Evangelio según San Mateo 13, 10 – 17 

Jueves de la XVI semana del tiempo ordinario

 

Los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: “¿Por qué le hablas a la multitud por medio de parábolas?”. Él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: ‘Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los sane’. Felices los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

 

Meditación de Sebastián Castaño Fueyo

 

“Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen” 

 

Jesús parece decirnos: he venido para darles a conocer a Dios: su amor por ustedes, su luz y su gloria. Así, a través de parábolas, de lo simple, de lo cotidiano, les enseño a oír, a ver y a gustar de Dios. Para que descubran el verdadero sentido de las cosas y descubran el camino que Dios quiere para ustedes. Tengan un corazón abierto y sencillo, con ganas de buscar a Dios en todo y en todos. Unos comprenderán y encontrarán paz, pero otros que voluntariamente endurecen el corazón, quedarán confundidos.

 

¿Cuánto de lo que oigo y veo día a día lo miro a través de la fe y de la Palabra de Dios? El Señor me invita a reflexionar mis experiencias de vida cotidianas, y ponerlas bajo el prisma de su luz: con fe, esperanza y amor. Pero no me resulta fácil, cuantas veces estoy confundido, ciego, sordo y me pierdo en el camino. Pero sin duda, también he experimentado esa alegría y confianza cuando reconozco que Jesús y María me acompañan cuando les comparto mis acciones, mis dificultades, mis anhelos y mis alegrías.

 

Querido Señor, ayúdame a ver y comprender las cosas de este mundo bajo la luz de tu Palabra.  Y te pido la fuerza y la fe para actuar en consecuencia, con esa confianza de sentirme guiado por tu presencia. No permitas Señor que mi corazón se endurezca y se aparte de Ti, dame un corazón dócil y sencillo para acoger tus enseñanzas. Querida Virgen Maria ayúdame a rezar, a conocer más a Cristo, a reflexionar las experiencias, para poder descubrir en ellas las voces de Dios en mi vida. AMÉN