Génesis 18, 1-10a; Colosenses 1,24-28; Lucas 10, 38-42

«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria.         María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada»

20 julio 2025    P. Carlos Padilla Esteban

«Me gustaría vivir esa justicia de los hijos de Dios que viene del cielo. Sin difamar, sin acusar, sin condenar a nadie. Sólo Dios salva y su justicia llena la tierra»

Los diálogos interiores son fundamentales. Sé que la soledad es parte de mí. Y es sano aprender a vivir con mi soledad y amarme en ella. Porque de ese amor propio surgirá una capacidad de amar a mi hermano. Leía el otro día: «Yo suelo decir que tenemos que dar raíces a nuestros hijos, y también alas. Tenemos que hacer lo mismo por nosotros. Una persona se tiene solo a sí misma. Nace sola. Muere sola. O sea que cuando te levantes por la mañana ve al espejo, mírate a los ojos y di: «Te quiero». Di: «No te abandonaré jamás». Abrázate. Bésate. ¡Inténtalo!»[1]. Es verdad que estoy solo gran parte de mi vida. Y tengo que aprender a estar solo sin recurrir a las redes sociales, o la música, o a otras cosas. Aprender a vivir con la soledad y el silencio. Aprender a decirme continuamente que me quiero, que me valoro y que soy la mejor persona que puedo ser. La soledad bien vivida me hace capaz de vínculos profundos. Por eso son tan importantes mis diálogos interiores. Si en ellos sólo me digo cosas malas, resalto lo que hago mal, me quejo de la vida y de sus injusticias, vivo criticándome y criticando a otros, sufriré cuando estoy solo. Los grandes deportistas, en momentos delicados de un partido, de una prueba, necesitan decirse cosas positivas, bonitas, que les levanten el ánimo en momentos de mucha tensión. Si en esas circunstancias adversas me digo que no lo voy a lograr, que soy un desastre, que siempre me pasa lo mismo, está claro que acabaré perdiendo ese partido. Lo puedo perder igual pero que por lo menos mis diálogos interiores sean buenos. Quiero aprender a decirme cosas positivas. Quiero valorar mi actitud en la vida y todo lo que hago. Quiero reconocer mis éxitos y valorar mi entrega. No me hundo si pierdo un punto, incluso un partido importante. Me vuelvo a levantar porque en eso consiste el éxito en esta vida. No en no haber caído nunca sino en haber sido capaz de levantarme en muchas ocasiones. Y para lograrlo tengo que hablarme siempre bien. En cada ocasión, incluso cuando haya caído por mi debilidad. En esos momentos me daré ánimo. No me juzgaré en ningún caso. Tampoco caeré en las justificaciones fáciles. Me miraré con alegría porque sé que Dios puede hacer obras grandes conmigo, eso me da mucha paz. Ser capaz de estar solo es un signo de madurez. Puedo hacer las cosas solo y soy capaz de convivir conmigo mismo, mi gran amigo, sin necesitar continuamente la compañía de alguien. Aun así no es una huida la soledad. No huyo del encuentro con mis hermanos. Soy capaz de crear vínculos profundos porque vivo en paz conmigo mismo. No vivo enfadado con el mundo, quejándome de lo que me falta y otros tienen. Vivo feliz con lo que soy, con la belleza de mi vida y acepto que soy la mejor persona con la que quiero aprender a convivir. Las personas que saben estar solas consigo mismas son más sanas. No necesitan que siempre alguien esté pendiente de ellas. Y cuando se entregan en una relación lo hacen sin miedo. Al mismo tiempo en esa relación no caen en dependencias insanas. Saben cuándo necesitan compartir con el otro y cuándo es bueno estar tranquilo, en silencio, sin hablar con nadie. El equilibrio entre el silencio y el diálogo es algo sano. Aprender a callar y saber dialogar. Saber estar con otros y permanecer solo sin ningún problema. Tener planes donde ir y no tener nada que hacer quedándome en casa. No vivo obsesionado con llenar los huecos de mi agenda. Cuando no tenga nada que hacer seguro que estoy bien y tranquilo. Busco la soledad y la compañía. Sé cuidar mis vínculos con los demás y conmigo mismo. Eso me da paz. Nunca voy a dejar de quererme de forma sana. Porque sé que es la manera de querer de forma sana a todos los que me rodean. No necesito que el mundo me apruebe, yo lo hago, me quiero como soy y sé que puedo ser mucho mejor si me esfuerzo. No busco el halago y el reconocimiento de forma continua. Dios me quiere como soy y me lo hace ver en mi corazón. En ese diálogo interno me encuentro con Dios que no me deja solo al borde del camino. Me sostiene y me da la fuerza para luchar, para tener paz, para ir al encuentro de mis hermanos.

