Evangelio según San Mateo 13, 44-46

Sábado de la XXI semana del tiempo ordinario

Santa Rosa de Lima, virgen y Patrona de América Latina

 

Jesús dijo a la multitud: El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

 

Meditación de Gonzalo Manzano González

 

“Lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo”

 

Jesús parece decirme: Esta es una alegría que desborda el corazón. La Vida Eterna es compartir conmigo todo, para siempre, pero, sobre todo, que Yo comparta contigo todo, para siempre. El Padre tiene predilección por ti y tus hermanos, queremos que compartan con Nosotros el gozo de vivir en familia constantemente, de manera plena, sin perderse ningún instante de la inmensidad de lo que soy. Contarles de estas formas lo que significa estar conmigo en el Paraíso, debería ser algo sencillo de comprender, pero sus cabezas y corazones se empecinan en esconderse de Mí.

 

Un tesoro como este es algo que cuesta compartirlo. Jesús mismo dice que habría que volver a enterrar ese tesoro, pero no es para capturarlo y no compartirlo, sino que es más el no querer quedarse sin él, porque es precioso en niveles que no puedo ni imaginármelo. Claro, si encontrara un tesoro así de grande, trataría de cuidarlo, de que nadie me lo quitara, porque quiero ser parte de esa alegría inmensa y eterna. No quiero poseerlo como si fuese algo que no alcanza para todos, sino que al menos quisiera poder disfrutarlo. No creo que se oponga a la caridad y a la generosidad, sino que habla de cuidar algo precioso.

 

Señor Jesús, no soy nadie para que hayas querido compartir tu tesoro eterno conmigo. Me has prometido el cielo si soy humilde y te reconozco como mi Señor y mi Dios. ¡Quiero esa alegría en mi vida, Señor! No podría entender a alguien que no quisiera encontrarse con ella, porque, aunque muchos sean los caminos que nos llevan a ese tesoro, todos podemos acercarnos a él. No quiero perderme en las nimiedades de la vida cotidiana, sino que quiero tener los ojos abiertos de par en par, para no perderme en el camino, ni abandonar esa perspectiva que me regalas en tu evangelio y a través de tu madre. AMÉN