Evangelio según San Lucas 10, 38 – 42

Domingo de la XVI semana del tiempo ordinario

 

Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor escuchaba su Palabra. Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude”. Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”

 

Meditación de José Miguel Arévalo Araneda

 

“María eligió la mejor parte, que no le será quitada”.

 

Siento que Jesús me dice: “Lo que hagas hazlo por amor a otros y en comunión conmigo. Eso no te será quitado. Pide ayuda al Espíritu Santo para que te inspire en lo que debes hacer y el cómo y cuándo hacerlo. Ya sabes que el mandamiento principal es amar a Dios y al prójimo como a ti mismo; hacer el bien a otros y hacer lo que le agrada al Padre. ¿Cómo sabrás que hacer si no te detienes primero a escuchar, a guardar silencio interior para saber cuál es la voluntad del Padre? Hallarás sentido y propósito en el quehacer; que te produce alegrías, cansancio, tedio, esperanzas, impaciencias, si lo haces por amor y en comunión conmigo.

 

Me considero una persona con una cierta compulsión por “el hacer”, de hecho, me cuesta frenarme para comenzar, primero ofreciendo lo que tengo previsto hacer. Esa compulsión de hacer tiene como desventaja que a menudo insisto en hacer o en continuar haciendo cosas que dejaron de tener sentido, por no detenerme a tiempo.  He descubierto con alegría el gusto de detenerme a contemplar lo que he realizado, pequeñas cosas, pequeñas tareas, apreciando la belleza, el bien, o la alegría que le significa a otros, el ofrecérselo y agradecer al Señor por eso. El Señor con su sabiduría, me invita a hacerlo por amor en comunión con Él; esa es la mejor parte.

 

Te alabo Señor porque compartes tu sabiduría con nosotros y nos ofreces palabras que nos alimentan, nos acompañan y dan sentido a nuestros quehaceres cotidianos. Te agradezco porque quieres acompañarnos en nuestros caminos, con sus logros y fracasos. Te pido tu ayuda y la de nuestra Madre para que sepamos evitar los activismos, haciendo un cotidiano silencio interior que nos permita contemplar, ofrecer y agradecer aquello que realizamos. Me quiero comprometer a avanzar en detenerme al final de cada día, en silencio interior para ofrecerte lo más relevante de lo que he realizado, y así logre quedarme con la mejor parte, la que no me será quitada. AMÉN

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