El otro día me quedé pesando en unas palabras que leí. Decía Jorge Luis Borges en Los justos: «Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire. El que agradece que en la tierra haya música. El que descubre con placer una etimología. Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez. El ceramista que premedita un color y una forma. El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada. Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto. El que acaricia a un animal dormido». Todos esos son hombres justos. Porque justo es aquel que practica la justicia. No abusa de su poder y valora lo que cada uno es, lo que cada uno tiene. Justo es el que mira al cielo agradecido y a la tierra feliz. Porque ha visto la luz en los ojos de un niño. O se ha conmovido al escuchar un canto o ver una escena especialmente delicada en una película interesante. Los justos son los que viven su vida con pasión y respetan al que no tiene, al que no es amado, al que no puede lograr lo que podría tener si hubiera tenido más suerte, o más coraje, o más pasión. Es necesario ser justo antes que brillante. Bueno antes que inteligente. Porque el cielo estará lleno de personas buenas que aprecian la belleza de la vida. Que han sabido disfrutar cada día lo que Dios les regalaba. Sin miedo a la vida, sin temor a que las cosas no salieran como ellos querían. Justo es el que actúa con justicia y no hace daño a nadie. O al menos lo intenta. justos son los que han llegado al final del camino con el amen en los labios y la paz en el corazón. Justos porque viven en Dios y sólo Dios es testigo de sus luchas y de sus miedos. Justos porque han llegado al final de una cuesta y se han sentado a contemplar felices el camino recorrido. Si mi justicia no es mayor que la de los fariseos, les echaba en cara Jesús a los que les hablaba. Más justos que esos hombres que vivían para Dios, sólo para Él. Quiero ser justo tratando a todos igual. Aun cuando tal vez la justicia estaría en tratar a cada uno según sus necesidades. Porque algunos necesitan menos y otros necesitan más. Quiero se justo para poder sonreír al final de mi vida. Para sentir que estoy haciendo sólo lo que Dios me pide. Nada más, y eso es mucho. Justo quiero ser para aplicar justicia, no con la ley del más fuerte, sino del más misericordioso. Porque la misericordia va más allá de la justicia. Cuando actúo movido por Dios hago obras justas. Me comporto igual aunque no me vea nadie, no comento un delito sólo porque sé que no me van a detener. No lo hago porque no es buena. Hay mucha gente buena. También hay muchos malos. Una persona le decía a otro que no fuera tan inocente. Como si la inocencia fura un velo que no me dejara juzgar con justicia la realidad. Un hombre bueno que juzga rectamente es un hombre justo. Justos los amantes que se besan y respetan sabiendo que tienen la eternidad por delante para compartir sus sueños. Justos los padres que educan a sus hijos para el cielo sin pretender que se adapten y queden modelados de acuerdo con sus expectativas. Justos son los pobres que lo han perdido todo y siguen luchando, intentando encontrar el camino al cielo. Justos los que aplauden al que actúa bien y condenan al que es injusto. Los justos son los ancianos que han llegado ya muy lejos y sienten que no han hecho bien demasiadas cosas, y aun así agradecen con un corazón sincero. Hoy escucho en el salmo: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua. El que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor. El que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará». Justo