una torre y el desafío de una batalla. En ambas me pide Jesús que sea precavido, que sepa con lo que cuento, que no me lance a la aventura sin saber si voy a poder acabar la obra o si voy a lograr vencer en la batalla. Me dice que confíe y el mismo tiempo que sepa las fuerzas con las que cuento. Por un lado me parece que entra en contradicción con la última afirmación. Tengo que dejar todos los bienes para seguir a Jesús. Renunciar a mis seguridades para exponerme a una aventura que no sé cómo va a acabar. Me pide que renuncie a mis bienes, a mis seguridades, para seguir sus pasos por caminos inciertos. ¿Eso es ser su discípulo? ¿Y no es necesario calcular mis fuerzas para la torre o la batalla? Me parece totalmente contradictorio. Tengo que especular y al mismo tiempo soltar. ¿Qué significa? Una interpretación espiritual de la parábola me hace pensar que el rey que va a la batalla soy yo. Mis diez mil soldados son mis talentos, mi dinero, mi influencia, mis planes, mi poder, mi capacidad. Me siento rey poderoso tantas veces. Siempre me parece suficiente hasta que me enfrento con la realidad de mi pequeñez. No tengo suficiente para construir una torre, no tengo fuerzas para vencer a mi enemigo. Caeré en la batalla si confío sólo en mis fuerzas. Pienso que seguir a Jesús es algo tan imposible que supera todas las fuerzas humanas de las que dispongo. Quiero construirle una casa a Dios y no cuento con lo suficiente. Quiero vencer en la batalla y me resulta imposible. Jesús me dice hoy: – Siéntate y calcula. Sé honesto. ¿Puedes con tu fuerza amar como yo amo? ¿Puedes cargar la cruz por ti mismo? ¿Puedes llegar al final del camino sólo con lo que llevas en tu mochila? ¿Te basta tu fuerza para resistir todas las tentaciones del mundo? Imposible, nunca lo lograré. Sé entonces, al menos ahora así lo entiendo, que la paz verdadera llegará cuando logre entregar el mando. No es perder, es ceder el control y dejar que Dios reine en mi vida. Renunciar entonces a mis bienes no supone despreciarlos, sino ponerlos en sus manos. Lo que suena radical es, en realidad, la única estrategia sensata para alcanzar la vida plena. Quiero aprender a confiar plenamente en sus fuerzas, pero sin dejar de calcular las mías. Quiero saber lo que tengo y se lo entrego a Dios para que Él, con mi pobreza, con mi pequeñez, haga milagros. Él puede vencer en la batalla si dejo que gobierne mi corazón. De esta manera mi vida es fecunda, no porque lo haga yo todo bien, sino porque Dios es todopoderoso y hará milagros con mi humanidad débil y herida. Me dan fuerzas las palabras que hoy escucho: «Ten compasión de tus siervo. Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos. Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos». Necesito que Dios me dé fuerzas por la mañana para poder caminar ese día en su presencia, a su lado, cuidando la amistad que me mantiene atado a su vida. A su lado mi vida es mejor y fuera de Dios, en la lejanía, me pierdo. Sin su poder todas las batallas son imposibles y todas las torres inalcanzables. Mis cálculos humanos no me salvan nunca, es su gracia, su poder y su compasión los que me hacen ver que mi vida a su lado merece la pena. Ser discípulo no es una locura inconsciente. Es un sí valiente y consciente. Miro mi vida, mis límites, mis cargas, y sin miedo, decido soltar, confiar, seguir. Es un canto a la madurez espiritual, a vivir el seguimiento con libertad real y consciente. Aunque el camino exige renuncias, no estoy solo ni vacío. Jesús me acompaña y me hace libre, me da la confianza y me ayuda a caminar con paz. Jesús me sostiene siempre, la cruz es el signo del amor que me acompaña hasta la vida plena. Quiero soltar mis cadenas, quiero dejar de confiar en mis fuerzas, se las entrego a Dios y confío en el poder que sostendrá mi vida en el camino.

[1] La sinfonía de Julia, Mercedes Guerrero

[2] El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas

[3] El hijo del Reich, Rafael Tarradas Bultó

[4] La sinfonía de Julia, Mercedes Guerrero

[5] Textos Pedagógicos, Herberto King, Textos J. Kentenich

[6] E. Riveros A. Focusing desde el corazón y hacia el corazón