es el hombre que no tiene precio, nadie lo puede comprar, no se deja sobornar. Porque la justicia es un don que le pido a Dios cada mañana, porque espero tocar el cielo al caer la noche. Justo es el que no calumnia, no insulta, no ofende. Justo es el que no se toma nunca la justicia por su mano y se comporta siempre con rectitud. Me gustan las personas de una pieza en las que no hay engaño. No miente su rostro, ni sus labios, ni su voz. Me gusta apreciar el cielo cada vez que me levanto. Como esos niños que todo lo desean y todo lo sueñan. Me gusta la vida de los que son justos en su actuar porque en ellos todo es un bien y ese bien aumenta la belleza de esta tierra. Justo es el que escribe un poema sobre un amor que ha soñado. Y justo el que relata su propia vida como si su biografía fuera digna de ser escuchada. Justos los valientes que se entregan por entero sin miedo a perderlo todo. Han aprendido a decirle que sí a Dios y están dispuestos a hacer con honestidad todo lo que Él les pida. No creo ser yo justo en todo lo que hago, pienso o siento. Y me descubro en actitudes egoístas que se alejan de la justicia. Me gustaría cambiar mi mundo para que fuera más justo. Y en él brillara una luz honda y clara que procede del propio alma y todo lo llena de esperanza. Justos son los que han caído muchas veces y se han vuelto a levantar sin culpar a nadie de sus errores, sin querer justificar sus debilidades. Porque la verdad nos hace libres y nos lleva a la justicia. Me gustaría vivir esa justicia de los hijos de Dios, esa justicia que viene del cielo. Sin difamar, sin acusar, sin condenar a nadie porque quién soy yo para mirar de forma acusatoria a mi hermano. Sólo Dios salva y su justicia llena la tierra.

Seguir a Jesús en la vida consagrada viene a ser algo fuera de lo común. Vuelvo a constatar una y otra vez cómo Dios llama a quien quiere, cuando quiere, como quiere. No importa que la llamada sea a una vida diferente, consagrada. ¿Más santa? No, no lo es. ¿Más exigente, más radical? No necesariamente. No es más generoso el que sigue el llamado al sacerdocio que aquel que opta por una vida matrimonial. No es cuestión de generosidad o egoísmo. Es algo más hondo, más genuino, más profundo. Cuando me preguntan por mi vocación siempre digo que fue totalmente inesperado. Que jamás quise ser sacerdote. Que no me veía celebrando misas, predicando, mediando entre Dios y los hombres. No me veía llevando una vida celibataria. Yo pensaba en lo que el corazón me pedía. Casarme, tener hijos y luego buscar un trabajo que se adaptara a mi forma de ser, de entregarme, que fuera realmente vocacional. No trabajar por trabajar sino hacerlo en lo que de verdad llenara mi alma. Pero Jesús me llamó cuando no lo esperaba. Al menos escuché su voz cuando yo me callé y guardé silencio. Porque sin silencio no es posible escuchar. Callé y Él habló. Y me dijo que por qué no seguía su camino en el sacerdocio. Me negué, le dije que no podría. Él insistió, golpeó mi puerta, me pidió que lo siguiera. Le pedí que esperara, que me diera tiempo. Y me lo dio. Yo me despisté, busqué otras pistas que me sacaran de esa encrucijada. Creí hacer lo que Él quería siguiendo otras sendas. Y Él esperó, o mejor, me fue a buscar cuando seguía otro camino. Me abrazó con brazos de Madre por la espalda, deteniendo mi marcha. Y yo me dejé seducir. Y me preguntaba a qué me llamaba. ¿Acaso sería yo apto para ser sacerdote? ¿Podría vivir la vida a la que me invitaba? Y entonces comencé a escuchar en mi alma una voz que me recordaba quién era. Me llamó por mi nombre. Me mostró cómo yo sí sabía acompañar a los hombres desde lo humano, desde mi carne herida, desde mi verdad. ¿Sería eso ser sacerdote? No sabía. Pero entonces me volvió a llamar y me hizo ver que sí, que era eso lo que me pedía, nada más, nada menos. Toda una vida. Entregada a su manera, no tanto a la mía, con sus medios, no con los míos. Si Él me llamaba era para caminar a su lado, no para caminar solo. A su lado todo sería más fácil, más llevadero. Y los caminos serían más desconocidos y al mismo tiempo más suyos. De su mano podría aprender a descubrirme a mí mismo. Haciendo lo que nunca había pretendido ser. Siendo lo que no había soñado con ser. Así es la llamada. Un camino de su mano, respondiendo a los anhelos más hondos y auténticos del corazón. En una búsqueda constante por saber lo que quiere de mí. No importa que lo haga todo perfecto. No lo he pretendido. No consiste en ser el mejor ejemplo para todos. Tampoco lo lograría aun cuando me empeñara. Jesús sólo quiere que permanezca a su lado caminando. Quiere que siga sus pasos sabiendo que habrá muchos días de desierto. Porque en la soledad de las dunas, del calor y la sed, su voz se vuelve más clara. O al menos su mano me detiene por el brazo para recordarme lo verdaderamente importante. Me gusta adentrarme en ese misterio de mi vocación. Una llamada inesperada. Y luego una fidelidad de Dios en mi camino. Él sabrá por qué quiere que lo siga de esta manera. Hará fecunda mi vida sin que pueda hacer nada para evitarlo. Su llamada hace posible lo imposible. Y he visto cosas mayores durante tanto tiempo. Su amor incondicional me recuerda que es así cómo tengo que amar a todos. Tuvo mi vocación mucho que ver con la escena de Mambré que hoy escucho: «En aquellos días, el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, en lo más caluroso del día. Alzó la vista y vio tres hombres frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda, se postró en tierra y dijo: – Señor mío, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo». Me gusta ese momento. Abrahán está sentado bajo el calor del día. Y pasan unos peregrinos, el mismo Dios en carne humana. Se detienen ante su tienda, como queriendo quedarse con él. Pienso en mi vocación y me veo a mí mismo en el calor del día, esperando junto a la entrada de mi tienda, de mi alma. Veo a Dios que pasa ante mí y me postro a sus pies suplicándole que no pase de largo. Y Dios se quedó, no pasó de largo. Me recuerda a ese Emaús en el que Jesús tampoco pasó de largo y se quedó a cenar con los dos discípulos. Dios no pasa de largo delante de mi vida. Me mira, me llama por mi nombre como hizo con Mateo, sentado ante su mesa de recaudador de impuestos. Lo llama, me llama y con un gesto me invita a seguirlo, a estar a su lado. No quiere que me acobarde y tiemble. No desea que abandone la ruta que comencé hace muchos años. Durante mucho tiempo me ha demostrado que no se baja de mi barca, no me deja, va conmigo. Sabe que necesito su amor incondicional para seguir amando a su manera. Sabe que no puedo estar sin Él, aun cuando a veces no sienta su presencia en mi tienda y no oiga su voz como tantas veces antes. Quisiera que fuera todo distinto muchas veces y aun así siento que su amor se esconde en gestos humanos y sigue a mi lado para que no desista. Conoce mis miedos y mis reticencias, mis carencias y mis vulnerabilidades. Sabe que soy de carne y pretende que refleje con mi vida sus rasgos llenos de esperanza. Y que mire dentro de mi alma para sacar el agua que Él deja manar como un manantial desde sus entrañas.

El acogimiento es algo propio del pueblo judío. La hospitalidad es un don: «Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol. Mientras, traeré un bocado de pan para que recobréis fuerzas antes de seguir, ya que habéis pasado junto a la casa de vuestro siervo». Así acoge Abrahán a los recién llegados. Son tres peregrinos que se detienen en Mambré. Y ahí vive Abrahán con su esposa Sara, quien es estéril. Hay un icono que recoge esta escena. Tres hombres se detienen bajo una encina a comer la comida que les trae Abrahán. En este encinar vivía desde que se separó de su hermano Lot. Dios le había hecho una promesa. Le pidió que dejara su tierra, a sus dioses paganos y lo adorara solo a Él. A cambio Él le entregaría una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo, como la arena de la playa. Le daría una tierra como heredad donde manara leche y miel. Y además le asegura que siempre estará con Él, será un Dios celoso pero amante en la intimidad. Gn 12: «Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré. Con tus descendientes formaré una gran nación; te bendeciré y te haré famoso, y serás una bendición para otros. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; por medio de ti bendeciré a todas las familias del mundo». Y en Gn 13: «Yo te daré toda la tierra que ves, y para siempre será tuya y de tus descendientes. Yo haré que estos sean tantos como el polvo de la tierra. Así como no es posible contar los granitos de polvo, tampoco será posible contar tus descendientes. ¡Levántate, recorre esta tierra a lo largo y a lo ancho, porque yo te la voy a dar! Así pues, Abram levantó su campamento y se fue a vivir al bosque de encinas de un hombre llamado Mambré, cerca de la ciudad de Hebrón. Allí construyó un altar en honor del Señor». Vivía así en este encinar esperando la realización de la promesa. Creía en el amor de Dios y no dudaba de su fidelidad. Sabía que Dios podría hacer lo que quisiera en su vida y él lo amaba. Pero el tiempo pasaba y Sara era mayor y estéril. Agar, su criada, le había dado un hijo, Ismael. En Gn 15: «No tengas miedo, Abram, porque yo soy tu protector. Tu recompensa va a ser muy grande. Pero Abram le contestó: –Señor y Dios, ¿de qué me sirve que me des recompensa, si, como tú bien sabes, no tengo hijos? Como no me has dado ningún hijo, el heredero de todo lo que tengo va a ser Eliézer de Damasco, uno de mis criados. El Señor le contestó: –Tu heredero va a ser tu propio hijo, y no un extraño. Entonces el Señor llevó fuera a Abram y le dijo: –Mira bien el cielo y cuenta las estrellas, si es que puedes contarlas. Pues así será el número de tus descendientes». Abrahán duda. Y también Sara como al escuchar renovada la promesa por aquellos peregrinos: «¿Dónde está Sara, tu mujer? Contestó: – Aquí, en la tienda. Y uno añadió: – Cuando yo vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre Sara habrá tenido un hijo». Duda y se ríe porque es mayor y estéril. No puede ser posible esa promesa. «Por eso Sara no pudo contener la risa, y pensó: – ¿Cómo voy a tener ese gusto, ahora que mi esposo y yo somos tan viejos? Pero el Señor dijo a Abraham: –¿Por qué se ríe Sara? ¿No cree que puede tener un hijo a pesar de su edad? ¿Hay acaso algo tan difícil que el Señor no pueda hacerlo? El año próximo volveré a visitarte, y para entonces Sara tendrá un hijo». Me gusta este momento en el que Abrahán acoge a unos peregrinos que no conocen y resultan ser ángeles de Dios. Le comunican una promesa que se realizará a pesar de sus dudas y sus miedos. Va a tener un hijo de Sara. Parece imposible pero para Dios nada hay imposible. Habrá dudas en su corazón pero confía, cree en esos tres hombres, en esa presencia de Dios. Pienso en mi propia vida y en las promesas que me ha hecho Dios. Jesús le dijo a Natanael que lo vio cuando estaba al pie de la higuera. Siempre me he preguntado qué haría allí, en qué luchas interiores se encontraría. Lo que dejó asombrado a Natanael es que Él lo vio. Nadie más lo podía haber visto. Sólo Dios y creyó. Luego le dijo que vería cosas mayores. Pienso que en mi vida Dios me prometió muchas cosas. Me vio en mi higuera y me llamó por mi nombre. Y quiso que lo siguiera. Me hizo tantas promesas. Me aseguró que mi vida sería plena. Yo dudé como Abrahán cuando vi que mis propios caminos no eran, que podía haber otros que antes parecían imposibles. Dios me dijo que sí, como a Abrahán, que no dudara, que vería cosas mayores, que los planes de Dios serían mejor que mis propios planes. A su manera, pensé, no a la mía. Una descendencia como a Abrahán, una tierra prometida, una intimidad con ese Dios que es el Dios de mi vida. Yo creí en sus palabras y me fie de su manera. Supe que no tenía que aferrarme a mis planes, que no serían las cosas como yo esperaba. Creía porque había visto su amor, porque su gracia había cambiado mi alma, porque su abrazo me hacía sentir especialmente amado. Supe que mi vida merecería la pena sólo si me fiaba de Jesús cada vez que tuviera alguna duda. Su amor es mucho más grande que mis torpezas. Me reí como Sara cuando me prometió lo imposible. Y luego acepté sus reglas, su juego, su forma de vivir la vida. Todo porque me vio un día bajo mi propia higuera, bajo mi propia vida, debatiéndome entre la vida y la muerte, entre perderlo todo o estar dispuesto a darlo todo por amor. Y creí. Y acepté su mano para subir más alto.

Se trata de acoger al que llega, de dar lugar en mi vida al que busca amparo. Eso hace Abrahán con los peregrinos. Y lo hace también Marta en Betania: «En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa». Acoger al peregrino es algo sagrado. Dar lugar en mi vida al que necesita encontrar un lugar seguro. Me pregunto si mi vida es una casa abierta o cerrada. Pienso que a menudo cierro la puerta de mi vida y no quiero que me molesten, que entren, que me compliquen la vida. Deseo vivir en paz, tener paz. Quiero ser acogido, querido. No siempre me siento acogido. No me encuentro en casa en cualquier lugar. Necesito echar raíces y tener un lugar como Jesús. Betania se llamaba ese hogar. La casa de Lázaro, Marta y María. Un espacio sagrado cerca de Jerusalén. Con sus amigos pasaría Jesús muchos momentos. Amigos en los que descansar. Creo que la amistad es lo que salva el corazón. Jesús tenía este lugar, esta familia de amigos y tenía a sus discípulos. Por eso, como dice Jean Vanier, el mayor sufrimiento de Jesús vino por este lado: «Lo que más hirió el corazón de Jesús. Lo difícil fue primero judas, que se convierte en traidor y también los discípulos que huyen. En el momento en el que Jesús necesitaba amigos, se van. Es abandonado. Es misterioso el abandono de Jesús». Ese Jueves santo Jesús se quedó solo. Lo habían arropado sus amigos hasta el final pero ahí los perdió, se alejaron. Pienso en lo sagrados que son los amigos. Por eso cuesta tanto entender la traición de un amigo: «Siempre es más fácil perdonar a un enemigo que a un amigo»[2]. Los amigos no están a mi lado por obligación, sino por admiración, porque me quieren. La amistada es un don que se recibe como algo gratuito. Me aman por cómo soy, no por lo que hago. Hospedar a un amigo es sencillo porque forma parte de mi vida y es fácil compartirlo todo con él, sobre todo la comida. Necesito amigos que estén conmigo siempre, en los momentos en los que todo va bien y en los momentos de confrontación, de dolor. La amistad sobre todo consiste en estar junto al amigo. En perder el tiempo a su lado. Eso es lo que hace hoy María: «Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra». María escuchaba a Jesús. Estaba a su lado viviendo el momento. Y es que la amistad vive de momentos que son sagrados. Se juega en el presente, en el sí a la vida hoy, ahora mismo. Jesús luego dirá que María escogió lo mejor: «María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada». El amigo elige siempre la mejor parte que es perder el tiempo con el amigo. Me cuesta perder el tiempo y pensar en la entrega de mis horas sin recibir nada a cambio. Que todo sea gratuito. Que pueda darme sin esperar nada. Esa es la amistad. El tiempo perdido junto al amigo. Absorbiendo la vida y agradeciendo por el don del amor que no se merece y se da sin esperar nada. Sentirme en casa, saberme acogido, admirado por mi forma de ser, sin necesidad de hacer nada. Así, simplemente por el placer de estar con mi amigo. Eso es un hogar. Es la Betania que quiero en mi vida. Me gustaría ser yo Betania para otros. Que se puedan sentir en casa a mi lado. Que no se sientan juzgados ni exigidos. Que puedan decir una y otra vez: Qué bien estoy aquí. Esa es la experiencia que llena el corazón. Mambré es el lugar de la amistad, porque comparten la comida: «Abrahán entró corriendo en la tienda donde estaba Sara y le dijo: Aprisa, prepara tres cuartillos de flor de harina, amásalos y haz unas tortas. Abrahán corrió enseguida a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase de inmediato. Tomó también cuajada, leche y el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba bajo el árbol, ellos comían». Compartió la comida con esos recién llegados. Los hizo sentir en casa. Me conmueven esas personas que te abren las puertas de sus casas, de su vida y te invitan a pasar y a gastar el tiempo a su lado. Son aquellos que te hacen sentir en familia. No sobras, siempre eres bienvenido. Jesús quería estar con sus amigos después de ir al templo a predicar, a hacer milagros. Después de la exigencia del día descansaba con los que Él amaba. Jesús quiere descansar conmigo, a mi lado. Y yo quiero descansar con Jesús. En su presencia me siento en casa y veo que Jesús quiere estar conmigo. No estoy obligado a rezar, a estar con Jesús. Simplemente quiero estar a su lado, en su presencia. Me gusta esta certeza. Jesús no quiere esclavos, quiere amigos. No necesita a nadie que esté a su lado sin querer. Quiero que todo sea voluntario. María quería estar a los pies de Jesús y había elegido la mejor parte. Yo quisiera aprender a estar con Jesús y elegir esa mejor parte en mi vida. A veces se me olvida lo bueno que es estar a su lado. Sin hacer nada, sin hablar, sin exigencias, sin obligaciones. No tengo que rezar, más bien es una necesidad. Quiero sentirme en casa junto a Jesús, en su presencia. Esa es la certeza del que reza. Jesús me espera siempre y me abre la puerta de su corazón. Yo quiero dejarle entrar en mi alma. Que descanse conmigo.

Marta es la hermana activa, la que sirve, la que está pendiente del que necesita algo. «Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: – Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano. Respondiendo, le dijo el Señor: – Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria». Siempre me impresiona la actitud de Marta. Ella está pendiente de servir, de dar respuesta a la necesidad de todos los invitados. Quiere que estén bien, que no pasen necesidad. ¿Qué sería de la vida sin personas como Marta? Hay muchas, gracias a Dios. Viven pensando en la necesidad de los demás, pendientes de lo que quieren, de lo que buscan y necesitan. Eso me conmueve. Yo a veces voy por la vida sin fijarme en lo que los demás necesitan. Quiero hacer el bien pero se me olvida que los otros, los que están junto a mí, tienen necesidades muy concretas, a veces muy básicas. Y yo voy mirando hacia delante, lo que tengo ante mí. Paso por delante de sus necesidades sin prestar atención. Jesús quiere que me parezca también a Marta, no sólo a María. Quiere que sea como ella y me preocupe por ayudar, por estar pendiente de lo que los demás precisan. Esa mirada maternal es la de la Virgen María. Ella sabía que necesitaban vino antes de que otros se dieran cuenta de la necesidad que había en las bodas de Caná. Marta mira a su alrededor y se pone a ayudar. No dar una lección a nadie, simplemente sirve, ayuda, va de un lado a otro sirviendo. ¿Es esa mi actitud en la vida o tiendo a dejarme servir y espero a que alguien más haga lo que hay que hacer? Me gusta esa actitud servicial. Quisiera pensar antes en la necesidad de los demás que en la propia. Ponerme a hacer aquello que quisiera que otros hicieran para eximirme a mí de la carga. Pero sobre todo me gustaría servir siempre con alegría y no caer en las comparaciones y en las críticas. Porque hoy Marta estalla y le pide a Jesús que haga algo. Ella sirve mientras su hermana no hace nada, sólo escucha, sólo mira. Jesús no toma partido por Marta, hubiera sido lo justo. Lo que yo espero es que Jesús le pida a María que se levante y ayude. Quiero que le exija un poco más de servicio a ese alma contemplativa. Quiero que la saque de su egoísmo, de su ensimismamiento. Jesús no lo hace, justamente hace lo contrario. Y eso no me gusta. O más bien me asusta. Si hace eso con Marta, ¿qué me espera a mí? Porque yo pienso a menudo como Marta y me enfado con aquellos que no sirven, que no trabajan, que no hacen nadad. Me cuesta su indolencia y critico su falta de generosidad en la entrega. Mido sus vida y decido que no son generosos, que no son tan serviciales como yo. Me convierto en el criterio de la justicia. Si lo hicieran tan bien como yo lo hago. Si amaran como yo amo. Si se entregaran como yo me entrego. Y sufro en esas comparaciones absurdas que no me llevan a ningún lado. Jesús no elogia la pereza ni la inactividad. No alaba al que se esconde refugiándose en su egoísmo. Jesús sólo dice que María, al estar escuchándolo en esa tarde sin hacer otra cosa, está haciendo algo sagrado. No le quita valor al servicio, sino que pone el acento en la actitud contemplativa de María. Si supiera hacer oración. Si supiera quedarme en silencio contemplando y escuchando a Dios en mi vida. Si dejara más momentos para perderlos al lado de Jesús en la oración. Ella había elegido la mejor parte, estar junto a Jesús sin hacer nada, pasar la vida tranquila junto a Dios. Marta estaba demasiado ocupada y se perdía las palabras de Jesús. Marta ese día andaba de un lado a otro inquieta. María simplemente estaba sentada escuchando. Esa es la actitud que Jesús me pide. Una Iglesia orante y una Iglesia misionera. Ambas Iglesias son fundamentales. Sin oración el servicio se queda vacío de contenido. Sin servicio la oración se convierte en una actitud estéril. Y es que el servicio brota de la oración profunda. Cuando callo y escucho en mi alma lo que Jesús espera de mí. Servicio y oración, preocupación por los demás y búsqueda del descanso en Dios para tener fuerzas para la vida. La vida monástica de los monjes que se recogen en sus conventos y oran en silencio. La labor misionera de todos los que sirven para llevar el Evangelio a los rincones más escondidos, para que todos tengan a Cristo y puedan vivir en su presencia. Oración y servicio. Contemplación y acción apostólica. Actitudes que se deben dar en cada uno. A veces se acentúa una de forma unilateral. Pero la otra debe complementar y ayudar. Las dos son pilares de mi alma cristiana. Quiero ser fiel a esa vocación a la que Dios me llama. Quiere que viva en su presencia buscando la forma de servirle mejor en los hermanos.

[1] En Auschwitz no había Prozac: 12 consejos de una superviviente para curar tus heridas y vivir en libertad, Edith Eger

[2] Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo